Archivo de la categoría: Comunicación

LA MEJOR FÓRMULA PARA VIVIR EN PAREJA: AMOR REAL Y CONSCIENTE

Algunas personas viven tan hipnotizadas por el enamoramiento, que pierden la oportunidad de amar.

A medida que nos alejamos del romance embriagador, se abren oportunidades para construir afecto consciente y real. A diferencia del enamoramiento, el amor se construye mediante actos propios y es una obra que nunca termina.

¿Quieres disfrutar de tu pareja o padecerla?.

Si lo que deseas es construir una relación sólida y plena tendrás que estar preparad@ para asimilar el desencanto.

El amor pleno exige comprometerse de forma concienzuda con una persona real. No se trata de proyectar sobre el otro la imagen que tenemos de nosotros mismos, ni de imaginar lo que es. Se trata más bien de empezar e conocerle, aceptarle y construir nuestra vida en común.

El enamoramiento es un estado mental involuntario, alterado, y a menudo ilógico, que nos lleva a desenfocar la realidad.

Desde el punto de vista bioquímico se inicia en la corteza cerebral, pasa al sistema endocrino y se transforma en respuestas fisiológicas y cambios químicos ocasionados en el hipotálamo mediante la segregación de dopamina, la cual conduce a un estado de euforia desmesurado.

Para la persona enamorada el otro ocupa la mayor parte de su pensamiento e interfiere incontroladamente en su actividad normal. Es como si el resto del mundo desapareciera. Quién experimenta esta emoción sentirá fácilmente rubor, sudoración, alegría, ganas de reír, cosquilleos en el estómago o taquicardia. Puede incluso perder la noción de las propias necesidades (sed, hambre, frío, calor o sueño…) y pasar horas contemplando, idealizando, complaciendo y tratando de impresionar a su enamorad@,

Afortunadamente para nuestra subsistencia, el enamoramiento tiene fin. Y aunque no siempre nos enamoremos de alguien que nos convenga ni siempre el enamoramiento se convierta en amor, a menudo la silueta de una pareja comienza a dibujarse en los estertores del romance idílico.

Después de unas semanas, meses o años, cuando el enamoramiento se desvanece,   salen a la luz los defectos y esa locura inicial puede transformarse en desprecio, rencor o indiferencia. También en amor. Todo dependerá de la madurez emocional, del afecto, de la compatibilidad entre las personas, de lo que se aporten mutuamente en su proyecto de vida y de la voluntad.

Hay personas adictas al enamoramiento que abandonan la relación, para no tener que lidiar con frustraciones ni con la realidades.  Van de un enamoramiento a otro persiguiendo espejismos y perdiéndose el amor. Son personas que han escogido inconscientemente la opción de vivir en soledad o de no profundizar en los individuos reales de los que una vez se enamoraron.

Una relación sólida de pareja nace en todo caso de la consciencia. De asimilar el desencanto que implica esa desaparición de las princesas y los príncipes, de las personas perfectas e imaginarias para contactar ilusionadamente con el ser real de carne y hueso que se halla a nuestro lado.

Se empieza a amar no cuando se encuentra a una persona perfecta, sino cuando se aprende a ver perfectamente a una persona imperfecta.

Si existe una zona de bien común en la que ambas personas puedan intimar, crecer y desarrollarse habrá espacio para construir una pareja sólida.

El amor debe construirse cada día desde los defectos y virtudes de la pareja, desde la responsabilidad de cada uno de sus miembros, cultivando el vínculo con amistad, respeto, comprensión, aceptación paciencia, comunicación, afecto y proyectos en común.  Requiere un acto delibrado de compartir y de re-conocimiento.

Si te empeñas en querer de una forma inmadura, exigente y fantasiosa, imponiendo tus deseos y tus creencias al otro solo sufrirás desengaños. La pareja no es una suma de dos personas perfectas. Es más un conjunto de luces y sombras en el que ambas partes se reconocen, se cuidan y se aceptan generando mutuo bienestar.

El amor real y consciente se da y se recibe con los ojos abiertos.

