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CREER EN LOS MILAGROS

Los milagros son eventos que, por escapar al entendimiento humano y obrar en nuestro beneficio, se perciben cómo prodigiosos.

La percepción del milagro cambia a medida que aumenta el conocimiento y también a medida que pasa el tiempo. Pero así como la ignorancia humana no tiene fin, ellos, los milagros, tampoco lo tienen.

En un tiempo no muy lejano los eclipses, las estaciones del año y las tempestades eran considerados milagros. Hoy parecen algo fácil de explicar, aunque nos siga impresionando la sabiduría con que la naturaleza se desenvuelve en el Cosmos.

Otra sensación extraordinaria se produce cuando tomamos conciencia de que acontecimientos percibidos en términos de adversidad, con el paso de los años, se convierten en prodigiosos milagros sin los cuales no seríamos lo que somos, ni podríamos conectar los puntos precisos que dotan de plenitud y sentido a nuestra vida.

Actualmente sabemos muchas cosas e intuimos otras. La ciencia y el progreso nos han permitido desarrollar la lógica, el sentido común e incluso el alma. Somos capaces de concluir que la salud es nuestro estado natural y que la energía para vivir puede sacarse de las naranjas, las guayabas, los atardeceres, las ciruelas, las algas, las flores, el amor, los chistes, las manzanas, los amigos, los libros, las estrellas, los poemas, los cuentos o las risas de los bebés. Es una lista tan larga o corta como se quiera, porque  sabemos que dentro de nosotros laten infinitos recursos.

Y sin embargo, no todo en realidad se sabe o está inventado. Y no todo lo que se sabe, o se cree saber,  resulta necesariamente explicable y verdadero.

Puede que la mente humana sea una mota polvo en el insondable universo sideral, que carezca de posibilidades para abarcarlo o que, por el contrario, sea tan inmensa y extraordinaria que estemos sólo en los albores de su desarrollo. Tal vez se trate de ambas cosas, o de ninguna, pero los milagros existen.  Y existen incluso cuando creamos, que por conocer bien la causa y efecto de una situación o de un evento, no se producirán.

Porque detrás de algo que se explica siempre puede surgir lo inexplicable y detrás de algo que se sabe también hay algo que se ignora. La sabiduría no es plena, ni mucho menos infalible, aunque confiemos en ella para caminar por la vida con  una mínima sensación de certidumbre. No en vano somos seres hambrientos de certezas, de hábitos y de seguridad.

 Yo aún no puedo explicar porqué me encontré ese dinero cuando más lo necesitaba, porque tuve un hijo tan joven, porque invertí tantos años en terminar mi carrera, porque la muerte de mi padre abrió nuevas formas de pensar en mí, porque alguien que yo quería, por el que rogaba y estaba desahuciado, salió repentinamente de la UCI, porque el amor de mi vida llegó cuando me sentí preparada o porque en una calle repleta de coches encuentro ese hueco que necesito para aparcar cada día.  Ignoro porque mi corazón se estremece con un paisaje, con una foto, con el mero hecho de dar el biberón a mi nieto, con una copa de buen vino, con inspirar el aire o despertar cada mañana. Para mí todo esto es un milagro y me embarga una maravillosa sensación de plenitud y agradecimiento.

Cuando conecto esa sucesión de hechos, que en su momento me parecieron adversos o beneficiosos, mi vida adquiere pleno sentido y descubro que la clave de esos milagros no fue otra que creer firmemente en ellos.

Creer en lo que deseo, en la magia de cada momento, en lo que no ven mis ojos, pero logro imaginar. Y cuando creía o creo, el milagro sucede de una forma tan natural que parece haber estado allí siempre, aguardando en el mudo silencio a que yo lo llamase.

Los milagros no son patrimonio de la religión, más bien se cimentan en nuestra capacidad de creer y en la fe para sostener aquello en lo que creemos.

Hay una varita mágica en cada creencia capaz de crear lo que uno cree. Un hada madrina o un mago en cada uno de nosotros.

Por eso hablaba Einstein de dos formas de ver la vida: una creyendo que no existen milagros y la otra creyendo que todo es un milagro.

No es más que una decisión personal.

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APRENDIENDO A SOLTAR

Si levantas tu cabeza, estiras los brazos e inspiras con intensidad hasta llenar los pulmones, sentirás que te colmas de energía.

