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NO TE NIEGUES A TI MISM@ LA PAZ

“No puedes negar quién eres. No puedes negarte a ti mismo siempre”. Son  palabras pronunciadas por el protagonista de la película que tuve la oportunidad de presenciar hace unas semanas.

 ¿Lo que siempre queremos negar es lo que somos?.

 Cualquiera que sea la respuesta que se de a esta pregunta, si niegas lo que eres, te estás lastimando.

 Así lo expresa el maestro hindú Prem Rawat cuando afirma:. “No puedes negarte a ti mismo lo que sientes: Si te lastimas, decir que no te has hecho daño no te quita el dolor”.

 Cuando negamos estamos rechazando e ignorando, con independencia de que aquello que rechazamos o ignoramos exista o no. Si la negación se refiere al propio individuo, puede implicar una renuncia a la autoestima, al autoconocimiento, al cambio o a ser lo que uno es. Este asedio contra uno mismo representa el gran obstáculo para lograr la paz interior.

 Son múltiples las formas en que uno puede negarse. Pensemos en situaciones dónde no reconocemos que algo nos hiere o, por el contrario, que nos gusta y es positivo para nosotros. Cuando rechazamos cualidades, valores o ideas propias. Las ocasiones en que ignoramos los mensajes del cuerpo, rehuimos la responsabilidad de nuestra vida y jugamos a ser víctimas de las circunstancias.

Si aceptamos que otros traspasen nuestros límites, nos digan cómo debemos pensar, sentir y vernos o nos medimos con ellos. Cuando no somos capaces de perdonarnos o cuando nos auto saboteamos por miedo a fracasar o a tener éxito.

 Estas y otras son las formas en que jugamos a ignorarnos y a rechazarnos, unas veces por miedo, otras por complacer a los demás y sentirnos valorados e importantes.

 Negarse es como vendarse los ojos o hacerse el distraído ante la agresión contra uno mismo.

 Aceptar que cada uno de nosotros es un ser único y perfecto en su imperfección, que no existen dos personas iguales en el Universo y que, por tanto, no hay base para efectuar comparaciones, es el primer paso hacia la paz interior.

 Puedes hablar de tus fracasos y de tus éxitos abiertamente y de forma espontánea sin agredirte, al fín y al cabo, ambos te definen y gracias a ellos eres tú. Sé natural en esto. Puedes ser asertivo y mantener tus opiniones sin mostrar un comportamiento beligerante con los demás. Puedes mantener una actitud de dignidad y armonía en situaciones de estrés. Reaccionar de forma tranquila, recibir los halagos y el afecto con comodidad, reconocer las críticas y aceptar tus errores de forma natural, ser feliz por el sólo hecho de estar viv@, abrirte sin miedo a nuevas posibilidades y formas de pensar, ver la vida con sentido del humor.

 Si eres capaz de vivir desconectad@ de los pensamientos inquietantes, inútiles o amenazantes, alcanzarás esa tranquilidad profunda que se traduce en el bienestar personal y emocional.

 La paz personal conecta con un sentimiento de serenidad interior que experimentamos al liberamos de las preocupaciones, el sufrimiento, el dolor, el estrés y el miedo y ser conscientes de las incontables maravillas que nos ofrece la vida y de la maravilla que cada uno somos.

 No es insano aspirar a la excelencia, pero si consideras cada momento como perfecto y lo disfrutas  sin esperar al momento perfecto, vivirás en paz.

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DETECTA Y CAMBIA TUS CREENCIAS LIMITANTES

Una persona estrecha la mano a otra al despedirse y le dice, “siento no haberte podido dedicar todo el tiempo que necesitas”. Si entramos en el dialogo interior que mantiene consigo misma, es posible que este lamentando no haber podido dedicar más tiempo a su interlocutor y desee que perciba su frustración. Sin embargo, quién escucha sus palabras puede estar pensando: “es una excusa, simplemente no le interesa lo que tengo que contarle”.

 ¿Cuál es la verdad?. Cada uno tiene la suya. Cada uno ve y escucha aquello en lo que cree, pero nuestras creencias no son la realidad, son pensamientos repetidos a los que nos apegamos. Un esqueleto de ideas desde el que contemplar lo que está fuera y .dentro de nosotros.

Al condicionar las actitudes y comportamientos de cada persona, el repertorio individual de verdades, condiciona también los resultados que cada persona obtiene en su vida. Lo que crees es también lo que creas.

Las creencias se cultivan, algunas desde la infancia. Están profundamente arraigadas en nuestro subconsciente y definen nuestro carácter y nuestro destino. Las mayores hazañas y las peores destrucciones de la historia tienen su origen en las “verdades” a las que nos apegamos.

