METÁFORAS PARA EL CAMBIO (IV): LA TIENDA DE LAS OPORTUNIDADES

 

Erase una vez una tienda en la que vendían oportunidades.

Luminoso y colorido, el local estaba dividido en dos pasillos, de cada uno de los cuales colgaba un cartel. En el cartel del primer pasillo podía leerse: “Encuentra tú oportunidad” y en el del pasillo de al lado: “Oportunidades de segunda mano”.

Las oportunidades estaban escritas en un pergamino sellado, aunque en las baldas de la estantería un pequeño letrero indicaba el nombre y el contenido de cada oportunidad.

Aquella mañana la tienda se encontraba abarrotada de clientes y la dependienta vio llegar al hombre que día tras día la visitaba.

 Era una persona de mediana edad, con un porte y aspecto impecable. Alguien que ella consideraba educado, elegante y cortés. En un principio había pensado que quizá se tratase de un gran empresario, pero se sorprendió al escuchar de otra dependienta que no tenía trabajo.

Cada mañana, el hombre llegaba allí tranquilamente, daba los buenos días y se internaba en el pasillo de “Encuentra tu oportunidad”. De vez en cuando, salía con un pergamino y le preguntaba a las dependientas sobre las características del producto. Si era fiable o se podía descambiar, si estaba garantizado…y finalmente partía con las manos vacías.

En cierta ocasión, decidió adquirir una de aquellas oportunidades, aunque al poco rato la devolvió porque, según dijo, no le valía para sus propósitos; de modo que la oportunidad fue colocada en el pasillo de “Oportunidades de segunda mano” y adquirida por otro cliente de inmediato.

En un periodo de tres años aquel hombre había adquirido tres oportunidades y las había devuelto todas. Ya en las baldas de “Oportunidades de segunda mano”, los productos retornados se habían vendido a otro cliente en cuestión de minutos.

-¿Qué es lo que busca exactamente?- llegó a preguntarle una vez con ánimo de ayudar.

-Una oportunidad de calidad que esté a mi altura- respondió él con una sonrisa.

-Tenemos buenas oportunidades de calidad aquí, permítame que se las muestre-

-No se moleste- replicó –las conozco todas y en este momento no me interesan, aunque me pregunto si admiten reservas-

-¿Reservas?- preguntó la dependienta.

– Me refiero a reservar la oportunidad durante un tiempo- aclaró él- Si me la llevo tendré que aprovecharla y tal vez pierda la que busco-

-Lo siento señor. Las oportunidades no se reservan. Están para consumirlas. Puede comprar la oportunidad y retornarla en caso de que no la haya abierto-

La dependienta que había visto entrar al hombre aquella mañana también le atendió al salir. Para su sorpresa el hombre llevaba en la mano una oportunidad. Le dedicó una sonrisa:

-Parece que ha encontrado lo que buscaba-

-Al menos se parece mucho a lo que busco- manifestó él.

No había pasado más de media hora cuando el hombre retornó la oportunidad explicando que lo había pensado mejor y no le convenía.

Cuando se hallaban inmersos en labores nocturnas de cierre, aquel hombre volvió y preguntó enseguida por la oportunidad devuelta.

 Por favor- le dijo a la dependienta –necesito volver a comprar la oportunidad; creo que era la mía-

La dependienta lo miró extrañada:

– La oportunidad que devolvió está ya vendida-

-No es posible. ¿Puede pedirme otra igual?-

-Ninguna oportunidad es igual a otra señor. Lo siento-

Dice un famoso proverbio chino que hay tres cosas que no vuelven hacia atrás: la flecha lanzada,  la palabra pronunciada y la oportunidad pérdida.

Wayne Dyer escribió: “cuando te agarras a una creencia que te sabotea, eso sólo te sirve para mantenerte marcando el paso sin avanzar…sólo sirve para justificar tu inacción con una explicación”.

 

 

 

©Isabel Ripoll. 2011. All rights reserved

 

 

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