Prueba ahora a inclinar la cabeza hacia abajo y permitir que el aire te abandone por completo, expirando lentamente. Tal vez esa energía se vaya diluyendo para dar paso a una sensación de alivio.

Inspirar y expirar es un ejercicio que realizamos inconscientemente durante toda nuestra vida, aunque sólo adquiere significado cuando reparamos en el.

Vivir una vida plena, también pasa por aprender a tomar y soltar, como si respirásemos.

A veces nos aferramos a recuerdos, personas y objetos y nos sentimos mal, porque eso que retenemos y no dejamos ir, genera negatividad, dolor o sufrimiento.

Puede que tengamos interiorizado que aquello que provoca malestar o problemas es más valioso, que no podremos encontrar nada mejor o que nos sintamos redentores de cuanto no es como deseamos en los demás, creyendo que tenemos el poder y la obligación de cambiarlo a cualquier precio. También es posible que una persona sea adicta a las emociones negativas o que prefiera ser la victima para no asumir responsabilidades sobre su vida.

Cualquiera que sea la razón, estamos ante actitudes y creencias que convierten nuestra vida en un pequeño o en un gran calvario.

Aprender a soltar eso que provoca sufrimiento y negatividad es el primer paso para salvaguardar la autoestima, la salud y la felicidad personal. Cuando dejamos ir lo que nos hace mal también abrimos huecos en nuestra vida para que entre lo positivo.

Puede que al hacerlo sufras, llores o sientas que el mundo se abre bajo tus pies, pero no es más de un proceso necesario en el camino de vaciarte para volverte a llenar.

En ocasiones hay que perder para ganar.

No puedes pasarte la vida aferrad@ a personas que roban tu energía y te maltratan, rodearte de individuos que desprecian o ignoran lo que eres, de recuerdos que alimentan emociones de ira y temor, de situaciones que te denigran y enferman o de quejas repetitivas sobre tus sufrimientos y pesares. Al hacerlo estas reteniendo el dolor y la infelicidad. ¿Con que objeto?.

¿Terminó tu trabajo, tu relación o tu amistad?. Déjalo ir.  Con el tiempo descubrirás que no es indispensable en tu vida. Tú ya eras tú antes de que todo eso existiera, ya tenías una vida  y seguirás teniéndola.

Suelta tu inseguridad, tus traumas, tus resentimientos, tus miedos, tus hábitos nocivos, tu pasado.

No te desgastes dándole vueltas a lo que sucedió. ¿Que ganas con  revolcarte en los hechos que se fueron para siempre?. No dediques tus energías a tratar de cambiar el pasado, ni a retenerlo. Sólo podemos actuar en el presente. El presente es todo lo que tenemos. Vívelo.

En la vida todos estamos abocados a ir cerrando puertas y capítulos. A quemar etapas.

Si dejas puertas abiertas, por si acaso, nunca podrás desprenderte de lo que te hace sentir mal.

Ya no eres el empleado de aquella empresa que te despidió injustamente, ni el amor o la ilusión de esa persona que tanto te quiso, ni el amigo de quién tu consideras amigo. Puede que incluso seas el gran empleado de una empresa en la que no quieres estar, el gran amor de alguien a quién no amas, el gran amigo de  quién no consideras amigo, y, si todo eso, provoca sufrimiento o malestar en ti, tu bienestar pasa por dejarlo ir.

 No esperes que te reconozcan y sepan quién eres. Quién eres lo sabes tú.

Si algún día sucede tal cosa, ¿qué va a reportarte?. Lo que acabó, acabado está. Si vuelve a ser, será algo diferente, un capítulo totalmente nuevo, porque no eres el mism@ que ayer, ni el mism@ que hace cinco minutos, y muchas de las cosas que hiciste hace cinco minutos no las harías ahora mismo, bajo las circunstancias que, ahora, en este momento, conoces; bajo los pensamientos que, ahora, en este momento, tienes. Tú ya no encajas en tu pasado, no encajas en el instante que se fue. No lo retengas. Déjalo ir.

Hoy puedes abrir una nueva página en el libro de tu existencia. ¿Cómo?. Cerrando capítulos.

No rumies el pasado. ¡Respira!

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NO TE NIEGUES A TI MISM@ LA PAZ

“No puedes negar quién eres. No puedes negarte a ti mismo siempre”. Son  palabras pronunciadas por el protagonista de la película que tuve la oportunidad de presenciar hace unas semanas.

 ¿Lo que siempre queremos negar es lo que somos?.

