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¿TIENES MIEDO AL COMPROMISO?

Si crees que has encontrado la persona adecuada para ti, ¿Por qué no bajas la guardia y amas?.

Si no confías en alguien, ¿cómo amarlo?. y si confías ¿qué te detiene?.

Queremos amar, pero nos entra pánico.

 ¿Tienes miedo a las relaciones?. ¿Es el miedo al compromiso una constante en tu vida?.  Ser consciente te permitirá  comprender   y  gestionar adecuadamente ese temor.

 El miedo juega un papel fundamental en el éxito o fracaso afectivo.  Puede hacer que la relación que tanto deseabas se vuelva una pesadilla, que vivas de forma incongruente con tus valores,  te amargues la existencia y  hagas daño a otras personas.

 Si no eres consciente de ello,  tal vez  adoptes una actitud victimista, quejándote de que todas tus relaciones afectivas fracasan.

¿Sabes que podemos elegir inconscientemente mantener relaciones afectivas con una persona porque intuimos que fracasaran o que no llegaran muy lejos ?. Cuando  este tipo de individuos conocen a alguien maduro que les ofrece un compromiso o escuchan la palabra “te quiero”, se sienten tentados a huir.  No obstante, puede que esa  persona les guste de sinceramente  y dañen su relación hasta un punto sin retorno.

¿Conoces algún caso de personas que después de haber roto una relación se arrepienten de inmediato, o tal vez con el tiempo?.

Una amiga me contaba que sufrió mucho cuando la abandonó el hombre  que más había querido en su vida. Lo hizo sin razón aparente. Diez años después, la llamó por teléfono.  Había dejado su trabajo en una gran empresa y viajado a otro país para vivir una relación con una mujer casada y con dos hijos. Aunque la mujer acabo divorciándose, las cosas entre ellos no fueron bien.

–Tanto tiempo sufriendo por esa ruptura y cuando la supero, este hombre viene y me dice que yo he sido la persona más importante de su vida y que le gustaría retomar la relación. Como si nada hubiera pasado. No me apetece en absoluto volver atrás- comentaba.

¿Vas a perder al amor de tu vida por culpa del miedo?.

Conoce tu estilo afectivo y vive de acuerdo con él. De lo contrario  sufrirás y provocarás sufrimiento.

La soledad no incide negativamente en nuestra vida cuando es producto de una decisión meditada y consciente,  pero si la utilizamos como un escudo para protegernos de las responsabilidades o de las relaciones con las personas, caerá sobre nosotros como una losa.

El miedo al compromiso suele estar vinculado a situaciones como la falta de cariño e inestabilidad emocional durante la infancia  o a una decepción amorosa importante.

Estas vivencias generan un temor irracional a lo desconocido, a asumir responsabilidades,  fracasar, decepcionar o ser decepcionado, que actúa como saboteador de nuestras relaciones. Los síntomas de esos temores son diversos. Nos ponemos a la defensiva, fijamos un listón rígido y excesivamente alto,  tratamos de frenar  la relación,  provocamos malentendidos,  nos mostramos distantes, tensos y nos impedimos, en definitiva, ser nosotros mismos, disfrutando plenamente de nuestros sentimientos y de la intimidad con el otro.

El miedo paralizante nos priva de madurar y experimentar;  hace que nos sintamos  por fuera del mundo. También puede desembocar en un afán de controlarlo todo. Desgraciadamente las personas no son controlables y esto suele provocar angustia y rechazo por parte de quién lo sufre. Lo natural es dejar que las cosas fluyan, no reprimirlas. La autolimitación y el excesivo cuestionamiento suelen acarrear sentimientos negativos.

La relación madura de compromiso discurre en un ambiente de equilibrio entre  responsabilidad y autonomía personal y, claro está, se basa en el amor y en la existencia de intereses comunes.

 Resultar herido en las relaciones afectivas es una posibilidad, no una certeza. El fracaso  forma parte de todo cuanto emprendemos y nos ayuda a crecer y madurar como personas, a atesorar experiencia y a profundizar en la empatía humana. Está en cada decisión que tomamos y en cada acción que llevamos a cabo, aunque sin el, el éxito tampoco será una realidad.

Identifica tu miedo, reconócelo, compártelo con la persona que quieres y actúa para disiparlo.

Si tu elección es vivir el amor en toda su plenitud, asume que el compromiso cambiara la situación de tu vida, pero te aportará muchos aspectos positivos. Date una oportunidad a ti mism@ para experimentarlo. Te mereces amar y ser amado.

¿Qué tal si haces  una lista?. Una lista de pros y contras te ayudará a saber lo que quieres y porque lo quieres. A valorar que te aporta más.

¿Si no sintieras miedo que harías o que le dirías a la persona que amas hoy mismo?. Cuando a este pregunta se te ocurran respuestas diferentes de nada o no sé, piensa en porque y para qué dejas que el miedo se interponga en tu relación con esa persona. ¿Que te aporta?. ¿Que podría aportarte decir o hacer lo que desearías hacer o decir sin miedo?.

Lo importante es que seas consciente de tu temor al compromiso,  que no dejes que este te lleve hacia dónde no quieres ir, como si fuera el dueño de tu vida. Recuerda que eres tu propio líder. Sólo tú decides.

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EXPRESAR LO QUE SIENTES Y PEDIR LO QUE NECESITAS

“El que calla otorga”, dice un refrán.

Imagínate que extendieses un cheque al portador en el que el importe no fuera un número sino una afirmación denominada “SI”.

“SI”, para el portador, significaría algo como: pienses lo que pienses y creas lo que creas sobre mí habrás acertado, porque no sólo tienes el derecho a interpretar mis actos y a adivinar mis pensamientos, también tienes la verdad.

