APRENDIENDO A VIVIR SOLOS

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Hay personas que huyen de la soledad como si fuera una suerte de peste o enfermedad virulenta. Algunas sienten miedo y otras lo ven como una causa de exclusión social.  Tal vez huyen de si mismas o  temen ser víctimas de un estigma social que asocia soledad con fracaso.

La soledad es una oportunidad para conocerse y aprender a convivir con uno mismo. Permite meditar, centrarse, relajarse y dedicarse con enfoque e intensidad al estudio, al trabajo o a aquello que nos apasiona.

Vivir en soledad no significa necesariamente sentirse solo.

Lo que verdaderamente pesa sobre nuestro ánimo y nuestra salud es sentir nuestra soledad como una carga o una tristeza. Esa sensación no depende de si nos encontramos acompañados o no. Sentirte aislad@, deprimido, incapaz de expresar tus sentimientos, desconectad@ de lo que ocurre a tu alrededor, incomprendid@ o no escuchad@, puede sucederte aunque estés rodeado de gente.

Si aprendemos a vivir solos y a sacar partido de nuestra soledad nos convertiremos en personas sanas e independientes, capaces de gestionar nuestra vida.

Difícilmente entablarás relaciones saludables si te sientes incapaz de vivir contigo mismo. Sólo desde esa capacidad puedes relacionarte con otros sin depender de ellos y cederles el poder sobre tu vida. Has de aprender a vivir por y para ti. Si desatiendes tu persona, si te aferras a alguien por miedo a sentirte solo o por una necesidad afectiva extrema derivada de tu falta de autoestima, vivirás una pesadilla y te degradaras como persona.

Una relación sana se da entre personas completas que no se necesitan pero se complementan, valoran, respetan y mejoran sus vidas con esa unión. Si no eres capaz de vivir sin esa persona o de experimentar la reciprocidad afectiva a su lado,  si permites todo tipo de vejaciones o haces cualquier cosa con tal de no separarte o de sentirte querid@, estas dependiendo emocionalmente de ella. Nadie te querrá si percibe que tu no te quieres, por el contrario, contra más trates de agradar, contra más te despojes de tu estima y te rebajes, mayor será el daño que te hagas y mayor la tiranía que ejercerá esa persona sobre ti.

La soledad puede ser conveniente para reflexionar sobre una relación o sobre lo que deseas para ti o simplemente para hacer que otras personas reflexionen. En ocasiones un paréntesis de soledad en una pareja o en una relación social puede fortalecerla. Date tiempo para pensar y conocerte. Si te embarcas en una relación nueva, sin solución de continuidad, por miedo a experimentar la sensación negativa de encontrarte sol@ tienes muchas posibilidades de volver a fracasar.

Parte de lo que no funciona o no ha funcionado en tu vida, está dentro de ti y de tu forma de ver y verte, sentir y actuar.  No te precipites, sé selectiv@. Date tiempo y espacio para decidir si quieres reanudar esa relación o comenzar otra. Tal vez lo que desees sea estar sol@. No hay nada de malo, ni pernicioso en vivir sol@ cuando ello no implica dar la espalda a la vida o dejarse llevar por pensamientos negativos. En todo caso, no deberías tomar decisiones desde el miedo y la desesperación, sino desde  la serenidad, el conocimiento y la aceptación de ti mism@. No busques la compañía para huir de tu persona, de tus responsabilidades y de tus miedos.

Vivir contigo mismo implica mirar hacia dentro, realizar un ejercicio de introspección para saber quién eres, para que vives, qué quieres. Te permite aceptarte, conocer tus fobias y superarlas, quererte, valorarte y tomar conciencia de tu fuerza interior. Sobre todo implica convertirte en responsable de tu persona como director y hacedor de tu vida. Es cierto que habrá momentos de incomodidad y experiencias dolorosas, pero sólo conociéndote y queriéndote puedes crecer como individuo logrando esa serenidad interior que conduce a la felicidad.

Quién aprende a convivir consigo mismo sin caer en el aislamiento, no sentirá que está solo aunque viva en soledad.

Vivir solo no implica vivir paralizado ni aislado. Realiza actividades, sal a caminar,  haz ejercicio, cocina, viaja, relaciónate. Puedes vivir contigo mismo y compartir tu vida con amigos y familiares. Somos seres sociales y el aislamiento nos priva de una parte de nuestra esencia.

