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CREER EN LOS MILAGROS

Los milagros son eventos que, por escapar al entendimiento humano y obrar en nuestro beneficio, se perciben cómo prodigiosos.

La percepción del milagro cambia a medida que aumenta el conocimiento y también a medida que pasa el tiempo. Pero así como la ignorancia humana no tiene fin, ellos, los milagros, tampoco lo tienen.

En un tiempo no muy lejano los eclipses, las estaciones del año y las tempestades eran considerados milagros. Hoy parecen algo fácil de explicar, aunque nos siga impresionando la sabiduría con que la naturaleza se desenvuelve en el Cosmos.

Otra sensación extraordinaria se produce cuando tomamos conciencia de que acontecimientos percibidos en términos de adversidad, con el paso de los años, se convierten en prodigiosos milagros sin los cuales no seríamos lo que somos, ni podríamos conectar los puntos precisos que dotan de plenitud y sentido a nuestra vida.

Actualmente sabemos muchas cosas e intuimos otras. La ciencia y el progreso nos han permitido desarrollar la lógica, el sentido común e incluso el alma. Somos capaces de concluir que la salud es nuestro estado natural y que la energía para vivir puede sacarse de las naranjas, las guayabas, los atardeceres, las ciruelas, las algas, las flores, el amor, los chistes, las manzanas, los amigos, los libros, las estrellas, los poemas, los cuentos o las risas de los bebés. Es una lista tan larga o corta como se quiera, porque  sabemos que dentro de nosotros laten infinitos recursos.

Y sin embargo, no todo en realidad se sabe o está inventado. Y no todo lo que se sabe, o se cree saber,  resulta necesariamente explicable y verdadero.

Puede que la mente humana sea una mota polvo en el insondable universo sideral, que carezca de posibilidades para abarcarlo o que, por el contrario, sea tan inmensa y extraordinaria que estemos sólo en los albores de su desarrollo. Tal vez se trate de ambas cosas, o de ninguna, pero los milagros existen.  Y existen incluso cuando creamos, que por conocer bien la causa y efecto de una situación o de un evento, no se producirán.

Porque detrás de algo que se explica siempre puede surgir lo inexplicable y detrás de algo que se sabe también hay algo que se ignora. La sabiduría no es plena, ni mucho menos infalible, aunque confiemos en ella para caminar por la vida con  una mínima sensación de certidumbre. No en vano somos seres hambrientos de certezas, de hábitos y de seguridad.

 Yo aún no puedo explicar porqué me encontré ese dinero cuando más lo necesitaba, porque tuve un hijo tan joven, porque invertí tantos años en terminar mi carrera, porque la muerte de mi padre abrió nuevas formas de pensar en mí, porque alguien que yo quería, por el que rogaba y estaba desahuciado, salió repentinamente de la UCI, porque el amor de mi vida llegó cuando me sentí preparada o porque en una calle repleta de coches encuentro ese hueco que necesito para aparcar cada día.  Ignoro porque mi corazón se estremece con un paisaje, con una foto, con el mero hecho de dar el biberón a mi nieto, con una copa de buen vino, con inspirar el aire o despertar cada mañana. Para mí todo esto es un milagro y me embarga una maravillosa sensación de plenitud y agradecimiento.

Cuando conecto esa sucesión de hechos, que en su momento me parecieron adversos o beneficiosos, mi vida adquiere pleno sentido y descubro que la clave de esos milagros no fue otra que creer firmemente en ellos.

Creer en lo que deseo, en la magia de cada momento, en lo que no ven mis ojos, pero logro imaginar. Y cuando creía o creo, el milagro sucede de una forma tan natural que parece haber estado allí siempre, aguardando en el mudo silencio a que yo lo llamase.

Los milagros no son patrimonio de la religión, más bien se cimentan en nuestra capacidad de creer y en la fe para sostener aquello en lo que creemos.

Hay una varita mágica en cada creencia capaz de crear lo que uno cree. Un hada madrina o un mago en cada uno de nosotros.

Por eso hablaba Einstein de dos formas de ver la vida: una creyendo que no existen milagros y la otra creyendo que todo es un milagro.

No es más que una decisión personal.

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APRENDIENDO A SOLTAR

Si levantas tu cabeza, estiras los brazos e inspiras con intensidad hasta llenar los pulmones, sentirás que te colmas de energía.

Prueba ahora a inclinar la cabeza hacia abajo y permitir que el aire te abandone por completo, expirando lentamente. Tal vez esa energía se vaya diluyendo para dar paso a una sensación de alivio.

