Archivo de la categoría: Actuar

DETECTA Y CAMBIA TUS CREENCIAS LIMITANTES

Una persona estrecha la mano a otra al despedirse y le dice, “siento no haberte podido dedicar todo el tiempo que necesitas”. Si entramos en el dialogo interior que mantiene consigo misma, es posible que este lamentando no haber podido dedicar más tiempo a su interlocutor y desee que perciba su frustración. Sin embargo, quién escucha sus palabras puede estar pensando: “es una excusa, simplemente no le interesa lo que tengo que contarle”.

 ¿Cuál es la verdad?. Cada uno tiene la suya. Cada uno ve y escucha aquello en lo que cree, pero nuestras creencias no son la realidad, son pensamientos repetidos a los que nos apegamos. Un esqueleto de ideas desde el que contemplar lo que está fuera y .dentro de nosotros.

Al condicionar las actitudes y comportamientos de cada persona, el repertorio individual de verdades, condiciona también los resultados que cada persona obtiene en su vida. Lo que crees es también lo que creas.

Las creencias se cultivan, algunas desde la infancia. Están profundamente arraigadas en nuestro subconsciente y definen nuestro carácter y nuestro destino. Las mayores hazañas y las peores destrucciones de la historia tienen su origen en las “verdades” a las que nos apegamos.

En cierta ocasión, una amiga me comentó “no termino nada de lo que comienzo”. “¿Cuando comenzaste a creer eso?” inquirí. “Con siete años. Estaba haciendo un dibujo y no lo terminé. Mi madre me dijo que nunca terminaba nada”.

Los padres deberíamos tener cuidado con las creencias que inculcamos a  nuestros hijos. Nuestras verdades pueden convertirse en las suyas. Incluso cuando parezca que no las comparten y que pasan inadvertidas, nuestras verdades pueden limitarles. Muchas creencias viven larvadamente en el subconsciente.

Cuando es limitadora, la creencia afecta de forma negativa a nuestra vida, pero también genera falsos beneficios. Pensemos en la falsa sensación de seguridad o comodidad, de liberarnos de la responsabilidad o dejarla en manos de otros.

Si una creencia nos limita, podemos sustituirla por otra generativa (positiva). Para ello es fundamental  tomar conciencia de que existe, identificándola. La auto-observación de nuestras emociones, nuestro lenguaje y comportamientos nos permitirá detectar todos esos sentimientos, palabras, actitudes y acciones que limitan nuestra vida.

Cuando te sientas molest@ con una situación, una persona o contigo mismo, pregúntate porque has reaccionado de esa manera y cuestiona y verifica si eso que crees es la verdad. ¿En qué momento de tu vida empezaste a tener esa creencia?. ¿Cómo reaccionas cuando la tienes?. ¿Quién serías tu o cómo sería tu vida sin ella?. Puedes escribir las respuestas en un papel o en un diario si te resulta más fácil.

¿Has identificado las creencias que te tienen estancad@ en tu carrera, tu trabajo, tus relaciones o tu salud?. Si la respuesta es positiva, el siguiente paso será  sustituirlas por otras que te potencien y expandan.

Cambiar nuestras creencias es un ejercicio que requiere proactividad. No vale  anclarse en el mundo de las ideas, ni conformarse con los resultados de su análisis. Es necesario hacer que las cosas pasen. Abandonar ese mundo de seguridad y comfort en el que nuestros pensamientos y comportamientos limitantes se repiten de forma consistente, como si estuvieran en automático.

La solución no pasa por destruir la creencia limitante sino por sustituirla por otra positiva o potenciadora que ocupe su lugar. La sustitución es el mecanismo adecuado para evitar que la verdad perniciosa retoñe de nuevo a nuestra mente.

Escojamos una creencia positiva de reemplazo y convirtámosla en un hábito, de forma que la aceptes y surja con la misma naturalidad con que lo hacía la anterior. Para ello, recuerda y repite tu creencia a cada momento, escríbela, siéntela, visualiza su colores, su tacto, su olor, tu vida con ella. Puedes incluso anclarla a un recuerdo o sensación positiva y nutrirte con ejemplos de personas que han logrado una vida plena o exitosa sosteniendo esa creencia.

