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LA MEJOR FÓRMULA PARA VIVIR EN PAREJA: AMOR REAL Y CONSCIENTE

Algunas personas viven tan hipnotizadas por el enamoramiento, que pierden la oportunidad de amar.

A medida que nos alejamos del romance embriagador, se abren oportunidades para construir afecto consciente y real. A diferencia del enamoramiento, el amor se construye mediante actos propios y es una obra que nunca termina.

¿Quieres disfrutar de tu pareja o padecerla?.

Si lo que deseas es construir una relación sólida y plena tendrás que estar preparad@ para asimilar el desencanto.

El amor pleno exige comprometerse de forma concienzuda con una persona real. No se trata de proyectar sobre el otro la imagen que tenemos de nosotros mismos, ni de imaginar lo que es. Se trata más bien de empezar e conocerle, aceptarle y construir nuestra vida en común.

El enamoramiento es un estado mental involuntario, alterado, y a menudo ilógico, que nos lleva a desenfocar la realidad.

Desde el punto de vista bioquímico se inicia en la corteza cerebral, pasa al sistema endocrino y se transforma en respuestas fisiológicas y cambios químicos ocasionados en el hipotálamo mediante la segregación de dopamina, la cual conduce a un estado de euforia desmesurado.

Para la persona enamorada el otro ocupa la mayor parte de su pensamiento e interfiere incontroladamente en su actividad normal. Es como si el resto del mundo desapareciera. Quién experimenta esta emoción sentirá fácilmente rubor, sudoración, alegría, ganas de reír, cosquilleos en el estómago o taquicardia. Puede incluso perder la noción de las propias necesidades (sed, hambre, frío, calor o sueño…) y pasar horas contemplando, idealizando, complaciendo y tratando de impresionar a su enamorad@,

Afortunadamente para nuestra subsistencia, el enamoramiento tiene fin. Y aunque no siempre nos enamoremos de alguien que nos convenga ni siempre el enamoramiento se convierta en amor, a menudo la silueta de una pareja comienza a dibujarse en los estertores del romance idílico.

Después de unas semanas, meses o años, cuando el enamoramiento se desvanece,   salen a la luz los defectos y esa locura inicial puede transformarse en desprecio, rencor o indiferencia. También en amor. Todo dependerá de la madurez emocional, del afecto, de la compatibilidad entre las personas, de lo que se aporten mutuamente en su proyecto de vida y de la voluntad.

Hay personas adictas al enamoramiento que abandonan la relación, para no tener que lidiar con frustraciones ni con la realidades.  Van de un enamoramiento a otro persiguiendo espejismos y perdiéndose el amor. Son personas que han escogido inconscientemente la opción de vivir en soledad o de no profundizar en los individuos reales de los que una vez se enamoraron.

Una relación sólida de pareja nace en todo caso de la consciencia. De asimilar el desencanto que implica esa desaparición de las princesas y los príncipes, de las personas perfectas e imaginarias para contactar ilusionadamente con el ser real de carne y hueso que se halla a nuestro lado.

Se empieza a amar no cuando se encuentra a una persona perfecta, sino cuando se aprende a ver perfectamente a una persona imperfecta.

Si existe una zona de bien común en la que ambas personas puedan intimar, crecer y desarrollarse habrá espacio para construir una pareja sólida.

El amor debe construirse cada día desde los defectos y virtudes de la pareja, desde la responsabilidad de cada uno de sus miembros, cultivando el vínculo con amistad, respeto, comprensión, aceptación paciencia, comunicación, afecto y proyectos en común.  Requiere un acto delibrado de compartir y de re-conocimiento.

Si te empeñas en querer de una forma inmadura, exigente y fantasiosa, imponiendo tus deseos y tus creencias al otro solo sufrirás desengaños. La pareja no es una suma de dos personas perfectas. Es más un conjunto de luces y sombras en el que ambas partes se reconocen, se cuidan y se aceptan generando mutuo bienestar.

El amor real y consciente se da y se recibe con los ojos abiertos.

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ENFADARSE: ¿CUAL ES TU PUNTO DE NO RETORNO?

Puedes usar tu libertad para crear problemas y usarla para crear soluciones.

En lo que respecta al enfado, decía Benjamin Franklin que siempre tendremos razones para estar enfadados, pero esas razones rara vez serán buenas.

