Archivo mensual: noviembre 2011

VIVIR CON UNA MENTE FLEXIBLE

Es probable que a lo largo de tu vida hayas conocido a personas que buscan un perfeccionismo inalcanzable, que no aceptan equivocarse, ni rectificar o tratan de imponer, como sea, su punto de vista. Tal vez hayas observado esos comportamientos en ti mism@.

¿Te has sentido alguna vez relajad@, alegre o féliz en cualquiera de estas situaciones?.

“Nada hay más peligroso que una idea cuando no se tiene más que una” decía un filósofo  francés.

El cerebro humano tiende a clasificar y  buscar explicaciones, a simplificar y debatirse entre el blanco y negro, lo bueno y lo malo.

Una vez que eres consciente de esto,  ¿deseas una mente de arcilla o una mente de piedra?, ¿una mente que secuestre la verdad o que la ponga en remojo?.

La respuesta no es baladí. Puede afectar a tu salud,  tus relaciones sociales y  tu éxito personal y profesional.

Las personas rígidas son excesivamente autoexigentes consigo mismas y con los demás.  Una característica propia de los individuos inflexibles es resistjrse a cambiar de comportamiento o creencias, por mucho que la evidencia y los hechos les demuestren que están equivocados.  Son personas que viven en su limbo, distorsionando la realidad y rechazando todo aquello que les genera incertidumbre.  No toleran ambigüedades ni contradicciones y  suelen ser víctimas de sus propios perjuicios.

Este tipo de actitudes genera sentimientos de estrés, angustia y miedo. Pueden tornar agresivo e irascible a quién las sufre. La rigidez hace que una persona se muestre autoritaria, tienda a perder los estribos o a paralizarse cuando algo rompe sus esquemas.

Quién adopta una postura inflexible, no admite perder el control de las cosas, tiene miedo a equivocarse y transita por el mundo de los “debería”. Es probable que busque lo inalcanzable, tanto en sus relaciones como en sus metas personales, y se muestre intransigente. De modo que, si las cosas se tuercen, le costará generar alternativas o cambiar de camino.

Puede que algunas de estas pautas nos resulten familiares en nuestra conducta. Tal vez las reproduzcamos de forma aislada, pero cuando son nuestra tónica de vida, ¿a dónde nos conducen?.

Reconocer que podemos equivocarnos y que no sabemos realmente lo que ocurre dentro de las personas y del mundo que nos rodea, nos brinda la oportunidad de  crecer y  aprender.

“Si uno realmente quiere redescubrir la maravilla”, afirma la periodista y conferenciante Kathryn Schulz, “tiene que apartarse de la razón y mirar alrededor…mirar la inmensidad, la complejidad y el misterio del Universo, y poder decir: -¡Qué sé yo!; quizá me equivoco-“

Vivimos tan programados que llegamos a olvidar que la vida no es un cuadrilátero. No todo cuadra en ella a la medida de nuestros cánones y gustos personales. Aprender a manejar la incertidumbre, adaptarte a las circunstancias y al medio y ser capaz de rectificar  resulta básico para la supervivencia y  felicidad personal.

Ser flexibles  nos permite afrontar el cambio y adaptarnos a él, transitar por lo inesperado, con tolerancia y con una adecuada gestión de nuestras emociones, aceptar las diferencias, críticas y discrepancias, reconocer y corregir errores, superar ideas y perjuicios arraigados y abrirnos a nuevas experiencias y puntos de vista.

Algunos individuos persiguen sus objetivos de forma fija y obsesiva, hasta el punto de que, en el ínterin, se olvidan de vivir. Nada que no sea lo que ellos han concebido merece su atención. Se abstienen de experimentar para no equivocarse y critican los errores de otras personas. Esperan agazapados a que llegue la oportunidad de oro, ese día triunfal en que lo que han concebido encaje sin fisuras con la realidad. O eso o nada.

Creer que la vida se adaptará exactamente a nuestros deseos puede mantenernos ocupados y esperanzados, pero no deja de ser una utopía. Para encajar la línea recta y rígida de las ideas personales en el terreno ondulado de la vida hemos de convertir esas ideas en una línea  flexible.

En ocasiones se confunde la flexibilidad con la debilidad de carácter. La ausencia de fuerza y determinación o la incapacidad de afrontar responsabilidades no es flexibilidad. Ser flexible no significa ceder ante todo ni dejarse llevar por todo, sino buscar ese equilibrio justo por el que nos hacemos compatibles con las circunstancias, eventos y  personas que nos rodean mientras continuamos siendo nosotros mismos.