Deshacerte de tus creencias limitantes no resulta una empresa fácil, requiere una buena dosis de constancia porque las creencias perniciosas suelen echar raíces profundas y lo que buscamos es que nuestras verdades positivas se implanten con idéntica fuerza. Hay personas que lo logran en 21 días y otras necesitan más tiempo. Algunas lo consiguen solas y otras requieren de la ayuda de un especialista en coaching o PNL.

La buena noticia es que no tienes que vivir con tus creencias limitantes, porque está en tu mano creer lo que desees.

 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Actitud, Actitud hacia la vida, Actitud mental positiva, Actuar, Autoconocimiento, Buenas ideas, Creencias, Creencias generativas, Creencias limitantes, Falsedad, Gestión de tu vida, Hábitos positivos, No puedo, Tu verdad, Verdad y Creencia, Verdades personales

CUANDO LA PEREZA BLOQUEA TU VIDA

En las selvas húmedas de Sudamérica habita un animal peculiar que hace de la lentitud su forma de vida. El perezoso, definido por algunos como un oso lento que parece una estatua, pasa la mayor parte del día dormitando entre las ramas de los árboles y a veces muere colgado de ellas, ya que es allí donde transcurre el grueso de su existencia.

Considerado como el animal más lento del mundo, la práctica de la relación sexual entre perezosos puede llegar a durar más de 20 horas y no es extraño que se queden dormidos durante el transcurso de la misma.

El cambio del hábitat y la exposición a los depredadores han convertido a este mamífero en una especie en extinción, no en vano cuando desciende cada semana del árbol para cubrir necesidades fisiológicas básicas, su propia lentitud le transforma en presa fácil; y sus garras, aunque afiladas, no aciertan con la rapidez del entorno.

Aunque la lentitud no implique necesariamente pereza, una persona perezosa suele ser lenta por su tendencia a la inacción o a la desidia, a postergar las cosas o a buscar una excusa para no actuar.

En el diccionario la pereza se define como negligencia, tedio o descuido en realizar acciones, movimientos o trabajos.

En determinadas circunstancias “no hacer nada” puede ser reparador. La ausencia de actividad nos permite recuperar fuerzas, descansar y serenarnos, incluso puede estimular nuestra creatividad. En otras, la pereza es un síntoma de trastornos físicos o psicológicos, tales como enfermedades que provocan debilidad física o enmascaran una depresión.

Cuando el tedio, descuido o negligencia resultan ser un subterfugio para esquivar responsabilidades o sabotear los objetivos que nos hemos trazado, esta pereza se convierte en un lastre para nuestra vida.

Resulta una obviedad que tendemos a no malgastar energías si no hay un beneficio, pero no cada vez que evitamos hacer algo o lo hacemos con desgana, o sin poner empeño alguno, la causa es una ausencia de beneficio. Puede ser perfectamente posible querer y desear algo y evitarlo y rehuirlo, a pesar de que vislumbremos su rentabilidad.

En ocasiones el motor de la pereza es el miedo. Miedo al fracaso, a la incertidumbre, al ridículo, al rechazo, a la responsabilidad. Y tendemos a disfrazar nuestra reticencia a la acción con excusitis o victimismo: “no me interesa”, “para que voy a hacer esto, si al final todo seguirá igual”, o, ”para qué aventurarme”. También es posible que detrás de nuestra aparente indolencia se esconda otra razón, como la falta de autoestima o confianza en nosotros mismos: “no puedo”, “no valgo”, “no estaré a la altura”.

¿Cómo lidiar o ganar terreno frente a esa pereza que nos bloquea?.

Lo primero, desde luego, es tomar conciencia de que somos perezosos y de cómo nos limita esa actitud.

No conozco fórmulas mágicas, aunque creo que ejercitar nuestra mente es la clave. Practicar ejercicio físico, alimentarse adecuadamente y descansar ayudan a prevenir la falta de energía, pero nuestra actitud mental y lo que decidamos pensar resulta determinante.

Centrarse en los beneficios en lugar de las dificultades y pensar en la tarea, acción u objetivo en términos más específicos y concretos (¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿quién?, ¿para qué?) contribuye a la superación de la pereza. Bajo esta óptica el problema o el objetivo se tornan más comprensibles y fáciles de solucionar y crecen la motivación y las ganas de actuar. Cuando una tarea o un objetivo resultan abstractos la magnitud de la incertidumbre y de la propia incomprensión que nos embarga hará que tendamos a postergar su realización.