Os diré algo que ya sabéis y, por favor, aceptarlo.  La mayoría de las veces, por no hablar de todas, descargar nuestro enfado nos lleva a decir y hacer cosas de las que nos habremos arrepentido al poco tiempo. Además mucho de lo que hacemos y decimos puede provocar situaciones difíciles de arreglar. Y en ocasiones, dramáticas.

Hace poco leí una historia de esas que llevan a reflexionar sobre las consecuencias de nuestra ira incontrolada.

En Agosto de 1963, un ladrón neoyorkino decidió robar por última vez en su vida. Había estado en prisión por hurtos de pequeña importancia. Se propuso desvalijar un lujoso apartamento del Upper East Side. Lo había elegido porque pensaba que estaba vacío, pero se encontró con la sorpresa de hallar una mujer en su interior.

Una vez logró maniatarla y hacerse con el motín, vio como otra chica cruzaba el umbral de la puerta. La amenazó a punto de cuchillo y se dispuso a amordazarla. La mujer que estaba atada entró en cólera. Comenzó a gritar que se acordaría siempre de su cara y que no pararía hasta que la policía lo encontrase y lo pusiera en la cárcel.

El ladrón se alteró. Perdió el control de sí mismo y lleno de miedo y rabia las apuñaló hasta quitarles la vida. Treinta años más tarde, en una entrevista concedida desde la prisión, el hombre recordaba aquella tarde con las siguientes palabras: “«Estaba como loco, mi cabeza estalló, no sabía lo que estaba haciendo».

Dos víctimas y un nuevo asesino. ¿No es como para pensárselo?.

Respecto al enfado, las personas tenemos hábitos y creencias my arraigados.

Nos da por pensar, por ejemplo, que es bueno enfadarse.

Quizá esté relacionado con ese pasaje de la Biblia en el que San Pablo afirma “Airaos pero no pequéis”.

Cualquiera que sea la razón, tendemos a pensar que suprimir el enojo es algo negativo, un síntoma de no tener “sangre en la venas”, y que reprimirlo puede derivar en depresión o enfermedad. Sin embargo, la realidad es que vivir enojado y peleando con los demás no hace sino elevar los niveles de stress y las enfermedades cardíacas.

Luego está esa otra creencia provocada por el ego. Las cosas tienen que ser como creemos y queremos y nuestra capacidad de tolerancia y aceptación es mínima. De forma que los enfados ponen en evidencia nuestros puntos emocionales flacos. Y también aquellos aspectos sobre los que tenemos una mayor necesidad de control. Nos enfada eso de los demás que no controlamos y queremos desesperadamente controlar. Eso que esperamos de ellos y no llega a concretarse.

Cuanto más grande es nuestro ego, más inflado y gigante, más fácil es que cualquier acontecimiento nos perturbe. Una mirada, un simple gesto.

Es precisamente por ese ego que nos tomamos las cosas personalmente. Vivimos nuestra vida como si fuera una película de la que somos protagonistas y el resto solo fueran actores secundarios. Olvidando que cada persona intenta resolver sus miedos, sus carencias y sus pequeñas miserias. Y que sus reacciones ante el mundo y la vida tienen mucho que ver con esto.

Ninguno somos tan importantes, ni estamos tan presentes en la vida de los demás como para que cualquier cosa que digan, miren, piensen o sientan tenga que ver precisamente con nosotros.

Lo que interpretamos como insultos o desaires puede ser consecuencia del crecimiento personal de otros individuos. Formar parte de esa retahíla de contradicciones dolorosas, dudas y objetivos vitales que cada cual vive a su manera.

Un hábito muy extendido es utilizar el enfado como una táctica. Sucede cuando añadimos  indignación a nuestras opiniones, buscando la reacción de los demás o su apoyo. No es que en realidad estemos indignados, pero pensamos que con esa actitud reforzaremos nuestros argumentos, convenceremos mejor u obtendremos alguna contrapartida.

Con una lista tan extensa de creencias, es lógico preguntarse, ¿bueno y entonces qué hacer?.

Desde luego nunca expresar abiertamente el enfado, ni reprimirlo. Tampoco alimentarlo con un diálogo interno obsesivo. Y mucho menos dejarle que perdure y que se convierta en resentimiento por el solo hecho de que una persona no nos dio o actuó en la forma en que necesitábamos para sentirnos seguros y felices.

Cualquier solución pasa por reconocer nuestra emoción, analizarla y gestionarla. Averiguar qué es eso que nos enfada, dónde estamos siendo exigentes y controladores, porqué y para qué. ¿Cuál es nuestro punto flaco?.