Cuando escuchamos con pleno silencio interior y somos capaces de creer que lo que cuentan o sienten el resto de individuos es tan real y verdadero cómo lo que contamos y sentimos nosotros, cuando  podemos seguir manteniendo una relación correcta o cordial con las personas que una vez nos hirieron, o si nos damos la oportunidad de hacer cada día algo distinto de lo que hasta ahora hemos hecho, estamos siendo flexibles.  Y lo cierto es que una mente flexible nos permite vivir mejor y transitar por la vida con menos traumas.

Si nada permanece inmóvil en el tiempo, sostener verdades inamovibles chocará de lleno con la realidad. Como consecuencia de ello acumularemos malestar y frustración.  

Revisar nuestras creencias y reconocer las limitaciones que todos tenemos, es un ejercicio saludable y enriquecedor. 

Cuando dudas o te equivocas descubres cosas que antes ignorabas y esto amplia tu perspectiva de la realidad.

 

 

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EL TIEMPO EN TUS MANOS

 

El tiempo es un tema eterno.

Algo que hace del tiempo un bien preciado, es el hecho de saber que puede desaparecer  repentinamente y, sin embargo, cada instante de vida, nos brinda la oportunidad de disponer de él.

El valor del tiempo también se mide por  la sensación de pérdida.  Ese instante que se escapa y no vuelve. El que nos deja con la incertidumbre de saber si tendremos más.

A veces utilizamos el tiempo para planificar el futuro  y olvidamos el presente.  Nos ausentamos de lo que estamos  viviendo, para sumergirnos en las distracciones de nuestro diálogo interior o en el rumor de cuanto nos rodea.

Una cosa que me fascina del  tiempo es su maleabilidad. La posibilidad que tiene cada individuo de dedicarlo a aquello que le hace sentir pleno, realizado o valioso.

Por esta razón, me parece importante saber gestionar nuestro tiempo personal.  Decidir a qué lo dedicamos y para qué, pues al dejarlo a su antojo, puede acabar en manos de alguien o provocarnos frustración si percibimos qué no lo controlamos o que lo hemos perdido. Sea como sea, su empleo es producto de una elección personal.

De modo que cuando digo “no tengo tiempo” hago una elección, aunque en paralelo pueda estar formulando una excusa. No significa que no tenga tiempo para otras cosas, sino que elijo dedicarlo a una actividad, objeto o persona en concreto.  Cuando tengo tiempo para trabajar y no para hacer deporte es porque trabajar es para mí una actividad prioritaria, puede que me guste más, o quizá lo que suceda es que no quiero hacer deporte.  Y si postergo la familia  por el trabajo o el deporte, es mi decisión.

 Aquello que elijo, activa o pasivamente, puede hacerme sentir bien o mal. Puedo ser adicto a una emoción negativa y dedicar mi tiempo a situaciones, objetivos o personas que me suscitan esa emoción.  La persona adicta a una droga seguramente elija dedicar su tiempo a adquirirla y consumirla.

Analizar a qué dedicamos nuestro tiempo es un ejercicio muy saludable: ¿Contribuye esa elección personal a nuestro bienestar?, ¿a lo qué deseamos conseguir y sentir con ella?.

A la hora de establecer prioridades, una buena opción es hacerse preguntas: ¿Qué nos mueve?. ¿Ser percibidos como eficaces?, ¿sentirnos bien con nosotros mismos?, ¿crear relaciones?, ¿aportar valor?. ¿Qué actividad, acción o persona nos potencia o conduce hacia nuestros objetivos?. ¿Qué cosas de las que hacemos aportan sentido a nuestra vida?.

Cuando algo que no figure en la lista sea importante, tocará  hacerle un hueco a la medida de su importancia y de la importancia del resto de actividades o personas que figuran en ella. Crear huecos exige reducir o eliminar el tiempo que dedicamos a otras cosas. No podemos tener todo, pero si aquello que resulta vital para nosotros.

Si ordenamos nuestras prioridades conforme a criterios alineados con los propios objetivos y valores, no tendremos la sensación de estar perdiendo el tiempo o de perder oportunidades que en realidad para nosotros no son tales. Tampoco buscaremos excusas. Al poner luz en nuestro tiempo mediante un acto de conciencia y reflexión, logramos ser dueños del mismo. No es el tiempo que nos toca el que nos utiliza, somos nosotros quienes lo utilizamos a él.