Dividir las tareas y objetivos en sub tareas, trazar un plan claro, ir pasito a pasito, haciendo las cosas de una en una y evitar distracciones que te inhiban de lo que estás haciendo, hará mucho más llevadero y manejable todo aquello que emprendas. Si realizas varias tareas al mismo tiempo es fácil que te satures, que caigas en el agobio y en la confusión y que el sobresfuerzo te pase factura. Rechaza las “multitareas”.  Secuencia tus objetivos y tareas  y anota los progresos.

Y por otra parte, ¿te has preguntado qué ocurriría si no hicieses eso que tienes o debes hacer?. ¿Qué perjuicios te ocasionaría por ejemplo no planchar si nadie puede pasar la plancha por ti?. ¿O tener el armario desordenado?. ¿O no hacer ejercicio?. ¿Te compensa ser perezoso?. ¿Qué pierdes?. ¿Es importante?. ¿Cuánto?.

La respuesta a estas preguntas tendrá que ser honesta. Y lo será cuando sientas que no es un pretexto para consolarte momentáneamente. Si las mismas cuestiones acechan una y otra vez a pesar de haberte respondido, puede ser que alguna incongruencia perviva en tu subconsciente. Atrévete a profundizar en ti mism@ y a conocerte de verdad.

¿Y qué tal si te tratas bien?. Me refiero a premiarte de forma razonable y proporcionada cuando logres cualquier cosa que para ti represente un avance, por pequeño que este sea. Piensa en un baño reconfortante, un paseo, un helado. Se tu fan número uno.

En todo caso, puedes convertir la superación de la pereza en tu propio desafío personal. Planteártelo como un reto. ¿Hasta dónde eres capaz de llegar?. Pruébate a ti mism@ y date ánimos. ¡Puedes hacerlo!, de modo que: ¡hazlo!. Descubre tus posibilidades y recursos. Aunque lo ideal es utilizar esos recursos propios para superar la pereza que te limita, siempre puedes apoyarte en otras personas e incluso modelar lo que te inspira en los demás.

Pero ante todo, muévete y vive plenamente lo que haces. Mantente activ@ y encuentra una razón que te impulse. Involúcrate emocionalmente con los cinco sentidos en ella.

La pasión es el motor de la acción, del entusiasmo y de la energía. Es pura vida y dedicación. Y marca la diferencia en los resultados de todo cuanto emprendemos. El nivel de pasión que pones en lo que haces determina la intensidad de tu éxito. Es el pequeño plus que te hace brillar.

Termino con un resumen de las palabras que Al Pacino pronuncia en su interpretación memorable como entrenador de fútbol americano. Creo que son un fiel exponente de todo lo que puede mover la pasión en nosotros:

Podemos salir trepando del infierno, pulgada a pulgada. La vida es un juego de pulgadas. Puedes pelear por esa pulgada, hacerte pedazos por esa pulgada, clavar las uñas por esa pulgada porque sabes que cuando sumes todas esas pulgadas, eso hará la diferencia entre ganar y perder. Quien esté dispuesto a morir por esa pulgada, ganará. Y si algo de vida te queda es porque aún estas dispuesto a luchar y morir por esa pulgada. Porqué eso es lo que significa vivir. Las seis pulgadas que tienes ante ti.

Si la pereza te limita, disípala con tu pasión.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Acción, Actuar, Autoconocimiento, Autoestima, Autoliderazgo, Autosabotaje, Bienestar, Cambio, Dirigir tu vida, Ganar, Inteligencia emocional, Isabel Ripoll, Liderazgo personal, Metas, Objetivos, Pereza, Perezoso, Tedio

GENEROSIDAD Y BIENESTAR

 

Cada uno de nosotros tiene algo para dar: su tiempo, sus recursos, su afecto…

 La generosidad refleja la pasión del individuo en la ayuda y se manifiesta en un hábito de dar y entender a los demás sin esperar nada a cambio.

 En el día a día encontramos múltiples ejemplos de esta actitud positiva: la persona que se ofrece a escucharte o consolarte en un mal momento, aquella que utiliza sus habilidades, conocimientos o bienes para ayudarte o la que simplemente te cede su silla o luce una sonrisa en los labios.