No renuncies a tu vida social, a compartir tu tiempo, tus ideas, tus sentimientos y tus cosas con los demás. Hazlo sin depender de ellos, desde tu bienestar interior.

Date caprichos, cuídate. No busques en el exterior la felicidad, la estima, la razón para vivir o tus necesidades básicas. Todo eso está dentro de ti. La vida se vive desde dentro. Son tus pensamientos los que crean tu realidad. La armonía, la paz mental y espiritual viven en tu interior.

Es verdad que necesitamos amor, pero el amor empieza por uno mismo. No lo mendigues, no te conformes con cualquier cosa, no pienses que los demás son mejores que tú, no busques obsesivamente una pareja, no aguantes lo que sea para tener personas a tu lado, no cedas a otros el poder y las responsabilidad sobre tu vida. Confía en ti, en tus propios criterios, en tus cualidades y valores como persona, sé tu propi@ líder.

No huyas de ti mism@. En lugar de eso, conócete, quiérete y disfruta de la gran persona que eres.

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¿TIENES MIEDO AL COMPROMISO?

Si crees que has encontrado la persona adecuada para ti, ¿Por qué no bajas la guardia y amas?.

Si no confías en alguien, ¿cómo amarlo?. y si confías ¿qué te detiene?.

Queremos amar, pero nos entra pánico.

 ¿Tienes miedo a las relaciones?. ¿Es el miedo al compromiso una constante en tu vida?.  Ser consciente te permitirá  comprender   y  gestionar adecuadamente ese temor.

 El miedo juega un papel fundamental en el éxito o fracaso afectivo.  Puede hacer que la relación que tanto deseabas se vuelva una pesadilla, que vivas de forma incongruente con tus valores,  te amargues la existencia y  hagas daño a otras personas.

 Si no eres consciente de ello,  tal vez  adoptes una actitud victimista, quejándote de que todas tus relaciones afectivas fracasan.

¿Sabes que podemos elegir inconscientemente mantener relaciones afectivas con una persona porque intuimos que fracasaran o que no llegaran muy lejos ?. Cuando  este tipo de individuos conocen a alguien maduro que les ofrece un compromiso o escuchan la palabra “te quiero”, se sienten tentados a huir.  No obstante, puede que esa  persona les guste de sinceramente  y dañen su relación hasta un punto sin retorno.

¿Conoces algún caso de personas que después de haber roto una relación se arrepienten de inmediato, o tal vez con el tiempo?.

Una amiga me contaba que sufrió mucho cuando la abandonó el hombre  que más había querido en su vida. Lo hizo sin razón aparente. Diez años después, la llamó por teléfono.  Había dejado su trabajo en una gran empresa y viajado a otro país para vivir una relación con una mujer casada y con dos hijos. Aunque la mujer acabo divorciándose, las cosas entre ellos no fueron bien.

–Tanto tiempo sufriendo por esa ruptura y cuando la supero, este hombre viene y me dice que yo he sido la persona más importante de su vida y que le gustaría retomar la relación. Como si nada hubiera pasado. No me apetece en absoluto volver atrás- comentaba.

¿Vas a perder al amor de tu vida por culpa del miedo?.

Conoce tu estilo afectivo y vive de acuerdo con él. De lo contrario  sufrirás y provocarás sufrimiento.

La soledad no incide negativamente en nuestra vida cuando es producto de una decisión meditada y consciente,  pero si la utilizamos como un escudo para protegernos de las responsabilidades o de las relaciones con las personas, caerá sobre nosotros como una losa.

El miedo al compromiso suele estar vinculado a situaciones como la falta de cariño e inestabilidad emocional durante la infancia  o a una decepción amorosa importante.

Estas vivencias generan un temor irracional a lo desconocido, a asumir responsabilidades,  fracasar, decepcionar o ser decepcionado, que actúa como saboteador de nuestras relaciones. Los síntomas de esos temores son diversos. Nos ponemos a la defensiva, fijamos un listón rígido y excesivamente alto,  tratamos de frenar  la relación,  provocamos malentendidos,  nos mostramos distantes, tensos y nos impedimos, en definitiva, ser nosotros mismos, disfrutando plenamente de nuestros sentimientos y de la intimidad con el otro.