En nuestra lista personal y profesional debería figurar todo aquello que resulta esencial, aquello sin lo cual no estaríamos completos porque nos define.

El tiempo debería ser un recurso útil.  Para sacar el máximo partido de los instantes que dedicamos a las actividades, objetivos y personas de nuestra lista, no hay mejor fórmula que prestar atención y poner la máxima intensidad en lo que hacemos o percibimos.

La atención y la intensidad son puro enfoque. Una suerte de pasión  que nos hace entregarnos con los cinco sentidos a cuanto emprendemos.  Algo así como vivir el momento y para el momento, exprimiéndolo al máximo. Es el “juice” del que se suele hablar en el argot comercial. El líquido jugo que mide la eficacia de nuestro tiempo.

Si mi elección ha sido acertada, el resultado se traducirá en un excelente zumo. En otro caso:  ¿Qué ha fallado?, ¿qué puedo aprender?. ¿Debe estar esa actividad, objetivo o persona en mi lista del tiempo?. ¿Es lo que yo quiero o lo que quieren otras personas?.

Mientras estás vivo, el tiempo es un reloj de arena en tus manos. Tú decides cuando se pone en marcha y para qué. Si haces o no zumo con él. Si le exprimes todo el jugo  o te conformas con exprimirlo a medias. Lo importante es que seas consciente de lo que tienes entre tus manos y de las posibilidades que te ofrece,  que lo utilices en tu beneficio y para tu felicidad.

Si te quejas porque no tienes tiempo, algo sobra o falta en tu vida. Te toca averiguar y decidir. Piensa que a veces uno cree  estar enfocado en lo que desea y de pronto descubre un puñado de  arena colándose entre sus dedos.

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¿SONREIR O MORIR?

Hace unos días llegó a mis manos el libro “Sonríe o Muere: Como el pensamiento positivo engañó a América y al mundo” de Barbara Ehrenreich.

En líneas generales el libro se refiere al pensamiento positivo como una corriente ideológica que afecta negativamente a nuestras vidas al provocar que nos sintamos culpables de cuanto no nos sale bien, obligarnos a estar alegres y posibilitar el control social. El pensamiento positivo llega a ser cruel, por ejemplo, con los despedidos y menos favorecidos. Según la autora tampoco ha podido demostrarse que esta actitud positiva influya en la cura de enfermedades de la gravedad del cáncer, llegando a agobiar, e incluso a desesperar, a los pacientes. El libro sugiere que la crisis económica actual se debe en parte a una corriente de pensamiento positivo que nos vuelve poco realistas.

Es obvio que vivimos una época dónde los mensajes positivos surgen por doquier en blogs, libros y oratorias. Entra dentro de lo posible que un sector de ese público saturado se sienta agredido o manipulado, pero concluir de aquí lo que apoya la autora, no es más que una cuestión de percepción y, sobre todo, una decisión personal. El libro trata de vender su idea y, como todo lo que se vende en esta vida, podemos comprarlo o no. Personalmente he comprado el libro, pero no lo que dice.

Reflexionando sobre la culpabilidad y crueldad en relación conlos menos favorecidos, que Ehrenreich achaca al positivismo actual, creo que no debería hablarse de culpa sino de responsabilidad. Este pequeño matiz supone un cambio absoluto de perspectiva, pues la culpa es una actitud formada por emociones y pensamientos que desembocan en la autoflagelación y el odio contra uno mismo. Por el contrario, la responsabilidad está conectada con nuestra capacidad de respuesta. Resulta evidente que no siempre podemos elegir las circunstancias que nos rodean o cuanto nos depara la vida, pero si está en nuestra mano decidir cómo respondemos ante ello. Al ser responsable puedo sentirme mal con mi conducta, en lugar de sentirme mal conmigo mismo. El error no me devalúa como individuo, simplemente lo acepto y aprendo de él.

Por tanto, nadie debería sentirse culpable de no tener una actitud mental positiva o de que las cosas no le salgan bien, sino en todo caso responsable de lo que piensa, pues cada cual decide cómo responde, consciente o inconscientemente, a lo que le sucede. Ver las cosas bien o mal, fustigarse o perdonarse, asociarse o disociarse de la propia conducta es una cuestión de elección personal. En este sentido, el pensamiento positivo no nos obliga a nada que nosotros no queramos.

A mi modo de ver la actitud mental positiva no engendra sumisión o control social, ni tiene porqué condicionarnos a la hora de exigir que se respeten nuestros derechos e ideas o de manifestar nuestro descontento. Más bien nos ayuda a ser asertivos. Lo que implica defender nuestra postura sin agredir a los demás ni ser agredido.

