Archivo mensual: junio 2012

ENFADARSE: ¿CUAL ES TU PUNTO DE NO RETORNO?

Puedes usar tu libertad para crear problemas y usarla para crear soluciones.

En lo que respecta al enfado, decía Benjamin Franklin que siempre tendremos razones para estar enfadados, pero esas razones rara vez serán buenas.

Os diré algo que ya sabéis y, por favor, aceptarlo.  La mayoría de las veces, por no hablar de todas, descargar nuestro enfado nos lleva a decir y hacer cosas de las que nos habremos arrepentido al poco tiempo. Además mucho de lo que hacemos y decimos puede provocar situaciones difíciles de arreglar. Y en ocasiones, dramáticas.

Hace poco leí una historia de esas que llevan a reflexionar sobre las consecuencias de nuestra ira incontrolada.

En Agosto de 1963, un ladrón neoyorkino decidió robar por última vez en su vida. Había estado en prisión por hurtos de pequeña importancia. Se propuso desvalijar un lujoso apartamento del Upper East Side. Lo había elegido porque pensaba que estaba vacío, pero se encontró con la sorpresa de hallar una mujer en su interior.

Una vez logró maniatarla y hacerse con el motín, vio como otra chica cruzaba el umbral de la puerta. La amenazó a punto de cuchillo y se dispuso a amordazarla. La mujer que estaba atada entró en cólera. Comenzó a gritar que se acordaría siempre de su cara y que no pararía hasta que la policía lo encontrase y lo pusiera en la cárcel.

El ladrón se alteró. Perdió el control de sí mismo y lleno de miedo y rabia las apuñaló hasta quitarles la vida. Treinta años más tarde, en una entrevista concedida desde la prisión, el hombre recordaba aquella tarde con las siguientes palabras: “«Estaba como loco, mi cabeza estalló, no sabía lo que estaba haciendo».

Dos víctimas y un nuevo asesino. ¿No es como para pensárselo?.

Respecto al enfado, las personas tenemos hábitos y creencias my arraigados.

Nos da por pensar, por ejemplo, que es bueno enfadarse.

Quizá esté relacionado con ese pasaje de la Biblia en el que San Pablo afirma “Airaos pero no pequéis”.

Cualquiera que sea la razón, tendemos a pensar que suprimir el enojo es algo negativo, un síntoma de no tener “sangre en la venas”, y que reprimirlo puede derivar en depresión o enfermedad. Sin embargo, la realidad es que vivir enojado y peleando con los demás no hace sino elevar los niveles de stress y las enfermedades cardíacas.

Luego está esa otra creencia provocada por el ego. Las cosas tienen que ser como creemos y queremos y nuestra capacidad de tolerancia y aceptación es mínima. De forma que los enfados ponen en evidencia nuestros puntos emocionales flacos. Y también aquellos aspectos sobre los que tenemos una mayor necesidad de control. Nos enfada eso de los demás que no controlamos y queremos desesperadamente controlar. Eso que esperamos de ellos y no llega a concretarse.

Cuanto más grande es nuestro ego, más inflado y gigante, más fácil es que cualquier acontecimiento nos perturbe. Una mirada, un simple gesto.

Es precisamente por ese ego que nos tomamos las cosas personalmente. Vivimos nuestra vida como si fuera una película de la que somos protagonistas y el resto solo fueran actores secundarios. Olvidando que cada persona intenta resolver sus miedos, sus carencias y sus pequeñas miserias. Y que sus reacciones ante el mundo y la vida tienen mucho que ver con esto.

Ninguno somos tan importantes, ni estamos tan presentes en la vida de los demás como para que cualquier cosa que digan, miren, piensen o sientan tenga que ver precisamente con nosotros.

Lo que interpretamos como insultos o desaires puede ser consecuencia del crecimiento personal de otros individuos. Formar parte de esa retahíla de contradicciones dolorosas, dudas y objetivos vitales que cada cual vive a su manera.

Un hábito muy extendido es utilizar el enfado como una táctica. Sucede cuando añadimos  indignación a nuestras opiniones, buscando la reacción de los demás o su apoyo. No es que en realidad estemos indignados, pero pensamos que con esa actitud reforzaremos nuestros argumentos, convenceremos mejor u obtendremos alguna contrapartida.

Con una lista tan extensa de creencias, es lógico preguntarse, ¿bueno y entonces qué hacer?.

Desde luego nunca expresar abiertamente el enfado, ni reprimirlo. Tampoco alimentarlo con un diálogo interno obsesivo. Y mucho menos dejarle que perdure y que se convierta en resentimiento por el solo hecho de que una persona no nos dio o actuó en la forma en que necesitábamos para sentirnos seguros y felices.

Cualquier solución pasa por reconocer nuestra emoción, analizarla y gestionarla. Averiguar qué es eso que nos enfada, dónde estamos siendo exigentes y controladores, porqué y para qué. ¿Cuál es nuestro punto flaco?.

Pero lo más importante para gestionar la emoción es hacerlo a tiempo.

En ese momento en el que aún eres capaz de desvincularte y elevarte sobre ella, racionalizarla, respirar hondo y contemplarla desde otro ángulo. Cuando aún puedes aceptarla y eres capaz de describirla con tus propias palabras.

Antes de llegar al punto de no retorno. Ese punto, en el que una vez traspasado, no podemos dejar de enfadarnos.

Ahí debes actuar, siendo consciente de que tu indignación no pasa de ser una creencia personal que te perjudica. Ampliando tu visión de lo que te ocurre y de lo que está ocurriendo a tu alrededor.