 Cada vez que sabemos aparecer y desaparecer con discreción en el momento oportuno, guardar silencio si la situación de la otra persona lo requiere, aceptarla  como es y sin emitir juicios, estamos actuando con generosidad. Como escribe Louise Hay:“Lo único que podemos hacer por los demás es amarlos y dejar que sean quienes son, saber que su verdad está dentro de ellos y que cambiarán cuando quieran hacerlo”.

 Practicar la generosidad en las relaciones conlleva no sentir la necesidad de que el otro reconozca sus fallos. Cuando le decimos a alguien que está cometiendo un error o pretendemos que “de su brazo a torcer”,  podemos herirle en su autoestima y provocar una pérdida de confianza. La generosidad no pasa facturas innecesarias. Alcanzaremos la paz interior y ayudaremos a que otros la alcancen cuando seamos sanadores en lugar de jueces.

 Si alguien decide sentirse como un títere de las circunstancias en las que vive, está en su derecho. Cada decisión individual es como un movimiento en un tablero de ajedrez destinado a resolver la partida personal. Cada persona goza de la libertad interna de elegir y mueve sus piezas de acuerdo con dicha elección.

 Compartir con sencillez lo que uno es y lo que uno tiene permite descubrir cuan útiles podemos ser en la vida de nuestros semejantes y nos colma de alegría, bienestar y paz interior.

 Esta actitud positiva de dar, compartir y entender también repercute en nuestra salud. En su libro “El Poder de la Intención”, Wayne Dyer explica cómo ser generoso estimula el sistema inmune y la producción de serotonina en nuestro cerebro provocando paz y bienestar, tanto a la persona que efectúa la acción como a la que la recibe o la observa.

 No obstante, la generosidad empieza por uno mismo y no debe confundirse con la autodestrucción. A menudo el falso ego que todos llevamos dentro, espera que la generosidad comience por el otro, y aunque esto en nada se parezca a ser generoso, abrirse a que el otro nos avasalle es autodestruirnos.

 No hagas las cosas para que te las agradezcan, pero trata de hacerlas a gente agradecida, dice un proverbio.

 Nuestra “autogenerosidad” hará que nos marchemos de los lugares dónde no nos aprecian, de las situaciones que sólo llevan a un dolor inútil, de las humillaciones que ningún ser humano debe permitir, de la rabia o el odio.

 Por encima de todo no deberíamos perder nuestro propio respeto, valoración e identidad, ni tampoco la conformidad con nosotros mismos.

 Soltar, dejar ir, desprenderse, vaciarse, son expresiones que tienen que ver con la práctica de la generosidad y que nos sugieren conductas libres de apegos y posesiones. Conductas dadivosas y receptivas que generan alegría y bienestar en todos los implicados.

 Puesto que somos seres interdependientes, nuestras alegrías y desgracias están íntimamente vinculadas a los demás. Practicar la generosidad nos permite experimentar cómo el bienestar personal está inevitablemente entretejido con el bienestar de los otros, de modo que para cultivar plenamente ese bienestar propio habremos de cooperar en el bienestar ajeno.

 Conduce tu vida con generosidad.

 

 

 

 

© Isabel Ripoll. 2011. All right reserved

Deja un comentario

Archivado bajo Actuar, Autoestima, Autoliderazgo, Bienestar, Coaching, Comprensión, Comunicación, Comunicación interpersonal, Dirigir tu vida, Empatía, Ganar, Generosidad, Gestión de tu vida, Inteligencia emocional, Isabel Ripoll, Valores

METÁFORAS PARA EL CAMBIO (IV): LA TIENDA DE LAS OPORTUNIDADES

 

Erase una vez una tienda en la que vendían oportunidades.

Luminoso y colorido, el local estaba dividido en dos pasillos, de cada uno de los cuales colgaba un cartel. En el cartel del primer pasillo podía leerse: “Encuentra tú oportunidad” y en el del pasillo de al lado: “Oportunidades de segunda mano”.

Las oportunidades estaban escritas en un pergamino sellado, aunque en las baldas de la estantería un pequeño letrero indicaba el nombre y el contenido de cada oportunidad.

Aquella mañana la tienda se encontraba abarrotada de clientes y la dependienta vio llegar al hombre que día tras día la visitaba.

 Era una persona de mediana edad, con un porte y aspecto impecable. Alguien que ella consideraba educado, elegante y cortés. En un principio había pensado que quizá se tratase de un gran empresario, pero se sorprendió al escuchar de otra dependienta que no tenía trabajo.

