¿HACIA DÓNDE TE DIRIGES?

 

Ambos amigos desayunaban plácidamente unos minutos antes de comenzar la jornada de trabajo. 

  -¿Para qué vives?-  preguntó el que untaba la tostada al que removía el café.

-Vaya pregunta- respondió el del café algo desconcertado.

 -En serio. ¿Para qué vives?- insistió el de la tostada.

El del café se lo apuró de un trago, después frunció el ceño visiblemente incómodo –tengo mucho que hacer hoy para pensar en eso. Mejor me voy- dijo

¿Alguna vez te has preguntado para qué vives?.

A menudo caminamos por la vida sin saber quiénes somos o lo que realmente queremos y nos resulta incómodo buscar una respuesta.

 El primer camino que deberíamos emprender en nuestro trayecto vital es hacia nosotros mismos.  

Sintonizar con las propias emociones y sentimientos, prestar atención a nuestros actos, descubrir que valores anhelamos, cuáles son nuestras fortalezas y debilidades y que le da sentido a nuestra existencia conecta a cada ser humano con sus propias metas y su misión en la vida.

En el frontispicio del Templo de Delfos los siete sabios griegos escribieron siglos atrás que sino hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera, pues en ti se encuentra el tesoro de los tesoros. Conócete a ti mismo y conocerás el Universo.

Cuando nos ponemos en movimiento sin conocer o querer el motivo es fácil experimentar cansancio y frustración.

Cuando existe un motivo aparente para actuar, pero falta claridad respecto a qué camino seguir y qué pasos dar, corremos el riesgo de perdernos y no llegar nunca.

Puede que el objetivo sea andar por andar y disfrutar de la trayectoria. Si somos conscientes y nos llena, será tan válido como cualquier otro.

El termómetro de nuestra felicidad tiene la respuesta.

Conviene no mirar hacia fuera, porque la plenitud está dentro de cada uno. Qué hacer y qué pensar es una elección personal.

Si tienes la sensación de que has perdido el norte o te falta algo y aparentemente no sabes qué puede ser; si experimentas una actitud de víctima, te quejas por todo, estas defraudad@, percibes angustia, cólera, inquietud, resentimiento o simplemente una desazón o vacio que te impide centrarte en lo que haces, pregúntate si acaso no desearías vivir de otra manera.

¿Qué te gustaría hacer?. ¿Dónde te gustaría estar dentro de diez años por ejemplo?. ¿Para qué vives en realidad?. ¿Cuál es tú misión?.

A menudo repetimos que nos gustaría hacer esto o aquello, que podríamos hacer esto o aquello, que nos hubiera gustado hacer esto o aquello. Guardemos silencio para escuchar hacia dentro. Busquemos esa voz  interior que nos susurra lo que queremos con los cinco sentidos, desde lo más profundo de nuestro ser y en congruencia con los valores que hemos elegido practicar.

No es cuestión de justificarse, sino de tomar conciencia. Reconocer que a veces nos movemos más por la rutina que por causa de un objetivo concreto. Los hábitos dominan nuestra vida. Y no siempre que decimos que queremos cosas las queremos de verdad: puede que no nos resulte ecológico obtenerlas o tal vez descubramos que nuestros pasos van encaminados a satisfacer expectativas ajenas o estamos yendo contra nuestros valores.

Imagina que tienes una familia, trabajas y deseas estudiar una carrera. Analiza que necesitas para lograr tu objetivo y si estás dispuesto a pagar el precio. Dado que has de dedicarle horas al estudio y debes sacrificar otras cosas ¿estas dispuest@ a hacerlo?; ¿te compensa prestar menos atención a tu familia durante ese tiempo?, ¿renunciar a las salidas con los amigos?, ¿a tus días libres o parte de tu horas de sueño, quizá?; ¿qué pasos concretos vas a dar a corto, medio y largo plazo?; ¿a qué horas vas a estudiar?; ¿qué materiales y ayuda necesitas para lograrlo?; ¿cuál es tu plan?; ¿en cuánto tiempo?; ¿dónde estarás de aquí a seis meses?, ¿a un año? ¿a cinco?; ¿ cómo medirás que lo vas consiguiendo?; ¿te visualizas con el título?; ¿qué sientes?. Si respondes positivamente a tus preguntas y te pones en marcha, será cierto que lo quieres. Pero si  algo en ti, por pequeño que sea, se rebela, puede que hayas elegido hacer otra cosa, que el objetivo no te compense y/o no te atraiga lo suficiente.