Inspirar y expirar es un ejercicio que realizamos inconscientemente durante toda nuestra vida, aunque sólo adquiere significado cuando reparamos en el.

Vivir una vida plena, también pasa por aprender a tomar y soltar, como si respirásemos.

A veces nos aferramos a recuerdos, personas y objetos y nos sentimos mal, porque eso que retenemos y no dejamos ir, genera negatividad, dolor o sufrimiento.

Puede que tengamos interiorizado que aquello que provoca malestar o problemas es más valioso, que no podremos encontrar nada mejor o que nos sintamos redentores de cuanto no es como deseamos en los demás, creyendo que tenemos el poder y la obligación de cambiarlo a cualquier precio. También es posible que una persona sea adicta a las emociones negativas o que prefiera ser la victima para no asumir responsabilidades sobre su vida.

Cualquiera que sea la razón, estamos ante actitudes y creencias que convierten nuestra vida en un pequeño o en un gran calvario.

Aprender a soltar eso que provoca sufrimiento y negatividad es el primer paso para salvaguardar la autoestima, la salud y la felicidad personal. Cuando dejamos ir lo que nos hace mal también abrimos huecos en nuestra vida para que entre lo positivo.

Puede que al hacerlo sufras, llores o sientas que el mundo se abre bajo tus pies, pero no es más de un proceso necesario en el camino de vaciarte para volverte a llenar.

En ocasiones hay que perder para ganar.

No puedes pasarte la vida aferrad@ a personas que roban tu energía y te maltratan, rodearte de individuos que desprecian o ignoran lo que eres, de recuerdos que alimentan emociones de ira y temor, de situaciones que te denigran y enferman o de quejas repetitivas sobre tus sufrimientos y pesares. Al hacerlo estas reteniendo el dolor y la infelicidad. ¿Con que objeto?.

¿Terminó tu trabajo, tu relación o tu amistad?. Déjalo ir.  Con el tiempo descubrirás que no es indispensable en tu vida. Tú ya eras tú antes de que todo eso existiera, ya tenías una vida  y seguirás teniéndola.

Suelta tu inseguridad, tus traumas, tus resentimientos, tus miedos, tus hábitos nocivos, tu pasado.

No te desgastes dándole vueltas a lo que sucedió. ¿Que ganas con  revolcarte en los hechos que se fueron para siempre?. No dediques tus energías a tratar de cambiar el pasado, ni a retenerlo. Sólo podemos actuar en el presente. El presente es todo lo que tenemos. Vívelo.

En la vida todos estamos abocados a ir cerrando puertas y capítulos. A quemar etapas.

Si dejas puertas abiertas, por si acaso, nunca podrás desprenderte de lo que te hace sentir mal.

Ya no eres el empleado de aquella empresa que te despidió injustamente, ni el amor o la ilusión de esa persona que tanto te quiso, ni el amigo de quién tu consideras amigo. Puede que incluso seas el gran empleado de una empresa en la que no quieres estar, el gran amor de alguien a quién no amas, el gran amigo de  quién no consideras amigo, y, si todo eso, provoca sufrimiento o malestar en ti, tu bienestar pasa por dejarlo ir.

 No esperes que te reconozcan y sepan quién eres. Quién eres lo sabes tú.

Si algún día sucede tal cosa, ¿qué va a reportarte?. Lo que acabó, acabado está. Si vuelve a ser, será algo diferente, un capítulo totalmente nuevo, porque no eres el mism@ que ayer, ni el mism@ que hace cinco minutos, y muchas de las cosas que hiciste hace cinco minutos no las harías ahora mismo, bajo las circunstancias que, ahora, en este momento, conoces; bajo los pensamientos que, ahora, en este momento, tienes. Tú ya no encajas en tu pasado, no encajas en el instante que se fue. No lo retengas. Déjalo ir.

Hoy puedes abrir una nueva página en el libro de tu existencia. ¿Cómo?. Cerrando capítulos.

No rumies el pasado. ¡Respira!

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DETECTA Y CAMBIA TUS CREENCIAS LIMITANTES

Una persona estrecha la mano a otra al despedirse y le dice, “siento no haberte podido dedicar todo el tiempo que necesitas”. Si entramos en el dialogo interior que mantiene consigo misma, es posible que este lamentando no haber podido dedicar más tiempo a su interlocutor y desee que perciba su frustración. Sin embargo, quién escucha sus palabras puede estar pensando: “es una excusa, simplemente no le interesa lo que tengo que contarle”.