El miedo paralizante nos priva de madurar y experimentar;  hace que nos sintamos  por fuera del mundo. También puede desembocar en un afán de controlarlo todo. Desgraciadamente las personas no son controlables y esto suele provocar angustia y rechazo por parte de quién lo sufre. Lo natural es dejar que las cosas fluyan, no reprimirlas. La autolimitación y el excesivo cuestionamiento suelen acarrear sentimientos negativos.

La relación madura de compromiso discurre en un ambiente de equilibrio entre  responsabilidad y autonomía personal y, claro está, se basa en el amor y en la existencia de intereses comunes.

 Resultar herido en las relaciones afectivas es una posibilidad, no una certeza. El fracaso  forma parte de todo cuanto emprendemos y nos ayuda a crecer y madurar como personas, a atesorar experiencia y a profundizar en la empatía humana. Está en cada decisión que tomamos y en cada acción que llevamos a cabo, aunque sin el, el éxito tampoco será una realidad.

Identifica tu miedo, reconócelo, compártelo con la persona que quieres y actúa para disiparlo.

Si tu elección es vivir el amor en toda su plenitud, asume que el compromiso cambiara la situación de tu vida, pero te aportará muchos aspectos positivos. Date una oportunidad a ti mism@ para experimentarlo. Te mereces amar y ser amado.

¿Qué tal si haces  una lista?. Una lista de pros y contras te ayudará a saber lo que quieres y porque lo quieres. A valorar que te aporta más.

¿Si no sintieras miedo que harías o que le dirías a la persona que amas hoy mismo?. Cuando a este pregunta se te ocurran respuestas diferentes de nada o no sé, piensa en porque y para qué dejas que el miedo se interponga en tu relación con esa persona. ¿Que te aporta?. ¿Que podría aportarte decir o hacer lo que desearías hacer o decir sin miedo?.

Lo importante es que seas consciente de tu temor al compromiso,  que no dejes que este te lleve hacia dónde no quieres ir, como si fuera el dueño de tu vida. Recuerda que eres tu propio líder. Sólo tú decides.

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LA MEJOR FÓRMULA PARA VIVIR EN PAREJA: AMOR REAL Y CONSCIENTE

Algunas personas viven tan hipnotizadas por el enamoramiento, que pierden la oportunidad de amar.

A medida que nos alejamos del romance embriagador, se abren oportunidades para construir afecto consciente y real. A diferencia del enamoramiento, el amor se construye mediante actos propios y es una obra que nunca termina.

¿Quieres disfrutar de tu pareja o padecerla?.

Si lo que deseas es construir una relación sólida y plena tendrás que estar preparad@ para asimilar el desencanto.

El amor pleno exige comprometerse de forma concienzuda con una persona real. No se trata de proyectar sobre el otro la imagen que tenemos de nosotros mismos, ni de imaginar lo que es. Se trata más bien de empezar e conocerle, aceptarle y construir nuestra vida en común.

El enamoramiento es un estado mental involuntario, alterado, y a menudo ilógico, que nos lleva a desenfocar la realidad.

Desde el punto de vista bioquímico se inicia en la corteza cerebral, pasa al sistema endocrino y se transforma en respuestas fisiológicas y cambios químicos ocasionados en el hipotálamo mediante la segregación de dopamina, la cual conduce a un estado de euforia desmesurado.

Para la persona enamorada el otro ocupa la mayor parte de su pensamiento e interfiere incontroladamente en su actividad normal. Es como si el resto del mundo desapareciera. Quién experimenta esta emoción sentirá fácilmente rubor, sudoración, alegría, ganas de reír, cosquilleos en el estómago o taquicardia. Puede incluso perder la noción de las propias necesidades (sed, hambre, frío, calor o sueño…) y pasar horas contemplando, idealizando, complaciendo y tratando de impresionar a su enamorad@,

Afortunadamente para nuestra subsistencia, el enamoramiento tiene fin. Y aunque no siempre nos enamoremos de alguien que nos convenga ni siempre el enamoramiento se convierta en amor, a menudo la silueta de una pareja comienza a dibujarse en los estertores del romance idílico.

Después de unas semanas, meses o años, cuando el enamoramiento se desvanece,   salen a la luz los defectos y esa locura inicial puede transformarse en desprecio, rencor o indiferencia. También en amor. Todo dependerá de la madurez emocional, del afecto, de la compatibilidad entre las personas, de lo que se aporten mutuamente en su proyecto de vida y de la voluntad.

