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SE BUEN@ CONTIGO Y TRAZA LIMITES

La mayoría de nosotros crecimos con los cuentos de Perrault y rodeados de adultos que nos exigían ser buenos y portarnos bien.  Ser bueno en nuestra niñez consistía en agradar a los demás, y especialmente a nuestros padres, siendo obedientes.  

Durante la infancia los adultos actúan como un referente imprescindible para nuestro aprendizaje, pero al ir creciendo hemos de desarrollar una identidad propia.

Entre la pubertad y la adolescencia surge la necesidad de saber quiénes somos y de afirmarnos. Esa búsqueda de lo que somos y esa afirmación de lo creemos ser nos induce a rebelarnos. En realidad es un proceso necesario porque nos prepara para convertirnos en personas capaces de dirigir nuestra vida y tomar nuestras propias decisiones.

Es difícil creer que se pueda desarrollar una visión propia del mundo sin examinar y cuestionar la que nos han inculcado, sin decidir qué es válido para nosotros y que no y replantearnos los conceptos heredados de nuestra niñez, por ejemplo, el de bondad. ¿Qué le aporta a un ser humano adulto e  independiente vivir para obedecer y agradar a los demás?.

Cuando desde nuestra óptica de adultos, nos preguntamos que es de verdad ser bueno, tiene sentido pensar en la bondad como comportamiento sano que comienza con uno mismo. Ser bueno contigo como paso previo para ser bueno con los demás.

La bondad puede estar relacionada con la educación, la amabilidad o el respeto. Pero tratar de estar de acuerdo con todo el mundo, dejarse avasallar y hacer favores indiscriminadamente a costa de uno mismo, ¿qué tiene para nosotros de bueno?.

Cuando dices a todo que sí, sin tener en cuenta lo que eres o sientes y permites que cualquier persona te imponga sus deseos, no consigues su cariño, ni su respeto; lo que consigues es convertirte en el felpudo por el que todos pisan para lograr sus objetivos. En realidad refuerzas el comportamiento ajeno que deseas eliminar y tienes todas las papeletas para que tu resignada vida de alfombra, te pase factura con resentimientos y depresiones.

Por miedo a no ser queridos y a no gustar,  a parecer desagradables o antipáticos, en ocasiones nos cuesta defender nuestro territorio y nuestras necesidades. Estamos dispuestos a ceder y a consentir para evitar el conflicto y el enfrentamiento. De ahí que hagamos favores que en realidad no queremos hacer y que dejemos que los demás invadan nuestro espacio personal, nuestro tiempo y nuestra privacidad.

Dejarte avasallar tampoco llevará paz a tu vida. Interiormente reproducirás el conflicto que deseas evitar, aunque esta vez el contrincante sea tu propia autoestima.

Las relaciones saludables no admiten ganadores y perdedores, se nutren de independencia y respeto y discurren en un área de valioso equilibrio. Donde no logres reciprocidad, obtendrás sufrimiento.

¿Cuál es la clave entonces para conseguir que otros respeten lo que somos y evitar caer en la frustración, el resentimiento o la infelicidad?. ¿Qué hacer para no dejar el norte de nuestra vida en manos de los demás y preservar nuestra autoestima?.

Poner límites.

Los límites nos otorgan el gobierno sobre el territorio de nuestra existencia y ponen freno a comportamientos que consideramos inadecuados o destructivos. Marcan lo que somos y no somos, hasta dónde llegan nuestras responsabilidades y como queremos que nos traten.

Es importante trazar líneas en torno a uno mismo y hacerlas respetar para que nadie las cruce ni física, ni emocionalmente.

Para lograrlo hemos de decidir que está bien o mal para nosotros, explicar a los demás que esperamos de ellos en relación con esa decisión y las consecuencias de no respetarlo, pero además hemos de ser consecuentes, no recompensando comportamientos que deseamos que desaparezcan, ni disociando nuestro lenguaje verbal y no verbal. La falta de coherencia o firmeza hará que no nos tomen en serio.