 ¿Cuál es la verdad?. Cada uno tiene la suya. Cada uno ve y escucha aquello en lo que cree, pero nuestras creencias no son la realidad, son pensamientos repetidos a los que nos apegamos. Un esqueleto de ideas desde el que contemplar lo que está fuera y .dentro de nosotros.

Al condicionar las actitudes y comportamientos de cada persona, el repertorio individual de verdades, condiciona también los resultados que cada persona obtiene en su vida. Lo que crees es también lo que creas.

Las creencias se cultivan, algunas desde la infancia. Están profundamente arraigadas en nuestro subconsciente y definen nuestro carácter y nuestro destino. Las mayores hazañas y las peores destrucciones de la historia tienen su origen en las “verdades” a las que nos apegamos.

En cierta ocasión, una amiga me comentó “no termino nada de lo que comienzo”. “¿Cuando comenzaste a creer eso?” inquirí. “Con siete años. Estaba haciendo un dibujo y no lo terminé. Mi madre me dijo que nunca terminaba nada”.

Los padres deberíamos tener cuidado con las creencias que inculcamos a  nuestros hijos. Nuestras verdades pueden convertirse en las suyas. Incluso cuando parezca que no las comparten y que pasan inadvertidas, nuestras verdades pueden limitarles. Muchas creencias viven larvadamente en el subconsciente.

Cuando es limitadora, la creencia afecta de forma negativa a nuestra vida, pero también genera falsos beneficios. Pensemos en la falsa sensación de seguridad o comodidad, de liberarnos de la responsabilidad o dejarla en manos de otros.

Si una creencia nos limita, podemos sustituirla por otra generativa (positiva). Para ello es fundamental  tomar conciencia de que existe, identificándola. La auto-observación de nuestras emociones, nuestro lenguaje y comportamientos nos permitirá detectar todos esos sentimientos, palabras, actitudes y acciones que limitan nuestra vida.

Cuando te sientas molest@ con una situación, una persona o contigo mismo, pregúntate porque has reaccionado de esa manera y cuestiona y verifica si eso que crees es la verdad. ¿En qué momento de tu vida empezaste a tener esa creencia?. ¿Cómo reaccionas cuando la tienes?. ¿Quién serías tu o cómo sería tu vida sin ella?. Puedes escribir las respuestas en un papel o en un diario si te resulta más fácil.

¿Has identificado las creencias que te tienen estancad@ en tu carrera, tu trabajo, tus relaciones o tu salud?. Si la respuesta es positiva, el siguiente paso será  sustituirlas por otras que te potencien y expandan.

Cambiar nuestras creencias es un ejercicio que requiere proactividad. No vale  anclarse en el mundo de las ideas, ni conformarse con los resultados de su análisis. Es necesario hacer que las cosas pasen. Abandonar ese mundo de seguridad y comfort en el que nuestros pensamientos y comportamientos limitantes se repiten de forma consistente, como si estuvieran en automático.

La solución no pasa por destruir la creencia limitante sino por sustituirla por otra positiva o potenciadora que ocupe su lugar. La sustitución es el mecanismo adecuado para evitar que la verdad perniciosa retoñe de nuevo a nuestra mente.

Escojamos una creencia positiva de reemplazo y convirtámosla en un hábito, de forma que la aceptes y surja con la misma naturalidad con que lo hacía la anterior. Para ello, recuerda y repite tu creencia a cada momento, escríbela, siéntela, visualiza su colores, su tacto, su olor, tu vida con ella. Puedes incluso anclarla a un recuerdo o sensación positiva y nutrirte con ejemplos de personas que han logrado una vida plena o exitosa sosteniendo esa creencia.

Deshacerte de tus creencias limitantes no resulta una empresa fácil, requiere una buena dosis de constancia porque las creencias perniciosas suelen echar raíces profundas y lo que buscamos es que nuestras verdades positivas se implanten con idéntica fuerza. Hay personas que lo logran en 21 días y otras necesitan más tiempo. Algunas lo consiguen solas y otras requieren de la ayuda de un especialista en coaching o PNL.

La buena noticia es que no tienes que vivir con tus creencias limitantes, porque está en tu mano creer lo que desees.

 

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COMPRENDER Y SUPERAR EL FRACASO AMOROSO

Si  las personas respondiesen a nuestro mapa de la realidad tendríamos una oportunidad de conocer,  controlar y modificar sus reacciones.  Pero lo cierto es que hay una parte de lo que son los demás que no percibimos. Del mismo modo,  percibir es el resultado de corregir e interpretar lo que piensan y hacen otras personas conforme a sentidos, experiencias, necesidades y expectativas propias.