En cierta ocasión, una amiga me comentó “no termino nada de lo que comienzo”. “¿Cuando comenzaste a creer eso?” inquirí. “Con siete años. Estaba haciendo un dibujo y no lo terminé. Mi madre me dijo que nunca terminaba nada”.

Los padres deberíamos tener cuidado con las creencias que inculcamos a  nuestros hijos. Nuestras verdades pueden convertirse en las suyas. Incluso cuando parezca que no las comparten y que pasan inadvertidas, nuestras verdades pueden limitarles. Muchas creencias viven larvadamente en el subconsciente.

Cuando es limitadora, la creencia afecta de forma negativa a nuestra vida, pero también genera falsos beneficios. Pensemos en la falsa sensación de seguridad o comodidad, de liberarnos de la responsabilidad o dejarla en manos de otros.

Si una creencia nos limita, podemos sustituirla por otra generativa (positiva). Para ello es fundamental  tomar conciencia de que existe, identificándola. La auto-observación de nuestras emociones, nuestro lenguaje y comportamientos nos permitirá detectar todos esos sentimientos, palabras, actitudes y acciones que limitan nuestra vida.

Cuando te sientas molest@ con una situación, una persona o contigo mismo, pregúntate porque has reaccionado de esa manera y cuestiona y verifica si eso que crees es la verdad. ¿En qué momento de tu vida empezaste a tener esa creencia?. ¿Cómo reaccionas cuando la tienes?. ¿Quién serías tu o cómo sería tu vida sin ella?. Puedes escribir las respuestas en un papel o en un diario si te resulta más fácil.

¿Has identificado las creencias que te tienen estancad@ en tu carrera, tu trabajo, tus relaciones o tu salud?. Si la respuesta es positiva, el siguiente paso será  sustituirlas por otras que te potencien y expandan.

Cambiar nuestras creencias es un ejercicio que requiere proactividad. No vale  anclarse en el mundo de las ideas, ni conformarse con los resultados de su análisis. Es necesario hacer que las cosas pasen. Abandonar ese mundo de seguridad y comfort en el que nuestros pensamientos y comportamientos limitantes se repiten de forma consistente, como si estuvieran en automático.

La solución no pasa por destruir la creencia limitante sino por sustituirla por otra positiva o potenciadora que ocupe su lugar. La sustitución es el mecanismo adecuado para evitar que la verdad perniciosa retoñe de nuevo a nuestra mente.

Escojamos una creencia positiva de reemplazo y convirtámosla en un hábito, de forma que la aceptes y surja con la misma naturalidad con que lo hacía la anterior. Para ello, recuerda y repite tu creencia a cada momento, escríbela, siéntela, visualiza su colores, su tacto, su olor, tu vida con ella. Puedes incluso anclarla a un recuerdo o sensación positiva y nutrirte con ejemplos de personas que han logrado una vida plena o exitosa sosteniendo esa creencia.

Deshacerte de tus creencias limitantes no resulta una empresa fácil, requiere una buena dosis de constancia porque las creencias perniciosas suelen echar raíces profundas y lo que buscamos es que nuestras verdades positivas se implanten con idéntica fuerza. Hay personas que lo logran en 21 días y otras necesitan más tiempo. Algunas lo consiguen solas y otras requieren de la ayuda de un especialista en coaching o PNL.

La buena noticia es que no tienes que vivir con tus creencias limitantes, porque está en tu mano creer lo que desees.

 

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METAFORAS PARA EL CAMBIO (V): CONVERSACIONES CON JIM BLACK

Amaneció y Coque estaba embutido en su funda nórdica hasta la comisura de los labios.

En el cuarto sólo se escuchaba el tic tac del reloj.

-Cinco días de gripe- pensó – es como para desquiciarse-

Estaba cansado de leer, jugar con el portátil y pulsar aleatoriamente el mando del televisor. Fuera de la rutina de trabajo, la vida se tornaba aburrida.

Recordó la frase de la noche anterior: “En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días”. La había encontrado en una web de frases célebres.

-Todo un friki- pensó.

Le pareció tan deprimente y rebuscada que se fue a dormir.

Agazapado en su funda nórdica, pensaba en cómo afrontar aquel nuevo día bajo los estragos de la gripe, sin el sonido familiar de la blacberry, la agitación de la oficina y el trabajo a contra reloj.

De repente concibió la idea de ordenar su cuarto de trabajo.

Se apresuró a desayunar y a ingerir las medicinas, tomó una ducha y se enfundó un pantalón de pana y un jersey grueso.

Su cuarto de trabajo era un cubículo de apenas cuatro metros. Lo había amueblado con una librería blanca, un sofá cama y un pequeño escritorio. Echó un vistazo a su alrededor y clavó la mirada en el baúl de madera que su empresa le había regalado por Navidades cuatro años atrás.

-Empezaré por esto- se dijo.