Deja un comentario

Archivado bajo Aceptación, Aceptar a tu pareja como es, Amor de pareja, Amor y aceptación, Amor y enamoramiento, Bien común, Bienestar, Comprensión, Comunicación, Confiar en tu pareja, Cupido se equivoca, El amor no es ciego, el enamoramiento, enarmorarse, Isabel Ripoll, Parejas sólidas

ENFADARSE: ¿CUAL ES TU PUNTO DE NO RETORNO?

Puedes usar tu libertad para crear problemas y usarla para crear soluciones.

En lo que respecta al enfado, decía Benjamin Franklin que siempre tendremos razones para estar enfadados, pero esas razones rara vez serán buenas.

Os diré algo que ya sabéis y, por favor, aceptarlo.  La mayoría de las veces, por no hablar de todas, descargar nuestro enfado nos lleva a decir y hacer cosas de las que nos habremos arrepentido al poco tiempo. Además mucho de lo que hacemos y decimos puede provocar situaciones difíciles de arreglar. Y en ocasiones, dramáticas.

Hace poco leí una historia de esas que llevan a reflexionar sobre las consecuencias de nuestra ira incontrolada.

En Agosto de 1963, un ladrón neoyorkino decidió robar por última vez en su vida. Había estado en prisión por hurtos de pequeña importancia. Se propuso desvalijar un lujoso apartamento del Upper East Side. Lo había elegido porque pensaba que estaba vacío, pero se encontró con la sorpresa de hallar una mujer en su interior.

Una vez logró maniatarla y hacerse con el motín, vio como otra chica cruzaba el umbral de la puerta. La amenazó a punto de cuchillo y se dispuso a amordazarla. La mujer que estaba atada entró en cólera. Comenzó a gritar que se acordaría siempre de su cara y que no pararía hasta que la policía lo encontrase y lo pusiera en la cárcel.

El ladrón se alteró. Perdió el control de sí mismo y lleno de miedo y rabia las apuñaló hasta quitarles la vida. Treinta años más tarde, en una entrevista concedida desde la prisión, el hombre recordaba aquella tarde con las siguientes palabras: “«Estaba como loco, mi cabeza estalló, no sabía lo que estaba haciendo».

Dos víctimas y un nuevo asesino. ¿No es como para pensárselo?.

Respecto al enfado, las personas tenemos hábitos y creencias my arraigados.

Nos da por pensar, por ejemplo, que es bueno enfadarse.

Quizá esté relacionado con ese pasaje de la Biblia en el que San Pablo afirma “Airaos pero no pequéis”.

Cualquiera que sea la razón, tendemos a pensar que suprimir el enojo es algo negativo, un síntoma de no tener “sangre en la venas”, y que reprimirlo puede derivar en depresión o enfermedad. Sin embargo, la realidad es que vivir enojado y peleando con los demás no hace sino elevar los niveles de stress y las enfermedades cardíacas.

Luego está esa otra creencia provocada por el ego. Las cosas tienen que ser como creemos y queremos y nuestra capacidad de tolerancia y aceptación es mínima. De forma que los enfados ponen en evidencia nuestros puntos emocionales flacos. Y también aquellos aspectos sobre los que tenemos una mayor necesidad de control. Nos enfada eso de los demás que no controlamos y queremos desesperadamente controlar. Eso que esperamos de ellos y no llega a concretarse.

Cuanto más grande es nuestro ego, más inflado y gigante, más fácil es que cualquier acontecimiento nos perturbe. Una mirada, un simple gesto.

Es precisamente por ese ego que nos tomamos las cosas personalmente. Vivimos nuestra vida como si fuera una película de la que somos protagonistas y el resto solo fueran actores secundarios. Olvidando que cada persona intenta resolver sus miedos, sus carencias y sus pequeñas miserias. Y que sus reacciones ante el mundo y la vida tienen mucho que ver con esto.

Ninguno somos tan importantes, ni estamos tan presentes en la vida de los demás como para que cualquier cosa que digan, miren, piensen o sientan tenga que ver precisamente con nosotros.

Lo que interpretamos como insultos o desaires puede ser consecuencia del crecimiento personal de otros individuos. Formar parte de esa retahíla de contradicciones dolorosas, dudas y objetivos vitales que cada cual vive a su manera.

