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¿TIENES MIEDO AL COMPROMISO?

Si crees que has encontrado la persona adecuada para ti, ¿Por qué no bajas la guardia y amas?.

Si no confías en alguien, ¿cómo amarlo?. y si confías ¿qué te detiene?.

Queremos amar, pero nos entra pánico.

 ¿Tienes miedo a las relaciones?. ¿Es el miedo al compromiso una constante en tu vida?.  Ser consciente te permitirá  comprender   y  gestionar adecuadamente ese temor.

 El miedo juega un papel fundamental en el éxito o fracaso afectivo.  Puede hacer que la relación que tanto deseabas se vuelva una pesadilla, que vivas de forma incongruente con tus valores,  te amargues la existencia y  hagas daño a otras personas.

 Si no eres consciente de ello,  tal vez  adoptes una actitud victimista, quejándote de que todas tus relaciones afectivas fracasan.

¿Sabes que podemos elegir inconscientemente mantener relaciones afectivas con una persona porque intuimos que fracasaran o que no llegaran muy lejos ?. Cuando  este tipo de individuos conocen a alguien maduro que les ofrece un compromiso o escuchan la palabra “te quiero”, se sienten tentados a huir.  No obstante, puede que esa  persona les guste de sinceramente  y dañen su relación hasta un punto sin retorno.

¿Conoces algún caso de personas que después de haber roto una relación se arrepienten de inmediato, o tal vez con el tiempo?.

Una amiga me contaba que sufrió mucho cuando la abandonó el hombre  que más había querido en su vida. Lo hizo sin razón aparente. Diez años después, la llamó por teléfono.  Había dejado su trabajo en una gran empresa y viajado a otro país para vivir una relación con una mujer casada y con dos hijos. Aunque la mujer acabo divorciándose, las cosas entre ellos no fueron bien.

–Tanto tiempo sufriendo por esa ruptura y cuando la supero, este hombre viene y me dice que yo he sido la persona más importante de su vida y que le gustaría retomar la relación. Como si nada hubiera pasado. No me apetece en absoluto volver atrás- comentaba.

¿Vas a perder al amor de tu vida por culpa del miedo?.

Conoce tu estilo afectivo y vive de acuerdo con él. De lo contrario  sufrirás y provocarás sufrimiento.

La soledad no incide negativamente en nuestra vida cuando es producto de una decisión meditada y consciente,  pero si la utilizamos como un escudo para protegernos de las responsabilidades o de las relaciones con las personas, caerá sobre nosotros como una losa.

El miedo al compromiso suele estar vinculado a situaciones como la falta de cariño e inestabilidad emocional durante la infancia  o a una decepción amorosa importante.

Estas vivencias generan un temor irracional a lo desconocido, a asumir responsabilidades,  fracasar, decepcionar o ser decepcionado, que actúa como saboteador de nuestras relaciones. Los síntomas de esos temores son diversos. Nos ponemos a la defensiva, fijamos un listón rígido y excesivamente alto,  tratamos de frenar  la relación,  provocamos malentendidos,  nos mostramos distantes, tensos y nos impedimos, en definitiva, ser nosotros mismos, disfrutando plenamente de nuestros sentimientos y de la intimidad con el otro.

El miedo paralizante nos priva de madurar y experimentar;  hace que nos sintamos  por fuera del mundo. También puede desembocar en un afán de controlarlo todo. Desgraciadamente las personas no son controlables y esto suele provocar angustia y rechazo por parte de quién lo sufre. Lo natural es dejar que las cosas fluyan, no reprimirlas. La autolimitación y el excesivo cuestionamiento suelen acarrear sentimientos negativos.

La relación madura de compromiso discurre en un ambiente de equilibrio entre  responsabilidad y autonomía personal y, claro está, se basa en el amor y en la existencia de intereses comunes.

 Resultar herido en las relaciones afectivas es una posibilidad, no una certeza. El fracaso  forma parte de todo cuanto emprendemos y nos ayuda a crecer y madurar como personas, a atesorar experiencia y a profundizar en la empatía humana. Está en cada decisión que tomamos y en cada acción que llevamos a cabo, aunque sin el, el éxito tampoco será una realidad.