Pero lo más importante para gestionar la emoción es hacerlo a tiempo.

En ese momento en el que aún eres capaz de desvincularte y elevarte sobre ella, racionalizarla, respirar hondo y contemplarla desde otro ángulo. Cuando aún puedes aceptarla y eres capaz de describirla con tus propias palabras.

Antes de llegar al punto de no retorno. Ese punto, en el que una vez traspasado, no podemos dejar de enfadarnos.

Ahí debes actuar, siendo consciente de que tu indignación no pasa de ser una creencia personal que te perjudica. Ampliando tu visión de lo que te ocurre y de lo que está ocurriendo a tu alrededor.

Necesitas algo que te ayude a desconectar. Tal vez una palabra sin sentido o fuera de contexto, como “Manzana” o “Dinamarca”, o el sólo hecho de ponerte  a contar. Una vez que has conseguido visualizar la palabra o los números, toma distancia y comienza a bajar escalones hacia tu paz interior.

Cuando todo haya pasado, busca el instante de tranquilidad oportuno para expresar lo que no te gusta. Y hazlo sin emociones que te vapuleen como si fueras una hoja a merced del viento. Hazlo de forma asertiva.

Recuerda que una emoción bien gestionada no deja resentimientos.

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VALORA A TU PAREJA: “CONFIO EN TI Y TE ACEPTO COMO ERES”

Un gran amigo mío, divorciado por tres veces, solía decir que cada uno de nosotros somos un conjunto de virtudes, defectos y circunstancias. Decía, desde su experiencia, que si decides unir tu vida a una persona has de aceptar todo ese conjunto, y que no caben términos medios.

Cuando queremos a alguien y decidimos iniciar una relación de pareja, es fácil que nos llenemos de expectativas.

Pocas veces reparamos en el hecho de que eso que imaginamos o deseamos es completamente subjetivo.

Cuando todo es perfecto en nuestra mente, cuesta entender que la otra persona no sea tan ideal.

La realidad es que tu pareja es un ser humano con limitaciones, exactamente igual que sucede contigo, y, por supuesto, ninguno de vosotros está en este mundo para satisfacer las expectativas ajenas.

¿Por qué la elegiste entonces?.  Puede que al hacerte esta pregunta repares en los numerosos aspectos positivos que esa persona posee.

 ¿Son esos aspectos lo suficientemente importantes y valiosos como para comenzar o proseguir la relación?.

Si la respuesta es afirmativa, tener una relación plena pasa por valorar y aceptar al otro como es, sin empeñarte en cambiarlo.

Cualquier relación sana, exige comprender que quién está a tu lado no es el ser “perfecto” que pensabas, y sin embargo, está lleno de talentos, virtudes y cualidades que amas y admiras. Amas y admiras a esa persona independiente, valoras lo que es, la apoyas, confías en ella y la ayudas a ser mejor.

Tal vez parezca algo muy elemental  y sencillo decirle a la persona que quieres “confío en ti y te acepto como eres”, pero ¿cuántas veces lo hacemos en realidad?, ¿cuántas lo sentimos y demostramos?.

En ocasiones, damos por hecho que se deben conocer estas cosas, y mientras eso ocurre, comienza el distanciamiento. La comunicación fluida resulta esencial para alcanzar relaciones óptimas.  No sólo sentir y pensar en la persona, sino decir abiertamente lo que sentimos y pensamos, mostrando con hechos y palabras que es valiosa y querida para nosotros.

Sin confianza y aceptación, la pareja es una unión artificial  abocada al fracaso.

El amor por sí solo no impide que surjan dificultades. Aunque la pregunta clave ante una situación de crisis gire en torno a lo que sientes por la otra persona,  hay otras cuestiones como el grado de confianza y aceptación, la existencia de un proyecto común de vida y el nivel compromiso, sin cuyo concurso una relación de pareja resulta insostenible a menos que, por amor, estés dispuest@ a convertir tu vida en un infierno.

Cuando exigimos cambios esenciales en la personalidad de nuestra pareja,  incluso pequeños cambios con los que no está de acuerdo,   proyectamos sobre ella nuestra inseguridad o entramos en descalificaciones, es lógico que se produzcan  serios desencuentros. En estas situaciones, poco o nada puede hacer el amor por estabilizar el vínculo.

La confianza genera confianza. Es un círculo virtuoso.