Un hábito muy extendido es utilizar el enfado como una táctica. Sucede cuando añadimos  indignación a nuestras opiniones, buscando la reacción de los demás o su apoyo. No es que en realidad estemos indignados, pero pensamos que con esa actitud reforzaremos nuestros argumentos, convenceremos mejor u obtendremos alguna contrapartida.

Con una lista tan extensa de creencias, es lógico preguntarse, ¿bueno y entonces qué hacer?.

Desde luego nunca expresar abiertamente el enfado, ni reprimirlo. Tampoco alimentarlo con un diálogo interno obsesivo. Y mucho menos dejarle que perdure y que se convierta en resentimiento por el solo hecho de que una persona no nos dio o actuó en la forma en que necesitábamos para sentirnos seguros y felices.

Cualquier solución pasa por reconocer nuestra emoción, analizarla y gestionarla. Averiguar qué es eso que nos enfada, dónde estamos siendo exigentes y controladores, porqué y para qué. ¿Cuál es nuestro punto flaco?.

Pero lo más importante para gestionar la emoción es hacerlo a tiempo.

En ese momento en el que aún eres capaz de desvincularte y elevarte sobre ella, racionalizarla, respirar hondo y contemplarla desde otro ángulo. Cuando aún puedes aceptarla y eres capaz de describirla con tus propias palabras.

Antes de llegar al punto de no retorno. Ese punto, en el que una vez traspasado, no podemos dejar de enfadarnos.

Ahí debes actuar, siendo consciente de que tu indignación no pasa de ser una creencia personal que te perjudica. Ampliando tu visión de lo que te ocurre y de lo que está ocurriendo a tu alrededor.

Necesitas algo que te ayude a desconectar. Tal vez una palabra sin sentido o fuera de contexto, como “Manzana” o “Dinamarca”, o el sólo hecho de ponerte  a contar. Una vez que has conseguido visualizar la palabra o los números, toma distancia y comienza a bajar escalones hacia tu paz interior.

Cuando todo haya pasado, busca el instante de tranquilidad oportuno para expresar lo que no te gusta. Y hazlo sin emociones que te vapuleen como si fueras una hoja a merced del viento. Hazlo de forma asertiva.

Recuerda que una emoción bien gestionada no deja resentimientos.

Deja un comentario

Archivado bajo Comprensión, Comunicación, Creencias, Creencias limitantes, Enfadarse, Enfado, Gestionar emociones, Inteligencia emocional, Isabel Ripoll, La rabia, No te enfades, Odio, Punto de no retorno, Qué hacer para no enfadarse, Resentimiento

EXPRESAR LO QUE SIENTES Y PEDIR LO QUE NECESITAS

“El que calla otorga”, dice un refrán.

Imagínate que extendieses un cheque al portador en el que el importe no fuera un número sino una afirmación denominada “SI”.

“SI”, para el portador, significaría algo como: pienses lo que pienses y creas lo que creas sobre mí habrás acertado, porque no sólo tienes el derecho a interpretar mis actos y a adivinar mis pensamientos, también tienes la verdad.

Que otros piensen que les asiste la razón no tiene porque ser importante y el silencio puede verse como una forma de lenguaje, la cuestión es ¿qué nos aporta?. ¿Se trata de una decisión meditada en un momento concreto o de una actitud a la que estamos predispuestos con independencia de que nos beneficie o perjudique?.

Cuando silenciar lo que pensamos y sentimos se traduce en sentimientos negativos, algo dentro de nosotros está obrando en nuestra contra.

Es lo que sucede si callas y piensas que nadie te comprende, que deberían saber lo que te ocurre o que ignoran tu valía. Si sólo callas por miedo o de forma inconsciente.

¿Alguna vez has pensado en como contar lo que te pasa y expresar lo que sientes podría mejorar tu vida?.

Las emociones que se reprimen pueden generar traumas y enfermedades.  Canalizar bien la emoción implica vivirla y liberarla. Cuando tienes un sentimiento positivo o negativo lo más productivo para nuestro bienestar es reconocerlo y buscar el momento apropiado para expresarlo.

Salvo que las personas que te rodean sean “psíquicos”, no deberías esperar que tengan poderes para leer tu mente.

