Archivo mensual: marzo 2012

METAFORAS PARA EL CAMBIO (VI): “TÉ CON UN VAMPIRO”

-Sorberá tu sangre. Lo hará poco a poco. Irás sintiéndote débil, y por muy extraño que parezca, terminaras aceptándolo.

Estaba a punto de secar el último cubierto, cuando escuchó aquella voz de ultratumba en el televisor. “Sin aliento” era el nombre de la serie que su hija de dieciocho años escuchaba por las tardes.

-Ali por favor, baja ese volumen  -dijo aún afectada por lo que acababa de oír.

Ali murmuró algo quejándose, pero Sofía no lo escuchó, Ramón acaba de besarla en la frente.

-Cuídate cariño. Te llamo luego.

La puerta se cerró tras los pasos de su marido y Sofía percibió la imagen de uno de aquellos chupasangres, proyectando una mirada felina. Dos pares de colmillos, cual  ávidos alfileres, le asomaban entre los labios.

“¡Que desagradable!”, se dijo.

Ali apagó el televisor. Estaba de pie junto al borde de la escalera que conducía a los dormitorios.

-Ha terminado. Me subo a estudiar.

Su voz, amortiguada por las paredes de la cocina, se escuchó lejana.

Al cabo de unos minutos, el timbre resonaba por toda la casa. Abrió la puerta y divisó aquella sonrisa angelical, que Luis, el vecino del cuarto, solía prodigar a los cuatro vientos.

-No me digas que te he despertado -exclamó mientras paseaba la mirada por Sofía.

-¿Despertado?.

-Si mujer, lo digo por ese pelo revuelto que tienes. ¿Puedo entrar?. Tengo algo que contarte.

No quiso ser desconsiderada. Le preguntó si quería tomar algo y, después de preparar un té con pastas, se ubicaron en el tresillo rojo de cuatro plazas que presidia el salón. Esperaba que aquello no durase mucho. Hacía semanas   que no coincidían, pero aún  era capaz de recordar que Luis la dejaba exhausta.

-Tenía que verte Sofi. Estoy muy afectado por lo que está pasando.

Luis era un hombre de cabellos plateados, ya entrado en la cincuentena. Su lustroso cráneo asomaba entre un haz de filamentos amalgamados con brillantina.

-Tú dirás -quiso saber Sofía.

-Estoy algo fastidiado -repuso– ya sabes lo sensible que soy a los ruidos. A las ocho de la mañana los vecinos de la puerta contigua abren la ducha y el agua sale a todo meter. A las ocho y media tu Ali deja que la puerta se cierre sola. Sobre las once  el cartero pulsa el timbre. A las dos la vecina del tercero llama a los niños a comer y esas criaturas gritan, corren y chocan contra todo. Cuando parece que puede haber paz, el del cuarto B duerme y ronca a pata suelta. Después llegan las seis y comienza a llegar gente al edificio. Todo son pasos y portazos. No sé que voy a hacer. Estoy desquiciado.

Sofía miró el reloj de pared.

-Bueno Luis, la gente tiene que hacer su vida. Es algo que no puede evitarse; quizá debas consultar un médico o insonorizar tu casa.

El vecino lanzó una mirada sibilina.

-He visitado varios médicos y no tengo problema alguno. Insonorizar mi casa es muy caro. No sé  que voy a hacer.

Sofía dio un buen trago al té inglés tipo breakfast antes de continuar con la conversación.

-¿Te has planteado cambiar de vivienda?.

-No tengo dinero para eso, y vender la mía en los tiempos que corren es algo complicado  -repuso Luis algo cabizbajo.

-¿Qué es lo que te fastidia exactamente?. Escuchar ese tipo de ruidos durante el día entra dentro de lo normal.

-Pero no sabes cuanto me molestan; y el Presidente se encoje de hombros. Es increíble. Estoy condenado soportarlos.

-¿Y si utilizases unos tapones? -propuso Sofía con cierto cansancio.