Al abrirlo observó una superficie compuesta por tapas de libros y cuadernos encajados a presión. Fue extrayéndolos uno a uno hasta que escuchó un ruido sordo que le hizo deslizar la mirada hacia el parquet. Frunció el ceño. No tenía idea de que guardase aquel vaquero de plástico en el baúl.

Era una figura de color azul cielo. Tenía los pies sobre un suelo de plástico, igualmente celeste, que hacía las veces de plataforma de sujeción. Vestía un sombrero de Cowboy y el típico atuendo de los vaqueros del oeste americano. Sus brazos se hallaban ligeramente flexionados, dibujando un ángulo  recto. En ambas manos empuñaba una pistola.

Lo enderezó sobre el pavimento de madera y se quedó mirándolo con una sonrisa en los labios.

-Joder Jim, ¿pero qué haces aquí?- preguntó en voz alta –ni me imaginaba que estuvieras en el baúl. Tío cuanto tiempo. Eres un sobreviviente-

Coque se sentó en el suelo y cruzó las piernas. Continuó observando aquel juguete mientras pensaba en la maravillosa niñez que había transcurrido junto al sheriff Jim Black. Así lo había bautizado el día en que, con ocho años, los Reyes  dejaron junto a sus zapatos aquella bolsa transparente que resultó contener una amalgama de vaqueros, indios y caballos de plástico.

-¡Que batallitas Jim!. ¿Te acuerdas?. Te pondré en la mesa del escritorio. No quiero perderte-

Lo colocó sobre una carpeta de documentos que descansaba en la superficie de la mesa y prosiguió extrayendo el contenido del baúl.

-La cantidad de trastos que hay aquí dentro Jim. Voy a tirarlo todo- murmuró en voz alta.

-Normal Coque. De niño eras más divertido. Tienes suerte de haberme rescatado- escuchó decir.

Cuando era un niño, el sheriff Black y Coque hablaban a menudo. En realidad era Coque quién hablaba por los dos. Ahora le asaltaban dudas acerca del origen de aquella voz. Sea como fuere, deseaba responder al presuntuoso vaquero que permanecía erguido sobre su carpeta.

-Vaya Jim. No tienes pelos en la lengua, ¿eh?. Y dime, ¿por qué crees que tengo tanta suerte?. Ni que tú fueras la diversión en persona- exclamó Coque

-Porque soy tu espejo-

-¿Mi espejo?-

-Sí. Mírame y dime qué ves-

Coque le observó de cerca. Tomó a Jim en su mano y cerró los ojos.

¿Estaban riendo?. Sí, así era. Coque había inventado una historia en la que la Diligencia, regalo de su hermana mayor, atravesaba los páramos del Oeste a gran velocidad.

 Los páramos eran las losetas de mármol del salón de la casa de sus padres. En el interior viajaba una vaquera de la casa Pech que su tío Luis le había traído de Barcelona y que, según decía, se llamaba Perla. Era una figurita de los años sesenta, con un brazo en alto que sostenía una pistola, y el otro en jarras. A diferencia de Jim, Perla estaba pintada de colores y por la forma de sus piernas parecía haber sido separada de su caballo. Coque la sentó a los mandos de aquella Diligencia  que se suponía iba a ser atacada por otros vaqueros de plástico. La Diligencia chocó contra la pata de una silla y Perla salió despedida hasta derribar a todos los secuaces y acabar a los pies de Jim.

-Vaya lo que tenemos aquí- murmuró Black –Perlita, la superhéroe-

Los dos rieron de buena gana y Coque percibió que Jim congeniaba con la vaquera de piernas arqueadas.

-Bueno, ¿qué ves?- insistió Jim.

-Me estaba divirtiendo contigo. Habíamos inventado una historia fantástica. ¿Te acuerdas de Perla?-

-¿Perlita la superhéroe?- sonrió – como no voy a acordarme. Llegó volando hasta mis pies-

-Inventabamos grandes historias Jim-

Coque prestó atención a sus palabras.

-¿Inventabamos?- preguntó el vaquero.

-Bueno yo las inventé y los dos las protagonizamos-

La alarma del reloj de Coque sonó.

-Vaya Jim, debo ir al médico-

-Me pregunto porque ahora no escribes historias, ni te diviertes- insistió Black.

-Hay que ganarse la vida Jim. La oficina es una forma de sobrevivir-

-¿Quieres vivir o sobrevivir?-

-Me parece que te estás poniendo friki sheriff. Quiero vivir por supuesto. Ahora tengo que irme. Te pondré en el baúl y seguiremos hablando más tarde-

-Dime una última cosa Coque- indagó Jim -Si pudieras elegir y no tuvieses miedo ¿qué te divertiría hacer?-

-Crear- respondió Coque sin pensarlo –Me gustaría crear ideas innovadoras y ponerlas en marcha. ¿Contento?-

-Yo sí, ¿y tú?-

Estaba a punto de depositar el vaquero celeste dentro del baúl, pero se detuvo. En lugar de ello, lo introdujo en un bolsillo del pantalón.