Las indirectas, por su falta de claridad, tampoco ayudan. Puede suceder que alguien acierte, pero, si lo hace, ¿qué parte de tu mensaje se habrá perdido?. A menudo la indirectas conducen a sudokus imposibles. Todo son preguntas y especulaciones sobre el comportamiento del otro o sobre lo que el otro quiso decir. Lo más  fácil es que acabemos distorsionando la realidad.

Si alguien pone su mano sobre tu hombro mientras habla contigo, no implica que sea tu amigo ni que sienta especial afecto por ti. Puede que la persona tienda a comunicarse mediante el tacto. Cada individuo tiene preferencia por un canal de comunicación.  Al saludarte, por ejemplo, las personas que tienden al canal auditivo prefieren hablar, si tienden al canal visual quizás prefieran sonreír, mientras que los kinestésicos seguramente opten por un abrazo o por darte la mano.

Todos tenemos necesidades y también nos gusta satisfacer las necesidades de otros. En especial cuando se trata de personas por los que sentimos afecto. Como individuos interdependientes, pedir lo que necesitamos y expresar lo que sentimos es necesario para nuestro bienestar y supervivencia.

Pero, ¿sabemos pedir?.

La falta de práctica y de convicción puede llevarnos a ser exigentes y agresivos.

Si dices lo que piensas o sientes con calma, claridad y directamente  te escucharán. Cuando al expresarte adoptas una actitud asertiva y evitas agredir o resultar agredido obtienes empatía. Pide, pero no exijas.

Al pedir, puedes o no recibir.  La negativa es una posibilidad. Por ello, conviene entender que un NO es un NO en ese momento y para aquello concreto que has pedido, de ninguna forma un NO para siempre y para todo.

 Negarte lo que pides es un derecho que asiste a las personas más que una muestra de desprecio. Cada cual  en función de sus valores y circunstancias, decide a quién, cómo y cuándo ayuda. ¿Cuántas personas que te quieren te han dicho NO alguna vez?.  ¿A cuántas personas que quieres has dicho tú NO ?. Aún tienes la opción de pedirlo en otro momento, de otra forma, a otra persona.

Mejor eso que adoptar el papel de víctima con frases como: “Si me quisieras, sabrías cuáles son mis necesidades”. Suena un tanto absurdo, ya que alguien puede quererte pero no saber exactamente cuáles son tus necesidades, por mucho que se empeñe en averiguarlo.  O pensar “Si tengo que pedirlo, entonces ya no merece la pena”. Una creencia personal sin base objetiva, que destroza parejas y relaciones con los demás.

En cierta ocasión alguien preguntó a los asistentes a un foro de discusión si pensaban que las personas complicamos las cosas al ser tan reacios a pedir y expresar lo que sentimos. Uno de los participantes respondió:

“Las personas complicamos mucho las cosas, y es así de SIMPLE:
Si extrañas, LLAMA. Si quieres encontrarte con alguien, INVITA. Si deseas que te comprendan, EXPLÍCATE. Si tienes dudas, PREGUNTA. Si no te gusta, HABLA. Si te gusta HABLA MÁS. Si tienes ganas, HAZLO, ARRIESGATE. Si quieres algo PÌDELO…es la mejor manera de que empieces a merecerlo. Si el “NO” ya lo tienes, solo corres el riesgo del “SI”. ¿Qué esperas?. La vida es una SOLA y no hay tiempo que perder”.

¿Y si probases a contar lo que te ocurre, pedir lo que necesitas y  expresar lo que sientes?.

El resultado te sorprenderá.

Deja un comentario

Archivado bajo Actitud hacia la vida, Autoestima, Autoliderazgo, Bienestar, Cómo lograr tus objetivos, Comprensión, Comunicación, Decir lo que te ocurre, Di lo que piensas, El que calla otorga, Empatía, Expresar lo que sientes, Isabel Ripoll, Miedo al no, Pedir lo que necesitas, Percepción de la realidad, Saber expresar lo que sientes, Saber pedir, Valorarse

ACOMPAÑAR

“Más vale un corazón sin palabras que palabras sin corazón”, dice un proverbio sudanés.

En el acompañamiento el silencio juega un papel clave, porque es un ingrediente de la escucha activa  y nos ayuda a respetar la libertad y la capacidad de decisión del otro.