Que otros piensen que les asiste la razón no tiene porque ser importante y el silencio puede verse como una forma de lenguaje, la cuestión es ¿qué nos aporta?. ¿Se trata de una decisión meditada en un momento concreto o de una actitud a la que estamos predispuestos con independencia de que nos beneficie o perjudique?.

Cuando silenciar lo que pensamos y sentimos se traduce en sentimientos negativos, algo dentro de nosotros está obrando en nuestra contra.

Es lo que sucede si callas y piensas que nadie te comprende, que deberían saber lo que te ocurre o que ignoran tu valía. Si sólo callas por miedo o de forma inconsciente.

¿Alguna vez has pensado en como contar lo que te pasa y expresar lo que sientes podría mejorar tu vida?.

Las emociones que se reprimen pueden generar traumas y enfermedades.  Canalizar bien la emoción implica vivirla y liberarla. Cuando tienes un sentimiento positivo o negativo lo más productivo para nuestro bienestar es reconocerlo y buscar el momento apropiado para expresarlo.

Salvo que las personas que te rodean sean “psíquicos”, no deberías esperar que tengan poderes para leer tu mente.

Las indirectas, por su falta de claridad, tampoco ayudan. Puede suceder que alguien acierte, pero, si lo hace, ¿qué parte de tu mensaje se habrá perdido?. A menudo la indirectas conducen a sudokus imposibles. Todo son preguntas y especulaciones sobre el comportamiento del otro o sobre lo que el otro quiso decir. Lo más  fácil es que acabemos distorsionando la realidad.

Si alguien pone su mano sobre tu hombro mientras habla contigo, no implica que sea tu amigo ni que sienta especial afecto por ti. Puede que la persona tienda a comunicarse mediante el tacto. Cada individuo tiene preferencia por un canal de comunicación.  Al saludarte, por ejemplo, las personas que tienden al canal auditivo prefieren hablar, si tienden al canal visual quizás prefieran sonreír, mientras que los kinestésicos seguramente opten por un abrazo o por darte la mano.

Todos tenemos necesidades y también nos gusta satisfacer las necesidades de otros. En especial cuando se trata de personas por los que sentimos afecto. Como individuos interdependientes, pedir lo que necesitamos y expresar lo que sentimos es necesario para nuestro bienestar y supervivencia.

Pero, ¿sabemos pedir?.

La falta de práctica y de convicción puede llevarnos a ser exigentes y agresivos.

Si dices lo que piensas o sientes con calma, claridad y directamente  te escucharán. Cuando al expresarte adoptas una actitud asertiva y evitas agredir o resultar agredido obtienes empatía. Pide, pero no exijas.

Al pedir, puedes o no recibir.  La negativa es una posibilidad. Por ello, conviene entender que un NO es un NO en ese momento y para aquello concreto que has pedido, de ninguna forma un NO para siempre y para todo.

 Negarte lo que pides es un derecho que asiste a las personas más que una muestra de desprecio. Cada cual  en función de sus valores y circunstancias, decide a quién, cómo y cuándo ayuda. ¿Cuántas personas que te quieren te han dicho NO alguna vez?.  ¿A cuántas personas que quieres has dicho tú NO ?. Aún tienes la opción de pedirlo en otro momento, de otra forma, a otra persona.

Mejor eso que adoptar el papel de víctima con frases como: “Si me quisieras, sabrías cuáles son mis necesidades”. Suena un tanto absurdo, ya que alguien puede quererte pero no saber exactamente cuáles son tus necesidades, por mucho que se empeñe en averiguarlo.  O pensar “Si tengo que pedirlo, entonces ya no merece la pena”. Una creencia personal sin base objetiva, que destroza parejas y relaciones con los demás.

En cierta ocasión alguien preguntó a los asistentes a un foro de discusión si pensaban que las personas complicamos las cosas al ser tan reacios a pedir y expresar lo que sentimos. Uno de los participantes respondió:

“Las personas complicamos mucho las cosas, y es así de SIMPLE:
Si extrañas, LLAMA. Si quieres encontrarte con alguien, INVITA. Si deseas que te comprendan, EXPLÍCATE. Si tienes dudas, PREGUNTA. Si no te gusta, HABLA. Si te gusta HABLA MÁS. Si tienes ganas, HAZLO, ARRIESGATE. Si quieres algo PÌDELO…es la mejor manera de que empieces a merecerlo. Si el “NO” ya lo tienes, solo corres el riesgo del “SI”. ¿Qué esperas?. La vida es una SOLA y no hay tiempo que perder”.

¿Y si probases a contar lo que te ocurre, pedir lo que necesitas y  expresar lo que sientes?.

El resultado te sorprenderá.

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METAFORAS PARA EL CAMBIO (V): CONVERSACIONES CON JIM BLACK

Amaneció y Coque estaba embutido en su funda nórdica hasta la comisura de los labios.

En el cuarto sólo se escuchaba el tic tac del reloj.

-Cinco días de gripe- pensó – es como para desquiciarse-

Estaba cansado de leer, jugar con el portátil y pulsar aleatoriamente el mando del televisor. Fuera de la rutina de trabajo, la vida se tornaba aburrida.

Recordó la frase de la noche anterior: “En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días”. La había encontrado en una web de frases célebres.

-Todo un friki- pensó.

Le pareció tan deprimente y rebuscada que se fue a dormir.

Agazapado en su funda nórdica, pensaba en cómo afrontar aquel nuevo día bajo los estragos de la gripe, sin el sonido familiar de la blacberry, la agitación de la oficina y el trabajo a contra reloj.

De repente concibió la idea de ordenar su cuarto de trabajo.

Se apresuró a desayunar y a ingerir las medicinas, tomó una ducha y se enfundó un pantalón de pana y un jersey grueso.