-Entonces no podría escuchar la televisión, ni saber si me llaman al teléfono en mi propia casa.

Sofía observó a Luis mientras continuaba hablando. Al entornar los labios sus colmillos sobresalían cual níveas estalactitas. Miraba con ojos enrojecidos, proyectando ese brillo afilado y pulverizador que había contemplado en “Sin aliento”.

-Luis, creo que no sé cómo ayudarte -exclamó al fin, saliéndo de su emoción.

-No me digas que los vecinos del cuarto A no son escandalosos –prosiguió Luis con un tono de irritación en la voz- Deberían vivir en el campo. Y los hijos de la señora del tercero A gritan como gallinas cluecas. Ya no te hablo de los ronquidos que pega el del cuarto B . No hay quién aguante esta situación. Y lo peor es que no puedo hacer nada. Es como si estuvieran todos contra mí.

Sofía se encogió de hombros.

-La verdad que no me había dado cuenta de que hubiese tantos ruidos.

-Sofí, tienes que ayudarme -imploró Luis- el Presidente de la comunidad se niega a hablar de ello en la próxima Junta; ¡el muy cínico!; ayer mismo me dijo que sabía por el ruido de tus tacones cuando llegabas. Habla pestes de ti, que si vas de independiente, que si eres una antipática y no asistes a las reuniones-

El rostro del vecino había adquirido un tono lívido y mortecino. Tenía unas enormes bolsas moradas bajo la cuenca de los ojos. Sofía rezumaba tensión en las sienes y comenzaba a sentir dolor de cabeza.

-Vampiros -susurró casi imperceptiblemente.

-Tienes mala cara -exclamó Luis, mientras sostenía en vilo la taza de té- ¿te pasa algo?-

-Acabo de acordarme que tengo cita con el dentista en dos minutos.

-Vaya, pues perdona por entretenerte. Ya me voy –exclamó con apuro – ¿Tendrás en cuenta lo que hemos hablado?. Oye ¿y qué es eso de los vampiros?.

Creyó haberlo dicho para sí, pero el oído de su vecino era tan agudo como el de una tortuga.

-Me refería a los vampiros emocionales. Gente tóxica. Te dejan sin energía, deprimida y cabreada.

Sofía había entornado la hoja de la puerta. Luis estaba bajo el dintel y se volvió a mirarla antes de caminar hacia el descansillo de la escalera . ¿Sería verdad que un hilillo de sangre resbalaba por la comisura derecha de sus labios?.

-Suena fatal -espetó.

-¿Qué?.

-Eso que dices. Es lo más parecido al Presidente de la Comunidad -concluyó explayando una maliciosa sonrisa.

Su voz se había distorsionado. Era un conglomerado difuso y estridente que restallaba en la penumbra del descansillo.

-Buenas tardes Luis.

-Buenas tardes Sofi. Cuídate.

Sofía cerró la puerta y lanzó al aire un estremecido suspiro.

Aún violentada por la metamorfosis de Luis, abrió el cajón del aparador y se hizo con un pastilla para el dolor de cabeza.  No era para menos. Acababa de tomar el té con un vampiro.

 

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DETECTA Y CAMBIA TUS CREENCIAS LIMITANTES

Una persona estrecha la mano a otra al despedirse y le dice, “siento no haberte podido dedicar todo el tiempo que necesitas”. Si entramos en el dialogo interior que mantiene consigo misma, es posible que este lamentando no haber podido dedicar más tiempo a su interlocutor y desee que perciba su frustración. Sin embargo, quién escucha sus palabras puede estar pensando: “es una excusa, simplemente no le interesa lo que tengo que contarle”.

 ¿Cuál es la verdad?. Cada uno tiene la suya. Cada uno ve y escucha aquello en lo que cree, pero nuestras creencias no son la realidad, son pensamientos repetidos a los que nos apegamos. Un esqueleto de ideas desde el que contemplar lo que está fuera y .dentro de nosotros.