Identifica tu miedo, reconócelo, compártelo con la persona que quieres y actúa para disiparlo.

Si tu elección es vivir el amor en toda su plenitud, asume que el compromiso cambiara la situación de tu vida, pero te aportará muchos aspectos positivos. Date una oportunidad a ti mism@ para experimentarlo. Te mereces amar y ser amado.

¿Qué tal si haces  una lista?. Una lista de pros y contras te ayudará a saber lo que quieres y porque lo quieres. A valorar que te aporta más.

¿Si no sintieras miedo que harías o que le dirías a la persona que amas hoy mismo?. Cuando a este pregunta se te ocurran respuestas diferentes de nada o no sé, piensa en porque y para qué dejas que el miedo se interponga en tu relación con esa persona. ¿Que te aporta?. ¿Que podría aportarte decir o hacer lo que desearías hacer o decir sin miedo?.

Lo importante es que seas consciente de tu temor al compromiso,  que no dejes que este te lleve hacia dónde no quieres ir, como si fuera el dueño de tu vida. Recuerda que eres tu propio líder. Sólo tú decides.

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METÁFORAS PARA EL CAMBIO (II): “LAS COSAS QUE VENUS QUERÍA Y NO QUERÍA”

Venus tenía claro las tres cosas que no deseaba en su vida y sabía que no iba por buen camino… .

Le costaba llegar a fin de mes, padecía una media de cuatro catarros al año y se había convertido en lo que ella misma denominaba “un imán de capullos”.

No era de las que se rendían ante la evidencia. Había puesto en práctica numerosas estrategias para luchar contra aquello. Todo en vano, porque los resultados que no deseaba se repetían una y otra vez.

Caminaba imbuida en aquel pensamiento cuando escuchó una voz dulce y madura que le resultaba familiar:

-Venus, ¿eres tú?-

No podía creerlo. Entre cientos de viandantes, acaba de coincidir con su antigua profesora de Filosofía, la señorita Merche. Aquello sí que era casualidad.

-Todo cambia, nada permanece- exclamó la señorita con una sonrisa, esperando que Venus la reconociese por completo.

-Ah señorita Merche. ¡Qué alegría!- sonrió Venus –veo que se acuerda de cuánto me gustaba ese filósofo. ¿Cómo está?-

-Oh muy bien Venus, disfrutando de la vida. ¿Cómo estás tú?-

La señorita Merche tenía la rara cualidad de desarmarla a una. Si te habías puesto la careta de “soy feliz”, su mirada encendida la derretía. De modo que Venus sintió en su rostro el fuego de aquellos ojos y a duras penas logró reprimir el llanto. Para hacerlo tuvo que pensar en lo efectos que el rímel mojado produciría en su aspecto.

Ella, la señorita, debió advertirlo. Lo intuía por que acarició su brazo con la palma de la mano, cómo solía hacer antaño cuando la Venus adolescente se enfurecía en el Instituto tras errar en la respuesta. Por eso y porque la retiró cuidadosamente a un lado del tumulto que amenazaba con llevarlas en volandas y le pidió con voz de susurro que la tutease.

La señorita Merche y Venus acabaron tomando café en un lugar que la maestra describió como el tugurio favorito de su difunto marido. Una conocida franquicia de cafeterías que Venus evitaba porque en su adolescencia, con su novio de entonces y tras recibir la cuenta, pasó dos eternos minutos sospechando que fregarían los platos. Providencialmente él encontró las veinte pesetas que restaban en un bolsillo de su memorable camisa a cuadros. Habían transcurrido veinte años y todavía se veía capaz de reproducir aquellos cuadros con todo lujo de detalles.

Con la señorita Merche prestándole atención, Venus se enredó en un apresurado monólogo.

Poseía un buen trabajo como siempre había deseado, pero el dinero le quemaba las manos. Cuando tenía un billete sentía la imperiosa necesidad de soltarlo, aunque fuese el último. Y sobre todo si era el último. Precisamente desprenderse del último le producía un placer especial que no sabía muy bien a qué achacar. La profesora  interrumpió su discurso para sugerirle que le pusiera un nombre a aquel sentimiento. Le sonó raro, pero lo llamó “atracción al vacío”.