Se lavo los dientes, frotó sus manos contra el jabón y enjugó su rostro con agua fresca. Buscó ropa de abrigo y salió al portal camino de la clínica.

Helaba en la calle. A las doce de la mañana, los rayos de sol aún no templaban el clima. Inspiró profundamente.

-¿Sabes Jim?- se dijo mientras expiraba- me siento vivo a pesar de la gripe-

-Todo problema lleva dentro una oportunidad, Coque- murmuró Jim.

-Entonces debería decir que me siento vivo gracias a la gripe-

Isabel Ripoll                            Todos los derechos reservados

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SAN SILVESTRE VALLECANA: CORRER 10 KMS POR SEGUNDA VEZ EN MI VIDA

Si recordáis en un “Reto hecho realidad” os explique de qué forma una persona con veintitantos años de vida sedentaria como yo, se decidió a correr 10 kms.

No exageré cuando os describí mi “calvario” personal.

Iba sobrecargada por el entrenamiento y con fuertes dolores en unas rodillas frágiles después de tantos años en la recámara. El trazado desigual y empinado, los azotes del calor y la deshidratación estuvieron a punto de dar al traste con mi ilusión de cruzar la meta.

Llegué exhausta y feliz,  invirtiendo una hora y quince minutos. A cambio tardé una semana en volver a caminar normalmente y tres en calmar los dolores por completo, pero no abandoné el objetivo de practicar deporte con asiduidad.

Para comprobar mis progresos decidí apuntarme a la San Silvestre Vallecana. Proseguía con mi rutina de dos horas de ejercicio al día, realizando descansos intercalados semanales de 24 o 48 horas.

La semana anterior a la carrera surgió el saboteador. Todas las molestias, imaginadas o imaginables, asolaron mis piernas. Para convencerme de que eran travesuras del subconsciente visité al fisioterapeuta y practiqué una tabla suave de fitness. En vísperas de la carrera no hice ejercicio.

El sábado por la mañana efectué un repertorio de abdominales, lumbares y estiramientos. Resulta curioso comprobar la cantidad de microdolores que puede uno detectarse cuando está nervioso y siente el azogue del miedo. Afortunadamente, una voz interior me invitaba a confiar en mi esfuerzo y planificación y lograba imponerse.

Una semana antes había iniciado lo que  llamo  “liturgia de motivación en torno a mis retos”. Acepté la oferta gratuita de grabar mi nombre en la camiseta, la extendí sobre el respaldo de una silla en mi cuarto para verla cada mañana, le hice una foto y la puse como escritorio de mi portátil y carátula del móvil. Sobre ella escribí frases ganadoras de atletas y deportistas y comencé a leer artículos que ofrecían consejos y relataban experiencias sobre la carrera o el recorrido hasta que fui capaz de visualizarme en cada kilómetro.

La mañana de la carrera me premié con un baño de sales y hablé con mi cuerpo para infundirle cariño y confianza. Lo hidraté a conciencia, centrándome  en los pies.En una carrera de 15 minutos, a un ritmo aproximado de cuatro minutos y medio por kilómetro, se producen cerca de cinco mil impactos de los pies contra el suelo. El valor de cada uno de estos impactos se sitúa entre dos y cinco veces el peso corporal del corredor. Son los responsables del 60% de la lesiones del aparato locomotor y de un porcentaje elevadísimo del resto de las estructuras superiores (rodilla, cadera y espalda).

 Durante los prolegómenos de la carrera, Concha Espina era un clamor. Un ambiente festivo, acompasado por la música y el murmullo de los corredores, presidía la calle. Aquella congregación de gente disfrazada, despreocupada y sonriente, atemperó mis nervios. Daba la impresión de que el objeto de estar allí no fuese tanto correr como pasar un buen rato y divertirse. Me lo tomé de esa forma. Deseaba más que nada disfrutar de las buenas sensaciones de mi respiración y mi zancada, del paisaje y el ambiente.

Al no disponer de tiempo oficial acreditado, me coloqué en el último cajón.

A  las 18,00 horas retiraron las cercas para que avanzásemos hacia Sagrados Corazones dónde estaba la salida. La primera se había producido a las 17,30. Y después siguieron otras. Habíamos disfrutado observando la marea blanca que ascendía perezosamente por Concha Espina hasta virar hacia Serrano. Ahora era nuestro turno.

 La cuenta atrás se inició en una pantalla gigante y todos la coreamos entusiasmados: los chicos vestidos de robot y protegidos con cajas de cartón en sus cabezas, los frailes, los de pelucas multicolores, los romanos, los vikingos, los papá Noel, las cupletistas, las parejas, los amigos y familiares que corrían juntos… .Era una auténtica fiesta.