Necesitas algo que te ayude a desconectar. Tal vez una palabra sin sentido o fuera de contexto, como “Manzana” o “Dinamarca”, o el sólo hecho de ponerte  a contar. Una vez que has conseguido visualizar la palabra o los números, toma distancia y comienza a bajar escalones hacia tu paz interior.

Cuando todo haya pasado, busca el instante de tranquilidad oportuno para expresar lo que no te gusta. Y hazlo sin emociones que te vapuleen como si fueras una hoja a merced del viento. Hazlo de forma asertiva.

Recuerda que una emoción bien gestionada no deja resentimientos.

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LA ALEGRIA Y EL CONSUELO DE COMPARTIR

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Cristopher McCandless, apodado por él mismo Alexander Supertramp,  se retiró de la sociedad para llevar una vida solitaria en plena naturaleza.  Después de afrontar numerosos peligros, sin ayuda de mapas, ni víveres,  terminó sus días en Alaska, a la edad temprana de 24 años.

Murió en el interior de un autobús abandonado cerca del Parque Nacional de Denali. Según las pruebas médicas que le practicaron, por inanición.

El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de los cazadores de alces encontraron esta nota en la puerta del vehículo:

 “S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, cerca de morir, y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless. Agosto”

El biógrafo de McCandless, cuenta que en los últimos días de su vida, ya muy debilitado, escribió: “La felicidad sólo es real cuando se comparte”.

Viniendo de una persona que buscaba alejarse de la sociedad, estas ocho palabras mueven a la reflexión.

¿Has experimentado alguna vez la sensación de que eso que no compartes no existe en el mundo real?.

 Lo que únicamente tú sabes queda dentro de ti. Se halla tan próximo a tu imaginación que no sería extraño pensar que lo estas imaginando.

 Desde el inicio de su existencia, los hombres se agrupan y comparten. Es esa relación la que permite su supervivencia, amén de generar vida y progreso.

La amistad es un buen ejemplo de compartimiento. Los amigos comparten vivencias, emociones, afectos. Y cuanto más comparten más estrecho es el vínculo.

Compartir provoca que lo que te sucede y lo que está dentro de ti, trascienda. Permite que puedas comunicarte, contagiar a los demás e influir en sus vidas. A la vez permite que puedas ser influido y te enriquezcas. En cualquier caso, posibilita que veas cuanto te acontece desde otro ángulo, que des y recibas afecto, gratitud, respeto y conocimiento, que soluciones problemas. Es un bien para la persona y para la comunidad. Un intercambio productivo y útil  a nivel personal y colectivo.

Es cierto que para compartir hay que exponerse. En la vida, aunque habites en el agujero más recóndito, siempre estas expuesto. El sólo hecho de nacer te expone al riesgo emocional y físico. Y cuanto menos arriesgues menor será el jugo que le saques a tu trayecto vital.

Algunas personas no comparten por miedo a ser juzgadas o a fracasar. Por esa misma razón, otras comparten a medias. Sí, pero no. Viven agazapadas en una espiral de miedo y evitación constante. Critican lo que temen. Critican a los que se exponen y a quienes fracasan.  Su vida discurre de esta manera, observando cómo viven los demás, perdiéndose la sabiduría del fracaso y la alegría de trascenderse como individuos.

Es un hecho que cada uno de nosotros tiene su punto de vista. Que cada punto de vista es una verdad personal. Pero la verdad no consiste en una suma de puntos de vista, ni siquiera es el producto de lo que tú piensas, tampoco algo inmutable. De modo que, digan lo que digan, sé fiel a ti mismo y actúa de acuerdo con tus principios.

 Tu verdad es tan válida y respetable como cualquier otra. Y sólo creyendo en lo que crees y entendiendo y respetando que cada cual ha de creer en lo suyo, lograrás lo mejor para ti y para los demás.

Nada tiene que ver el compartir con imponer tus ideas, o callar lo que piensas.  Al contrario, el acto de compartir te invita a expresarlas y hacer partícipe de ellas a los demás. También a escuchar con respeto lo que otros tienen que decir y participar en sus emociones. Hay en esta actitud un objetivo de ayudarse, disfrutando de lo que cada cual tiene con alguien o partiéndolo y donándoselo con gentileza.

En realidad compartir representa un plus en nuestras vidas. Multiplica nuestra alegría y consuela nuestra tristeza. Al abrirnos a otras personas, tenemos la oportunidad de acceder a nuevas posibilidades, opciones, sendas y recursos.

Necesitamos a los demás. Son parte imprescindible de nuestro viaje por la vida.  Gracias a ellos somos mejores. Y también lo son ellos gracias a nosotros. El mundo es el resultado de la aportación de cada ser humano. Y cada aportación es una joya valiosa. Una pequeña luz en la oscuridad de lo desconocido.

La soledad bien entendida tiene sus ventajas. Permite descansar, meditar y conocerse. No ocurre lo mismo con el aislamiento que conduce a una suerte de rumiación interior alejada de la realidad.  En el aislamiento, quedamos  huérfanos de esa alegría, consuelo y trascendencia que obtenemos al compartir.  Podemos incluso quedar privados de las necesidades más elementales para la vida.

No dudes que si compartes tu pan, te gustará más. Si compartes tu felicidad, esta aumentará.

Cristopher McCandless escribió en su diario, como palabras finales, que había tenido una vida feliz. Dio gracias a Dios por ello y envió sus  bendiciones. El testimonio de su vida es motivo de inspiración para muchas personas y también nos permite aprender acerca de lo que somos, nuestros límites, actitudes y sueños.

Parte del gran legado que nos dejó, es una pequeña frase de tan sólo ocho palabras. Una frase que, escrita desde la más absoluta soledad, nos invita sencilla y llanamente, a compartir.

Os dejo con un video sobre su vida. Disfrutadlo y sacad vuestras propias conclusiones.

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