Si confías en alguien, le motivas para ofrecer lo mejor de sí mismo.

En ocasiones la confianza se resiente porque no ha tenido lugar una conversación sincera y flota en el ambiente la sensación de que quedan cosas por decir o explicar. Tal vez se perciba que lo que se dice y lo que se hace no resulta congruente o que las palabras quedan desmentidas por el lenguaje no verbal.

En cualquier caso, una relación sana admite errores, no dudas. Si no eres capaz de perdonar y volver a confiar, tu vida sentimental naufragará.

Aceptar a tu pareja como es implica que la valoras y que te valoras a ti mism@. Renuncias a igualarla o compararla con alguien porque comprendes que es única y diferente.

No es extraño ver casos de personas que excluyen a su compañer@ sentimental de la vida social por temor o por vergüenza o que realizan observaciones sobre aspectos físicos y rasgos de su carácter con los que no se sienten a gusto.  A través de este tipo de conductas lo que hacemos es proyectar  nuestra falta de autoestima y nuestras expectativas personales sobre el otro.

¿Cuánto tiempo y fracasos invertimos en aprender que no podemos ir sana ni felizmente por la vida tratando de despojar a los demás de su esencia, amando en ellos lo que no tienen?.

Valora a tu pareja. Ten presente sus emociones, sus ideas, sus gustos, sus sueños. Muestra respeto, aprecio e interés por su persona, ensalza sus virtudes y aspectos positivos, abre tus oídos a sus palabras y motívala a dar lo mejor de sí misma.

Cuando no aceptas al ser humano qué amas, o no confías en él,  te estás decantando por vivir en una relación tóxica. Una relación en la que ambas partes os desdibujáis como personas. ¿Realmente deseas una vida con esa calidad emocional?.

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EXPRESAR LO QUE SIENTES Y PEDIR LO QUE NECESITAS

“El que calla otorga”, dice un refrán.

Imagínate que extendieses un cheque al portador en el que el importe no fuera un número sino una afirmación denominada “SI”.

“SI”, para el portador, significaría algo como: pienses lo que pienses y creas lo que creas sobre mí habrás acertado, porque no sólo tienes el derecho a interpretar mis actos y a adivinar mis pensamientos, también tienes la verdad.

Que otros piensen que les asiste la razón no tiene porque ser importante y el silencio puede verse como una forma de lenguaje, la cuestión es ¿qué nos aporta?. ¿Se trata de una decisión meditada en un momento concreto o de una actitud a la que estamos predispuestos con independencia de que nos beneficie o perjudique?.

Cuando silenciar lo que pensamos y sentimos se traduce en sentimientos negativos, algo dentro de nosotros está obrando en nuestra contra.

Es lo que sucede si callas y piensas que nadie te comprende, que deberían saber lo que te ocurre o que ignoran tu valía. Si sólo callas por miedo o de forma inconsciente.

¿Alguna vez has pensado en como contar lo que te pasa y expresar lo que sientes podría mejorar tu vida?.

Las emociones que se reprimen pueden generar traumas y enfermedades.  Canalizar bien la emoción implica vivirla y liberarla. Cuando tienes un sentimiento positivo o negativo lo más productivo para nuestro bienestar es reconocerlo y buscar el momento apropiado para expresarlo.

Salvo que las personas que te rodean sean “psíquicos”, no deberías esperar que tengan poderes para leer tu mente.

Las indirectas, por su falta de claridad, tampoco ayudan. Puede suceder que alguien acierte, pero, si lo hace, ¿qué parte de tu mensaje se habrá perdido?. A menudo la indirectas conducen a sudokus imposibles. Todo son preguntas y especulaciones sobre el comportamiento del otro o sobre lo que el otro quiso decir. Lo más  fácil es que acabemos distorsionando la realidad.

Si alguien pone su mano sobre tu hombro mientras habla contigo, no implica que sea tu amigo ni que sienta especial afecto por ti. Puede que la persona tienda a comunicarse mediante el tacto. Cada individuo tiene preferencia por un canal de comunicación.  Al saludarte, por ejemplo, las personas que tienden al canal auditivo prefieren hablar, si tienden al canal visual quizás prefieran sonreír, mientras que los kinestésicos seguramente opten por un abrazo o por darte la mano.

Todos tenemos necesidades y también nos gusta satisfacer las necesidades de otros. En especial cuando se trata de personas por los que sentimos afecto. Como individuos interdependientes, pedir lo que necesitamos y expresar lo que sentimos es necesario para nuestro bienestar y supervivencia.