Cuando  comenzamos a atravesar la alfombra que activaba los chips y a subir la primera cuesta del recorrido, ya estaba anocheciendo. Las farolas de la calle proyectaban sus luces anaranjadas y el clima se había tornado más frío, aunque no fuese la clase de climatología tan adversa que cabía esperar en el mes de diciembre.

Advertí que no lograba conectar con mi ritmo. Estaba la gente que iba por delante de mí y la que me adelantaba o corría a la par. Por un lado temía ser sobrepasada y por el otro trataba de seguir la estela de aquellos que avanzaban más rápido. Había un constante devenir de personas y el ruido de pasos cercanos me inquietaba. Perdí la concentración, comencé a respirar atropelladamente y a notar síntomas de cansancio.

Al doblar hacia Serrano traté de serenarme. “Se tu misma”, me dije, “olvida cuanto te rodea y proyecta tu propio ritmo”. Pronto ajuste zancada y respiración y empecé a sentir que controlaba la carrera. Observaba el público,  el paisaje y los corredores, pero lo hacía desde mi misma, viviendo mis sensaciones y sin preocuparme por lo que hiciesen otros.

Me sentía bien, conectada con mi ritmo y seducida por la belleza de Madrid bajo los focos.

Bordeamos la puerta de Alcalá y descendimos hacía Cibeles para enfilar el Paseo del Prado. La gente animaba sin tregua. Te llamaban valiente, gritaban que ya quedaba poco o que éramos el alma de Madrid.

Entre los corredores reinaba un ambiente distendido. Algunos decían haber estado en la meta y comprobado que allí no había nada del otro mundo, otros proponían tomar unas cañitas para quitarse el sofoco, bajar el ritmo infernal que marcábamos o coger un taxi para alcanzar la meta y poder llegar a la cena de Fin de Año. -Lo que hay que hacer para no pelar gambas- comentó un participante mientras retiraba el sudor de su frente con el dorso de la mano.

Cruzar Atocha y visualizar el gran cilindro construido  con ladrillos macizos de cristal translúcido para homenajear a las personas fallecidas en el atentado de Marzo de 2004, resultó muy emotivo.

El peor momento llegó al afrontar la empinada subida por la Avenida de la Albufera, tras correr bajo el puente de Vallecas culminando Ciudad de Barcelona. Un grueso considerable de corredores se paró repentinamente y decidió emprender la subida caminando. Aquel brusco parón ralentizo la carrera.

 Anteriormente las cuestas habían sido mi debilidad, pero en esta ocasión abordé el ascenso con potencia. Cuanto mayor era el cansancio que sentía, más me empeñaba en tirar. Había trabajado mucho la fuerza en los entrenamientos y quería demostrarme que estaba preparada para sufrir. La subida no era fácil, tenías que sortear la marea de personas que caminaba o corría cansinamente por el asfalto, sin que eso afectase a tu zancada ni a tu moral.

Estaba a punto de claudicar cuando avisté el giro en descenso hacia la calle Carlos Martín Alvarez y me percaté de que estaba a unas cuantas zancadas de coronar la parte más dura del recorrido. Eso me dio alas. Saqué fuerzas ocultas corriendo hasta la extenuación. Sumida en el sobreesfuerzo, hubo un momento en el observaba mis piernas y era incapaz de explicarme porque seguían bregando a toda velocidad sobre el asfalto. Contemplaba mi zancada como si fuese un movimiento automático superior a mi voluntad y más rápido aún que mis pensamientos. Cuando quise darme cuenta estaba ya en el kilometro nueve, enfilando un suave descenso que me hacia recuperar fuerzas.

La carrera terminaba en cuesta y hube que apretar los dientes para darlo todo en el último repecho mientras observaba la reluciente llegada y el público nos animaba a esprintar.

La sensación de entrar en meta fue de victoria y alegría incontenible. Por el ritmo imprimido, sabía que mi tiempo era bueno. Comprobé que había invertido sesenta minutos y treinta y cinco segundos en completar el trayecto. Una mejora sustancial, pues suponía rebajar mi record personal en quince minutos sólo tres meses después de mi primera carrera.

 Queda  mucho por aprender y mejorar, pero terminar el año con ese buen crono y con la sensación de haberme divertido en el camino, me parece una forma estupenda de despedida.

Todo es posible cuando lo haces.

El logro se cuece a fuego lento, ingrediente a ingrediente, y por encima de todo, disfrutando al cocinarlo.

¿Cuál fue tú gran logro este año?. ¿Qué pasos has dado hacia tu meta?. ¿Cuáles estas dispuest@ a dar?.