Hay personas adictas al enamoramiento que abandonan la relación, para no tener que lidiar con frustraciones ni con la realidades.  Van de un enamoramiento a otro persiguiendo espejismos y perdiéndose el amor. Son personas que han escogido inconscientemente la opción de vivir en soledad o de no profundizar en los individuos reales de los que una vez se enamoraron.

Una relación sólida de pareja nace en todo caso de la consciencia. De asimilar el desencanto que implica esa desaparición de las princesas y los príncipes, de las personas perfectas e imaginarias para contactar ilusionadamente con el ser real de carne y hueso que se halla a nuestro lado.

Se empieza a amar no cuando se encuentra a una persona perfecta, sino cuando se aprende a ver perfectamente a una persona imperfecta.

Si existe una zona de bien común en la que ambas personas puedan intimar, crecer y desarrollarse habrá espacio para construir una pareja sólida.

El amor debe construirse cada día desde los defectos y virtudes de la pareja, desde la responsabilidad de cada uno de sus miembros, cultivando el vínculo con amistad, respeto, comprensión, aceptación paciencia, comunicación, afecto y proyectos en común.  Requiere un acto delibrado de compartir y de re-conocimiento.

Si te empeñas en querer de una forma inmadura, exigente y fantasiosa, imponiendo tus deseos y tus creencias al otro solo sufrirás desengaños. La pareja no es una suma de dos personas perfectas. Es más un conjunto de luces y sombras en el que ambas partes se reconocen, se cuidan y se aceptan generando mutuo bienestar.

El amor real y consciente se da y se recibe con los ojos abiertos.

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COMPETIR Y COOPERAR

Uno de los recuerdos más hermosos de mi vida tiene que ver con el premio que mi hijo recibió como deportista durante su pubertad.  Por entonces era alumno de la Asociación Nacional de Futbolistas y jugaba en uno de sus equipos. El día de la entrega de trofeos, los muchachos premiados fueron desfilando ante el público. Se concedieron numerosos galardones, entre ellos al mejor jugador y al mayor goleador de la categoría. Al final de la ceremonia se anunció el premio al mejor compañero y allí estaba él para recibirlo.

 En aquella Asociación, destinada a formar a los niños como personas y como deportistas, se concedía una especial importancia a la cooperación. Tal vez porque siendo sus miembros futbolistas profesionales, eran conscientes de que los grandes compañeros son el alma de los grandes equipos. Cuando entre los integrantes de un colectivo no aflora el compañerismo, este sólo puede aspirar a la mediocridad.

Competir y cooperar son dos filosofías tan necesarias que no debieran excluirse. No obstante, desde la infancia se educa más para competir que para ayudar.  En ocasiones parece como si ayudar fuese algo más propio de personas poco capacitadas o menos brillantes intelectualmente, incluso una muestra de flaqueza que obstaculiza el camino del éxito. Los individuos con un espíritu eminentemente competidor pueden llegar a creer que el cooperador es un perdedor nato, que le falta talento o es adversario fácil.

Competir nos permite desarrollarnos individualmente y progresar a nivel colectivo, aunque también puede desembocar en comparaciones que dañen la autoestima o conducir a un individualismo endiosado y devastador. La vanidad humana no conoce límites y el hombre, como anticipaba Hobbes, es un lobo para el hombre.

Sin intención de transpolar estas reflexiones al ámbito político, huelga decir que con más cooperación y menos competencia, no estaríamos viviendo la actual situación de crisis económica que se cobra de todos nosotros su propio tributo, bien sea con el desempleo, el hambre, la bancarrota o los salarios, simplemente porque, consciente o inconscientemente, hemos contribuido a crearla.

En un entorno tan globalizado como el actual todos estamos conectados. El bienestar, la desgracia, la alegría y la tristeza provocan un importante efecto dominó. Hoy es difícil sostener que el progreso de alguien pueda construirse a costa del sufrimiento ajeno, porque hoy, más que nunca, somos conscientes de nuestros talentos y habilidades personales y también de los del resto de individuos y sabemos que ninguna vida debería valer más que otra.

Puesto que todos somos competentes en algo o para algo, está bien que nos ejercitemos en identificar y desarrollar esas competencias, pero sin perder de vista que nuestros talentos nada valen sin el talento y la cooperación del resto de individuos.

Respetar el talento ajeno y colaborar con los demás para lograr un resultado mejor, esa es la filosofía que conduce a una maximización de resultados, porque en ese comportamiento va implícito el valor de la ganancia colectiva.