Pero, ¿sabemos pedir?.

La falta de práctica y de convicción puede llevarnos a ser exigentes y agresivos.

Si dices lo que piensas o sientes con calma, claridad y directamente  te escucharán. Cuando al expresarte adoptas una actitud asertiva y evitas agredir o resultar agredido obtienes empatía. Pide, pero no exijas.

Al pedir, puedes o no recibir.  La negativa es una posibilidad. Por ello, conviene entender que un NO es un NO en ese momento y para aquello concreto que has pedido, de ninguna forma un NO para siempre y para todo.

 Negarte lo que pides es un derecho que asiste a las personas más que una muestra de desprecio. Cada cual  en función de sus valores y circunstancias, decide a quién, cómo y cuándo ayuda. ¿Cuántas personas que te quieren te han dicho NO alguna vez?.  ¿A cuántas personas que quieres has dicho tú NO ?. Aún tienes la opción de pedirlo en otro momento, de otra forma, a otra persona.

Mejor eso que adoptar el papel de víctima con frases como: “Si me quisieras, sabrías cuáles son mis necesidades”. Suena un tanto absurdo, ya que alguien puede quererte pero no saber exactamente cuáles son tus necesidades, por mucho que se empeñe en averiguarlo.  O pensar “Si tengo que pedirlo, entonces ya no merece la pena”. Una creencia personal sin base objetiva, que destroza parejas y relaciones con los demás.

En cierta ocasión alguien preguntó a los asistentes a un foro de discusión si pensaban que las personas complicamos las cosas al ser tan reacios a pedir y expresar lo que sentimos. Uno de los participantes respondió:

“Las personas complicamos mucho las cosas, y es así de SIMPLE:
Si extrañas, LLAMA. Si quieres encontrarte con alguien, INVITA. Si deseas que te comprendan, EXPLÍCATE. Si tienes dudas, PREGUNTA. Si no te gusta, HABLA. Si te gusta HABLA MÁS. Si tienes ganas, HAZLO, ARRIESGATE. Si quieres algo PÌDELO…es la mejor manera de que empieces a merecerlo. Si el “NO” ya lo tienes, solo corres el riesgo del “SI”. ¿Qué esperas?. La vida es una SOLA y no hay tiempo que perder”.

¿Y si probases a contar lo que te ocurre, pedir lo que necesitas y  expresar lo que sientes?.

El resultado te sorprenderá.

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ACOMPAÑAR

“Más vale un corazón sin palabras que palabras sin corazón”, dice un proverbio sudanés.

En el acompañamiento el silencio juega un papel clave, porque es un ingrediente de la escucha activa  y nos ayuda a respetar la libertad y la capacidad de decisión del otro.

El acompañante es un testigo empático. No está ahí para dirigir, enseñar, mover o influenciar, aunque inconscientemente pueda hacerlo. Tampoco para ir de salvador.  Es sólo alguien que está presente, cerca y próximo en el corazón, unido con la alegría o tristeza de la persona a la que acompaña.

Acompañar no es intentar convencer, sino participar en los sentimientos del otro y mostrarse receptivo a lo que trata de comunicar. A veces no sabemos qué decir, y lo cierto es que acompañar no requiere decir o hacer nada especial, sólo estar ahí.

El acompañante es un facilitador que ha relegado sus expectativas personales para sintonizar con otra persona y crear un ambiente de cariño y sosiego, donde esta pueda reflexionar, vivir su emoción y sentirse apoyada.

Es posible que la persona a la que acompañemos sufra una pérdida, un fracaso, una enfermedad y  esté deteriorada hasta el punto de parecer que ha perdido sus capacidades. Pero acompañar es seguir creyendo en su libertad y en su capacidad de decisión y respetar su dignidad.

Aunque creamos que tenemos la solución a los problemas de  la persona con la que compartimos ese momento tan delicado o importante, hemos de ser como un farero que regala presencia. El acompañante ofrece luz,  cariño y  rapport, pero es el otro quién observa, quién ve y decide sus pasos. Tal vez podamos orientarle con preguntas. O conversar con la persona, si lo necesita, pero enfocados en la escucha.

Cuando nos planteamos como podemos acompañar mejor a alguien, no existe una única respuesta. Depende en sí de la persona. De cara a uno mismo, lo importante es que demos lo que tenemos en nuestro corazón, ya que quién lo recibe le dará sentido según como sea el suyo.