Su cuarto de trabajo era un cubículo de apenas cuatro metros. Lo había amueblado con una librería blanca, un sofá cama y un pequeño escritorio. Echó un vistazo a su alrededor y clavó la mirada en el baúl de madera que su empresa le había regalado por Navidades cuatro años atrás.

-Empezaré por esto- se dijo.

Al abrirlo observó una superficie compuesta por tapas de libros y cuadernos encajados a presión. Fue extrayéndolos uno a uno hasta que escuchó un ruido sordo que le hizo deslizar la mirada hacia el parquet. Frunció el ceño. No tenía idea de que guardase aquel vaquero de plástico en el baúl.

Era una figura de color azul cielo. Tenía los pies sobre un suelo de plástico, igualmente celeste, que hacía las veces de plataforma de sujeción. Vestía un sombrero de Cowboy y el típico atuendo de los vaqueros del oeste americano. Sus brazos se hallaban ligeramente flexionados, dibujando un ángulo  recto. En ambas manos empuñaba una pistola.

Lo enderezó sobre el pavimento de madera y se quedó mirándolo con una sonrisa en los labios.

-Joder Jim, ¿pero qué haces aquí?- preguntó en voz alta –ni me imaginaba que estuvieras en el baúl. Tío cuanto tiempo. Eres un sobreviviente-

Coque se sentó en el suelo y cruzó las piernas. Continuó observando aquel juguete mientras pensaba en la maravillosa niñez que había transcurrido junto al sheriff Jim Black. Así lo había bautizado el día en que, con ocho años, los Reyes  dejaron junto a sus zapatos aquella bolsa transparente que resultó contener una amalgama de vaqueros, indios y caballos de plástico.

-¡Que batallitas Jim!. ¿Te acuerdas?. Te pondré en la mesa del escritorio. No quiero perderte-

Lo colocó sobre una carpeta de documentos que descansaba en la superficie de la mesa y prosiguió extrayendo el contenido del baúl.

-La cantidad de trastos que hay aquí dentro Jim. Voy a tirarlo todo- murmuró en voz alta.

-Normal Coque. De niño eras más divertido. Tienes suerte de haberme rescatado- escuchó decir.

Cuando era un niño, el sheriff Black y Coque hablaban a menudo. En realidad era Coque quién hablaba por los dos. Ahora le asaltaban dudas acerca del origen de aquella voz. Sea como fuere, deseaba responder al presuntuoso vaquero que permanecía erguido sobre su carpeta.

-Vaya Jim. No tienes pelos en la lengua, ¿eh?. Y dime, ¿por qué crees que tengo tanta suerte?. Ni que tú fueras la diversión en persona- exclamó Coque

-Porque soy tu espejo-

-¿Mi espejo?-

-Sí. Mírame y dime qué ves-

Coque le observó de cerca. Tomó a Jim en su mano y cerró los ojos.

¿Estaban riendo?. Sí, así era. Coque había inventado una historia en la que la Diligencia, regalo de su hermana mayor, atravesaba los páramos del Oeste a gran velocidad.

 Los páramos eran las losetas de mármol del salón de la casa de sus padres. En el interior viajaba una vaquera de la casa Pech que su tío Luis le había traído de Barcelona y que, según decía, se llamaba Perla. Era una figurita de los años sesenta, con un brazo en alto que sostenía una pistola, y el otro en jarras. A diferencia de Jim, Perla estaba pintada de colores y por la forma de sus piernas parecía haber sido separada de su caballo. Coque la sentó a los mandos de aquella Diligencia  que se suponía iba a ser atacada por otros vaqueros de plástico. La Diligencia chocó contra la pata de una silla y Perla salió despedida hasta derribar a todos los secuaces y acabar a los pies de Jim.

-Vaya lo que tenemos aquí- murmuró Black –Perlita, la superhéroe-

Los dos rieron de buena gana y Coque percibió que Jim congeniaba con la vaquera de piernas arqueadas.

-Bueno, ¿qué ves?- insistió Jim.

-Me estaba divirtiendo contigo. Habíamos inventado una historia fantástica. ¿Te acuerdas de Perla?-

-¿Perlita la superhéroe?- sonrió – como no voy a acordarme. Llegó volando hasta mis pies-

-Inventabamos grandes historias Jim-

Coque prestó atención a sus palabras.

-¿Inventabamos?- preguntó el vaquero.

-Bueno yo las inventé y los dos las protagonizamos-

La alarma del reloj de Coque sonó.

-Vaya Jim, debo ir al médico-

-Me pregunto porque ahora no escribes historias, ni te diviertes- insistió Black.

-Hay que ganarse la vida Jim. La oficina es una forma de sobrevivir-

-¿Quieres vivir o sobrevivir?-

-Me parece que te estás poniendo friki sheriff. Quiero vivir por supuesto. Ahora tengo que irme. Te pondré en el baúl y seguiremos hablando más tarde-

-Dime una última cosa Coque- indagó Jim -Si pudieras elegir y no tuvieses miedo ¿qué te divertiría hacer?-

-Crear- respondió Coque sin pensarlo –Me gustaría crear ideas innovadoras y ponerlas en marcha. ¿Contento?-

-Yo sí, ¿y tú?-

Estaba a punto de depositar el vaquero celeste dentro del baúl, pero se detuvo. En lugar de ello, lo introdujo en un bolsillo del pantalón.

Se lavo los dientes, frotó sus manos contra el jabón y enjugó su rostro con agua fresca. Buscó ropa de abrigo y salió al portal camino de la clínica.

Helaba en la calle. A las doce de la mañana, los rayos de sol aún no templaban el clima. Inspiró profundamente.

-¿Sabes Jim?- se dijo mientras expiraba- me siento vivo a pesar de la gripe-

-Todo problema lleva dentro una oportunidad, Coque- murmuró Jim.