Al condicionar las actitudes y comportamientos de cada persona, el repertorio individual de verdades, condiciona también los resultados que cada persona obtiene en su vida. Lo que crees es también lo que creas.

Las creencias se cultivan, algunas desde la infancia. Están profundamente arraigadas en nuestro subconsciente y definen nuestro carácter y nuestro destino. Las mayores hazañas y las peores destrucciones de la historia tienen su origen en las “verdades” a las que nos apegamos.

En cierta ocasión, una amiga me comentó “no termino nada de lo que comienzo”. “¿Cuando comenzaste a creer eso?” inquirí. “Con siete años. Estaba haciendo un dibujo y no lo terminé. Mi madre me dijo que nunca terminaba nada”.

Los padres deberíamos tener cuidado con las creencias que inculcamos a  nuestros hijos. Nuestras verdades pueden convertirse en las suyas. Incluso cuando parezca que no las comparten y que pasan inadvertidas, nuestras verdades pueden limitarles. Muchas creencias viven larvadamente en el subconsciente.

Cuando es limitadora, la creencia afecta de forma negativa a nuestra vida, pero también genera falsos beneficios. Pensemos en la falsa sensación de seguridad o comodidad, de liberarnos de la responsabilidad o dejarla en manos de otros.

Si una creencia nos limita, podemos sustituirla por otra generativa (positiva). Para ello es fundamental  tomar conciencia de que existe, identificándola. La auto-observación de nuestras emociones, nuestro lenguaje y comportamientos nos permitirá detectar todos esos sentimientos, palabras, actitudes y acciones que limitan nuestra vida.

Cuando te sientas molest@ con una situación, una persona o contigo mismo, pregúntate porque has reaccionado de esa manera y cuestiona y verifica si eso que crees es la verdad. ¿En qué momento de tu vida empezaste a tener esa creencia?. ¿Cómo reaccionas cuando la tienes?. ¿Quién serías tu o cómo sería tu vida sin ella?. Puedes escribir las respuestas en un papel o en un diario si te resulta más fácil.

¿Has identificado las creencias que te tienen estancad@ en tu carrera, tu trabajo, tus relaciones o tu salud?. Si la respuesta es positiva, el siguiente paso será  sustituirlas por otras que te potencien y expandan.

Cambiar nuestras creencias es un ejercicio que requiere proactividad. No vale  anclarse en el mundo de las ideas, ni conformarse con los resultados de su análisis. Es necesario hacer que las cosas pasen. Abandonar ese mundo de seguridad y comfort en el que nuestros pensamientos y comportamientos limitantes se repiten de forma consistente, como si estuvieran en automático.

La solución no pasa por destruir la creencia limitante sino por sustituirla por otra positiva o potenciadora que ocupe su lugar. La sustitución es el mecanismo adecuado para evitar que la verdad perniciosa retoñe de nuevo a nuestra mente.

Escojamos una creencia positiva de reemplazo y convirtámosla en un hábito, de forma que la aceptes y surja con la misma naturalidad con que lo hacía la anterior. Para ello, recuerda y repite tu creencia a cada momento, escríbela, siéntela, visualiza su colores, su tacto, su olor, tu vida con ella. Puedes incluso anclarla a un recuerdo o sensación positiva y nutrirte con ejemplos de personas que han logrado una vida plena o exitosa sosteniendo esa creencia.

Deshacerte de tus creencias limitantes no resulta una empresa fácil, requiere una buena dosis de constancia porque las creencias perniciosas suelen echar raíces profundas y lo que buscamos es que nuestras verdades positivas se implanten con idéntica fuerza. Hay personas que lo logran en 21 días y otras necesitan más tiempo. Algunas lo consiguen solas y otras requieren de la ayuda de un especialista en coaching o PNL.

La buena noticia es que no tienes que vivir con tus creencias limitantes, porque está en tu mano creer lo que desees.

 

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