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ENFADARSE: ¿CUAL ES TU PUNTO DE NO RETORNO?

Puedes usar tu libertad para crear problemas y usarla para crear soluciones.

En lo que respecta al enfado, decía Benjamin Franklin que siempre tendremos razones para estar enfadados, pero esas razones rara vez serán buenas.

Os diré algo que ya sabéis y, por favor, aceptarlo.  La mayoría de las veces, por no hablar de todas, descargar nuestro enfado nos lleva a decir y hacer cosas de las que nos habremos arrepentido al poco tiempo. Además mucho de lo que hacemos y decimos puede provocar situaciones difíciles de arreglar. Y en ocasiones, dramáticas.

Hace poco leí una historia de esas que llevan a reflexionar sobre las consecuencias de nuestra ira incontrolada.

En Agosto de 1963, un ladrón neoyorkino decidió robar por última vez en su vida. Había estado en prisión por hurtos de pequeña importancia. Se propuso desvalijar un lujoso apartamento del Upper East Side. Lo había elegido porque pensaba que estaba vacío, pero se encontró con la sorpresa de hallar una mujer en su interior.

Una vez logró maniatarla y hacerse con el motín, vio como otra chica cruzaba el umbral de la puerta. La amenazó a punto de cuchillo y se dispuso a amordazarla. La mujer que estaba atada entró en cólera. Comenzó a gritar que se acordaría siempre de su cara y que no pararía hasta que la policía lo encontrase y lo pusiera en la cárcel.

El ladrón se alteró. Perdió el control de sí mismo y lleno de miedo y rabia las apuñaló hasta quitarles la vida. Treinta años más tarde, en una entrevista concedida desde la prisión, el hombre recordaba aquella tarde con las siguientes palabras: “«Estaba como loco, mi cabeza estalló, no sabía lo que estaba haciendo».

Dos víctimas y un nuevo asesino. ¿No es como para pensárselo?.

Respecto al enfado, las personas tenemos hábitos y creencias my arraigados.

Nos da por pensar, por ejemplo, que es bueno enfadarse.

Quizá esté relacionado con ese pasaje de la Biblia en el que San Pablo afirma “Airaos pero no pequéis”.

Cualquiera que sea la razón, tendemos a pensar que suprimir el enojo es algo negativo, un síntoma de no tener “sangre en la venas”, y que reprimirlo puede derivar en depresión o enfermedad. Sin embargo, la realidad es que vivir enojado y peleando con los demás no hace sino elevar los niveles de stress y las enfermedades cardíacas.

Luego está esa otra creencia provocada por el ego. Las cosas tienen que ser como creemos y queremos y nuestra capacidad de tolerancia y aceptación es mínima. De forma que los enfados ponen en evidencia nuestros puntos emocionales flacos. Y también aquellos aspectos sobre los que tenemos una mayor necesidad de control. Nos enfada eso de los demás que no controlamos y queremos desesperadamente controlar. Eso que esperamos de ellos y no llega a concretarse.

Cuanto más grande es nuestro ego, más inflado y gigante, más fácil es que cualquier acontecimiento nos perturbe. Una mirada, un simple gesto.

Es precisamente por ese ego que nos tomamos las cosas personalmente. Vivimos nuestra vida como si fuera una película de la que somos protagonistas y el resto solo fueran actores secundarios. Olvidando que cada persona intenta resolver sus miedos, sus carencias y sus pequeñas miserias. Y que sus reacciones ante el mundo y la vida tienen mucho que ver con esto.

Ninguno somos tan importantes, ni estamos tan presentes en la vida de los demás como para que cualquier cosa que digan, miren, piensen o sientan tenga que ver precisamente con nosotros.

Lo que interpretamos como insultos o desaires puede ser consecuencia del crecimiento personal de otros individuos. Formar parte de esa retahíla de contradicciones dolorosas, dudas y objetivos vitales que cada cual vive a su manera.

Un hábito muy extendido es utilizar el enfado como una táctica. Sucede cuando añadimos  indignación a nuestras opiniones, buscando la reacción de los demás o su apoyo. No es que en realidad estemos indignados, pero pensamos que con esa actitud reforzaremos nuestros argumentos, convenceremos mejor u obtendremos alguna contrapartida.

Con una lista tan extensa de creencias, es lógico preguntarse, ¿bueno y entonces qué hacer?.

Desde luego nunca expresar abiertamente el enfado, ni reprimirlo. Tampoco alimentarlo con un diálogo interno obsesivo. Y mucho menos dejarle que perdure y que se convierta en resentimiento por el solo hecho de que una persona no nos dio o actuó en la forma en que necesitábamos para sentirnos seguros y felices.

Cualquier solución pasa por reconocer nuestra emoción, analizarla y gestionarla. Averiguar qué es eso que nos enfada, dónde estamos siendo exigentes y controladores, porqué y para qué. ¿Cuál es nuestro punto flaco?.

Pero lo más importante para gestionar la emoción es hacerlo a tiempo.