-Entonces debería decir que me siento vivo gracias a la gripe-

Isabel Ripoll                            Todos los derechos reservados

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UN ENTORNO LABORAL EN EL QUE TODOS SON LIDERES

En el pasado estabas en la oficina y hacías lo que tú jefe te pedía desde su precioso despacho; en el presente, la oficina se compone de escritorios y salas de reuniones y  eso incluye a tu jefe, que trata de trabajar en equipo contigo. En el futuro, tú serás la oficina y tu propio jefe.

¿Te parece descabellado?.

Puede que en buena parte de la pequeña y mediana empresa aún no sea una realidad, pero las organizaciones consideradas como mejores sitios para trabajar están optando por los espacios abiertos. En ellos conviven jefes y empleados y proliferan las salas de reuniones.

Este diseño del entorno laboral se corresponde con una nueva filosofía que tiende a pulir las aristas de los organigramas jerárquicos con organizaciones más horizontales.

¿Qué está sucediendo?

La sociedad y el mundo de los negocios han experimentado grandes cambios en poco tiempo.

El más importante tiene que ver con las personas. Por mucho que queramos ver las empresas como entidades abstractas con un fin económico, no puede desconocerse el hecho de que están integradas por individuos y de que su éxito gira alrededor de la necesidades y del ingenio humano.

En la era del conocimiento y la información, quienes acceden a los puestos de trabajo suelen ser individuos bien formados y capacitados para asumir sus tareas. Más que control, lo que este tipo de empleados demanda es espacio y responsabilidad.

Cualquier tipo de supervisión que se efectúe sobre personas formadas y capacitadas debería  enfocarse en estimular y facilitar su labor a fin de que se sientan motivados, dueños de su trabajo y partícipes de la misión corporativa.

Para lograr sus objetivos la empresa del futuro no necesita tanto que sus empleados obedezcan como que liberen y aporten su talento.

La organización piramidal de ordeno y mando representa un obstáculo para la innovación, creatividad e iniciativa que demanda la empresa del siglo XXI. El objetivo primordial de crear valor al cliente y ser competitivos en el mercado se facilita cuando estas organizaciones se estructuran como una red de equipos enfocados al cliente, en flujo y sin jerarquías. Por otra parte, la empresa del futuro tiene ante sí otro reto importante: ser lo suficientemente flexible como para enfrentar con velocidad el cambio. Para ello ha de cuestionar las burocracias y los núcleos de poder y control control internos.

Algunos expertos en estrategia empresarial como Gary Hamel, autor del libro “Liderando la revolución” se atreven a vaticinar un futuro de empresas sin gerentes y con estrategias formuladas por los empleados.

“Serán los empleados de menor rango (quienes están en mayor contacto con los clientes)”, afirma Hamel, “los que generarán las ideas sobre la dirección que debería tomar la empresa. La alta gerencia, por su parte, aumentará sus responsabilidades sobre el proceso de implementación”.

Para José Enebral Fernández, consultor de Management y Recursos Humanos, “cada organización es obviamente soberana, pero si buscamos profesionalidad en las personas, quizá debamos revisar términos como seguidores, subordinados, colaboradores, recursos (humanos)…la profesionalidad implica saber qué hay que hacer y cómo hacerlo, y el hacerlo con esmero y disciplina, sin que nadie nos esté dando instrucciones ni ejemplo: sin duda, una exigencia de la economía del siglo XXI”.

Parece que en el futuro la estructura de las empresas estará mucho más cerca del modelo de gestión horizontal y autoliderazgo que de las jerarquías “Top-down” preconizadas por el Taylorismo en la primera mitad del siglo XX. Baste como botón de muestra el ejemplo de organizaciones como IDEO, Google o Gore-Tex que actualmente se sitúan a la vanguardia de la innovación.

Un cambio de esta magnitud afecta de lleno a los profesionales que prestan servicios.

Cuando la empresa dejar ser esa entidad totalitaria en la que un pequeño grupo, alejado de la realidad del día a día, toma decisiones y controla el bienestar de sus súbditos, los profesionales han de pensar por sí mismos y desarrollar una mentalidad de microempresa convirtiéndose en responsables de su propio servicio. En otras palabras, han ser sus propios líderes y liderar, tanto por su bien como por el de la organización.

 Los empleados convertidos en profesionales ya no están sujetos a paternalismos sino que dependen de sí mismos. No son tanto recursos, como fuentes de talento. Ofertan un producto y esperan un contraprestación justa. No le deben nada a nadie, pués lo que se da es un mero intercambio.

 La empresa ya no será ese lugar en el que hay que dejar transcurrir ocho horas, obedecer, realizar tu trabajo, evitar responsabilidades y pasar desapercibido para cobrar una nómina. El cambio es una cuestión de supervivencia para empresarios y trabajadores.

La era de los empleados parece dejar paso a la era de los profesionales.

Y  los profesionales son adultos que controlan sus vidas. Antes de trabajar para nadie trabajan para sí mismos. Eligen a quién, dónde y cómo prestan sus servicios, ofrecen un producto diferenciado y valioso, asumen responsabilidades, influyen sobre otros y toman decisiones para impulsar el negocio.

Para llegar a este punto no tienen que seguir instrucciones, sino pensar por ellos mismos dónde radica su valor, sus fortalezas y habilidades y cómo pueden contribuir de una forma única y valiosa a su entorno.

Un profesional es consciente de aquello singular que puede aportar y lo aporta.

La evolución de la sociedad nos invita más que nunca a trabajar en nosotros mismos para mejorar nuestro entorno laboral y profesional y crear un mundo mejor para todos.

Se trata de conectar con el líder que cada uno llevamos dentro y hacerlo visible.

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CREA TU SANTUARIO INTERIOR

-No me gusta la soledad. Me da por pensar y comerme el coco. Enseguida busco gente o cosas para hacer- comenta Sara, una joven estudiante de periodismo.