 Cualquiera que sea la respuesta que se de a esta pregunta, si niegas lo que eres, te estás lastimando.

 Así lo expresa el maestro hindú Prem Rawat cuando afirma:. “No puedes negarte a ti mismo lo que sientes: Si te lastimas, decir que no te has hecho daño no te quita el dolor”.

 Cuando negamos estamos rechazando e ignorando, con independencia de que aquello que rechazamos o ignoramos exista o no. Si la negación se refiere al propio individuo, puede implicar una renuncia a la autoestima, al autoconocimiento, al cambio o a ser lo que uno es. Este asedio contra uno mismo representa el gran obstáculo para lograr la paz interior.

 Son múltiples las formas en que uno puede negarse. Pensemos en situaciones dónde no reconocemos que algo nos hiere o, por el contrario, que nos gusta y es positivo para nosotros. Cuando rechazamos cualidades, valores o ideas propias. Las ocasiones en que ignoramos los mensajes del cuerpo, rehuimos la responsabilidad de nuestra vida y jugamos a ser víctimas de las circunstancias.

Si aceptamos que otros traspasen nuestros límites, nos digan cómo debemos pensar, sentir y vernos o nos medimos con ellos. Cuando no somos capaces de perdonarnos o cuando nos auto saboteamos por miedo a fracasar o a tener éxito.

 Estas y otras son las formas en que jugamos a ignorarnos y a rechazarnos, unas veces por miedo, otras por complacer a los demás y sentirnos valorados e importantes.

 Negarse es como vendarse los ojos o hacerse el distraído ante la agresión contra uno mismo.

 Aceptar que cada uno de nosotros es un ser único y perfecto en su imperfección, que no existen dos personas iguales en el Universo y que, por tanto, no hay base para efectuar comparaciones, es el primer paso hacia la paz interior.

 Puedes hablar de tus fracasos y de tus éxitos abiertamente y de forma espontánea sin agredirte, al fín y al cabo, ambos te definen y gracias a ellos eres tú. Sé natural en esto. Puedes ser asertivo y mantener tus opiniones sin mostrar un comportamiento beligerante con los demás. Puedes mantener una actitud de dignidad y armonía en situaciones de estrés. Reaccionar de forma tranquila, recibir los halagos y el afecto con comodidad, reconocer las críticas y aceptar tus errores de forma natural, ser feliz por el sólo hecho de estar viv@, abrirte sin miedo a nuevas posibilidades y formas de pensar, ver la vida con sentido del humor.

 Si eres capaz de vivir desconectad@ de los pensamientos inquietantes, inútiles o amenazantes, alcanzarás esa tranquilidad profunda que se traduce en el bienestar personal y emocional.

 La paz personal conecta con un sentimiento de serenidad interior que experimentamos al liberamos de las preocupaciones, el sufrimiento, el dolor, el estrés y el miedo y ser conscientes de las incontables maravillas que nos ofrece la vida y de la maravilla que cada uno somos.

 No es insano aspirar a la excelencia, pero si consideras cada momento como perfecto y lo disfrutas  sin esperar al momento perfecto, vivirás en paz.

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METAFORAS PARA EL CAMBIO (VI): “TÉ CON UN VAMPIRO”

-Sorberá tu sangre. Lo hará poco a poco. Irás sintiéndote débil, y por muy extraño que parezca, terminaras aceptándolo.

Estaba a punto de secar el último cubierto, cuando escuchó aquella voz de ultratumba en el televisor. “Sin aliento” era el nombre de la serie que su hija de dieciocho años escuchaba por las tardes.

-Ali por favor, baja ese volumen  -dijo aún afectada por lo que acababa de oír.

Ali murmuró algo quejándose, pero Sofía no lo escuchó, Ramón acaba de besarla en la frente.

-Cuídate cariño. Te llamo luego.

La puerta se cerró tras los pasos de su marido y Sofía percibió la imagen de uno de aquellos chupasangres, proyectando una mirada felina. Dos pares de colmillos, cual  ávidos alfileres, le asomaban entre los labios.

“¡Que desagradable!”, se dijo.

Ali apagó el televisor. Estaba de pie junto al borde de la escalera que conducía a los dormitorios.

-Ha terminado. Me subo a estudiar.

Su voz, amortiguada por las paredes de la cocina, se escuchó lejana.

