ACOMPAÑAR

“Más vale un corazón sin palabras que palabras sin corazón”, dice un proverbio sudanés.

En el acompañamiento el silencio juega un papel clave, porque es un ingrediente de la escucha activa  y nos ayuda a respetar la libertad y la capacidad de decisión del otro.

El acompañante es un testigo empático. No está ahí para dirigir, enseñar, mover o influenciar, aunque inconscientemente pueda hacerlo. Tampoco para ir de salvador.  Es sólo alguien que está presente, cerca y próximo en el corazón, unido con la alegría o tristeza de la persona a la que acompaña.

Acompañar no es intentar convencer, sino participar en los sentimientos del otro y mostrarse receptivo a lo que trata de comunicar. A veces no sabemos qué decir, y lo cierto es que acompañar no requiere decir o hacer nada especial, sólo estar ahí.

El acompañante es un facilitador que ha relegado sus expectativas personales para sintonizar con otra persona y crear un ambiente de cariño y sosiego, donde esta pueda reflexionar, vivir su emoción y sentirse apoyada.

Es posible que la persona a la que acompañemos sufra una pérdida, un fracaso, una enfermedad y  esté deteriorada hasta el punto de parecer que ha perdido sus capacidades. Pero acompañar es seguir creyendo en su libertad y en su capacidad de decisión y respetar su dignidad.

Aunque creamos que tenemos la solución a los problemas de  la persona con la que compartimos ese momento tan delicado o importante, hemos de ser como un farero que regala presencia. El acompañante ofrece luz,  cariño y  rapport, pero es el otro quién observa, quién ve y decide sus pasos. Tal vez podamos orientarle con preguntas. O conversar con la persona, si lo necesita, pero enfocados en la escucha.

Cuando nos planteamos como podemos acompañar mejor a alguien, no existe una única respuesta. Depende en sí de la persona. De cara a uno mismo, lo importante es que demos lo que tenemos en nuestro corazón, ya que quién lo recibe le dará sentido según como sea el suyo.

Hagas lo que hagas tu papel acaba cuando has dado lo que podías dar y lo has hecho de forma auténtica y  asertiva.  Como el otro  lo reciba, cuando has puesto lo mejor de ti y has estado presente, ya no está en tus manos.

Deja que la persona y su dolor fluyan, “como el río… cuando el río encuentra una piedra, no se detiene: la rodea y luego la pasa. Cuando el río encuentra un hueco, lo inunda y sigue su cauce. La naturaleza es sabia; sabe hacia dónde va. El río desembocara en el mar, donde encontrará su sentido…”.

Acompaña.  No fuerces, ni trates de razonar.

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Archivado bajo Acompañamiento, Acompañar, Acompañar a alguien, Actitud, Cambio, Comprensión, Comunicación, Hacer compañía, Isabel Ripoll

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