La sociedad no debería premiar a los competidores que actúan de espaldas al interés común, a quienes tratan con desprecio o desconsideración a los demás, a las personas “enfermas” que llegan a obsesionarse tanto con ganar y ser perfectos  como para atentar contra su vida o intoxicar y desquiciar la del resto o a quienes actúan sin escrúpulos, ni convicciones morales.

Cuando la excelencia de una persona se construye y se cimenta sobre el daño a los demás, o sobre su fracaso, es más un virus exterminador que una fuente de desarrollo y progreso colectivo.

A la hora de competir cada uno de nosotros debería preguntarse qué puede hacer por el bienestar colectivo, como puede ayudar a él con su talento individual y su causa de vida. No es estrictamente necesario derrotar a otros o compararse con ellos para ser competente.

Competir y cooperar no son términos excluyentes sino que deberían ir de la mano para lograr ese resultado óptimo.

Cada uno de nosotros puede conseguir su pequeño resultado individual, pero es la suma de resultados  lo que marca una diferencia. Para ello no basta con competir,  hay  que hacerlo con una mentalidad cooperadora.

Es fácil y cómodo culpar a otros de cómo funciona el mundo, pero lo cierto es que cada cual tiene su parte de responsabilidad. Sobre esa parcela de responsabilidad que nos corresponde a cada uno, es dónde podemos y debemos actuar.

“En verdad”, dice Wayne Dyer, “no puedes crecer y desarrollarte si sabes las respuestas antes que las preguntas”.

¿Qué tal si para acometer esa responsabilidad comienzas por hacerte preguntas?.  Pregúntate, por ejemplo, cuantas veces en tu día a día reproduces a pequeña escala esos comportamientos que luego criticas. Pregúntate qué puedes hacer por el bienestar colectivo o cómo vas a educar a tus hijos para contribuir a qué todos ganen.

El cambio, ya lo sabes, empieza por uno mismo.

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CREER EN LOS MILAGROS

Los milagros son eventos que, por escapar al entendimiento humano y obrar en nuestro beneficio, se perciben cómo prodigiosos.

La percepción del milagro cambia a medida que aumenta el conocimiento y también a medida que pasa el tiempo. Pero así como la ignorancia humana no tiene fin, ellos, los milagros, tampoco lo tienen.

En un tiempo no muy lejano los eclipses, las estaciones del año y las tempestades eran considerados milagros. Hoy parecen algo fácil de explicar, aunque nos siga impresionando la sabiduría con que la naturaleza se desenvuelve en el Cosmos.

Otra sensación extraordinaria se produce cuando tomamos conciencia de que acontecimientos percibidos en términos de adversidad, con el paso de los años, se convierten en prodigiosos milagros sin los cuales no seríamos lo que somos, ni podríamos conectar los puntos precisos que dotan de plenitud y sentido a nuestra vida.

Actualmente sabemos muchas cosas e intuimos otras. La ciencia y el progreso nos han permitido desarrollar la lógica, el sentido común e incluso el alma. Somos capaces de concluir que la salud es nuestro estado natural y que la energía para vivir puede sacarse de las naranjas, las guayabas, los atardeceres, las ciruelas, las algas, las flores, el amor, los chistes, las manzanas, los amigos, los libros, las estrellas, los poemas, los cuentos o las risas de los bebés. Es una lista tan larga o corta como se quiera, porque  sabemos que dentro de nosotros laten infinitos recursos.

Y sin embargo, no todo en realidad se sabe o está inventado. Y no todo lo que se sabe, o se cree saber,  resulta necesariamente explicable y verdadero.

Puede que la mente humana sea una mota polvo en el insondable universo sideral, que carezca de posibilidades para abarcarlo o que, por el contrario, sea tan inmensa y extraordinaria que estemos sólo en los albores de su desarrollo. Tal vez se trate de ambas cosas, o de ninguna, pero los milagros existen.  Y existen incluso cuando creamos, que por conocer bien la causa y efecto de una situación o de un evento, no se producirán.

Porque detrás de algo que se explica siempre puede surgir lo inexplicable y detrás de algo que se sabe también hay algo que se ignora. La sabiduría no es plena, ni mucho menos infalible, aunque confiemos en ella para caminar por la vida con  una mínima sensación de certidumbre. No en vano somos seres hambrientos de certezas, de hábitos y de seguridad.