Hagas lo que hagas tu papel acaba cuando has dado lo que podías dar y lo has hecho de forma auténtica y  asertiva.  Como el otro  lo reciba, cuando has puesto lo mejor de ti y has estado presente, ya no está en tus manos.

Deja que la persona y su dolor fluyan, “como el río… cuando el río encuentra una piedra, no se detiene: la rodea y luego la pasa. Cuando el río encuentra un hueco, lo inunda y sigue su cauce. La naturaleza es sabia; sabe hacia dónde va. El río desembocara en el mar, donde encontrará su sentido…”.

Acompaña.  No fuerces, ni trates de razonar.

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CREA TU SANTUARIO INTERIOR

-No me gusta la soledad. Me da por pensar y comerme el coco. Enseguida busco gente o cosas para hacer- comenta Sara, una joven estudiante de periodismo.

Muchas personas viven volcadas hacia el exterior. Buena parte de ellas ve la soledad y la reflexión con angustia o se considera demasiado nerviosa como para meditar.

Conectar con uno mismo y profundizar en nuestra riqueza interior no está reservado  a los monjes del Tibet, tampoco es una cualidad propia de determinada clase de personas místicas o pintorescas, parece más una cuestión de actitud.

-Algunos clientes me ven haciendo miles de cosas y se inquietan- afirma José Luis, un empresario madrileño –comentan que parezco agobiado. Curiosamente yo me siento bastante tranquilo. Todos los días dedico tiempo a mí mismo. Lo que hago es el producto de esos momentos de paz y reflexión. Conozco personas que aparentan tranquilidad y son un manojo de nervios. Viven presos de su diálogo interno y les cuesta conectar con su yo más profundo-

-Ser una persona activa no implica que vivas permanentemente fuera de ti- explica Lourdes, gerente de compras de una multinacional y practicante de yoga en sus ratos libres – dedico dos horas diarias a la meditación y al yoga y de ahí saco fuerzas para todo lo demás. Estamos llenos de recursos-

Para Sandra fue un drama personal quedarse en el paro:

-Estuve sin trabajar casi seis años. Lo peor de todo es que vivía sin hacer nada y en constante tensión. Me pasaba el día rumiando. No lograba acallar mi mente. Comencé a leer artículos de autoayuda en internet. Eso cambió mi vida. La felicidad depende de uno. Cuando miramos el mundo lo hacemos desde dentro-

A veces buscamos en el exterior lo que está en cada uno de nosotros.

Cuando nos sentimos nerviosos, atemorizados, confusos o heridos es el momento de utilizar nuestros propios recursos.

Cada persona posee fortalezas y herramientas para solucionar sus problemas. Esto no implica que seamos autosuficientes, sino que manejamos el timón de nuestros pensamientos. Todo ello se refleja en la forma en que vivimos y entendemos nuestra vida y también en lo que esta nos devuelve.

Lo que creemos tiende a ser lo que creamos. Cualquier idea que introduzcamos en nuestra mente puede obrar un gran cambio, ya que la reacción de nuestro cerebro ante algo soñado o imaginado es la misma que ante algo verdaderamente real. Todo lo que imaginamos podemos crearlo.

Mirar hacia dentro significa entrar en nuestro santuario, en ese pensamiento, lugar, sensación, imagen, sonido, aroma o color que hemos elegido para descansar, relajarnos y potenciarnos. En ese reducto dónde habitan nuestra identidad y nuestros grandes tesoros personales.

Si no miramos hacia dentro y vivimos en puro modo programación,  jamás sabremos lo que somos ni lo que queremos y consecuentemente,  ignoraremos los recursos de que disponemos  para lograrlo.

Algunas personas se resisten a efectuar este ejercicio de introspección por miedo a descubrir cosas que les resulten desagradables,  pero si lo que vemos no nos gusta, podemos cambiarlo. Crear ese santuario a la medida, con nuestros recursos, posibilidades, soluciones, objetivos y anhelos está completamente en nuestras manos. Es una elección consciente.

Puedes disociarte de una emoción negativa visualizando que te elevas desde el lugar donde te encuentras; vas ascendiendo y sumiéndote en una sensación de bienestar que permite contemplar las cosas desde otro ángulo. Tienes la opción de colorear a tu gusto una imagen mental grísea, desangelada o perturbadora hasta suprimir sus connotaciones negativas. Cabe la posibilidad de que asocies hechos o comportamientos desagradables con una música que te haga sentir bien o con determinadas sensaciones placenteras del tacto o tal vez con un olor que te resulte familiar y entrañable.