Cada mañana, el hombre llegaba allí tranquilamente, daba los buenos días y se internaba en el pasillo de “Encuentra tu oportunidad”. De vez en cuando, salía con un pergamino y le preguntaba a las dependientas sobre las características del producto. Si era fiable o se podía descambiar, si estaba garantizado…y finalmente partía con las manos vacías.

En cierta ocasión, decidió adquirir una de aquellas oportunidades, aunque al poco rato la devolvió porque, según dijo, no le valía para sus propósitos; de modo que la oportunidad fue colocada en el pasillo de “Oportunidades de segunda mano” y adquirida por otro cliente de inmediato.

En un periodo de tres años aquel hombre había adquirido tres oportunidades y las había devuelto todas. Ya en las baldas de “Oportunidades de segunda mano”, los productos retornados se habían vendido a otro cliente en cuestión de minutos.

-¿Qué es lo que busca exactamente?- llegó a preguntarle una vez con ánimo de ayudar.

-Una oportunidad de calidad que esté a mi altura- respondió él con una sonrisa.

-Tenemos buenas oportunidades de calidad aquí, permítame que se las muestre-

-No se moleste- replicó –las conozco todas y en este momento no me interesan, aunque me pregunto si admiten reservas-

-¿Reservas?- preguntó la dependienta.

– Me refiero a reservar la oportunidad durante un tiempo- aclaró él- Si me la llevo tendré que aprovecharla y tal vez pierda la que busco-

-Lo siento señor. Las oportunidades no se reservan. Están para consumirlas. Puede comprar la oportunidad y retornarla en caso de que no la haya abierto-

La dependienta que había visto entrar al hombre aquella mañana también le atendió al salir. Para su sorpresa el hombre llevaba en la mano una oportunidad. Le dedicó una sonrisa:

-Parece que ha encontrado lo que buscaba-

-Al menos se parece mucho a lo que busco- manifestó él.

No había pasado más de media hora cuando el hombre retornó la oportunidad explicando que lo había pensado mejor y no le convenía.

Cuando se hallaban inmersos en labores nocturnas de cierre, aquel hombre volvió y preguntó enseguida por la oportunidad devuelta.

 Por favor- le dijo a la dependienta –necesito volver a comprar la oportunidad; creo que era la mía-

La dependienta lo miró extrañada:

– La oportunidad que devolvió está ya vendida-

-No es posible. ¿Puede pedirme otra igual?-

-Ninguna oportunidad es igual a otra señor. Lo siento-

Dice un famoso proverbio chino que hay tres cosas que no vuelven hacia atrás: la flecha lanzada,  la palabra pronunciada y la oportunidad pérdida.

Wayne Dyer escribió: “cuando te agarras a una creencia que te sabotea, eso sólo te sirve para mantenerte marcando el paso sin avanzar…sólo sirve para justificar tu inacción con una explicación”.

 

 

 

©Isabel Ripoll. 2011. All rights reserved

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Acción, Actuar, Aprovechar la oportunidad, Autoestima, Bienestar, Cambio, Coaching, cuentos de autoayuda, Dirigir tu vida, Gestión del cambio, Isabel Ripoll, Metas, metáforas para el cambio, Oportunidad

METÁFORAS PARA EL CAMBIO(I): “EL REINO DEL APEGO”

 

Durante quince días había nevado en la ciudad de Cristal.

El sabio Mor estaba convencido de que continuaría nevando, no en vano  una tupida neblina enmarañaba el cielo. Llevaba años haciendo aquellas predicciones y era considerado un experto.

 Fiel a sus creencias, humedeció la punta biselada de su pluma en el tintero y escribió: “Tiempo para mañana: nieve intensa”.

Al cabo de unos minutos el pergamino llegó a manos del Rey. Dada la situación, el soberano leyó con desgana. Cada mañana recibía los partes de Mor con idéntico pronóstico. Veinte días duraba la estación de las nieves continuas. Veinte días sin caza, ni alimentos para los que contaban con una reserva de jabalíes que les aseguraba la supervivencia durante tres meses. Gracias a Dios así había sido siempre. Todo estaba bajo control en Cristal.

Transcurrido el segundo mes, el Rey decidió conversar con el sabio sobre el extraño suceso de la nevada que aún persistía:

-No os preocupéis majestad. La naturaleza no es tan exacta. Esperemos con confianza como lo hemos hecho siempre. Todo está bajo control- respondió Mor.