En ese momento en el que aún eres capaz de desvincularte y elevarte sobre ella, racionalizarla, respirar hondo y contemplarla desde otro ángulo. Cuando aún puedes aceptarla y eres capaz de describirla con tus propias palabras.

Antes de llegar al punto de no retorno. Ese punto, en el que una vez traspasado, no podemos dejar de enfadarnos.

Ahí debes actuar, siendo consciente de que tu indignación no pasa de ser una creencia personal que te perjudica. Ampliando tu visión de lo que te ocurre y de lo que está ocurriendo a tu alrededor.

Necesitas algo que te ayude a desconectar. Tal vez una palabra sin sentido o fuera de contexto, como “Manzana” o “Dinamarca”, o el sólo hecho de ponerte  a contar. Una vez que has conseguido visualizar la palabra o los números, toma distancia y comienza a bajar escalones hacia tu paz interior.

Cuando todo haya pasado, busca el instante de tranquilidad oportuno para expresar lo que no te gusta. Y hazlo sin emociones que te vapuleen como si fueras una hoja a merced del viento. Hazlo de forma asertiva.

Recuerda que una emoción bien gestionada no deja resentimientos.

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APRENDIENDO A SOLTAR

Si levantas tu cabeza, estiras los brazos e inspiras con intensidad hasta llenar los pulmones, sentirás que te colmas de energía.

Prueba ahora a inclinar la cabeza hacia abajo y permitir que el aire te abandone por completo, expirando lentamente. Tal vez esa energía se vaya diluyendo para dar paso a una sensación de alivio.

Inspirar y expirar es un ejercicio que realizamos inconscientemente durante toda nuestra vida, aunque sólo adquiere significado cuando reparamos en el.

Vivir una vida plena, también pasa por aprender a tomar y soltar, como si respirásemos.

A veces nos aferramos a recuerdos, personas y objetos y nos sentimos mal, porque eso que retenemos y no dejamos ir, genera negatividad, dolor o sufrimiento.

Puede que tengamos interiorizado que aquello que provoca malestar o problemas es más valioso, que no podremos encontrar nada mejor o que nos sintamos redentores de cuanto no es como deseamos en los demás, creyendo que tenemos el poder y la obligación de cambiarlo a cualquier precio. También es posible que una persona sea adicta a las emociones negativas o que prefiera ser la victima para no asumir responsabilidades sobre su vida.

Cualquiera que sea la razón, estamos ante actitudes y creencias que convierten nuestra vida en un pequeño o en un gran calvario.

Aprender a soltar eso que provoca sufrimiento y negatividad es el primer paso para salvaguardar la autoestima, la salud y la felicidad personal. Cuando dejamos ir lo que nos hace mal también abrimos huecos en nuestra vida para que entre lo positivo.

Puede que al hacerlo sufras, llores o sientas que el mundo se abre bajo tus pies, pero no es más de un proceso necesario en el camino de vaciarte para volverte a llenar.

En ocasiones hay que perder para ganar.

No puedes pasarte la vida aferrad@ a personas que roban tu energía y te maltratan, rodearte de individuos que desprecian o ignoran lo que eres, de recuerdos que alimentan emociones de ira y temor, de situaciones que te denigran y enferman o de quejas repetitivas sobre tus sufrimientos y pesares. Al hacerlo estas reteniendo el dolor y la infelicidad. ¿Con que objeto?.

¿Terminó tu trabajo, tu relación o tu amistad?. Déjalo ir.  Con el tiempo descubrirás que no es indispensable en tu vida. Tú ya eras tú antes de que todo eso existiera, ya tenías una vida  y seguirás teniéndola.

Suelta tu inseguridad, tus traumas, tus resentimientos, tus miedos, tus hábitos nocivos, tu pasado.

No te desgastes dándole vueltas a lo que sucedió. ¿Que ganas con  revolcarte en los hechos que se fueron para siempre?. No dediques tus energías a tratar de cambiar el pasado, ni a retenerlo. Sólo podemos actuar en el presente. El presente es todo lo que tenemos. Vívelo.

En la vida todos estamos abocados a ir cerrando puertas y capítulos. A quemar etapas.

Si dejas puertas abiertas, por si acaso, nunca podrás desprenderte de lo que te hace sentir mal.

Ya no eres el empleado de aquella empresa que te despidió injustamente, ni el amor o la ilusión de esa persona que tanto te quiso, ni el amigo de quién tu consideras amigo. Puede que incluso seas el gran empleado de una empresa en la que no quieres estar, el gran amor de alguien a quién no amas, el gran amigo de  quién no consideras amigo, y, si todo eso, provoca sufrimiento o malestar en ti, tu bienestar pasa por dejarlo ir.

 No esperes que te reconozcan y sepan quién eres. Quién eres lo sabes tú.

Si algún día sucede tal cosa, ¿qué va a reportarte?. Lo que acabó, acabado está. Si vuelve a ser, será algo diferente, un capítulo totalmente nuevo, porque no eres el mism@ que ayer, ni el mism@ que hace cinco minutos, y muchas de las cosas que hiciste hace cinco minutos no las harías ahora mismo, bajo las circunstancias que, ahora, en este momento, conoces; bajo los pensamientos que, ahora, en este momento, tienes. Tú ya no encajas en tu pasado, no encajas en el instante que se fue. No lo retengas. Déjalo ir.

