UN ENTORNO LABORAL EN EL QUE TODOS SON LIDERES

En el pasado estabas en la oficina y hacías lo que tú jefe te pedía desde su precioso despacho; en el presente, la oficina se compone de escritorios y salas de reuniones y  eso incluye a tu jefe, que trata de trabajar en equipo contigo. En el futuro, tú serás la oficina y tu propio jefe.

¿Te parece descabellado?.

Puede que en buena parte de la pequeña y mediana empresa aún no sea una realidad, pero las organizaciones consideradas como mejores sitios para trabajar están optando por los espacios abiertos. En ellos conviven jefes y empleados y proliferan las salas de reuniones.

Este diseño del entorno laboral se corresponde con una nueva filosofía que tiende a pulir las aristas de los organigramas jerárquicos con organizaciones más horizontales.

¿Qué está sucediendo?

La sociedad y el mundo de los negocios han experimentado grandes cambios en poco tiempo.

El más importante tiene que ver con las personas. Por mucho que queramos ver las empresas como entidades abstractas con un fin económico, no puede desconocerse el hecho de que están integradas por individuos y de que su éxito gira alrededor de la necesidades y del ingenio humano.

En la era del conocimiento y la información, quienes acceden a los puestos de trabajo suelen ser individuos bien formados y capacitados para asumir sus tareas. Más que control, lo que este tipo de empleados demanda es espacio y responsabilidad.

Cualquier tipo de supervisión que se efectúe sobre personas formadas y capacitadas debería  enfocarse en estimular y facilitar su labor a fin de que se sientan motivados, dueños de su trabajo y partícipes de la misión corporativa.

Para lograr sus objetivos la empresa del futuro no necesita tanto que sus empleados obedezcan como que liberen y aporten su talento.

La organización piramidal de ordeno y mando representa un obstáculo para la innovación, creatividad e iniciativa que demanda la empresa del siglo XXI. El objetivo primordial de crear valor al cliente y ser competitivos en el mercado se facilita cuando estas organizaciones se estructuran como una red de equipos enfocados al cliente, en flujo y sin jerarquías. Por otra parte, la empresa del futuro tiene ante sí otro reto importante: ser lo suficientemente flexible como para enfrentar con velocidad el cambio. Para ello ha de cuestionar las burocracias y los núcleos de poder y control control internos.

Algunos expertos en estrategia empresarial como Gary Hamel, autor del libro “Liderando la revolución” se atreven a vaticinar un futuro de empresas sin gerentes y con estrategias formuladas por los empleados.

“Serán los empleados de menor rango (quienes están en mayor contacto con los clientes)”, afirma Hamel, “los que generarán las ideas sobre la dirección que debería tomar la empresa. La alta gerencia, por su parte, aumentará sus responsabilidades sobre el proceso de implementación”.

Para José Enebral Fernández, consultor de Management y Recursos Humanos, “cada organización es obviamente soberana, pero si buscamos profesionalidad en las personas, quizá debamos revisar términos como seguidores, subordinados, colaboradores, recursos (humanos)…la profesionalidad implica saber qué hay que hacer y cómo hacerlo, y el hacerlo con esmero y disciplina, sin que nadie nos esté dando instrucciones ni ejemplo: sin duda, una exigencia de la economía del siglo XXI”.

Parece que en el futuro la estructura de las empresas estará mucho más cerca del modelo de gestión horizontal y autoliderazgo que de las jerarquías “Top-down” preconizadas por el Taylorismo en la primera mitad del siglo XX. Baste como botón de muestra el ejemplo de organizaciones como IDEO, Google o Gore-Tex que actualmente se sitúan a la vanguardia de la innovación.

Un cambio de esta magnitud afecta de lleno a los profesionales que prestan servicios.

Cuando la empresa dejar ser esa entidad totalitaria en la que un pequeño grupo, alejado de la realidad del día a día, toma decisiones y controla el bienestar de sus súbditos, los profesionales han de pensar por sí mismos y desarrollar una mentalidad de microempresa convirtiéndose en responsables de su propio servicio. En otras palabras, han ser sus propios líderes y liderar, tanto por su bien como por el de la organización.

 Los empleados convertidos en profesionales ya no están sujetos a paternalismos sino que dependen de sí mismos. No son tanto recursos, como fuentes de talento. Ofertan un producto y esperan un contraprestación justa. No le deben nada a nadie, pués lo que se da es un mero intercambio.

 La empresa ya no será ese lugar en el que hay que dejar transcurrir ocho horas, obedecer, realizar tu trabajo, evitar responsabilidades y pasar desapercibido para cobrar una nómina. El cambio es una cuestión de supervivencia para empresarios y trabajadores.

La era de los empleados parece dejar paso a la era de los profesionales.

Y  los profesionales son adultos que controlan sus vidas. Antes de trabajar para nadie trabajan para sí mismos. Eligen a quién, dónde y cómo prestan sus servicios, ofrecen un producto diferenciado y valioso, asumen responsabilidades, influyen sobre otros y toman decisiones para impulsar el negocio.

Para llegar a este punto no tienen que seguir instrucciones, sino pensar por ellos mismos dónde radica su valor, sus fortalezas y habilidades y cómo pueden contribuir de una forma única y valiosa a su entorno.

Un profesional es consciente de aquello singular que puede aportar y lo aporta.

La evolución de la sociedad nos invita más que nunca a trabajar en nosotros mismos para mejorar nuestro entorno laboral y profesional y crear un mundo mejor para todos.

Se trata de conectar con el líder que cada uno llevamos dentro y hacerlo visible.

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