Ser bueno no es renunciar a ti mismo, ni dejarte pisar, sino tener entre tus intereses la plenitud de los otros. El bueno es alguien poderoso y motivador que experimenta amor, entusiasmo de estar en el mundo y de recibir su luz y proyectarla, alguien que disfruta siendo y ayudando a ser, alguien enamorado de la evolución propia y ajena. El bueno es un motivador porque su amor y su entusiasmo alienta el desarrollo.

Si una persona hace algo que te molesta debes decírselo cuanto antes. No tienes por qué ser agresivo. Actúa de forma asertiva y amable, pero firme.

Lejos de dificultar las relaciones interpersonales, los límites permiten que estas sean equilibradas y resulten satisfactorias.

Recuerda el proverbio que dice que un buen vallado hace buenos vecinos.

 

 

 

 

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CUANDO NO TE COMPRENDEN

 

 Nadie verá y sentirá lo mismo que tú sientes. Tal vez se acerque, pero no será igual.

Asimilamos el mundo a través de nuestros filtros. Los sentidos, las creencias, la educación o la historia personal, incluso la genética, determinan nuestra representación de la realidad.

Digo esto porque a veces nos desesperamos, criticamos y juzgamos. Resulta que el otro no nos entiende, no se preocupa, no se comporta como yo espero, y al pensar de esta forma, me creo que estoy en lo cierto. No advierto que se trata de una percepción personal, que existen mapas diferentes al mío, diferentes modos, tantos como personas, de captar y entender los hechos.

Si partimos de la idea de que el resto de personas debe entender y saber lo que queremos decir, que actúan en nuestra misma realidad y se la representan tal como nosotros, lo más probable es que surjan conflictos, malentendidos y frustraciones en nuestras relaciones.

¿Qué hacer entonces?. ¿Utilizar la fuerza?. ¿Te ha pasado alguna vez que tratas de imponer tu visión y el otro se afirma con mayor vehemencia en la suya?. Es difícil pensar que se pueda conocer la realidad sin un observador y cada observador es un sujeto que tiene su propia percepción, un individuo con su propia subjetividad.

Para empezar la representación que cada persona tiene del mundo exterior, depende del sistema sensorial que utilice en ese contexto. Si da importancia, por ejemplo, a lo que oye, a lo que ve o a lo que siente. ¿Cómo procesa la información?. ¿Tiende a prestar atención a los detalles o más bien se inclina por la globalidad?. ¿Se sitúa dentro del tiempo olvidándose de ella o se disocia y lo mide?. ¿Qué experiencias ha vivido respecto a un tema concreto que influyen en lo que piensa?. ¿Qué anclajes posee que le hacen sentirse bien o mal ante determinados estímulos?. ¿Cuáles son sus valores?. ¿Se centra en las ventajas o en los inconvenientes?.

No hay respuesta acertada ni desacertada. Nadie es mejor ni peor en función de sus filtros. La cuestión no es juzgar a las personas o criticarlas, sino comprender como funcionan y acercarnos a ellas. Cualquiera que busque una comunicación eficaz ha de estar abierto a percibir las particularidades del otro y a sintonizar con él. Sólo así podrá comprender su mensaje y lograr que se comprenda el suyo.

La calibración parte de observar y escuchar al otro para recoger información. Nos permite conocer mejor a nuestro interlocutor, su modelo del mundo, sus creencias, sus valores, sus sistemas sensoriales predominantes, sus intereses, recuerdos, experiencias y estrategias.

Tras la calibración, llega el momento de utilizar lo aprendido para lograr sintonía. La sincronización permite crear un clima de confianza y entrar en el mundo de otra persona siguiendo sus parámetros, pero también nos permite “guiarla” hacia posiciones distintas a la suya. Una vez que hemos sintonizado con alguien, podemos ir cambiando los parámetros, de tal forma, que sea el otro quien nos siga a nosotros.

La forma en que cada persona se representa la realidad determina su sufrimiento y su felicidad. Todos poseemos recursos para modificar esa representación, pero al relacionarnos con otras personas, lo primero es comprender y adaptar nuestro lenguaje verbal y no verbal a su modo de ver el mundo. De esta forma la comunicación habrá sido eficaz y se darán  las condiciones para influir en nuestro interlocutor.