En el día sesenta y dos de las nevadas, el cuidador de  jabalíes compareció ante el Monarca para manifestar su deseo de abandonar la ciudad.

-Me cuesta entender por qué quieres dejarnos- exclamó el Rey Vikor.

-Majestad ¿y si hubiera otros climas?. ¿Otra forma de hacer las cosas ante las nevadas?-

-Esto es lo único que conocemos Nurban.  Y  todo está bajo control; ¿qué clase de locura puede llevarte a correr esos riesgos?. Durante la historia de Cristal, dos personas nos abandonaron en plena nevada y jamás lograron volver-

Nurban observó el monótono discurrir de los copos de nieve.

-Y si continuara nevando, ¿cuál sería vuestro plan Majestad?-  

El Rey se apresuró a responder:

-Puedes estar seguro de que tal cosa no sucederá; Mor ha estudiado la situación. Se trata de pequeños desajustes. La palabra de Mor siempre se ha cumplido-

Nurban habló resuelto:

-Partiré-

El Rey tradujo su inquietud en una velada orden. Se le notaba contrariado:

-Temo por ti Nurban. Eres un hombre valioso. Tendrás una semana para pensarlo-

Vikor procuró que Nurban tuviese los mejores maestros y ropas, la mayor diversión y los lujos más sofisticados durante aquella semana. Ordenó que se le rodeara de amabilidad y que los ciudadanos le visitasen uno a uno para agradecerle su labor. Sin duda cambiaría de parecer al reflexionar sobre las comodidades y afectos que perdería si abandonaba su reino.

Nurban, meditó largamente qué hacer. Deseaba marcharse y al mismo tiempo le inquietaba la idea. Fuera de la ciudad se extendía un vasto espacio de naturaleza; más allá de aquel espacio bordeado de montañas, sólo dos personas habían osado aventurarse y jamás enviaron noticias.

Un edicto oficial informó que el reino los consideraba muertos. Vikor ordenó un funeral simbólico al que acudieron en masa los habitantes de Cristal.  En aquella ocasión, el Rey pronunció un discurso muy sentido. Se mostró apenado por dos hombres realmente valiosos que lo tenían todo y decidieron arriesgarlo.

-Todo es seguro en Cristal- proclamó con contudencia.

 Como si de un virus se tratase, cada ciudadano repitió las palabras de Vikor. Un eco monumental de voces estalló cual rugido de fiera sobre las calles del reino.

La última noche de su semana de reflexión Nurban soñó con un avestruz  que ocultaba su cabeza en el interior de un  agujero. “Cristal es una gran avestruz” escuchó decir, y despertó sobresaltado. Fue en aquel instante cuando concibió su plan.

Pidió al Rey tres días de retiro en el monasterio de la ciudad al objeto de meditar con detalle su decisión. Seguro de que Nurban estaba reconsiderando la idea de aventurarse, el Monarca accedió a dejarlo sólo.

En la madrugada del primer día, Nurban se embutió en pieles gruesas y abandonó a escondidas la ciudad. Antes liberó a los jabalíes que con tanto esmero había cuidado y les condujo tras sus pasos.

Ignoraba que clase de peligros le acecharían.

 Nevaba copiosamente cuando emprendió su trayecto a pie sobre un par de raquetas. Durante más de ocho horas caminó sin descanso hasta toparse con las montañas que rodeaban el extraradio. Aquellas que limitaban el espacio conocido y seguro de Cristal.  

Sintió la firmeza de su decisión y el miedo agazapado en el cuerpo mientras remontaba las escarpadas laderas hacia lo desconocido. Más de ocho horas invirtió en coronar la cumbre. Para cuando lo hizo el horizonte bajo sus pies tenía forma de valle soleado y verde, surcado por ríos y animales y poblado de exuberantes frutos. Lo contempló extasiado antes de volverle la espalda a la ciudad dónde todo era seguro.

Transcurridos cinco años de aquella visión, Nurban regresó al lugar de partida. Deseaba conocer como había evolucionado la centenaria Cristal en la dura estación de las nevadas continuas sin su reserva de jabalies. Las ruinas que encontraba a su paso comenzaron a angustiarle. ¿Qué clase de catástrofe habría tenido lugar?. Sobre aquel panorama de devastación  avistó con sorpresa  una enorme columna erigida en lo que antaño era el centro del reino. Se acercó para leer lo que había grabado en letras de oro: 

”En homenaje a Nurban el creador. La nueva y prospera Cristal os espera en el valle”.