El acompañante es un testigo empático. No está ahí para dirigir, enseñar, mover o influenciar, aunque inconscientemente pueda hacerlo. Tampoco para ir de salvador.  Es sólo alguien que está presente, cerca y próximo en el corazón, unido con la alegría o tristeza de la persona a la que acompaña.

Acompañar no es intentar convencer, sino participar en los sentimientos del otro y mostrarse receptivo a lo que trata de comunicar. A veces no sabemos qué decir, y lo cierto es que acompañar no requiere decir o hacer nada especial, sólo estar ahí.

El acompañante es un facilitador que ha relegado sus expectativas personales para sintonizar con otra persona y crear un ambiente de cariño y sosiego, donde esta pueda reflexionar, vivir su emoción y sentirse apoyada.

Es posible que la persona a la que acompañemos sufra una pérdida, un fracaso, una enfermedad y  esté deteriorada hasta el punto de parecer que ha perdido sus capacidades. Pero acompañar es seguir creyendo en su libertad y en su capacidad de decisión y respetar su dignidad.

Aunque creamos que tenemos la solución a los problemas de  la persona con la que compartimos ese momento tan delicado o importante, hemos de ser como un farero que regala presencia. El acompañante ofrece luz,  cariño y  rapport, pero es el otro quién observa, quién ve y decide sus pasos. Tal vez podamos orientarle con preguntas. O conversar con la persona, si lo necesita, pero enfocados en la escucha.

Cuando nos planteamos como podemos acompañar mejor a alguien, no existe una única respuesta. Depende en sí de la persona. De cara a uno mismo, lo importante es que demos lo que tenemos en nuestro corazón, ya que quién lo recibe le dará sentido según como sea el suyo.

Hagas lo que hagas tu papel acaba cuando has dado lo que podías dar y lo has hecho de forma auténtica y  asertiva.  Como el otro  lo reciba, cuando has puesto lo mejor de ti y has estado presente, ya no está en tus manos.

Deja que la persona y su dolor fluyan, “como el río… cuando el río encuentra una piedra, no se detiene: la rodea y luego la pasa. Cuando el río encuentra un hueco, lo inunda y sigue su cauce. La naturaleza es sabia; sabe hacia dónde va. El río desembocara en el mar, donde encontrará su sentido…”.

Acompaña.  No fuerces, ni trates de razonar.

Deja un comentario

Archivado bajo Acompañamiento, Acompañar, Acompañar a alguien, Actitud, Cambio, Comprensión, Comunicación, Hacer compañía, Isabel Ripoll

CUANDO NO TE COMPRENDEN

 

 Nadie verá y sentirá lo mismo que tú sientes. Tal vez se acerque, pero no será igual.

Asimilamos el mundo a través de nuestros filtros. Los sentidos, las creencias, la educación o la historia personal, incluso la genética, determinan nuestra representación de la realidad.

Digo esto porque a veces nos desesperamos, criticamos y juzgamos. Resulta que el otro no nos entiende, no se preocupa, no se comporta como yo espero, y al pensar de esta forma, me creo que estoy en lo cierto. No advierto que se trata de una percepción personal, que existen mapas diferentes al mío, diferentes modos, tantos como personas, de captar y entender los hechos.

Si partimos de la idea de que el resto de personas debe entender y saber lo que queremos decir, que actúan en nuestra misma realidad y se la representan tal como nosotros, lo más probable es que surjan conflictos, malentendidos y frustraciones en nuestras relaciones.

¿Qué hacer entonces?. ¿Utilizar la fuerza?. ¿Te ha pasado alguna vez que tratas de imponer tu visión y el otro se afirma con mayor vehemencia en la suya?. Es difícil pensar que se pueda conocer la realidad sin un observador y cada observador es un sujeto que tiene su propia percepción, un individuo con su propia subjetividad.

Para empezar la representación que cada persona tiene del mundo exterior, depende del sistema sensorial que utilice en ese contexto. Si da importancia, por ejemplo, a lo que oye, a lo que ve o a lo que siente. ¿Cómo procesa la información?. ¿Tiende a prestar atención a los detalles o más bien se inclina por la globalidad?. ¿Se sitúa dentro del tiempo olvidándose de ella o se disocia y lo mide?. ¿Qué experiencias ha vivido respecto a un tema concreto que influyen en lo que piensa?. ¿Qué anclajes posee que le hacen sentirse bien o mal ante determinados estímulos?. ¿Cuáles son sus valores?. ¿Se centra en las ventajas o en los inconvenientes?.