Muchas personas viven volcadas hacia el exterior. Buena parte de ellas ve la soledad y la reflexión con angustia o se considera demasiado nerviosa como para meditar.

Conectar con uno mismo y profundizar en nuestra riqueza interior no está reservado  a los monjes del Tibet, tampoco es una cualidad propia de determinada clase de personas místicas o pintorescas, parece más una cuestión de actitud.

-Algunos clientes me ven haciendo miles de cosas y se inquietan- afirma José Luis, un empresario madrileño –comentan que parezco agobiado. Curiosamente yo me siento bastante tranquilo. Todos los días dedico tiempo a mí mismo. Lo que hago es el producto de esos momentos de paz y reflexión. Conozco personas que aparentan tranquilidad y son un manojo de nervios. Viven presos de su diálogo interno y les cuesta conectar con su yo más profundo-

-Ser una persona activa no implica que vivas permanentemente fuera de ti- explica Lourdes, gerente de compras de una multinacional y practicante de yoga en sus ratos libres – dedico dos horas diarias a la meditación y al yoga y de ahí saco fuerzas para todo lo demás. Estamos llenos de recursos-

Para Sandra fue un drama personal quedarse en el paro:

-Estuve sin trabajar casi seis años. Lo peor de todo es que vivía sin hacer nada y en constante tensión. Me pasaba el día rumiando. No lograba acallar mi mente. Comencé a leer artículos de autoayuda en internet. Eso cambió mi vida. La felicidad depende de uno. Cuando miramos el mundo lo hacemos desde dentro-

A veces buscamos en el exterior lo que está en cada uno de nosotros.

Cuando nos sentimos nerviosos, atemorizados, confusos o heridos es el momento de utilizar nuestros propios recursos.

Cada persona posee fortalezas y herramientas para solucionar sus problemas. Esto no implica que seamos autosuficientes, sino que manejamos el timón de nuestros pensamientos. Todo ello se refleja en la forma en que vivimos y entendemos nuestra vida y también en lo que esta nos devuelve.

Lo que creemos tiende a ser lo que creamos. Cualquier idea que introduzcamos en nuestra mente puede obrar un gran cambio, ya que la reacción de nuestro cerebro ante algo soñado o imaginado es la misma que ante algo verdaderamente real. Todo lo que imaginamos podemos crearlo.

Mirar hacia dentro significa entrar en nuestro santuario, en ese pensamiento, lugar, sensación, imagen, sonido, aroma o color que hemos elegido para descansar, relajarnos y potenciarnos. En ese reducto dónde habitan nuestra identidad y nuestros grandes tesoros personales.

Si no miramos hacia dentro y vivimos en puro modo programación,  jamás sabremos lo que somos ni lo que queremos y consecuentemente,  ignoraremos los recursos de que disponemos  para lograrlo.

Algunas personas se resisten a efectuar este ejercicio de introspección por miedo a descubrir cosas que les resulten desagradables,  pero si lo que vemos no nos gusta, podemos cambiarlo. Crear ese santuario a la medida, con nuestros recursos, posibilidades, soluciones, objetivos y anhelos está completamente en nuestras manos. Es una elección consciente.

Puedes disociarte de una emoción negativa visualizando que te elevas desde el lugar donde te encuentras; vas ascendiendo y sumiéndote en una sensación de bienestar que permite contemplar las cosas desde otro ángulo. Tienes la opción de colorear a tu gusto una imagen mental grísea, desangelada o perturbadora hasta suprimir sus connotaciones negativas. Cabe la posibilidad de que asocies hechos o comportamientos desagradables con una música que te haga sentir bien o con determinadas sensaciones placenteras del tacto o tal vez con un olor que te resulte familiar y entrañable.

¿Y si imaginas a la persona que te grita rebuznando?.  Evadirte del estrés puede ser una labor menos ardua de lo que parece si te visualizas en una playa y escuchas el ruido de las olas o si te sientes caminar por un campo de aromáticas flores hacia una casa diseñada y decorada como tú deseas. Es posible que lo que realmente te haga descansar o relajarte sea vaciar tu mente por completo, mirar fijamente una vela durante horas en completo silencio o estar a oscuras.

Tal vez te potencie recordar  tus éxitos; cómo triunfaste anteriormente en situaciones parecidas. Puede que te ayude centrarte en lo que realmente hiciste bien o en lo que haces bien a menudo. Quizá colabore a resolver un problema, pensar en cómo lo resolviste antes o en cómo lo hicieron otros a los que tú admiras.

¿Qué pensamientos o creencias tienes instaurados que te debilitan?. ¿Qué hábitos deseas cambiar para que no sigan perjudicándote?. ¿Para qué vives?. ¿Cómo te gustaría pensar o que te gustaría creer respecto a ciertos temas para lograr lo que anhelas?. ¿En realidad qué quieres conseguir?.

Reflexionar, meditar, visualizar, abrir la caja de los sentidos y emociones que mejor nos definen, son herramientas personales que  permiten afrontar problemas, encontrar la paz, conocernos, cambiar y lograr nuestros objetivos.

Todo pensamiento o acción se gesta en nuestro interior.

Para conocer la razón por la que hacemos las cosas, sólo vale caminar hacia dentro con la conciencia bien despierta.

Sacar a la luz los aspectos más ocultos de nuestra personalidad no siempre resulta cómodo. Podemos llevarnos sorpresas desagradables, experimentar la sensación de que tiemblan nuestros cimientos o sufrir un alud de emociones.

 Conocernos y crecer como personas tiene su precio. No obstante, si alguien nos dijera que el resultado final será aprender a gestionar nuestra vida y  vivir con plenitud y alegría, ¿lo veríamos con tanto temor o reticencia?.