-¿Y de dónde crees que te viene esa atracción al vacio?- inquirió.

-Mi madre decía que los ricos suelen ser mala gente. A mí no me lo parece, pero a veces me surgen dudas-

Observó que la señorita Merche parpadeaba en silencio.

Le comentó que cuando visitaba a su médico este insistía en decir que gozaba de una salud de hierro. Claro que ella no lo sentía así por más que los análisis demostrasen lo contrario. ¿Por qué entonces me acatarro tanto? inquiría con vehemencia. El doctor tenía la costumbre de responder con otra pregunta. ¿Tú qué crees?.  ¡Menuda tontería!. Lo que ella creía…; ¿De qué iba aquel doctor?. Bien es verdad que si el catarro no llegaba, ella, Venus, se notaba rara y comenzaba a beber coca colas frías con mucho hielo y a utilizar ropas de poco abrigo en pleno invierno. La señorita insistió en que le pusiera un nombre a su reacción. Lo llamó “desafío a la salud de hierro”.

Antes de que Venus pudiera continuar, la señorita Merche se adelantó con una pregunta:

-¿Y qué es eso que llamas “imán de capullos”?-

Venus la miró perpleja.

-¿Cómo lo sabes?-

-Lo dijiste cuando caminabas- comentó la profesora- Sospecho que ibas hablando sola. Esa frase me hizo reconocerte entre la multitud-

Rebobinó las sensaciones negativas que asociaba con aquella afirmación. Se detuvo en las conclusiones. Jamás había mostrado el más mínimo interés por los hombres  realmente interesados en ella. Le parecían aburridos o demasiado perfectos. No perdía ni un minuto en su compañía. Sentía una pereza atroz. Imaginaba una vida sin altibajos, sin la emoción de los arrebatos y las putadas. Una vida… ¿apacible, respetuosa y eterna a su lado?. Y por otra parte, ¿les gustaría a esos hombres como era ella?.

-¿A quién le benefician ese tipo de relaciones?- preguntó la señorita.

-A mí no por supuesto, aunque también hay algo dentro de mí que me lo pide como si se tratase de..- Venus buscaba la palabra, pero la señorita Merche se adelantó de nuevo:

-¿Una adicción?-

-Justo- respondió Venus contenta por la puntualización- Adicción a lo que me perjudica-

La señorita Merche tomó un sorbo de café y repentinamente frunció el ceño como si algo no le hubiera quedado claro.

-¿Qué quieres decir exactamente?- preguntó

Venus se esforzó un poco más:

-A veces quiero lo que me perjudica y no lo merezco- dijo

-¿Estás segura, verdad?. ¿Serías capaz de repetir lo que no quieres?-

Venus reflexionó si acaso se habría perdido en la inteligencia de su antigua profesora o era ella, la profesora, quién estaba perdida. Lo cierto es que le costaba comprender a dónde quería llegar. Claro que a juzgar por lo que acababa de contarle, tampoco se consideraba la persona adecuada para decidir si se trataba de una u otra cosa o tal vez de algo diferente. Repitió lo que ya sabía con los ojos cerrados:

-No quiero acatarrarme, ni atraer capullos, ni tener dificultades con el dinero porque no me lo merezco-

La señorita Merche miró su reloj.

-¿Te importa que te invite?. Tengo que irme ya, aunque antes me gustaría dejarte mi teléfono-

Venus asintió. La profesora mostró una cordial sonrisa:

-Me ha encantado coincidir con mi mejor alumna. De verdad que te veo estupenda. Estoy orgullosa de ti. Y he pasado una tarde genial –

Venus se vio así misma como una mujer desconcertada tratando de contrarrestar el efecto sorpresa. Para ello sólo contaba con una leve sonrisa. Conforme a lo que le había narrado, no llegaba a comprender que su antigua profesora pudiese sentirse orgullosa. Por cierto, ¿cuándo había sido ella, Venus, su mejor alumna?.