¿Y si imaginas a la persona que te grita rebuznando?.  Evadirte del estrés puede ser una labor menos ardua de lo que parece si te visualizas en una playa y escuchas el ruido de las olas o si te sientes caminar por un campo de aromáticas flores hacia una casa diseñada y decorada como tú deseas. Es posible que lo que realmente te haga descansar o relajarte sea vaciar tu mente por completo, mirar fijamente una vela durante horas en completo silencio o estar a oscuras.

Tal vez te potencie recordar  tus éxitos; cómo triunfaste anteriormente en situaciones parecidas. Puede que te ayude centrarte en lo que realmente hiciste bien o en lo que haces bien a menudo. Quizá colabore a resolver un problema, pensar en cómo lo resolviste antes o en cómo lo hicieron otros a los que tú admiras.

¿Qué pensamientos o creencias tienes instaurados que te debilitan?. ¿Qué hábitos deseas cambiar para que no sigan perjudicándote?. ¿Para qué vives?. ¿Cómo te gustaría pensar o que te gustaría creer respecto a ciertos temas para lograr lo que anhelas?. ¿En realidad qué quieres conseguir?.

Reflexionar, meditar, visualizar, abrir la caja de los sentidos y emociones que mejor nos definen, son herramientas personales que  permiten afrontar problemas, encontrar la paz, conocernos, cambiar y lograr nuestros objetivos.

Todo pensamiento o acción se gesta en nuestro interior.

Para conocer la razón por la que hacemos las cosas, sólo vale caminar hacia dentro con la conciencia bien despierta.

Sacar a la luz los aspectos más ocultos de nuestra personalidad no siempre resulta cómodo. Podemos llevarnos sorpresas desagradables, experimentar la sensación de que tiemblan nuestros cimientos o sufrir un alud de emociones.

 Conocernos y crecer como personas tiene su precio. No obstante, si alguien nos dijera que el resultado final será aprender a gestionar nuestra vida y  vivir con plenitud y alegría, ¿lo veríamos con tanto temor o reticencia?.

“Cómo la metamorfosis de una mariposa” escriben Alex Rovira y Francesc Miralles en su libro El mapa del tesoro, “necesitamos pasar por el trauma de la crisálida para construir nuestras alas”.

-Es un viaje que merece la pena realizar para tomar conciencia de tu parte tóxica y de tus fortalezas– afirma Claudio, profesor de musicoterapia – resulta poderoso y revelador a la vez.  Ese foco de luz que proyectas sobre ti mismo te permite conocerte y generar nuevos recursos desde los que dirigir tu vida-

El santuario personal es una llave maestra que conduce a la felicidad y realización de cada individuo.

Si creas tu propio santuario  de forma consciente, nada, ni nadie podrá arrebatarte la gestión de tu vida, incluso cuando estés triste, frustrado, atemorizado o tenso, serás capaz de entenderlo, de pasar por ello y de sanarte con la fuerza y la calma de quién se ama y conoce así mismo.

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COMPRENDER Y SUPERAR EL FRACASO AMOROSO

Si  las personas respondiesen a nuestro mapa de la realidad tendríamos una oportunidad de conocer,  controlar y modificar sus reacciones.  Pero lo cierto es que hay una parte de lo que son los demás que no percibimos. Del mismo modo,  percibir es el resultado de corregir e interpretar lo que piensan y hacen otras personas conforme a sentidos, experiencias, necesidades y expectativas propias.

De ahí que nuestros pensamientos no sean la verdad, aunque para nosotros resulten ciertos, y que los mapas y conductas de otros individuos se escapen a nuestro control. Transpolando esto al terreno de los sentimientos, el éxito o el fracaso amoroso no es algo que dependa al cien por cien de uno mismo, pues la relación sentimental consta de dos partes y bajo nuestro control sólo tenemos una.

En la aventura del amor la voluntad humana no siempre cuenta.

Para empezar tú no eliges de quién enamorarte ni decides quién se enamora de ti. Y en ocasiones, por nuestros diferentes mapas de la realidad, damos al comportamiento de una persona una interpretación distinta de la que para ella tiene o somos interpretados en una forma que nada tiene que ver con nuestra intención. Incluso cuando el amor se convierte en relación estable y vamos obteniendo nuevas percepciones acerca de la persona con la que compartimos nuestra vida, podemos llegar a concluir que dónde sólo veíamos coincidencias existen diferencias abismales.