“Cómo la metamorfosis de una mariposa” escriben Alex Rovira y Francesc Miralles en su libro El mapa del tesoro, “necesitamos pasar por el trauma de la crisálida para construir nuestras alas”.

-Es un viaje que merece la pena realizar para tomar conciencia de tu parte tóxica y de tus fortalezas– afirma Claudio, profesor de musicoterapia – resulta poderoso y revelador a la vez.  Ese foco de luz que proyectas sobre ti mismo te permite conocerte y generar nuevos recursos desde los que dirigir tu vida-

El santuario personal es una llave maestra que conduce a la felicidad y realización de cada individuo.

Si creas tu propio santuario  de forma consciente, nada, ni nadie podrá arrebatarte la gestión de tu vida, incluso cuando estés triste, frustrado, atemorizado o tenso, serás capaz de entenderlo, de pasar por ello y de sanarte con la fuerza y la calma de quién se ama y conoce así mismo.

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SAN SILVESTRE VALLECANA: CORRER 10 KMS POR SEGUNDA VEZ EN MI VIDA

Si recordáis en un “Reto hecho realidad” os explique de qué forma una persona con veintitantos años de vida sedentaria como yo, se decidió a correr 10 kms.

No exageré cuando os describí mi “calvario” personal.

Iba sobrecargada por el entrenamiento y con fuertes dolores en unas rodillas frágiles después de tantos años en la recámara. El trazado desigual y empinado, los azotes del calor y la deshidratación estuvieron a punto de dar al traste con mi ilusión de cruzar la meta.

Llegué exhausta y feliz,  invirtiendo una hora y quince minutos. A cambio tardé una semana en volver a caminar normalmente y tres en calmar los dolores por completo, pero no abandoné el objetivo de practicar deporte con asiduidad.

Para comprobar mis progresos decidí apuntarme a la San Silvestre Vallecana. Proseguía con mi rutina de dos horas de ejercicio al día, realizando descansos intercalados semanales de 24 o 48 horas.

La semana anterior a la carrera surgió el saboteador. Todas las molestias, imaginadas o imaginables, asolaron mis piernas. Para convencerme de que eran travesuras del subconsciente visité al fisioterapeuta y practiqué una tabla suave de fitness. En vísperas de la carrera no hice ejercicio.

El sábado por la mañana efectué un repertorio de abdominales, lumbares y estiramientos. Resulta curioso comprobar la cantidad de microdolores que puede uno detectarse cuando está nervioso y siente el azogue del miedo. Afortunadamente, una voz interior me invitaba a confiar en mi esfuerzo y planificación y lograba imponerse.

Una semana antes había iniciado lo que  llamo  “liturgia de motivación en torno a mis retos”. Acepté la oferta gratuita de grabar mi nombre en la camiseta, la extendí sobre el respaldo de una silla en mi cuarto para verla cada mañana, le hice una foto y la puse como escritorio de mi portátil y carátula del móvil. Sobre ella escribí frases ganadoras de atletas y deportistas y comencé a leer artículos que ofrecían consejos y relataban experiencias sobre la carrera o el recorrido hasta que fui capaz de visualizarme en cada kilómetro.

La mañana de la carrera me premié con un baño de sales y hablé con mi cuerpo para infundirle cariño y confianza. Lo hidraté a conciencia, centrándome  en los pies.En una carrera de 15 minutos, a un ritmo aproximado de cuatro minutos y medio por kilómetro, se producen cerca de cinco mil impactos de los pies contra el suelo. El valor de cada uno de estos impactos se sitúa entre dos y cinco veces el peso corporal del corredor. Son los responsables del 60% de la lesiones del aparato locomotor y de un porcentaje elevadísimo del resto de las estructuras superiores (rodilla, cadera y espalda).

 Durante los prolegómenos de la carrera, Concha Espina era un clamor. Un ambiente festivo, acompasado por la música y el murmullo de los corredores, presidía la calle. Aquella congregación de gente disfrazada, despreocupada y sonriente, atemperó mis nervios. Daba la impresión de que el objeto de estar allí no fuese tanto correr como pasar un buen rato y divertirse. Me lo tomé de esa forma. Deseaba más que nada disfrutar de las buenas sensaciones de mi respiración y mi zancada, del paisaje y el ambiente.

Al no disponer de tiempo oficial acreditado, me coloqué en el último cajón.

A  las 18,00 horas retiraron las cercas para que avanzásemos hacia Sagrados Corazones dónde estaba la salida. La primera se había producido a las 17,30. Y después siguieron otras. Habíamos disfrutado observando la marea blanca que ascendía perezosamente por Concha Espina hasta virar hacia Serrano. Ahora era nuestro turno.

 La cuenta atrás se inició en una pantalla gigante y todos la coreamos entusiasmados: los chicos vestidos de robot y protegidos con cajas de cartón en sus cabezas, los frailes, los de pelucas multicolores, los romanos, los vikingos, los papá Noel, las cupletistas, las parejas, los amigos y familiares que corrían juntos… .Era una auténtica fiesta.

Cuando  comenzamos a atravesar la alfombra que activaba los chips y a subir la primera cuesta del recorrido, ya estaba anocheciendo. Las farolas de la calle proyectaban sus luces anaranjadas y el clima se había tornado más frío, aunque no fuese la clase de climatología tan adversa que cabía esperar en el mes de diciembre.

Advertí que no lograba conectar con mi ritmo. Estaba la gente que iba por delante de mí y la que me adelantaba o corría a la par. Por un lado temía ser sobrepasada y por el otro trataba de seguir la estela de aquellos que avanzaban más rápido. Había un constante devenir de personas y el ruido de pasos cercanos me inquietaba. Perdí la concentración, comencé a respirar atropelladamente y a notar síntomas de cansancio.