Mi padre solía decir: “Hagas lo que hagas, hazlo de verdad. Pon tu pasión y alegría en ello”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿NO PUEDES MAS?. PÁRATE Y PIENSA

 A menudo vivimos distraídos por continuos quehaceres, obligaciones y expectativas, persiguiendo y esperando cosas, luchando por cambiar a los demás y porque todo funcione cómo deseamos.

Al volcarnos en el mundo exterior, en nuevos deseos y necesidades, carecemos de tiempo para conocernos, saborear y disfrutar nuestros logros y lo que somos.

 Cuando quedas atrapad@ en esa espiral de lucha e insatisfacción constante, no tardan en surgir emociones negativas. Puedes notar que te falta energía y experimentar síntomas de  agotamiento mental y físico, impotencia, fracaso o derrota.

Los budistas tibetanos se refieren alegóricamente al Reino de los Fantasmas Hambrientos para describir esta actitud. Lo habitan seres que poseen un apetito insaciable y por lo mismo, continuamente insatisfechos.

¿Qué hacer cuando uno se ve inmerso en esa espiral y comienza a experimentar emociones negativas?.

Cuentan que el místico ruso, George Ivanovich Gurdjíeff solía practicar con sus alumnos un ejercicio denominado Stop. De repente les decía: “¡Stop!” y todos tenían que detenerse, tal como estuvieran.

Otra técnica utilizada en la educación infantil es el semáforo. A través de la asociación de las luces de un semáforo con las emociones y la conducta, los niños aprenden que la luz roja implica pararse, tranquilizarse y pensar antes de actuar. La luz amarilla les induce a pensar en soluciones o alternativas y sus consecuencias, mientras que la luz verde invita a seguir adelante y poner en práctica la mejor solución.

Cuando faltan fuerzas para continuar y nos sentimos desbordados, defraudados, fracasados o insatisfechos, ha llegado el momento de pararnos, descansar y reponer nuestra energía.

Parar supone desconectar y distanciarse.

Desconectar de ese mundo exterior que absorbe nuestra energía para conectar con uno mismo a través de la meditación.

 Sólo en nuestro interior se halla la paz y serenidad que anhelamos.

La meditación regular ayuda a descansar, ahorrar energía y mantenerse relajad@. Al meditar, cerramos la puerta al ruido y a los problemas que descansan en nuestro trabajo o en nuestra vida personal, silenciamos el diálogo interior acallando esa mente que no cesa de generar pensamientos a una velocidad fulgurante.

Aunque para ser realmente efectiva la meditación requiera hacerse con tiempo, cinco minutos dentro de un cuarto sin luz o sin ruidos, enjuagarnos el rostro con agua fría,  respirar hondo y contar hasta tres, un paseo enfocándonos en los detalles del  paisaje o la simple visualización de un lugar ideal para nosotros,  pueden ser suficientes para hallar la calma, recuperar la paciencia y balancear momentáneamente nuestra energía de forma que obtengamos una mayor claridad mental y gestionemos nuestras emociones y nuestro estrés.

Salirse de un problema o de una emoción,  también ayuda a gestionarlos.

A veces nos resulta más fácil encontrar solución para los problemas ajenos que para los nuestros. Quién sufre la situación no suele verlo tan sencillo. Tiene más información, pero se halla demasiado involucrad@ como para poder contemplarla desde distintos ángulos y lograr una visión amplia, objetiva y global de la misma. Es capaz de ver los árboles, pero no el bosque. 

Cuando pones distancia respecto a esa situación o emoción  que  absorbe  tu energía o te genera sentimientos negativos estas en condiciones de gestionarla mejor. Puedes verla objetivamente y decidir si te merece la pena seguir luchando, si estás dispuesto a pagar el precio y a dedicarle tiempo. Dar un paso atrás nos permite descubrir otras opciones y elegir bien nuestras luchas y objetivos en lugar de dispersarnos en cientos de deseos. Nos permite tomar conciencia de que somos algo diferente de la emoción que nos embarga y nos ayuda a pensar y percibir con claridad. Cuanto más nos alejemos mayor será nuestra perspectiva y nuestra capacidad de tomar una decisión acertada.

Al margen de lo que ocurra en tu vida, cómo interpretarlo sigue siendo una elección personal. Siempre tienes la posibilidad de hallar un sentido positivo a lo que acontece y ese poder tuyo, nadie, ni nada puede arrebatártelo.

Para no caer en una dinámica de dispersarse en continuos deseos y necesidades hasta el punto de transformarnos en Fantasmas Hambrientos, es fundamental conocerse y  tomar decisiones.  Determinar que es absolutamente necesario para tí, aprender a descartar y  enfocarte en lo que de verdad importa. Saber quiénes somos y que queremos, hará que disfrutemos de  nuestros logros y de lo que tenemos y hacemos en lugar de permanecer continuamente insatisfechos.

Una fuente común de insatisfacción, es el empeño en cambiar a los demás.