Cuando sientas que no puedes hacer esta reflexión por ti mism@ apóyate en un coach, no rumies frustración repitiéndote que eso que no quieres es lo que quieres en realidad.

Hagas lo que hagas, vayas dónde vayas, estas a tiempo de hacer un alto en el camino y averiguar tú para qué.

Un paso importante para reconocer y abrazar tu objetivo es conectar física y mentalmente con su esencia.  Visualízalo. ¿A que huele?. ¿Qué sabor tiene?. Y al tacto, ¿cómo es?. ¿Suave, firme, frío, templado?. ¿De qué color?. ¿Qué forma presenta?. Hazlo tuyo o asócialo con algo o alguien que te motive y actúa como si ya lo tuvieras. Borra de tu lenguaje los predicados negativos y las palabras con connotaciones de fracaso.

Recuerda que de poco sirve tener un propósito sin un plan. Para llegar al tesoro necesitas un mapa, de lo contrario, sólo poseerás un sueño.

A la hora de formular metas y trazar un plan deberíamos tomar en consideración la capacidad de ser flexibles. Como el junco que crece junto al río puedes dejarte mecer por el viento o acariciar por el agua mientras tus raíces permanecen aferradas al suelo. Osho decía que en la flexibilidad la acción emana del encuentro en tú y la situación, no de una idea preconcebida. Cuanto más flexibles seamos mayores posibilidades tendremos de alcanzar nuestro propósito. Por tanto, adáptate a las nuevas circunstancias. El objetivo puede cambiar a consecuencia de un simple cambio de valores, de ideas, de prioridades, de la ampliación de tu horizonte de opciones o tras un hecho que haya resultado traumático o inspirador para ti.

Puedes ir andando por un camino y encontrarte una zanja que no sea posible saltar, quizás debas tomar un atajo para salir de nuevo a él o hacia otro diferente que te conduzca al mismo destino. O tal vez antes de llegar a tu destino, te encuentres con una experiencia peculiar y la transformes en tu meta. En ocasiones, puede suceder que haya que reformular el objetivo, ampliarlo, reducirlo o sustituirlo por uno nuevo que nos colme más o nos de fuerza para continuar hacia el primero.

Es fundamental no abrumarse con la meta. Podría desmotivarte. Divídela en submetas. Siembra el trayecto de pequeños hitos que te permitan victorias parciales; tan esencial resulta avanzar como disfrutar del avance. Mientras caminas estás viviendo. Prémiate y celebra cada pequeño éxito. Disfruta del camino.

En ocasiones buceamos en nuestro pasado para cargar con la memoria de los pasos perdidos y de las huellas sin rumbo. El pasado debería ser una referencia para motivarnos, recordar los éxitos y aprender de los errores. Un recurso ocasional que nos empuje a actuar, no una forma de vida, ni un factor de bloqueo. La vida transcurre aquí y ahora, en el lapsus de este instante.

Lidérate poniendo rumbo hacia metas que te realizan. El que sea que te haga sentir bien y en paz contigo mism@. Comienza hoy. Si no sabes a dónde te diriges jamás llegarás. Si ignoras qué estas caminando y para qué  ¿cómo podrás disfrutar del trayecto?.

Conecta tus sentidos y tu conciencia contigo y con el Universo del que formas parte.

Cada momento te ofrece algo. Un tacto, un olor, un sabor, un sonido. Genera en ti una emoción, un pensamiento o una acción. Dale tu propio significado. Vívelo conforme a tus deseos.

 

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Archivado bajo Actuar, Autoliderazgo, Bienestar, Coaching, Dirigir tu vida, Gestión de tu vida, Isabel Ripoll, Liderazgo interpersonal, Liderazgo personal, Metas, Objetivos

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