No hay respuesta acertada ni desacertada. Nadie es mejor ni peor en función de sus filtros. La cuestión no es juzgar a las personas o criticarlas, sino comprender como funcionan y acercarnos a ellas. Cualquiera que busque una comunicación eficaz ha de estar abierto a percibir las particularidades del otro y a sintonizar con él. Sólo así podrá comprender su mensaje y lograr que se comprenda el suyo.

La calibración parte de observar y escuchar al otro para recoger información. Nos permite conocer mejor a nuestro interlocutor, su modelo del mundo, sus creencias, sus valores, sus sistemas sensoriales predominantes, sus intereses, recuerdos, experiencias y estrategias.

Tras la calibración, llega el momento de utilizar lo aprendido para lograr sintonía. La sincronización permite crear un clima de confianza y entrar en el mundo de otra persona siguiendo sus parámetros, pero también nos permite “guiarla” hacia posiciones distintas a la suya. Una vez que hemos sintonizado con alguien, podemos ir cambiando los parámetros, de tal forma, que sea el otro quien nos siga a nosotros.

La forma en que cada persona se representa la realidad determina su sufrimiento y su felicidad. Todos poseemos recursos para modificar esa representación, pero al relacionarnos con otras personas, lo primero es comprender y adaptar nuestro lenguaje verbal y no verbal a su modo de ver el mundo. De esta forma la comunicación habrá sido eficaz y se darán  las condiciones para influir en nuestro interlocutor.

Conocer y respetar la realidad del otro es el primer paso para qué nos entienda.

En lugar de juzgar y criticar, ¿Qué tal si nos esforzamos por comprender y comunicar eficazmente?. ¿Qué tal si partiendo de ahí, llevamos al otro a conocer  nuestro mundo?.

  

Deja un comentario

Archivado bajo Calibración, Coaching, Comprensión, Comunicación, Comunicación interpersonal, Dirigir tu vida, Incomprensión, Isabel Ripoll, Liderazgo personal, Percepción de la realidad, Pesamiento y realidad, Rapport, Realidad, Respeto, Sintonia, Uncategorized, Valores

GENEROSIDAD Y BIENESTAR

 

Cada uno de nosotros tiene algo para dar: su tiempo, sus recursos, su afecto…

 La generosidad refleja la pasión del individuo en la ayuda y se manifiesta en un hábito de dar y entender a los demás sin esperar nada a cambio.

 En el día a día encontramos múltiples ejemplos de esta actitud positiva: la persona que se ofrece a escucharte o consolarte en un mal momento, aquella que utiliza sus habilidades, conocimientos o bienes para ayudarte o la que simplemente te cede su silla o luce una sonrisa en los labios.

 Cada vez que sabemos aparecer y desaparecer con discreción en el momento oportuno, guardar silencio si la situación de la otra persona lo requiere, aceptarla  como es y sin emitir juicios, estamos actuando con generosidad. Como escribe Louise Hay:“Lo único que podemos hacer por los demás es amarlos y dejar que sean quienes son, saber que su verdad está dentro de ellos y que cambiarán cuando quieran hacerlo”.

 Practicar la generosidad en las relaciones conlleva no sentir la necesidad de que el otro reconozca sus fallos. Cuando le decimos a alguien que está cometiendo un error o pretendemos que “de su brazo a torcer”,  podemos herirle en su autoestima y provocar una pérdida de confianza. La generosidad no pasa facturas innecesarias. Alcanzaremos la paz interior y ayudaremos a que otros la alcancen cuando seamos sanadores en lugar de jueces.

 Si alguien decide sentirse como un títere de las circunstancias en las que vive, está en su derecho. Cada decisión individual es como un movimiento en un tablero de ajedrez destinado a resolver la partida personal. Cada persona goza de la libertad interna de elegir y mueve sus piezas de acuerdo con dicha elección.