Al doblar hacia Serrano traté de serenarme. “Se tu misma”, me dije, “olvida cuanto te rodea y proyecta tu propio ritmo”. Pronto ajuste zancada y respiración y empecé a sentir que controlaba la carrera. Observaba el público,  el paisaje y los corredores, pero lo hacía desde mi misma, viviendo mis sensaciones y sin preocuparme por lo que hiciesen otros.

Me sentía bien, conectada con mi ritmo y seducida por la belleza de Madrid bajo los focos.

Bordeamos la puerta de Alcalá y descendimos hacía Cibeles para enfilar el Paseo del Prado. La gente animaba sin tregua. Te llamaban valiente, gritaban que ya quedaba poco o que éramos el alma de Madrid.

Entre los corredores reinaba un ambiente distendido. Algunos decían haber estado en la meta y comprobado que allí no había nada del otro mundo, otros proponían tomar unas cañitas para quitarse el sofoco, bajar el ritmo infernal que marcábamos o coger un taxi para alcanzar la meta y poder llegar a la cena de Fin de Año. -Lo que hay que hacer para no pelar gambas- comentó un participante mientras retiraba el sudor de su frente con el dorso de la mano.

Cruzar Atocha y visualizar el gran cilindro construido  con ladrillos macizos de cristal translúcido para homenajear a las personas fallecidas en el atentado de Marzo de 2004, resultó muy emotivo.

El peor momento llegó al afrontar la empinada subida por la Avenida de la Albufera, tras correr bajo el puente de Vallecas culminando Ciudad de Barcelona. Un grueso considerable de corredores se paró repentinamente y decidió emprender la subida caminando. Aquel brusco parón ralentizo la carrera.

 Anteriormente las cuestas habían sido mi debilidad, pero en esta ocasión abordé el ascenso con potencia. Cuanto mayor era el cansancio que sentía, más me empeñaba en tirar. Había trabajado mucho la fuerza en los entrenamientos y quería demostrarme que estaba preparada para sufrir. La subida no era fácil, tenías que sortear la marea de personas que caminaba o corría cansinamente por el asfalto, sin que eso afectase a tu zancada ni a tu moral.

Estaba a punto de claudicar cuando avisté el giro en descenso hacia la calle Carlos Martín Alvarez y me percaté de que estaba a unas cuantas zancadas de coronar la parte más dura del recorrido. Eso me dio alas. Saqué fuerzas ocultas corriendo hasta la extenuación. Sumida en el sobreesfuerzo, hubo un momento en el observaba mis piernas y era incapaz de explicarme porque seguían bregando a toda velocidad sobre el asfalto. Contemplaba mi zancada como si fuese un movimiento automático superior a mi voluntad y más rápido aún que mis pensamientos. Cuando quise darme cuenta estaba ya en el kilometro nueve, enfilando un suave descenso que me hacia recuperar fuerzas.

La carrera terminaba en cuesta y hube que apretar los dientes para darlo todo en el último repecho mientras observaba la reluciente llegada y el público nos animaba a esprintar.

La sensación de entrar en meta fue de victoria y alegría incontenible. Por el ritmo imprimido, sabía que mi tiempo era bueno. Comprobé que había invertido sesenta minutos y treinta y cinco segundos en completar el trayecto. Una mejora sustancial, pues suponía rebajar mi record personal en quince minutos sólo tres meses después de mi primera carrera.

 Queda  mucho por aprender y mejorar, pero terminar el año con ese buen crono y con la sensación de haberme divertido en el camino, me parece una forma estupenda de despedida.

Todo es posible cuando lo haces.

El logro se cuece a fuego lento, ingrediente a ingrediente, y por encima de todo, disfrutando al cocinarlo.

¿Cuál fue tú gran logro este año?. ¿Qué pasos has dado hacia tu meta?. ¿Cuáles estas dispuest@ a dar?.

Mi padre solía decir: “Hagas lo que hagas, hazlo de verdad. Pon tu pasión y alegría en ello”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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COMENZAR UNA NUEVA PÁGINA

“Todo hombre debe nacer de nuevo el primer día de enero. Comenzar una nueva página” escribió el orador y predicador Henry Ward Beecher.

Mejorar o cambiar es una actitud innata en el ser humano. El cambio es una constante en la naturaleza. Todo cambia aunque te resistas y, si tú cambias, todo lo que te rodea también.

En el último día de Diciembre, tendemos a hacer balance  personal de lo ocurrido durante el año que se acaba y a proyectar nuestros sueños y propósitos en el que va a comenzar con el objetivo de estar un poco más satisfechos con nosotros mismos.

El cambio de año es la oportunidad perfecta para examinar lo que consideramos logros y fracasos, hacer borrón y cuenta nueva  y atesorar  nuevos proyectos.

El mero hecho de formular propósitos genera un estado de esperanza, optimismo y tranquilidad.

Esa sensación de tener una nueva oportunidad para reinventarnos y ser más felices, nos llena de energía. La propia emoción puede hacer que concibamos múltiples propósitos y que esperemos resultados inmediatos.

O tal vez nuestra intención no vaya más allá de plantearnos las  metas de siempre aún sabiendo que lo más probable es que no las alcancemos. Bajar de peso o dejar de fumar por ejemplo, mientras pensamos en una batería de excusas del tipo “no estoy dispuesto a privarme de nada” o “de algo hay que morir”. Si este es tu caso, se consciente de ello y no dañes tu autoestima, ni te bloquees. Al fin y al cabo eres tú quién elige. Tal vez debas examinar porqué y para qué decidiste no cumplir esos propósitos, en lugar de auto flagelarte.

Pero si  realmente deseas cumplir aquello que formulas, te apunto algunas ideas  de cara a  facilitar la consecución de tus metas:

Determina tus objetivos de forma específica, medible, realizable, realista, y trata de limitarlos o revisarlos en el tiempo.