De ahí que nuestros pensamientos no sean la verdad, aunque para nosotros resulten ciertos, y que los mapas y conductas de otros individuos se escapen a nuestro control. Transpolando esto al terreno de los sentimientos, el éxito o el fracaso amoroso no es algo que dependa al cien por cien de uno mismo, pues la relación sentimental consta de dos partes y bajo nuestro control sólo tenemos una.

En la aventura del amor la voluntad humana no siempre cuenta.

Para empezar tú no eliges de quién enamorarte ni decides quién se enamora de ti. Y en ocasiones, por nuestros diferentes mapas de la realidad, damos al comportamiento de una persona una interpretación distinta de la que para ella tiene o somos interpretados en una forma que nada tiene que ver con nuestra intención. Incluso cuando el amor se convierte en relación estable y vamos obteniendo nuevas percepciones acerca de la persona con la que compartimos nuestra vida, podemos llegar a concluir que dónde sólo veíamos coincidencias existen diferencias abismales.

La relación amorosa evoluciona al hilo de las percepciones y acontecimientos individuales y lo hace de forma desigual e incontrolable. Sin voluntad de estar juntos y sin trabajar la relación, poco puede hacerse, pero cuando se trata del amor en sí, la voluntad no basta. O amas a alguien o no lo amas. Por supuesto siempre de acuerdo con tu propio concepto del amor.

Siendo la percepción de la realidad tan diferente y peculiar en cada persona, no es de extrañar que existan desencuentros y rupturas. El fracaso amoroso es algo natural, aunque no por ello menos doloroso.

Pocas sensaciones resultan tan insoportables como las que experimentamos al percibir o escuchar que no nos quieren de la forma que esperábamos o sencillamente no nos aman. Tal vez algo peor que esto sea no aceptar la situación y continuar luchando en vano. “Conseguiré que me quiera”, se dicen algunos, y la pregunta es: ¿cómo?; ¿acaso depende de ti?.

Los sentimientos no se fuerzan. Nadie tiene poder sobre el amor, ni siquiera la persona que lo experimenta o la que desea experimentarlo. Pensar que lograremos hacer cambiar de opinión a alguien sobre lo que siente es otorgarnos un poder que no poseemos, a no ser que este sentimiento ya exista y lo que busquemos sea un acuerdo de convivencia. Con todo si el acuerdo implica renunciar a principios y valores esenciales para uno, puede convertirse en papel mojado.

De modo que tienes la opción de practicar hechizos para enamorar prolongando tu agonía o aceptar el fracaso y comenzar el proceso de recuperación.

Todo fracaso o rechazo amoroso desencadena un periodo de tristeza, ira e impotencia, hasta que llegamos a la aceptación.

Aceptar supone entender al otro y no insistir más ni forzarle, admitir el rechazo como algo normal en el ciclo de la vida, algo que todos hacemos y a lo que todos tenemos derecho. No podemos agradar a todo el mundo ni todo el mundo agradarnos a nosotros.

Lo que realmente nos lleva por el camino de la superación es aceptar el rechazo dignamente y con humildad sin caer en la trampa de culpar u odiar al otro, ni sentirnos víctimas.

Que alguien te rechace no implica necesariamente que no te aprecie, valore o considere, ni tampoco que tú no seas una persona valiosa o que el mundo te vuelva la espalda, tan sólo significa que una vez, en una situación y con una persona en concreto las cosas no salieron tan bien como esperabas. No es más que un hecho puntual y aislado en tu vida.

Es importante reflexionar y poner las cosas en su contexto. Entender que tu bienestar no puede depender de un hecho o de una persona concreta, que antes y después de ese fracaso tenías y seguirás teniedo una vida . ¿Qué ganas teniendo contigo a quién no te acepta a su  lado ?. ¿Para qué conformarte con eso cuando puedes optar por algo mejor?. ¿No es lo que tú te mereces?.

El fracaso o rechazo amoroso implica que se ha producido  un cambio y comienza una nueva etapa, en la que se abren otras posibilidades. La vida te ofrece una oportunidad para conocer nuevas personas o para estar a solas contigo mismo.

Enfócate en ti, en mimarte, desarrollarte, hacer deporte, ampliar tu círculo de amigos o contactos y realizar todas aquellas actividades que te gustan.