Hoy puedes abrir una nueva página en el libro de tu existencia. ¿Cómo?. Cerrando capítulos.

No rumies el pasado. ¡Respira!

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DETECTA Y CAMBIA TUS CREENCIAS LIMITANTES

Una persona estrecha la mano a otra al despedirse y le dice, “siento no haberte podido dedicar todo el tiempo que necesitas”. Si entramos en el dialogo interior que mantiene consigo misma, es posible que este lamentando no haber podido dedicar más tiempo a su interlocutor y desee que perciba su frustración. Sin embargo, quién escucha sus palabras puede estar pensando: “es una excusa, simplemente no le interesa lo que tengo que contarle”.

 ¿Cuál es la verdad?. Cada uno tiene la suya. Cada uno ve y escucha aquello en lo que cree, pero nuestras creencias no son la realidad, son pensamientos repetidos a los que nos apegamos. Un esqueleto de ideas desde el que contemplar lo que está fuera y .dentro de nosotros.

Al condicionar las actitudes y comportamientos de cada persona, el repertorio individual de verdades, condiciona también los resultados que cada persona obtiene en su vida. Lo que crees es también lo que creas.

Las creencias se cultivan, algunas desde la infancia. Están profundamente arraigadas en nuestro subconsciente y definen nuestro carácter y nuestro destino. Las mayores hazañas y las peores destrucciones de la historia tienen su origen en las “verdades” a las que nos apegamos.

En cierta ocasión, una amiga me comentó “no termino nada de lo que comienzo”. “¿Cuando comenzaste a creer eso?” inquirí. “Con siete años. Estaba haciendo un dibujo y no lo terminé. Mi madre me dijo que nunca terminaba nada”.

Los padres deberíamos tener cuidado con las creencias que inculcamos a  nuestros hijos. Nuestras verdades pueden convertirse en las suyas. Incluso cuando parezca que no las comparten y que pasan inadvertidas, nuestras verdades pueden limitarles. Muchas creencias viven larvadamente en el subconsciente.

Cuando es limitadora, la creencia afecta de forma negativa a nuestra vida, pero también genera falsos beneficios. Pensemos en la falsa sensación de seguridad o comodidad, de liberarnos de la responsabilidad o dejarla en manos de otros.

Si una creencia nos limita, podemos sustituirla por otra generativa (positiva). Para ello es fundamental  tomar conciencia de que existe, identificándola. La auto-observación de nuestras emociones, nuestro lenguaje y comportamientos nos permitirá detectar todos esos sentimientos, palabras, actitudes y acciones que limitan nuestra vida.

Cuando te sientas molest@ con una situación, una persona o contigo mismo, pregúntate porque has reaccionado de esa manera y cuestiona y verifica si eso que crees es la verdad. ¿En qué momento de tu vida empezaste a tener esa creencia?. ¿Cómo reaccionas cuando la tienes?. ¿Quién serías tu o cómo sería tu vida sin ella?. Puedes escribir las respuestas en un papel o en un diario si te resulta más fácil.

¿Has identificado las creencias que te tienen estancad@ en tu carrera, tu trabajo, tus relaciones o tu salud?. Si la respuesta es positiva, el siguiente paso será  sustituirlas por otras que te potencien y expandan.

Cambiar nuestras creencias es un ejercicio que requiere proactividad. No vale  anclarse en el mundo de las ideas, ni conformarse con los resultados de su análisis. Es necesario hacer que las cosas pasen. Abandonar ese mundo de seguridad y comfort en el que nuestros pensamientos y comportamientos limitantes se repiten de forma consistente, como si estuvieran en automático.

La solución no pasa por destruir la creencia limitante sino por sustituirla por otra positiva o potenciadora que ocupe su lugar. La sustitución es el mecanismo adecuado para evitar que la verdad perniciosa retoñe de nuevo a nuestra mente.

Escojamos una creencia positiva de reemplazo y convirtámosla en un hábito, de forma que la aceptes y surja con la misma naturalidad con que lo hacía la anterior. Para ello, recuerda y repite tu creencia a cada momento, escríbela, siéntela, visualiza su colores, su tacto, su olor, tu vida con ella. Puedes incluso anclarla a un recuerdo o sensación positiva y nutrirte con ejemplos de personas que han logrado una vida plena o exitosa sosteniendo esa creencia.

Deshacerte de tus creencias limitantes no resulta una empresa fácil, requiere una buena dosis de constancia porque las creencias perniciosas suelen echar raíces profundas y lo que buscamos es que nuestras verdades positivas se implanten con idéntica fuerza. Hay personas que lo logran en 21 días y otras necesitan más tiempo. Algunas lo consiguen solas y otras requieren de la ayuda de un especialista en coaching o PNL.

La buena noticia es que no tienes que vivir con tus creencias limitantes, porque está en tu mano creer lo que desees.

 

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