La relación amorosa evoluciona al hilo de las percepciones y acontecimientos individuales y lo hace de forma desigual e incontrolable. Sin voluntad de estar juntos y sin trabajar la relación, poco puede hacerse, pero cuando se trata del amor en sí, la voluntad no basta. O amas a alguien o no lo amas. Por supuesto siempre de acuerdo con tu propio concepto del amor.

Siendo la percepción de la realidad tan diferente y peculiar en cada persona, no es de extrañar que existan desencuentros y rupturas. El fracaso amoroso es algo natural, aunque no por ello menos doloroso.

Pocas sensaciones resultan tan insoportables como las que experimentamos al percibir o escuchar que no nos quieren de la forma que esperábamos o sencillamente no nos aman. Tal vez algo peor que esto sea no aceptar la situación y continuar luchando en vano. “Conseguiré que me quiera”, se dicen algunos, y la pregunta es: ¿cómo?; ¿acaso depende de ti?.

Los sentimientos no se fuerzan. Nadie tiene poder sobre el amor, ni siquiera la persona que lo experimenta o la que desea experimentarlo. Pensar que lograremos hacer cambiar de opinión a alguien sobre lo que siente es otorgarnos un poder que no poseemos, a no ser que este sentimiento ya exista y lo que busquemos sea un acuerdo de convivencia. Con todo si el acuerdo implica renunciar a principios y valores esenciales para uno, puede convertirse en papel mojado.

De modo que tienes la opción de practicar hechizos para enamorar prolongando tu agonía o aceptar el fracaso y comenzar el proceso de recuperación.

Todo fracaso o rechazo amoroso desencadena un periodo de tristeza, ira e impotencia, hasta que llegamos a la aceptación.

Aceptar supone entender al otro y no insistir más ni forzarle, admitir el rechazo como algo normal en el ciclo de la vida, algo que todos hacemos y a lo que todos tenemos derecho. No podemos agradar a todo el mundo ni todo el mundo agradarnos a nosotros.

Lo que realmente nos lleva por el camino de la superación es aceptar el rechazo dignamente y con humildad sin caer en la trampa de culpar u odiar al otro, ni sentirnos víctimas.

Que alguien te rechace no implica necesariamente que no te aprecie, valore o considere, ni tampoco que tú no seas una persona valiosa o que el mundo te vuelva la espalda, tan sólo significa que una vez, en una situación y con una persona en concreto las cosas no salieron tan bien como esperabas. No es más que un hecho puntual y aislado en tu vida.

Es importante reflexionar y poner las cosas en su contexto. Entender que tu bienestar no puede depender de un hecho o de una persona concreta, que antes y después de ese fracaso tenías y seguirás teniedo una vida . ¿Qué ganas teniendo contigo a quién no te acepta a su  lado ?. ¿Para qué conformarte con eso cuando puedes optar por algo mejor?. ¿No es lo que tú te mereces?.

El fracaso o rechazo amoroso implica que se ha producido  un cambio y comienza una nueva etapa, en la que se abren otras posibilidades. La vida te ofrece una oportunidad para conocer nuevas personas o para estar a solas contigo mismo.

Enfócate en ti, en mimarte, desarrollarte, hacer deporte, ampliar tu círculo de amigos o contactos y realizar todas aquellas actividades que te gustan.

A la recuperación ayudan el distanciamiento y el paso del tiempo. Desde la distancia y el tiempo las cosas se ven con otra perspectiva. Es posible que tras superar ese periodo de dolor estemos en condiciones de ofrecer al otro nuestra amistad, pero si nos implicamos con él será difícil que podamos sustraernos al sufrimiento o a la tentación de forzar inútilmente las cosas.

Poco importa si la persona fue deshonesta, mintió o se volvió atrás. Si pusiste o apostate más. Pensar esto podrá consolarnos momentáneamente, pero alimentará el resentimiento y no evitará el dolor. Sólo el perdón, la aceptación y la comprensión de que el rechazo forma parte del juego de la vida y  de que todos los experimentamos logrará impulsarnos hacia la paz interior y la superación.

Aprendamos a aceptar con deportividad nuestras pequeñas derrotas y preparémonos con ellas para el siguiente partido.

 

 

 

 

 

 

 

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