Cuidado con cargar la lista de propósitos. Tratar de lograr muchas cosas a la vez roba energía y claridad y nos dispersa. No puedes poner en marcha todos los cambios al mismo tiempo.

 “Un propósito de Año Nuevo es un maratón no un sprint” afirma Kevin Burns portavoz del Consejo Estadounidense del deporte, “hay que cambiar esos sueños grandiosos de cambios enormes por dos o tres objetivos inteligentes, específicos y que se puedan medir”.

De forma qué tu primera pregunta debería ser: ¿Cuáles son realmente mis propósitos?. ¿Qué cosas de todo lo que deseo son realmente significativas y prioritarias en mi vida este año?.

Una vez que te hayas respondido, especifica ese propósito lo más que puedas, pregúntate qué, cómo, cuanto, dónde y determina cómo vas a medirlo, cómo sabrás que estas en el buen camino, que avanzas o que lo consigues.

Si te planteas cómo propósito hacer ejercicio  o reducir el consumo de pan,  será menos específico y medible que plantearte hacer dos horas de ejercicio al día o comer un panecillo al día.

El objetivo será realizable o alcanzable en la medida en que consigas o cuentes con los recursos internos y externos que necesitas para lograrlo.

Que sea realista dependerá de haber tenido en cuenta la realidad y circunstancias que te rodean y haber previsto como responder a las mismas. Si la consecución de ese propósito implica dejar ir o generar conflictos en relación con personas, cosas o valores más importantes en tu vida, tal vez no sea realista planteárselo o requiera que lo adaptes para evitar ese conflicto o simplemente que resuelvas el conflicto en sí.

Es importante tratar de limitar el objetivo en el tiempo o al menos revisarlo periódicamente para ver cómo va funcionando y hacer los ajustes necesarios. En ocasiones el tiempo nos viene impuesto por causas externas (caso de consecución de objetivos de negocio en una empresa por parte de sus empleados, por ejemplo). En otras es difícil determinarlo porque no depende en todo de nosotros, pero ponerle un plazo, al menos orientativo, o proponerse revisar el estado del objetivo con cierta periodicidad, rompe su inmovilidad y evita que se convierta en eterno.

Pon algo de tu parte: ve a por ello y esfuérzate

Conseguir lo que te propones requiere que actúes y te esfuerces.

Si quieres aprobar un examen no puedes conseguirlo de inmediato, has de crear un hueco en tu vida para estudiar y dedicar tiempo al estudio.

Todo logro implica pagar un precio. Antes de caminar hacia tu meta, piensa si estás dispuest@ a pagarlo.

Divide tu objetivo en pequeños objetivos, ve paso a paso,  y empieza por lo más fácil para ir creando hábitos.

Si llevas una vida sedentaria y tu propósito es participar en una maratón de 42 kms, podrías fraccionar este objetivo en otros más pequeños, cómo apuntarte al gimnasio en una fecha determinada, hacer una hora de ejercicio diaria para acostumbrar  tus músculos al ejercicio durante un mes, correr dos o tres veces por semana distancias cortas de 5 kms durante dos meses, etc. Esto te permitirá ir gradualmente consiguiendo pequeños logros que te impulsen hacia delante.

Para conseguir tus propósitos la fuerza de voluntad es un ingrediente fundamental, pero lo que realmente consolida tus logros es crear una rutina. El hábito no necesita pedirle permiso a la voluntad.

Los expertos consideran que un hábito tarda 21 días en crearse. Eso implica que si realizas una hora de ejercicio todos los días con una rutina determinada de horario y actividades, al cabo de un mes habrás desarrollado un hábito y te resultará muy fácil continuar con él. Será algo tan automático como cepillarte los dientes o desayunar.

Cambia un hábito negativo por otro positivo

No es fácil dejar de fumar aunque seas consciente de que te perjudica o dejar una relación con alguien tóxico para ti. Son hábitos que a su vez generan adicción.

Si en lugar de enfocarte en cambiar dichos hábitos, lo sustituyes por otro positivo (hacer deporte por ejemplo) y te centras en adquirir este último, aumentarás las posibilidades de lograrlo.

Cuando nos enfocamos en algo agradable o deseable, respondemos mejor que cuando actuamos bajo el peso de que algo malo nos va a suceder si no lo hacemos.

Sé flexible y persiste

En tu camino pueden surgir inconvenientes y oportunidades que te lleven a cambiar o reformular tu objetivo. Tu grado de flexibilidad será determinante para conseguir el éxito.

Si algo no te sale bien, fallas un día o fracasas, perdónate y aprende de tus errores, pero no abandones.

Mantén una actitud positiva

Somos lo que pensamos. Si tu actitud es positiva verás soluciones y oportunidades, esquivaras obstáculos y aprenderás. Si te dejas arrastrar por la negatividad o el victimismo entraras en un bucle sin salida que consumirá tus propósitos y minará tu salud.

Comparte tu objetivo con los demás si eso te ayuda

Puede que si das publicidad a tu objetivo comunicándoselo a familiares o amigos, te sientas más comprometido con él. Tal vez recibas palabras de ánimo o formulen preguntas que te ayuden a avanzar. Es posible que compartir tú propósito con ellos te lleve a explicarles periódicamente cómo vas. Incluso cabe la posibilidad de hacer el seguimiento con alguien en concreto.

Decía, Erich Fromm, que el propósito principal en la vida del hombre, es dar nacimiento a sí mismo. Convertirse en lo que potencialmente es.

Sea como fuere, es importante disfrutar del camino antes que del logro. Pues la vida consta de ambas cosas y antes de ser logro el objetivo es una senda que se recorre día a día y minuto a minuto.

Espero que estas sugerencias os sean útiles.

Desde aquí quisiera desearos Feliz Año y  agradeceros de corazón el apoyo y seguimiento de este blog.

 

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