“Debes ser el cambio que quieres ver en el mundo” afirmaba Mahatma Gandhi.

En ocasiones no cesamos de intentar que las personas y el mundo funcionen cómo deseamos.  Quizá lo hagamos con nuestra mejor voluntad, dando por supuesto que sabemos lo que es mejor para todos. Al no conseguir resultados, llega el sentimiento de culpa y fracaso y el agotamiento. Esta actitud daña nuestra autoestima y vacía nuestras reservas de paciencia y energía, sin contar con que hace la vida imposible a otros individuos.

Conviene tener presente que cada ser humano es  peculiar y único. Tiene sus ideas, sus  objetivos, valores y carácter. Hemos de  respetar su espacio y sus procesos, su ritmo propio.

Siendo como eres, sin pretender ni esperar que los demás cambien, estás sembrando en sus vidas.

Cuando te conviertes en aquello que quieres ver, mucha gente se motiva e inspira contigo, pero no puedes forzar la situación. Cada cual elige su camino. Si cambia, cómo y cuándo. Nada puedes hacer, cuando  nada te piden. Incluso si te lo piden, la última palabra no es tuya.

Abracemos la singularidad de cada persona. Tal vez nuestro destino no sea cambiar a los demás sino sembrar el cambio. “Somos sembradores conscientes, repartimos diariamente millones de semillas a nuestro alrededor” afirmaba el escritor estadounidense Og Mandino.

No pienses mientras no paras. Párate y piensa. Hará la diferencia en tu vida.

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LA FELICIDAD DE LO SENCILLO

No olvidaré los ojos tristes de aquel esquimal.  Como tantos inuit, se vio inmerso en una sociedad que no entendía.  Muchos de sus compatriotas abusaban del alcohol para tratar de ahuyentar aquella mezcla de confusión y desosiego.

Era un hombre sexagenario cuya existencia se había visto radicalmente transformada al desplazarse a Montreal. En sus tiempos mozos vivió cómo un nómada. Iba de un sitio a otro siguiendo la migración de los renos y de las ballenas, midiendo el tiempo por el lapsus que duraba una “dormida”. No pensaba en el comercio, ni en el trabajo, sólo cazaba, y, conforme a la tradición, su corazón absorbía la grandeza del animal muerto.  Fue una época en la que todo era de todos dentro de los helados condominios de su civilización y no había riesgo de enfrentamientos.

-Los inuit eramos gente amable y hospitalaria; vivíamos felices en un territorio que los blancos consideraban hostil para la vida. Hoy en día ser inuit es muy triste. Tenemos rifles para cazar, alimentos que compramos en supermercados, coches y televisión, pero hemos perdido nuestra identidad – explicaba cariacontecido.

Su testimonio  me pareció un ejemplo de cómo la sencillez nos permite vivir en plenitud.

 Ser lo que somos, sin aparentar ni ponernos máscaras, sin pretender ser otra cosa, sin medir nuestra autoestima por lo que poseemos, logramos o conocemos ni por lo que piensen de nosotros, nos conecta con la sencillez.

La sencillez se nutre de libertad y aporta paz interior. Cuando nos obsesionamos con nuestra apariencia, prestigio e imagen personal, con las posesiones materiales o con lo que no tenemos, vivimos esclavizados.

En el entramado de la sofisticación y de las necesidades creadas, es fácil perder  la identidad. Si no sabes cuál es tu esencia, si te impones lo que no eres y te ves incapaz de vivir en armonía con la naturaleza, tu vida discurre en la superficie. En palabras de Osho, “tendrás una vida de plástico”, pues, “serás algo en la superficie y justo lo contrario en lo profundo de ti”.

La sencillez no implica vivir en la pobreza sino en armonía contigo mismo, sin conflictos, ni divisiones, sin luchas intestinas entre lo que eres y lo que quieres ser, sin esforzarte por ser quién no eres.

No valemos por nuestra ropa, por nuestros coches, por estar a la moda, porque tengamos más dinero o porque seamos capaces de imponer nuestra autoridad, sino por lo que hay en nuestro interior. Todo lo que necesitamos está dentro de nosotros.

Puedes tener una vida ideal o poseer múltiples cosas y sentirte desgraciado. Puede que una sonrisa te produzca más alegría que todo el oro del mundo. O que todo el oro del mundo no  te haga tan feliz como un simple paseo por la naturaleza.

 Alguien sencillo  aprecia la vida por lo que es, no necesita nada extraordinario para poder sentirte vivo, porque es capaz de transformar lo ordinario en extraordinario. El canto de un pájaro, la puesta de sol, el café de las mañanas o un simple abrazo, se convierten en acontecimientos únicos y hermosos. Quién vive desde la sencillez carece de pensamientos complicados, de adornos o de artificios. No necesita poner en un escaparate sus posesiones o cualidades porque estas son algo evidente y natural.