 
 
 © Isabel Ripoll. 2011. All rights reserved
                                                                                                                                                                                                                                          

Deja un comentario

Archivado bajo Acción, Actuar, Autoliderazgo, Cambio, Coaching, Dirigir tu vida, Gestión de tu vida, Gestión del cambio, Isabel Ripoll, Liderazgo interpersonal, Liderazgo personal, Miedo

¿HACIA DÓNDE TE DIRIGES?

 

Ambos amigos desayunaban plácidamente unos minutos antes de comenzar la jornada de trabajo. 

  -¿Para qué vives?-  preguntó el que untaba la tostada al que removía el café.

-Vaya pregunta- respondió el del café algo desconcertado.

 -En serio. ¿Para qué vives?- insistió el de la tostada.

El del café se lo apuró de un trago, después frunció el ceño visiblemente incómodo –tengo mucho que hacer hoy para pensar en eso. Mejor me voy- dijo

¿Alguna vez te has preguntado para qué vives?.

A menudo caminamos por la vida sin saber quiénes somos o lo que realmente queremos y nos resulta incómodo buscar una respuesta.

 El primer camino que deberíamos emprender en nuestro trayecto vital es hacia nosotros mismos.  

Sintonizar con las propias emociones y sentimientos, prestar atención a nuestros actos, descubrir que valores anhelamos, cuáles son nuestras fortalezas y debilidades y que le da sentido a nuestra existencia conecta a cada ser humano con sus propias metas y su misión en la vida.

En el frontispicio del Templo de Delfos los siete sabios griegos escribieron siglos atrás que sino hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera, pues en ti se encuentra el tesoro de los tesoros. Conócete a ti mismo y conocerás el Universo.

Cuando nos ponemos en movimiento sin conocer o querer el motivo es fácil experimentar cansancio y frustración.

Cuando existe un motivo aparente para actuar, pero falta claridad respecto a qué camino seguir y qué pasos dar, corremos el riesgo de perdernos y no llegar nunca.

Puede que el objetivo sea andar por andar y disfrutar de la trayectoria. Si somos conscientes y nos llena, será tan válido como cualquier otro.

El termómetro de nuestra felicidad tiene la respuesta.

Conviene no mirar hacia fuera, porque la plenitud está dentro de cada uno. Qué hacer y qué pensar es una elección personal.

Si tienes la sensación de que has perdido el norte o te falta algo y aparentemente no sabes qué puede ser; si experimentas una actitud de víctima, te quejas por todo, estas defraudad@, percibes angustia, cólera, inquietud, resentimiento o simplemente una desazón o vacio que te impide centrarte en lo que haces, pregúntate si acaso no desearías vivir de otra manera.

¿Qué te gustaría hacer?. ¿Dónde te gustaría estar dentro de diez años por ejemplo?. ¿Para qué vives en realidad?. ¿Cuál es tú misión?.

A menudo repetimos que nos gustaría hacer esto o aquello, que podríamos hacer esto o aquello, que nos hubiera gustado hacer esto o aquello. Guardemos silencio para escuchar hacia dentro. Busquemos esa voz  interior que nos susurra lo que queremos con los cinco sentidos, desde lo más profundo de nuestro ser y en congruencia con los valores que hemos elegido practicar.

No es cuestión de justificarse, sino de tomar conciencia. Reconocer que a veces nos movemos más por la rutina que por causa de un objetivo concreto. Los hábitos dominan nuestra vida. Y no siempre que decimos que queremos cosas las queremos de verdad: puede que no nos resulte ecológico obtenerlas o tal vez descubramos que nuestros pasos van encaminados a satisfacer expectativas ajenas o estamos yendo contra nuestros valores.