 Yo aún no puedo explicar porqué me encontré ese dinero cuando más lo necesitaba, porque tuve un hijo tan joven, porque invertí tantos años en terminar mi carrera, porque la muerte de mi padre abrió nuevas formas de pensar en mí, porque alguien que yo quería, por el que rogaba y estaba desahuciado, salió repentinamente de la UCI, porque el amor de mi vida llegó cuando me sentí preparada o porque en una calle repleta de coches encuentro ese hueco que necesito para aparcar cada día.  Ignoro porque mi corazón se estremece con un paisaje, con una foto, con el mero hecho de dar el biberón a mi nieto, con una copa de buen vino, con inspirar el aire o despertar cada mañana. Para mí todo esto es un milagro y me embarga una maravillosa sensación de plenitud y agradecimiento.

Cuando conecto esa sucesión de hechos, que en su momento me parecieron adversos o beneficiosos, mi vida adquiere pleno sentido y descubro que la clave de esos milagros no fue otra que creer firmemente en ellos.

Creer en lo que deseo, en la magia de cada momento, en lo que no ven mis ojos, pero logro imaginar. Y cuando creía o creo, el milagro sucede de una forma tan natural que parece haber estado allí siempre, aguardando en el mudo silencio a que yo lo llamase.

Los milagros no son patrimonio de la religión, más bien se cimentan en nuestra capacidad de creer y en la fe para sostener aquello en lo que creemos.

Hay una varita mágica en cada creencia capaz de crear lo que uno cree. Un hada madrina o un mago en cada uno de nosotros.

Por eso hablaba Einstein de dos formas de ver la vida: una creyendo que no existen milagros y la otra creyendo que todo es un milagro.

No es más que una decisión personal.

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ENFADARSE: ¿CUAL ES TU PUNTO DE NO RETORNO?

Puedes usar tu libertad para crear problemas y usarla para crear soluciones.

En lo que respecta al enfado, decía Benjamin Franklin que siempre tendremos razones para estar enfadados, pero esas razones rara vez serán buenas.

Os diré algo que ya sabéis y, por favor, aceptarlo.  La mayoría de las veces, por no hablar de todas, descargar nuestro enfado nos lleva a decir y hacer cosas de las que nos habremos arrepentido al poco tiempo. Además mucho de lo que hacemos y decimos puede provocar situaciones difíciles de arreglar. Y en ocasiones, dramáticas.

Hace poco leí una historia de esas que llevan a reflexionar sobre las consecuencias de nuestra ira incontrolada.

En Agosto de 1963, un ladrón neoyorkino decidió robar por última vez en su vida. Había estado en prisión por hurtos de pequeña importancia. Se propuso desvalijar un lujoso apartamento del Upper East Side. Lo había elegido porque pensaba que estaba vacío, pero se encontró con la sorpresa de hallar una mujer en su interior.

Una vez logró maniatarla y hacerse con el motín, vio como otra chica cruzaba el umbral de la puerta. La amenazó a punto de cuchillo y se dispuso a amordazarla. La mujer que estaba atada entró en cólera. Comenzó a gritar que se acordaría siempre de su cara y que no pararía hasta que la policía lo encontrase y lo pusiera en la cárcel.

El ladrón se alteró. Perdió el control de sí mismo y lleno de miedo y rabia las apuñaló hasta quitarles la vida. Treinta años más tarde, en una entrevista concedida desde la prisión, el hombre recordaba aquella tarde con las siguientes palabras: “«Estaba como loco, mi cabeza estalló, no sabía lo que estaba haciendo».

Dos víctimas y un nuevo asesino. ¿No es como para pensárselo?.

Respecto al enfado, las personas tenemos hábitos y creencias my arraigados.

Nos da por pensar, por ejemplo, que es bueno enfadarse.

Quizá esté relacionado con ese pasaje de la Biblia en el que San Pablo afirma “Airaos pero no pequéis”.

Cualquiera que sea la razón, tendemos a pensar que suprimir el enojo es algo negativo, un síntoma de no tener “sangre en la venas”, y que reprimirlo puede derivar en depresión o enfermedad. Sin embargo, la realidad es que vivir enojado y peleando con los demás no hace sino elevar los niveles de stress y las enfermedades cardíacas.