No somos el título universitario que hemos obtenido, ni el puesto que desarrollamos en una empresa, ni la profesión que elegimos, ni el sueldo que cobramos o el coche que conducimos, tampoco la nacionalidad que poseemos. Somos  seres humanos mortales con necesidades básicas parecidas, seres vivos que buscamos interactuar unos con otros, dar y recibir afecto y sentirnos valiosos.

La sencillez vive en los ojos con que un niño contempla el mundo, tiene el aroma y el encanto de la inocencia alegre, la dulzura y la ingenuidad. Es eso que está más allá de lo que poseemos y de lo que construimos artificialmente y más allá de lo que pretendemos. Esa parte de nosotros que no paga tributos y con la que nos sentimos profundamente identificados.

Lo sencillo es lo que somos y lo complicado aquello que pretendemos o nos inventamos ser.

 

 

 

 

 

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NUTRIRNOS DE OTRAS PERSONAS

 

Todos disponemos de recursos internos y externos para lograr nuestros objetivos.

Uno de esos recursos externos es inspirarnos en otras personas, bebiendo de cuánto admiramos en ellas.

Esto no tiene nada que ver con la envidia, sino con la admiración.

Quién aprecia y reconoce a la persona y su logro y puede querer reproducir su conducta o inspirarse en ella, la admira. Es portador de un sentimiento de afecto y respeto hacia ese individuo. Para el envidioso el logro y el bien de otro es causa de tristeza y pesar. Su deseo no es tanto imitar el comportamiento o inspirarse como quitarle al otro lo que tiene. La envidia genera odio y resentimiento y no reconoce los méritos ajenos.

Cuando alguien expone lo que para nosotros es una buena idea o exhibe cualidades que deseamos obtener o mostrar, nos ayudará mucho más preguntarnos cómo podemos aprender de esa persona, cómo lo consigue y que hace específicamente para lograrlo, que albergar sentimientos negativos. Valorar a los demás, no implica ensombrecer ni rechazar nuestro propio valor.

A veces elegimos envidiar porque, al compararnos, nos sentimos inferiores. También se da el caso de quienes defendiéndose de un complejo de inferioridad se consideran por encima de los mortales.  Existen personas para las que los demás no se enteran de nada, ni saben hacer nada bien. Al menos tan bien como ellas. Personas que nos miran por encima del hombro o nos niegan el saludo, como si les costase entender que todos  tenemos limitaciones y se hubieran puesto una venda para ignorar las propias. Es difícil creer que si alguien no valora a los demás, pueda valorarse a sí mismo.

Recordar que somos diferentes, al igual que lo son la vida y las circunstancias particulares, es un buen ejercicio para salvaguardar nuestra autoestima. ¿Qué vamos a comparar cuando somos todos tan valiosos y distintos?. La única persona a la que uno debería superar es uno mismo.

Cualquier persona anónima puede inspirarte o moverte a la acción y a la  emulación, depende de tus objetivos y circunstancias.  En mi caso, por ejemplo, una de las personas que más me inspiró al principio de mi carrera profesional fue cierta señora adorable que limpiaba las oficinas dónde yo trabajaba. Su forma de afrontar la vida me ayudó a tomar una decisión de envergadura que cambió la mía.

Consciente o inconscientemente, también inspiramos a otros. Esto no es vanidad. Nos inspiramos y modelamos mutuamente a cada instante. ¿Quién no alberga cualidades dignas de admiración?. En realidad el modelaje es un recurso excelente para lograr objetivos, no sólo en su vertiente de emular comportamientos sino de conseguir motivarnos.

Afortunadamente la vida nos ofrece la oportunidad de interactuar unos con otros, de alimentarnos espiritualmente con cada ser humano en cada lugar y  momento, al igual que lo hacemos con nosotros mismos, nuestras fortalezas, pequeños y grandes logros. Todo ello sin perder nuestra identidad, ni convertirnos en el mimético trasunto de nadie o renunciar a nuestra valía.

Si lo piensas bien, grandes genios e inspiradores, como Steve Jobs, que hicieron las cosas de forma diferente y cambiaron el mundo, se han nutrido en algún momento de su vida de otras personas. El creador de Apple era un auténtico entusiasta de Sócrates y de los Beatles. En una entrevista concedida a la revista Newsweek en el año 2001 llegó a decir: “Cambiaría, si pudiera, toda mi tecnología por una tarde con Sócrates”.

Como tributo a Steve os dejo con estos vídeos. El jueves lamentablemente lo perdimos, aunque el mismo dijese que la muerte es el mejor invento de la vida. 

Nos quedan su obra y sus palabras para nutrirnos, para permanecer hambrientos,  ser insensatos y amar lo que hacemos, tal como él proponía.

http://www.youtube.com/watch?v=uXKku2KYZf0

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