 Compartir con sencillez lo que uno es y lo que uno tiene permite descubrir cuan útiles podemos ser en la vida de nuestros semejantes y nos colma de alegría, bienestar y paz interior.

 Esta actitud positiva de dar, compartir y entender también repercute en nuestra salud. En su libro “El Poder de la Intención”, Wayne Dyer explica cómo ser generoso estimula el sistema inmune y la producción de serotonina en nuestro cerebro provocando paz y bienestar, tanto a la persona que efectúa la acción como a la que la recibe o la observa.

 No obstante, la generosidad empieza por uno mismo y no debe confundirse con la autodestrucción. A menudo el falso ego que todos llevamos dentro, espera que la generosidad comience por el otro, y aunque esto en nada se parezca a ser generoso, abrirse a que el otro nos avasalle es autodestruirnos.

 No hagas las cosas para que te las agradezcan, pero trata de hacerlas a gente agradecida, dice un proverbio.

 Nuestra “autogenerosidad” hará que nos marchemos de los lugares dónde no nos aprecian, de las situaciones que sólo llevan a un dolor inútil, de las humillaciones que ningún ser humano debe permitir, de la rabia o el odio.

 Por encima de todo no deberíamos perder nuestro propio respeto, valoración e identidad, ni tampoco la conformidad con nosotros mismos.

 Soltar, dejar ir, desprenderse, vaciarse, son expresiones que tienen que ver con la práctica de la generosidad y que nos sugieren conductas libres de apegos y posesiones. Conductas dadivosas y receptivas que generan alegría y bienestar en todos los implicados.

 Puesto que somos seres interdependientes, nuestras alegrías y desgracias están íntimamente vinculadas a los demás. Practicar la generosidad nos permite experimentar cómo el bienestar personal está inevitablemente entretejido con el bienestar de los otros, de modo que para cultivar plenamente ese bienestar propio habremos de cooperar en el bienestar ajeno.

 Conduce tu vida con generosidad.

 

 

 

 

© Isabel Ripoll. 2011. All right reserved

Deja un comentario

Archivado bajo Actuar, Autoestima, Autoliderazgo, Bienestar, Coaching, Comprensión, Comunicación, Comunicación interpersonal, Dirigir tu vida, Empatía, Ganar, Generosidad, Gestión de tu vida, Inteligencia emocional, Isabel Ripoll, Valores

EL VALOR DE LA EMPATIA

Recientemente al visitar un foro de poesía, me impactaron cuatro estrofas:

“Beso tu desengaño o tu tristeza
beso esa tu frente atribulada
acaricio tus sienes que latentes
indican que te pasan muchas cosas”

Me pregunto, cuantos pleitos, enfados o rencores podrían evitarse si los amantes o  amigos que deciden romper su relación, o que tal vez sólo disienten, fuesen capaces de ponerse en los zapatos del otro y lograr que el otro así lo sienta.

¿Cuántas veces decimos lo siento y lo desmentimos con nuestro lenguaje no verbal y nuestra conducta?. ¿Cuántas veces respondemos con frialdad o indiferencia al desconsuelo de otros?.

Mahatma Gandhi proclamaba que “las tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo terminarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y entendieran su punto de vista”.

En su libro “Todo es un Don”, la doctora y escritora Miriam Adahan, refiriéndose a una mujer que tiene a su hijo enfermo de cáncer, escribe:

“…Me sentaba con ella, y por horas escuchábamos un visitante tras otro decir “No te preocupes, todo saldrá bien”… me miraba con sus ojos en lágrimas y me decía: “¿No saben que tanto optimismo me hiere?. ¿No se dan cuenta de que no me dejan hablar acerca de lo que más pienso; de que podría no mejorar?. Es como si pusiesen una mano en mi boca para callarme. El “todo saldrá bien” sólo me hace sentir peor. ¿Por qué toda esa gente no para con su optimismo y escucha un poco?…”

Recuerdo que tras una importante catástrofe aérea un reportero de televisión entrevistó a uno de los miembros del personal desplazado al lugar donde se encontraban los familiares de las victimas con el objeto de acompañarles. El reportero se mostró interesado en conocer que les decían a los familiares en aquellos delicados momentos. “Nada en particular”-comentó el entrevistado- sobre todo escucharles”-

Cada vez que nos acercamos a las personas esperamos atención y comprensión, dando por hecho que seremos tratados con delicadeza y respeto. Pero, ¿cuántas veces procuramos tratar a los demás de la misma forma?.

