COMO NOS LIMITA LA ADULACIÓN

 

En un foro de opinión sobre la adulación, uno de los participantes manifestaba:

 “La forma más rápida de alejarse del triunfo y, en consecuencia de la realidad, es rodearse de aduladores. Es como si alguien te pusiera una losa encima para que no logres tus objetivos. La adulación, si te complaces en ella, te distrae y contamina como profesional; distorsiona tu percepción de la realidad”.

 El reconocimiento y la estima son necesidades humanas básicas, aunque hemos de ser cautos a la hora de satisfacerlas para no caer en la dependencia, ni apartarnos de la realidad.

 En ocasiones tenemos tanta urgencia por ser aceptados y lograr notoriedad que absorbemos como verdadera cualquier palabra que nos haga enaltecer el ego. Se olvida fácilmente que tales comentarios pueden proceder de la ignorancia, la cortesía o la adulación más que de la franqueza. Lo que nos dicen los demás, no siempre es consciente o sincero.

Cuando nos prodigan alabanzas falsas o exageradas para halagarnos y obtener algo a cambio, estamos siendo adulados. Y es fácil caer en la complacencia y dejarse llevar, pues el adulador apunta de lleno a esa parte tan vulnerable de nuestro ser que denominamos “ego”.  

La adulación es precaria en el reconocimiento del otro porque le pone cualidades que no tiene o no muestra. No nace de un deseo de ratificar lo bueno, sino de agradar superficialmente el oído del que se necesita de alguna manera.

El adulador nos adormece con un falso sentido de la confianza que nos hace bajar la guardia; no es amigo de la verdad y tampoco resulta confiable. Ante una situación en la que vea comprometido su objetivo es capaz de pasar con toda frialdad al polo opuesto.

Si algo diferencia la honestidad de la adulación es la convicción. La honestidad implica estar convencid@ de lo que uno dice . La persona honesta expone su punto de vista conforme a su esquema de valores y  mapa de la realidad.  No busca manipular o agradar por encima de todo, ni es servil.

 La honestidad asertiva es una herramienta potenciadora, al margen de que adquiera forma de reconocimiento, refuerzo de una conducta o comentario para la mejora personal.

Si alguien nos expresa con su mayor convicción que nuestro trabajo es excelente por esto o por aquello y que además podríamos explorar esta u otra vía  o nos retroalimenta comentando que cuando ayer llegaste tarde, yo me sentí mal, no es lo mismo que si nos dice sin argumento alguno: ¡Qué buen@ eres!. La primera expresión  abre nuevas opciones y perspectivas sobre la realidad y a la vez crea un espacio para la reflexión y  mejora personal. La segunda es una afirmación rimbombante y genérica. Si nos volvemos dependientes de ella, puede que caminemos ciegos por la vida, tropezando a cada paso con el fracaso.

 “¡Cuanto se parece a la amistad  la adulación!” exclama el filósofo Séneca.  ¿Es el verdadero amigo un adulador?. “Cuanta más amistad más claridad” señala un proverbio. 

 En su ensayo “Cómo distinguir un adulador de un amigo”,  Michael Pakaluk afirma:

 “El amigo procura que estemos bien, en tanto que el adulador trata de que nos sintamos bien. El amigo nos dice la verdad sobre nosotros mismos, aunque sea dolorosa, en tanto que el adulador distorsiona la verdad para ajustarla a lo que queremos oír. Generalmente un amigo es devoto en primer lugar de la verdad y, de acuerdo con eso, deja que una amistad prospere o fracase. Para el adulador la verdad es irrelevante, o quizá hasta un obstáculo. La pregunta determinante para él es: “¿Qué quieres que piense que es verdadero?”.

 Adular es una estrategia de seducción o manipulación al servicio de los fines más variados: trabar amistad, ganarse al jefe, conseguir que el empleado haga lo que deseamos, enamorar o conquistar a alguien, cerrar un trato… .

 Cuando una persona cae en las redes de un adulador puede volverse dependiente y ceder por sistema, tolerar lo intolerable,  apartarse de su objetivo, sobreestimarse o subestimar. Puede que sea capaz de cualquier cosa con tal de engordar su ego y tener contento al adulador. En el fondo lo que late en esa conducta es una falta de autoestima y confianza en uno mismo.

 ¿Te hace sentir bien ese compañero o ese jefe que  te dice que eres imprescindible, aunque el precio sea trabajar más o ir contra tus intereses?.

 Deberíamos confiar más en nosotros mismos y en nuestro instinto. Utilizar el sentido común y poner nuestra capacidad de observación y análisis al servicio de nuestros objetivos. Sólo nosotros somos los más indicados para saber qué  queremos y qué nos conviene. Escuchemos nuestra pequeña voz interior y lideremos nuestra vida.

 

 

 

 

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