Respecto a cómo influye la actitud positiva en nuestra salud, es cierto que estamos en un estadio inicial de investigaciones. Afortunadamente se ha comenzado a cuestionar la idea, un tanto limitada, de que la cura de las enfermedades se basa únicamente en la ingesta de sustancias químicas, una buena cirugía o la detección precoz. Cada vez parece más claro que el cuerpo humano es un todo y que las emociones y pensamientos influyen en el desarrollo y cura de enfermedades. Algunos estudios ponen de manifiesto, por ejemplo, como la actitud positiva fortalece nuestro sistema inmunitario o mitiga los síntomas de una enfermedad. Abundan los testimonios de personas que dicen haberse curado de enfermedades “teóricamente” incurables afrontándolas desde una actitud mental positiva.

Por tanto, aunque no pueda demostrarse con total seguridad que el pensamiento positivo cure el cáncer, tampoco estamos en condiciones de afirmar que no lo cure. Y para un enfermo tener una actitud positiva que le permita enfocarse en lo mejor y luchar por sentirse mejor es un instante más de esperanza, alegría y fuerza para vencer la enfermedad o de entereza para afrontarla.

Tal vez el problema de la crueldad al que alude la autora radique en confundir pensamiento positivo con idealismo. Tener una actitud mental positiva no quiere decir que ignoremos la realidad. Es cierto que ser negativos nos estanca al desincentivar el cambio y la acción, pero no lo es menos que el idealismo puro y duro es otra forma de estancamiento.

Conectar con la realidad implica ser consciente de que los fracasos forman parte de la vida, de que existen situaciones adversas que uno ha de aceptar o superar, acontecimientos que se escapan a nuestro control. Hemos de estar preparados para estas situaciones, ser flexibles y buscar alternativas.

Cualquiera que sea nuestra actitud, el miedo, el dolor, la frustración, la rabia o la tristeza, son emociones que experimentaremos. Todas ellas cumplen una función en nuestra vida. Otra cosa es cómo vamos a gestionarlas. Si lo hacemos con una actitud positiva de ser conscientes, disociarnos y analizarlas o con una actitud negativa de identificarnos con la emoción y volvernos adictos a ella. De modo que llorar no te convierte en negativo, ni reír en positivo, pero si entiendes porque lloras y porque ríes sabrás que tú eres algo más que tu emoción y que puedes disociarte de ella y gestionarla, al igual que puedes gestionar tus pensamientos y tus creencias.

Pensar en positivo tampoco es sinónimo de logro. Creer que las cosas saldrán bien no garantiza que salgan bien. A mi modo de ver la teoría de la atracción, correctamente entendida, no se refiere a que podamos conseguir todo lo que queremos con sólo pensarlo, sino más bien a cómo influye nuestra actitud en el universo que nos rodea y en nosotros mismos. Si tú actitud es la de creer que conseguirás algo, estas dirigiéndonos hacia ese algo y ese algo se dirige hacia ti.

Cuando creemos en nosotros somos más proclives a ver todo lo que antes nos pasaba desapercibido y a contagiar a las personas que nos rodean. Nuestra atención se enfoca en lo deseamos y nos topamos con eso que antes ya existía y no habíamos visto. Al buscar con pasión lo que queremos captamos también la atención de otras personas, obteniendo su colaboración y accediendo a nuevas oportunidades. 

Y lo cierto es que pocas cosas llueven desde el cielo. Para conseguir algo hemos de perseverar en nuestra idea y mover ficha. Es necesario contar con un objetivo claro y un plan, ser flexible y buscar alternativas, pero sobre todo hacer y hacer, poco a poco y de forma constante. Sin acción no hay logro. A menos que consideres un logro el dejarte llevar, pregúntate que has hecho hoy para ganar tu propio partido.

Es cierto que la vida tiene sus reglas. Lo que sucede es que sean cuales sean y pase lo que pase, aún tenemos el poder de controlar nuestra actitud y nuestro enfoque. Podemos decidir si vemos la vida de forma positiva o en qué vamos a centrar nuestra atención y nuestras fuerzas.

Por eso, a mí modo de ver, el dilema no es sonreír o morir. Lo que importa  es vivir o morir con la actitud que deseamos. Vivir o morir no es sólo lo que nos sucede sino también, y en gran parte,  la forma en que lo interpretamos.

 

 

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