A la recuperación ayudan el distanciamiento y el paso del tiempo. Desde la distancia y el tiempo las cosas se ven con otra perspectiva. Es posible que tras superar ese periodo de dolor estemos en condiciones de ofrecer al otro nuestra amistad, pero si nos implicamos con él será difícil que podamos sustraernos al sufrimiento o a la tentación de forzar inútilmente las cosas.

Poco importa si la persona fue deshonesta, mintió o se volvió atrás. Si pusiste o apostate más. Pensar esto podrá consolarnos momentáneamente, pero alimentará el resentimiento y no evitará el dolor. Sólo el perdón, la aceptación y la comprensión de que el rechazo forma parte del juego de la vida y  de que todos los experimentamos logrará impulsarnos hacia la paz interior y la superación.

Aprendamos a aceptar con deportividad nuestras pequeñas derrotas y preparémonos con ellas para el siguiente partido.

 

 

 

 

 

 

 

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TESTIMONIOS DE SUPERACIÓN (I): LA HISTORIA DE MANUEL

Solíamos jugar al fútbol en el estrecho pasillo de la casa.

Manuel era hábil y rápido. Se revolvía en un palmo de parquet escabulléndose entre mis piernas como un roedor en dirección al umbral de la puerta del baño o de la cocina, donde estaban las porterías.

Yo ostentaba entonces la envergadura que me daba tener cinco años más y sabía que Manuel respetaba aquella ventaja, por no decir que la temía. El miedo a las patadas y a la fuerza del rival era su punto débil, pero la técnica con la que manejaba el balón resultaba admirable.

Un buen día yo me hice adolescente y aquellos partidos fueron espaciándose hasta convertirse en historia. Pasaron unos años y el también llegó a la adolescencia. 

Era un joven  de cabellos ligeramente dorados y ojos azules, deportista hasta la médula. Al observarle,  pensaba que lo tenía todo para triunfar. Sin embargo, pronto me di cuenta de que vivía en un infierno. Padecía ataques de ansiedad y desconocía la causa. Comprendí que  era un chico excesivamente autoexigente y asustado, por más que  su estado de tristeza interior, no le impidiese suscitar alegría en los demás.

Una noche yo estaba leyendo un libro y escuché el timbre del teléfono. Fue así como nos enteramos de que Manuel había sufrido un accidente.

Durante casi dos meses estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte. Los médicos nos advirtieron que era el enfermo más grave. Había sido sometido a múltiples operaciones de amputación y reconstrucción y a transfusiones sanguíneas, padecía una septicemia y sus ratos de consciencia se contaban por delirios. Desde la ventanilla de la UVI, observábamos pacientemente su sueño y su lucha cada día.

En la Nochebuena de 1988, la gravedad cedió. Manuel había ganado la batalla a la muerte en una gesta que nadie parecía capaz de explicar. Ante él se abrían las puertas de la vida, aunque fuese con un pronóstico desalentador. Sufría la amputación parcial de un brazo y de una pierna, y el resto de sus extremidades habían sido cuidadosamente reconstruidas, lo que le dejaría secuelas de por vida. Los médicos vaticinaron que, al margen de la rehabilitación, era muy probable que Manuel no volviese a andar.

Durante cinco meses Manuel permaneció en el hospital rehabilitándose. Antes tuvo que encajar que había perdido partes de su cuerpo aunque aún le dolieran o las sintiese y  también a su novia. No era responsable por ello, pero no podía evitar que la culpa lo persiguiese.

Cuando recibió el alta y experimentó el tacto del aire suave de la mañana, se sintió una persona nueva.

Llegó a su casa en una silla de ruedas, se miró al espejo y bromeó:

-Estoy realmente guapo- dijo. Su hermana lo miraba indecisa, sin saber si reír o llorar.

Manuel no volvió a padecer aquellos ataques. Descubrió que podía hacer desaparecer el miedo con sólo enfrentarlo. Tenía el cuerpo roto, pero su mente se había blindado por completo al desaliento.

A sus veintiún años se consideraba afortunado por estar vivo y  tener un objetivo claro. Antes del accidente solía preguntarse para qué vivía.  

Lo primero que se propuso fue hacer una vida normal.

Para ello repitió matricula en la Universidad y asistió al primer examen unos meses después de haber recibido el alta. Echó de menos el brazo derecho que tanto sentía. No había escrito jamás con la mano izquierda, de modo que se armó de paciencia. El examen le llevó dos horas. Tuvo que pedir un tiempo extra ante la imposibilidad de escribir más rápido. No tenía claro que lo que había puesto en el papel fuese legible, pero obtuvo un notable.