Luego está esa otra creencia provocada por el ego. Las cosas tienen que ser como creemos y queremos y nuestra capacidad de tolerancia y aceptación es mínima. De forma que los enfados ponen en evidencia nuestros puntos emocionales flacos. Y también aquellos aspectos sobre los que tenemos una mayor necesidad de control. Nos enfada eso de los demás que no controlamos y queremos desesperadamente controlar. Eso que esperamos de ellos y no llega a concretarse.

Cuanto más grande es nuestro ego, más inflado y gigante, más fácil es que cualquier acontecimiento nos perturbe. Una mirada, un simple gesto.

Es precisamente por ese ego que nos tomamos las cosas personalmente. Vivimos nuestra vida como si fuera una película de la que somos protagonistas y el resto solo fueran actores secundarios. Olvidando que cada persona intenta resolver sus miedos, sus carencias y sus pequeñas miserias. Y que sus reacciones ante el mundo y la vida tienen mucho que ver con esto.

Ninguno somos tan importantes, ni estamos tan presentes en la vida de los demás como para que cualquier cosa que digan, miren, piensen o sientan tenga que ver precisamente con nosotros.

Lo que interpretamos como insultos o desaires puede ser consecuencia del crecimiento personal de otros individuos. Formar parte de esa retahíla de contradicciones dolorosas, dudas y objetivos vitales que cada cual vive a su manera.

Un hábito muy extendido es utilizar el enfado como una táctica. Sucede cuando añadimos  indignación a nuestras opiniones, buscando la reacción de los demás o su apoyo. No es que en realidad estemos indignados, pero pensamos que con esa actitud reforzaremos nuestros argumentos, convenceremos mejor u obtendremos alguna contrapartida.

Con una lista tan extensa de creencias, es lógico preguntarse, ¿bueno y entonces qué hacer?.

Desde luego nunca expresar abiertamente el enfado, ni reprimirlo. Tampoco alimentarlo con un diálogo interno obsesivo. Y mucho menos dejarle que perdure y que se convierta en resentimiento por el solo hecho de que una persona no nos dio o actuó en la forma en que necesitábamos para sentirnos seguros y felices.

Cualquier solución pasa por reconocer nuestra emoción, analizarla y gestionarla. Averiguar qué es eso que nos enfada, dónde estamos siendo exigentes y controladores, porqué y para qué. ¿Cuál es nuestro punto flaco?.

Pero lo más importante para gestionar la emoción es hacerlo a tiempo.

En ese momento en el que aún eres capaz de desvincularte y elevarte sobre ella, racionalizarla, respirar hondo y contemplarla desde otro ángulo. Cuando aún puedes aceptarla y eres capaz de describirla con tus propias palabras.

Antes de llegar al punto de no retorno. Ese punto, en el que una vez traspasado, no podemos dejar de enfadarnos.

Ahí debes actuar, siendo consciente de que tu indignación no pasa de ser una creencia personal que te perjudica. Ampliando tu visión de lo que te ocurre y de lo que está ocurriendo a tu alrededor.

Necesitas algo que te ayude a desconectar. Tal vez una palabra sin sentido o fuera de contexto, como “Manzana” o “Dinamarca”, o el sólo hecho de ponerte  a contar. Una vez que has conseguido visualizar la palabra o los números, toma distancia y comienza a bajar escalones hacia tu paz interior.

Cuando todo haya pasado, busca el instante de tranquilidad oportuno para expresar lo que no te gusta. Y hazlo sin emociones que te vapuleen como si fueras una hoja a merced del viento. Hazlo de forma asertiva.

Recuerda que una emoción bien gestionada no deja resentimientos.

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LA ALEGRIA Y EL CONSUELO DE COMPARTIR

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Cristopher McCandless, apodado por él mismo Alexander Supertramp,  se retiró de la sociedad para llevar una vida solitaria en plena naturaleza.  Después de afrontar numerosos peligros, sin ayuda de mapas, ni víveres,  terminó sus días en Alaska, a la edad temprana de 24 años.

Murió en el interior de un autobús abandonado cerca del Parque Nacional de Denali. Según las pruebas médicas que le practicaron, por inanición.

El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de los cazadores de alces encontraron esta nota en la puerta del vehículo:

 “S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, cerca de morir, y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless. Agosto”

El biógrafo de McCandless, cuenta que en los últimos días de su vida, ya muy debilitado, escribió: “La felicidad sólo es real cuando se comparte”.

Viniendo de una persona que buscaba alejarse de la sociedad, estas ocho palabras mueven a la reflexión.