Conocer y respetar la realidad del otro es el primer paso para qué nos entienda.

En lugar de juzgar y criticar, ¿Qué tal si nos esforzamos por comprender y comunicar eficazmente?. ¿Qué tal si partiendo de ahí, llevamos al otro a conocer  nuestro mundo?.

  

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GENEROSIDAD Y BIENESTAR

 

Cada uno de nosotros tiene algo para dar: su tiempo, sus recursos, su afecto…

 La generosidad refleja la pasión del individuo en la ayuda y se manifiesta en un hábito de dar y entender a los demás sin esperar nada a cambio.

 En el día a día encontramos múltiples ejemplos de esta actitud positiva: la persona que se ofrece a escucharte o consolarte en un mal momento, aquella que utiliza sus habilidades, conocimientos o bienes para ayudarte o la que simplemente te cede su silla o luce una sonrisa en los labios.

 Cada vez que sabemos aparecer y desaparecer con discreción en el momento oportuno, guardar silencio si la situación de la otra persona lo requiere, aceptarla  como es y sin emitir juicios, estamos actuando con generosidad. Como escribe Louise Hay:“Lo único que podemos hacer por los demás es amarlos y dejar que sean quienes son, saber que su verdad está dentro de ellos y que cambiarán cuando quieran hacerlo”.

 Practicar la generosidad en las relaciones conlleva no sentir la necesidad de que el otro reconozca sus fallos. Cuando le decimos a alguien que está cometiendo un error o pretendemos que “de su brazo a torcer”,  podemos herirle en su autoestima y provocar una pérdida de confianza. La generosidad no pasa facturas innecesarias. Alcanzaremos la paz interior y ayudaremos a que otros la alcancen cuando seamos sanadores en lugar de jueces.

 Si alguien decide sentirse como un títere de las circunstancias en las que vive, está en su derecho. Cada decisión individual es como un movimiento en un tablero de ajedrez destinado a resolver la partida personal. Cada persona goza de la libertad interna de elegir y mueve sus piezas de acuerdo con dicha elección.

 Compartir con sencillez lo que uno es y lo que uno tiene permite descubrir cuan útiles podemos ser en la vida de nuestros semejantes y nos colma de alegría, bienestar y paz interior.

 Esta actitud positiva de dar, compartir y entender también repercute en nuestra salud. En su libro “El Poder de la Intención”, Wayne Dyer explica cómo ser generoso estimula el sistema inmune y la producción de serotonina en nuestro cerebro provocando paz y bienestar, tanto a la persona que efectúa la acción como a la que la recibe o la observa.

 No obstante, la generosidad empieza por uno mismo y no debe confundirse con la autodestrucción. A menudo el falso ego que todos llevamos dentro, espera que la generosidad comience por el otro, y aunque esto en nada se parezca a ser generoso, abrirse a que el otro nos avasalle es autodestruirnos.

 No hagas las cosas para que te las agradezcan, pero trata de hacerlas a gente agradecida, dice un proverbio.

 Nuestra “autogenerosidad” hará que nos marchemos de los lugares dónde no nos aprecian, de las situaciones que sólo llevan a un dolor inútil, de las humillaciones que ningún ser humano debe permitir, de la rabia o el odio.

 Por encima de todo no deberíamos perder nuestro propio respeto, valoración e identidad, ni tampoco la conformidad con nosotros mismos.

 Soltar, dejar ir, desprenderse, vaciarse, son expresiones que tienen que ver con la práctica de la generosidad y que nos sugieren conductas libres de apegos y posesiones. Conductas dadivosas y receptivas que generan alegría y bienestar en todos los implicados.

 Puesto que somos seres interdependientes, nuestras alegrías y desgracias están íntimamente vinculadas a los demás. Practicar la generosidad nos permite experimentar cómo el bienestar personal está inevitablemente entretejido con el bienestar de los otros, de modo que para cultivar plenamente ese bienestar propio habremos de cooperar en el bienestar ajeno.

 Conduce tu vida con generosidad.

 

 

 

 

© Isabel Ripoll. 2011. All right reserved

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