Su segundo objetivo fue caminar.

Tardó un año en pulverizar los pronósticos médicos. Se ayudó de muletas al principio y después de su pierna ortopédica para mantener el equilibrio. Cada día asistía a la rehabilitación en el hospital y más tarde prolongaba las sesiones en casa.

No fue fácil, la amputación del brazo derecho y de la pierna izquierda le descompensaba y más de una vez perdió el equilibrio  y se precipitó al suelo como si su cuerpo fuese un bloque  de cemento. El mínimo obstáculo o tropezón representaba un riesgo para su integridad.

Cuando logró caminar, se planteó volver a hacer deporte y encontrar un trabajo.

Comenzó poco a poco. Colocó las sillas de la terraza de forma aleatoria en el jardín  y trató de pasar con el balón controlado por los espacios. Al principio iba muy despacio, pero en pocos meses adquirió velocidad.

Un año y medio después de su accidente logró trabajar con un contrato eventual que terminó prolongándose.

El cuarto objetivo de Manuel fue crear una familia.

Decidió salir con sus amigos y relacionarse, adquirió un coche, lo habilitó para la conducción y volvió a destilar el humor y la alegría que le eran innatos; esta vez en congruencia con lo que realmente sentía en su interior.

Manuel tiene hoy una mujer y tres hijos maravillosos, juega torneos de padel y ayuda a otros jóvenes a superar problemas. Es un avezado cocinero, una persona sociable y por encima de todo, un hombre feliz y libre de complejos. Su vida no está exenta de achaques y limitaciones, pero lo acepta como algo natural.

No he podido resistirme a escribir sobre él, porque su ejemplo me inspira cada día.

Le he pedido que me regale una frase para este testimonio. Sonríe, se rasca la cabeza, me guiña un ojo y comenta:

-La vida es generosa si le pones pasión y compromiso. La cuestión no es tanto que puede hacer la vida por ti, como que estás tú dispuesto a hacer por tu vida-

Intento reducir su frase a un solo pensamiento y escribo en mi libreta: “Manuel es su propio líder”.

 

 

 

 

 

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¿SONREIR O MORIR?

Hace unos días llegó a mis manos el libro “Sonríe o Muere: Como el pensamiento positivo engañó a América y al mundo” de Barbara Ehrenreich.

En líneas generales el libro se refiere al pensamiento positivo como una corriente ideológica que afecta negativamente a nuestras vidas al provocar que nos sintamos culpables de cuanto no nos sale bien, obligarnos a estar alegres y posibilitar el control social. El pensamiento positivo llega a ser cruel, por ejemplo, con los despedidos y menos favorecidos. Según la autora tampoco ha podido demostrarse que esta actitud positiva influya en la cura de enfermedades de la gravedad del cáncer, llegando a agobiar, e incluso a desesperar, a los pacientes. El libro sugiere que la crisis económica actual se debe en parte a una corriente de pensamiento positivo que nos vuelve poco realistas.

Es obvio que vivimos una época dónde los mensajes positivos surgen por doquier en blogs, libros y oratorias. Entra dentro de lo posible que un sector de ese público saturado se sienta agredido o manipulado, pero concluir de aquí lo que apoya la autora, no es más que una cuestión de percepción y, sobre todo, una decisión personal. El libro trata de vender su idea y, como todo lo que se vende en esta vida, podemos comprarlo o no. Personalmente he comprado el libro, pero no lo que dice.

Reflexionando sobre la culpabilidad y crueldad en relación conlos menos favorecidos, que Ehrenreich achaca al positivismo actual, creo que no debería hablarse de culpa sino de responsabilidad. Este pequeño matiz supone un cambio absoluto de perspectiva, pues la culpa es una actitud formada por emociones y pensamientos que desembocan en la autoflagelación y el odio contra uno mismo. Por el contrario, la responsabilidad está conectada con nuestra capacidad de respuesta. Resulta evidente que no siempre podemos elegir las circunstancias que nos rodean o cuanto nos depara la vida, pero si está en nuestra mano decidir cómo respondemos ante ello. Al ser responsable puedo sentirme mal con mi conducta, en lugar de sentirme mal conmigo mismo. El error no me devalúa como individuo, simplemente lo acepto y aprendo de él.