Imagina que tienes una familia, trabajas y deseas estudiar una carrera. Analiza que necesitas para lograr tu objetivo y si estás dispuesto a pagar el precio. Dado que has de dedicarle horas al estudio y debes sacrificar otras cosas ¿estas dispuest@ a hacerlo?; ¿te compensa prestar menos atención a tu familia durante ese tiempo?, ¿renunciar a las salidas con los amigos?, ¿a tus días libres o parte de tu horas de sueño, quizá?; ¿qué pasos concretos vas a dar a corto, medio y largo plazo?; ¿a qué horas vas a estudiar?; ¿qué materiales y ayuda necesitas para lograrlo?; ¿cuál es tu plan?; ¿en cuánto tiempo?; ¿dónde estarás de aquí a seis meses?, ¿a un año? ¿a cinco?; ¿ cómo medirás que lo vas consiguiendo?; ¿te visualizas con el título?; ¿qué sientes?. Si respondes positivamente a tus preguntas y te pones en marcha, será cierto que lo quieres. Pero si  algo en ti, por pequeño que sea, se rebela, puede que hayas elegido hacer otra cosa, que el objetivo no te compense y/o no te atraiga lo suficiente.

Cuando sientas que no puedes hacer esta reflexión por ti mism@ apóyate en un coach, no rumies frustración repitiéndote que eso que no quieres es lo que quieres en realidad.

Hagas lo que hagas, vayas dónde vayas, estas a tiempo de hacer un alto en el camino y averiguar tú para qué.

Un paso importante para reconocer y abrazar tu objetivo es conectar física y mentalmente con su esencia.  Visualízalo. ¿A que huele?. ¿Qué sabor tiene?. Y al tacto, ¿cómo es?. ¿Suave, firme, frío, templado?. ¿De qué color?. ¿Qué forma presenta?. Hazlo tuyo o asócialo con algo o alguien que te motive y actúa como si ya lo tuvieras. Borra de tu lenguaje los predicados negativos y las palabras con connotaciones de fracaso.

Recuerda que de poco sirve tener un propósito sin un plan. Para llegar al tesoro necesitas un mapa, de lo contrario, sólo poseerás un sueño.

A la hora de formular metas y trazar un plan deberíamos tomar en consideración la capacidad de ser flexibles. Como el junco que crece junto al río puedes dejarte mecer por el viento o acariciar por el agua mientras tus raíces permanecen aferradas al suelo. Osho decía que en la flexibilidad la acción emana del encuentro en tú y la situación, no de una idea preconcebida. Cuanto más flexibles seamos mayores posibilidades tendremos de alcanzar nuestro propósito. Por tanto, adáptate a las nuevas circunstancias. El objetivo puede cambiar a consecuencia de un simple cambio de valores, de ideas, de prioridades, de la ampliación de tu horizonte de opciones o tras un hecho que haya resultado traumático o inspirador para ti.

Puedes ir andando por un camino y encontrarte una zanja que no sea posible saltar, quizás debas tomar un atajo para salir de nuevo a él o hacia otro diferente que te conduzca al mismo destino. O tal vez antes de llegar a tu destino, te encuentres con una experiencia peculiar y la transformes en tu meta. En ocasiones, puede suceder que haya que reformular el objetivo, ampliarlo, reducirlo o sustituirlo por uno nuevo que nos colme más o nos de fuerza para continuar hacia el primero.

Es fundamental no abrumarse con la meta. Podría desmotivarte. Divídela en submetas. Siembra el trayecto de pequeños hitos que te permitan victorias parciales; tan esencial resulta avanzar como disfrutar del avance. Mientras caminas estás viviendo. Prémiate y celebra cada pequeño éxito. Disfruta del camino.

En ocasiones buceamos en nuestro pasado para cargar con la memoria de los pasos perdidos y de las huellas sin rumbo. El pasado debería ser una referencia para motivarnos, recordar los éxitos y aprender de los errores. Un recurso ocasional que nos empuje a actuar, no una forma de vida, ni un factor de bloqueo. La vida transcurre aquí y ahora, en el lapsus de este instante.

Lidérate poniendo rumbo hacia metas que te realizan. El que sea que te haga sentir bien y en paz contigo mism@. Comienza hoy. Si no sabes a dónde te diriges jamás llegarás. Si ignoras qué estas caminando y para qué  ¿cómo podrás disfrutar del trayecto?.

Conecta tus sentidos y tu conciencia contigo y con el Universo del que formas parte.

Cada momento te ofrece algo. Un tacto, un olor, un sabor, un sonido. Genera en ti una emoción, un pensamiento o una acción. Dale tu propio significado. Vívelo conforme a tus deseos.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Actuar, Autoliderazgo, Bienestar, Coaching, Dirigir tu vida, Gestión de tu vida, Isabel Ripoll, Liderazgo interpersonal, Liderazgo personal, Metas, Objetivos