¿Has experimentado alguna vez la sensación de que eso que no compartes no existe en el mundo real?.

 Lo que únicamente tú sabes queda dentro de ti. Se halla tan próximo a tu imaginación que no sería extraño pensar que lo estas imaginando.

 Desde el inicio de su existencia, los hombres se agrupan y comparten. Es esa relación la que permite su supervivencia, amén de generar vida y progreso.

La amistad es un buen ejemplo de compartimiento. Los amigos comparten vivencias, emociones, afectos. Y cuanto más comparten más estrecho es el vínculo.

Compartir provoca que lo que te sucede y lo que está dentro de ti, trascienda. Permite que puedas comunicarte, contagiar a los demás e influir en sus vidas. A la vez permite que puedas ser influido y te enriquezcas. En cualquier caso, posibilita que veas cuanto te acontece desde otro ángulo, que des y recibas afecto, gratitud, respeto y conocimiento, que soluciones problemas. Es un bien para la persona y para la comunidad. Un intercambio productivo y útil  a nivel personal y colectivo.

Es cierto que para compartir hay que exponerse. En la vida, aunque habites en el agujero más recóndito, siempre estas expuesto. El sólo hecho de nacer te expone al riesgo emocional y físico. Y cuanto menos arriesgues menor será el jugo que le saques a tu trayecto vital.

Algunas personas no comparten por miedo a ser juzgadas o a fracasar. Por esa misma razón, otras comparten a medias. Sí, pero no. Viven agazapadas en una espiral de miedo y evitación constante. Critican lo que temen. Critican a los que se exponen y a quienes fracasan.  Su vida discurre de esta manera, observando cómo viven los demás, perdiéndose la sabiduría del fracaso y la alegría de trascenderse como individuos.

Es un hecho que cada uno de nosotros tiene su punto de vista. Que cada punto de vista es una verdad personal. Pero la verdad no consiste en una suma de puntos de vista, ni siquiera es el producto de lo que tú piensas, tampoco algo inmutable. De modo que, digan lo que digan, sé fiel a ti mismo y actúa de acuerdo con tus principios.

 Tu verdad es tan válida y respetable como cualquier otra. Y sólo creyendo en lo que crees y entendiendo y respetando que cada cual ha de creer en lo suyo, lograrás lo mejor para ti y para los demás.

Nada tiene que ver el compartir con imponer tus ideas, o callar lo que piensas.  Al contrario, el acto de compartir te invita a expresarlas y hacer partícipe de ellas a los demás. También a escuchar con respeto lo que otros tienen que decir y participar en sus emociones. Hay en esta actitud un objetivo de ayudarse, disfrutando de lo que cada cual tiene con alguien o partiéndolo y donándoselo con gentileza.

En realidad compartir representa un plus en nuestras vidas. Multiplica nuestra alegría y consuela nuestra tristeza. Al abrirnos a otras personas, tenemos la oportunidad de acceder a nuevas posibilidades, opciones, sendas y recursos.

Necesitamos a los demás. Son parte imprescindible de nuestro viaje por la vida.  Gracias a ellos somos mejores. Y también lo son ellos gracias a nosotros. El mundo es el resultado de la aportación de cada ser humano. Y cada aportación es una joya valiosa. Una pequeña luz en la oscuridad de lo desconocido.

La soledad bien entendida tiene sus ventajas. Permite descansar, meditar y conocerse. No ocurre lo mismo con el aislamiento que conduce a una suerte de rumiación interior alejada de la realidad.  En el aislamiento, quedamos  huérfanos de esa alegría, consuelo y trascendencia que obtenemos al compartir.  Podemos incluso quedar privados de las necesidades más elementales para la vida.

No dudes que si compartes tu pan, te gustará más. Si compartes tu felicidad, esta aumentará.

Cristopher McCandless escribió en su diario, como palabras finales, que había tenido una vida feliz. Dio gracias a Dios por ello y envió sus  bendiciones. El testimonio de su vida es motivo de inspiración para muchas personas y también nos permite aprender acerca de lo que somos, nuestros límites, actitudes y sueños.

Parte del gran legado que nos dejó, es una pequeña frase de tan sólo ocho palabras. Una frase que, escrita desde la más absoluta soledad, nos invita sencilla y llanamente, a compartir.

Os dejo con un video sobre su vida. Disfrutadlo y sacad vuestras propias conclusiones.

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