Por tanto, nadie debería sentirse culpable de no tener una actitud mental positiva o de que las cosas no le salgan bien, sino en todo caso responsable de lo que piensa, pues cada cual decide cómo responde, consciente o inconscientemente, a lo que le sucede. Ver las cosas bien o mal, fustigarse o perdonarse, asociarse o disociarse de la propia conducta es una cuestión de elección personal. En este sentido, el pensamiento positivo no nos obliga a nada que nosotros no queramos.

A mi modo de ver la actitud mental positiva no engendra sumisión o control social, ni tiene porqué condicionarnos a la hora de exigir que se respeten nuestros derechos e ideas o de manifestar nuestro descontento. Más bien nos ayuda a ser asertivos. Lo que implica defender nuestra postura sin agredir a los demás ni ser agredido.

Respecto a cómo influye la actitud positiva en nuestra salud, es cierto que estamos en un estadio inicial de investigaciones. Afortunadamente se ha comenzado a cuestionar la idea, un tanto limitada, de que la cura de las enfermedades se basa únicamente en la ingesta de sustancias químicas, una buena cirugía o la detección precoz. Cada vez parece más claro que el cuerpo humano es un todo y que las emociones y pensamientos influyen en el desarrollo y cura de enfermedades. Algunos estudios ponen de manifiesto, por ejemplo, como la actitud positiva fortalece nuestro sistema inmunitario o mitiga los síntomas de una enfermedad. Abundan los testimonios de personas que dicen haberse curado de enfermedades “teóricamente” incurables afrontándolas desde una actitud mental positiva.

Por tanto, aunque no pueda demostrarse con total seguridad que el pensamiento positivo cure el cáncer, tampoco estamos en condiciones de afirmar que no lo cure. Y para un enfermo tener una actitud positiva que le permita enfocarse en lo mejor y luchar por sentirse mejor es un instante más de esperanza, alegría y fuerza para vencer la enfermedad o de entereza para afrontarla.

Tal vez el problema de la crueldad al que alude la autora radique en confundir pensamiento positivo con idealismo. Tener una actitud mental positiva no quiere decir que ignoremos la realidad. Es cierto que ser negativos nos estanca al desincentivar el cambio y la acción, pero no lo es menos que el idealismo puro y duro es otra forma de estancamiento.

Conectar con la realidad implica ser consciente de que los fracasos forman parte de la vida, de que existen situaciones adversas que uno ha de aceptar o superar, acontecimientos que se escapan a nuestro control. Hemos de estar preparados para estas situaciones, ser flexibles y buscar alternativas.

Cualquiera que sea nuestra actitud, el miedo, el dolor, la frustración, la rabia o la tristeza, son emociones que experimentaremos. Todas ellas cumplen una función en nuestra vida. Otra cosa es cómo vamos a gestionarlas. Si lo hacemos con una actitud positiva de ser conscientes, disociarnos y analizarlas o con una actitud negativa de identificarnos con la emoción y volvernos adictos a ella. De modo que llorar no te convierte en negativo, ni reír en positivo, pero si entiendes porque lloras y porque ríes sabrás que tú eres algo más que tu emoción y que puedes disociarte de ella y gestionarla, al igual que puedes gestionar tus pensamientos y tus creencias.

Pensar en positivo tampoco es sinónimo de logro. Creer que las cosas saldrán bien no garantiza que salgan bien. A mi modo de ver la teoría de la atracción, correctamente entendida, no se refiere a que podamos conseguir todo lo que queremos con sólo pensarlo, sino más bien a cómo influye nuestra actitud en el universo que nos rodea y en nosotros mismos. Si tú actitud es la de creer que conseguirás algo, estas dirigiéndonos hacia ese algo y ese algo se dirige hacia ti.

Cuando creemos en nosotros somos más proclives a ver todo lo que antes nos pasaba desapercibido y a contagiar a las personas que nos rodean. Nuestra atención se enfoca en lo deseamos y nos topamos con eso que antes ya existía y no habíamos visto. Al buscar con pasión lo que queremos captamos también la atención de otras personas, obteniendo su colaboración y accediendo a nuevas oportunidades. 

Y lo cierto es que pocas cosas llueven desde el cielo. Para conseguir algo hemos de perseverar en nuestra idea y mover ficha. Es necesario contar con un objetivo claro y un plan, ser flexible y buscar alternativas, pero sobre todo hacer y hacer, poco a poco y de forma constante. Sin acción no hay logro. A menos que consideres un logro el dejarte llevar, pregúntate que has hecho hoy para ganar tu propio partido.