Abandonaron a paso lento la cafetería que por diferentes motivos tan especiales recuerdos les traía a ambas. En el fragor de la avenida se despidieron con un estrecho abrazo. Habían quedado en llamarse, pero al intentar hacer un giro para proseguir su trayecto escuchó de nuevo la inconfundible voz de la señorita:

-¿Venus?-

Se volvió a mirarla.

-¿Qué es lo que quieres?- le preguntó

-¿Lo que quiero?- inquirió Venus confundida.

-Si. Me dijiste lo que no querías, pero ¿qué es lo que quieres?-

-Pues vivir holgadamente, tener salud y enamorarme de un buen hombre-

Venus quedó pensativa unos instantes, meditó sobre el efecto que producía en ella lo que acababa de decir. Formulado en positivo su propósito adquiría una fuerza e intensidad especiales.  

-¿Te centraras en eso?- inquirió la señorita

Asintió.

-¿Sabes porque eres mi mejor alumna?-

-No- respondió arqueando las cejas. Se preguntaba con qué saldría ahora aquella anciana tan perspicaz. Sin duda era una caja de sorpresas.

-Nadie se baña dos veces en el mismo río…- dijo y calló como si hubiera colocado las palabras que omitía al borde de un precipicio.

Era una frase de Heráclito, aunque Venus no estaba segura de recordarla de memoria, por eso la formuló como una pregunta:

-¿porque todo cambia en el río y en el que se baña en el?-

-Exacto- dijo la profesora –sabía que tú lo recordarías. Tú sí-

 

© Isabel Ripoll. 2011. Al rights reserved

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EL MIEDO QUE NOS DEBILITA

 

Una de las emociones que más nos impide desarrollar  todo nuestro potencial es el miedo.

En una situación de miedo nuestro cuerpo manifiesta diferentes síntomas físicos de alerta y segrega hormonas que biológicamente nos impiden ser creativos. Nuestro potencial se paraliza.

Dentro del ámbito laboral el miedo excesivo también produce consecuencias negativas. Inhibe el talento, la innovación y la creatividad.  Las empresas que gestionan sobre la base del miedo corren el riesgo de no sobrevivir.

El miedo es una emoción natural provocada por la percepción de un peligro real o imaginario, presente, pasado o futuro que nos perturba el ánimo preparándonos para una respuesta de ataque o huida.  Se trata de un mecanismo de supervivencia y defensa que todos experimentamos.

En realidad el miedo tiene una intención positiva, pues está ahí para protegernos y nos vuelve prudentes y cautelosos. Cruzar una calle sin observar los coches que vienen o lanzarse al agua sin saber nadar y sin flotador puede ocasionarnos un daño muy grave. La muerte sin ir más lejos.

No obstante, cuando el miedo es excesivo o el peligro que lo genera imaginario, la reacción física y psicológica que desencadena nos debilita.  Son situaciones en las que acciona como paralizador, bloqueándonos y privándonos de actuar, experimentar y lograr cuanto anhelamos. De esta forma es fácil que lleguen a postergarse decisiones o que se eviten experiencias que a priori resultan buenas para el crecimiento personal o profesional. Aquí el miedo actúa como una emoción saboteadora de nuestro éxito y nuestra felicidad.

Pensemos por ejemplo en el miedo al amor, al rechazo, al fracaso, a hacerlo bien o en otros miedos con un tinte más neurótico, caso de quienes confunden la serenidad con la depresión o la excitación con la ansiedad y se medican para evitarlo. En general todos estos miedos se basan en la inseguridad o en una baja autoestima y buscan protegernos contra la impotencia, la soledad y el descontrol que vinculamos a ciertas experiencias.