La palabra empatía tiene su origen en el término griego “empátheia”, que significa “entrar en el sentimiento” y podría definirse como la capacidad cognitiva de percibir en un contexto común lo que otro individuo puede sentir. También es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra. Esta habilidad de inferir los pensamientos y sentimientos de otros, genera sentimientos de simpatía, comprensión y ternura.

La empatía es una destreza de la comunicación interpersonal y un elemento clave de la inteligencia emocional que permite desarrollar relaciones exitosas y por ello actúa como una especie de radar social. Si no le prestamos atención, con seguridad equivocaremos el rumbo y difícilmente arribaremos a buen puerto.

Ser capaz de leer las emociones de otra persona nos permite navegar con acierto en el propio mar de nuestra relación con ella y para ello nuestra capacidad de escucha con los cinco sentidos resulta fundamental.

Además de las palabras, existen muchísimos otros mecanismos llenos de significados. La postura, el tono o intensidad de voz, la mirada, un gesto e incluso el silencio mismo; todos son portadores de gran información, que siempre está a nuestra disposición, para ser descodificada y darle la interpretación apropiada.

 Aunque la simpatía nos permite sentir los mismos estados emocionales que exprimentan los demás, la empatía va muchos más allá puesto que implica sentir tales estados en el corazón y comprenderlos con la mente e incluye la comprensión de las perspectivas, pensamientos, deseos y creencias ajenas.

No es raro que creamos comprender al otro sólo en base a lo que notamos superficialmente. Pero lo peor puede venir al confrontar su posición con la nuestra y no “ver” más allá de nuestra propia perspectiva y de lo aparentemente “evidente”.

El proceder con empatía no significa estar de acuerdo con el otro, ni implica dejar de lado las propias convicciones y asumir como propias las ajenas o someterse a los deseos de otras personas. Se puede estar en completo desacuerdo con alguien, sin por ello dejar de ser empáticos y respetar su posición, aceptando como legítimas sus propias motivaciones.

Es posible que alguna vez nos hayamos preguntado  por qué la gente no busca apoyo en nosotros o se retraen a la hora de hablarnos de sentimientos.

En ocasiones damos a nuestros pensamientos la máxima importancia, comportándonos indiferentes y poco amables; queremos ser entendidos sin antes intentar comprender a los demás.

Entre los errores que solemos cometer con más frecuencia está esa tendencia a quitarle importancia a lo que le preocupa al otro e intentar ridiculizar sus sentimientos: “¡pero cómo te vas a preocupar por semejante tontería!”, a escuchar con prejuicios y dejar que nuestras ideas y creencias influyan a la hora de interpretar lo que les ocurre, a prejuzgar y acudir a frases del tipo “lo que has hecho está mal”, “de esta forma no vas a conseguir nada”, “nunca haces algo bien”o a sentir compasión : “¡que pena mas grande!”,  o incluso a mostrarnos fríos y distantes o expresar razonamientos en favor de nuestra postura.

Es importante tener presente que es el momento del otro y no el nuestro.

Vivir el valor de la empatía puede ser sencillo si nos detenemos a pensar un poco en los demás, si escuchamos activamente y con respeto y demostramos compresión cuando la persona lo necesita o con delicadeza le ofrecemos un momento próximo para hacerlo, evitamos juicios prematuros e interrupciones y olvidamos nuestros propios pensamientos o evitamos convertirnos en un experto que se dedica a dar consejos.

El éxito de tu  relación con otras personas depende en gran medida de tu capacidad de empatía. Cómo líder de tu propia vida eres tú quién decide de que forma y en qué grado conseguirla.

Deja un comentario

Archivado bajo Autoliderazgo, Cambio, Coaching, Comprensión, Comunicación, Dirigir tu vida, Empatía, Entrenamiento personal, Gestión de tu vida, Inteligencia emocional, Isabel Ripoll, Liderazgo interpersonal, Liderazgo personal, Metas, Objetivos