Es cierto que la vida tiene sus reglas. Lo que sucede es que sean cuales sean y pase lo que pase, aún tenemos el poder de controlar nuestra actitud y nuestro enfoque. Podemos decidir si vemos la vida de forma positiva o en qué vamos a centrar nuestra atención y nuestras fuerzas.

Por eso, a mí modo de ver, el dilema no es sonreír o morir. Lo que importa  es vivir o morir con la actitud que deseamos. Vivir o morir no es sólo lo que nos sucede sino también, y en gran parte,  la forma en que lo interpretamos.

 

 

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ACTITUD MENTAL POSITIVA

La actitud es una forma de respuesta aprendida ante lo que nos acontece o acometemos. Proviene de una disposición mental y neurológica individual frente a las situaciones que afrontamos en la vida. Esta disposición se nutre de pensamientos y emociones generadas por experiencias.

 Tener una actitud mental postiva resulta clave para lograr éxito y sentirnos felices. La consecución de un objetivo no depende sólo de  la capacidad y talento individual, es necesario tener el ánimo y desarrollar el comportamiento adecuado. Respecto a la felicidad, no importa tanto lo que suceda a nuestro alrededor como la forma en que lo veamos, sintamos y actuemos.

Como líderes de nuestra vida podemos elegir entre adoptar  una perspectiva positiva o negativa de la realidad. Tenemos en nuestras manos la creación de hábitos mentales positivos y negativos.

Las reacciones humanas se generan en el cerebro y es la forma en que decidimos percibir y creer lo que impulsa nuestros actos.

Nuestros pensamientos habituales provienen de las redes neuronales que se generan en el interior de cada persona. A lo largo de la vida, mediante el proceso de pensamiento, hemos ido construyendo redes neuronales para los temas que consideramos importantes. Mediante la repetición de pensamientos y actitudes, dichas redes se fortalecen, hasta llegar a un punto en el que su activación es automática. Ello implica que ante un estímulo especifico y sin necesidad de que intervenga nuestra mente consciente, la red neuronal se pone en marcha.

Algunas de estas redes neuronales pueden resultar nocivas y segregar sustancias químicas que generan sufrimiento, ira, rabia o dependencia emocional, de forma que nuestra respuesta neuronal se carga de negatividad. Con el tiempo ese circutito neuronal se irá fortaleciendo, pués el cerebro se vuelve adicto a las sustancias que está acostumbrado a recibir . Si estamos instalados en la queja o en la dependencia es porque nuestro cuerpo nos demanda sustancias que generan ese estado de ánimo.

Cuando tomas conciencia de  tus pensamientos negativos, estas en condiciones de romper  los  modelos de comportamiento que te debilitan. Tienes la posbilidad de generar otras redes para segregar nuevas sustancias químicas que te hagan sentir bien.

Sustituir una actitud mental negativa por otra positiva requiere constancia y concentración. La dificultad estriba en interrumpir una rutina a la que nos hemos vuelto adictos. No se trata sólo de generar un pensamiento positivo sino de entrenar nuestra mente para que desarrolle de forma automática ese pensamiento.

La solución depende de cada persona, pero ser conscientes de esa actitud mental negativa y de nuestro poder para cambiarla es el primer paso para crear una nueva realidad que nos haga más dichosos.

Lo siguiente es recuperar el control de nuestras actitudes. Eliminar el diálogo interior negativo y sustituirlo por una rutina de afirmaciones, visualizaciones y palabras positivas. Cada segundo nuestra mente debe ejercitarse en la ilusión, el optimismo, los valores y las creencias que nos hacen sentir bien. El hábito se crea con la repetición, se nutre de constancia y necesita de un tiempo mínimo para consolidarse.

Aceptar lo que sucede y adaptar nuestras exepctativas a la realidad, no implica ser negativo, más bien es una actitud  que facilita adquirir el control nuestra vida y mejorarla. Hemos de ser capaces de sobrevivir a la adversidad y recuperarnos, de fracasar con éxito en el sentido de saber sentirnos lo mejor posible en una situación en que lo lógico quizá fuese sentirse mal. En definitiva ver el fracaso y el dolor como una aprendizaje, concentrarnos en lo bueno y en la solución y utilizar para ello todas las herramientas posibles, desde la relajación a la meditación.

Tener una actitud mental positiva implica crearnos una vida con sentido y disfrutar de ella.

Es una actitud que no depende de nada, ni de nadie. Está sólo en nosotros. En nuestras manos.

 

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