Resulta curioso como a medida que envejecemos muchos miedos se van amontonando en nuestra cabeza, haciéndonos más tibios, más dubitativos y cobardes en el fondo. Da la impresión de que nos hemos acostumbrado al miedo y actuamos siempre de forma reactiva por miedo a algo. No hacemos lo que queremos sino lo que nos hace sentir más seguros. Es como si no tomásemos de la vida cuanto necesitamos o deseamos sino aquello que nos proporciona  seguridad.  Cuando esto sucede suele haber una excusa a mano del tipo: “es lo mejor para la familia”, “lo mejor para los dos”, “lo más seguro”, “lo que más me tranquiliza, “lo mejor para mi futuro profesional”.

Ese miedo que la imaginación alimenta a cada instante, nos hace ver la vida de forma negativa y reduce nuestra visión.  Es un miedo que se apodera de tu existencia y te impide avanzar.  Un miedo que te invita a seguir así: triste, cómod@, segur@,  insatisfech@.

Es muy común que el miedo aparezca cuando nos adentramos en territorios desconocidos. Todo es nuevo y para lograr lo que deseamos hemos de abandonar nuestra zona de comodidad. Al hacerlo nos asaltan todo tipo de pensamientos negativos sobre nuestras habilidades, conocimiento o experiencia. Detrás de muchos miedos se esconde igualmente la falta de información o el exceso de dudas. Disponemos de unos cuantos datos pero nos atrevemos a inferir el resto, cubrimos los vacíos de información con imágenes y predicciones negativas.   

A mi modo de ver, la superación de ese miedo nocivo pasa por la toma de conciencia y la aceptación. Al admitir nuestro miedo lo estamos debilitando. Es importante comprender que se trata de una reacción normal que surge siempre que deseamos crecer o tomar una decisión importante,. En definitiva, cada vez que nos adentramos en lo desconocido.  

Otro paso para superarlo es concretarlo y analizarlo. Podemos hacer un inventario aséptico de los miedos que sentimos y descubrir y evaluar la información que nos proporcionan.  ¿Qué probabilidades hay de que tu miedo se cumpla?. ¿Qué es lo peor que puede pasar?. Si lo peor que puede pasar es que te despidan o que pierdas una amistad, piensa que tales situaciones pueden ser una gran oportunidad para encontrar un trabajo mejor o entablar relaciones con gente más afín. A menudo nuestra cabeza imagina cosas mucho peores o dramáticas que la realidad. Y si remotamente ocurriera lo que imaginas, ¿cómo puedes prepararte para aminorar el riesgo?. ¿Qué información necesitas?. La información te proporciona mayor seguridad al tiempo que te ayuda  a disipar temores.

El amor es la antítesis del miedo. Piensa en lo que te empuja hacia adelante. ¿Cuál es tu motivación?. Visualiza tus éxitos y objetivos. Escribe en un cuaderno cada pequeño paso hacia ellos y refleja las veces que has actuado y logrado resultados a pesar del miedo. ¿Qué aprendiste del miedo en esas ocasiones?. ¿Como sería tu vida sin ese miedo?.

Pero quizá la clave para superar tu miedo se halle en ponerte de su lado y en actuar. El miedo sólo desea protegerte. Tu inconsciente guarda en la memoria los momentos y experiencias dramáticos o desagradables y hace surgir el miedo cuando cree que pueden repetirse. Negocia y alíate con él. Dale las gracias por protegerte, pero hazle saber que te hallas ante una oportunidad que va a mejorar tu vida. El pasado es el pasado. Pregúntale que necesita para dejarte avanzar. Pídele ayuda, y por último actúa.

Es preferible ocuparse que preocuparse. Cuando actúes a pesar de tus miedos romperás el hechizo. Te moverás desde un lugar de dolor y parálisis a un lugar de poder dónde construyes y fortaleces la confianza en ti mism@. No comprenderás nada del miedo hasta que no actúes. Si alguien te dice que no uses una raqueta hasta que no aprendas a jugar al tenis y le haces caso, ¿cómo podrás aprender?. No es posible aprender a menos que practiques. La experiencia te ayudará a comprender y disipar el miedo. Mientras te digas a ti mism@ “no puedo” o“ya lo superaré” y permanezcas inmóvil, el miedo controlará tu vida.

Alguién dijo alguna vez:  “si tienes miedo a los murciélagos…convierteté en murciélago”.

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