Al cabo de unos minutos, el timbre resonaba por toda la casa. Abrió la puerta y divisó aquella sonrisa angelical, que Luis, el vecino del cuarto, solía prodigar a los cuatro vientos.

-No me digas que te he despertado -exclamó mientras paseaba la mirada por Sofía.

-¿Despertado?.

-Si mujer, lo digo por ese pelo revuelto que tienes. ¿Puedo entrar?. Tengo algo que contarte.

No quiso ser desconsiderada. Le preguntó si quería tomar algo y, después de preparar un té con pastas, se ubicaron en el tresillo rojo de cuatro plazas que presidia el salón. Esperaba que aquello no durase mucho. Hacía semanas   que no coincidían, pero aún  era capaz de recordar que Luis la dejaba exhausta.

-Tenía que verte Sofi. Estoy muy afectado por lo que está pasando.

Luis era un hombre de cabellos plateados, ya entrado en la cincuentena. Su lustroso cráneo asomaba entre un haz de filamentos amalgamados con brillantina.

-Tú dirás -quiso saber Sofía.

-Estoy algo fastidiado -repuso– ya sabes lo sensible que soy a los ruidos. A las ocho de la mañana los vecinos de la puerta contigua abren la ducha y el agua sale a todo meter. A las ocho y media tu Ali deja que la puerta se cierre sola. Sobre las once  el cartero pulsa el timbre. A las dos la vecina del tercero llama a los niños a comer y esas criaturas gritan, corren y chocan contra todo. Cuando parece que puede haber paz, el del cuarto B duerme y ronca a pata suelta. Después llegan las seis y comienza a llegar gente al edificio. Todo son pasos y portazos. No sé que voy a hacer. Estoy desquiciado.

Sofía miró el reloj de pared.

-Bueno Luis, la gente tiene que hacer su vida. Es algo que no puede evitarse; quizá debas consultar un médico o insonorizar tu casa.

El vecino lanzó una mirada sibilina.

-He visitado varios médicos y no tengo problema alguno. Insonorizar mi casa es muy caro. No sé  que voy a hacer.

Sofía dio un buen trago al té inglés tipo breakfast antes de continuar con la conversación.

-¿Te has planteado cambiar de vivienda?.

-No tengo dinero para eso, y vender la mía en los tiempos que corren es algo complicado  -repuso Luis algo cabizbajo.

-¿Qué es lo que te fastidia exactamente?. Escuchar ese tipo de ruidos durante el día entra dentro de lo normal.

-Pero no sabes cuanto me molestan; y el Presidente se encoje de hombros. Es increíble. Estoy condenado soportarlos.

-¿Y si utilizases unos tapones? -propuso Sofía con cierto cansancio.

-Entonces no podría escuchar la televisión, ni saber si me llaman al teléfono en mi propia casa.

Sofía observó a Luis mientras continuaba hablando. Al entornar los labios sus colmillos sobresalían cual níveas estalactitas. Miraba con ojos enrojecidos, proyectando ese brillo afilado y pulverizador que había contemplado en “Sin aliento”.

-Luis, creo que no sé cómo ayudarte -exclamó al fin, saliéndo de su emoción.

-No me digas que los vecinos del cuarto A no son escandalosos –prosiguió Luis con un tono de irritación en la voz- Deberían vivir en el campo. Y los hijos de la señora del tercero A gritan como gallinas cluecas. Ya no te hablo de los ronquidos que pega el del cuarto B . No hay quién aguante esta situación. Y lo peor es que no puedo hacer nada. Es como si estuvieran todos contra mí.

Sofía se encogió de hombros.

-La verdad que no me había dado cuenta de que hubiese tantos ruidos.

-Sofí, tienes que ayudarme -imploró Luis- el Presidente de la comunidad se niega a hablar de ello en la próxima Junta; ¡el muy cínico!; ayer mismo me dijo que sabía por el ruido de tus tacones cuando llegabas. Habla pestes de ti, que si vas de independiente, que si eres una antipática y no asistes a las reuniones-

El rostro del vecino había adquirido un tono lívido y mortecino. Tenía unas enormes bolsas moradas bajo la cuenca de los ojos. Sofía rezumaba tensión en las sienes y comenzaba a sentir dolor de cabeza.

-Vampiros -susurró casi imperceptiblemente.

-Tienes mala cara -exclamó Luis, mientras sostenía en vilo la taza de té- ¿te pasa algo?-

-Acabo de acordarme que tengo cita con el dentista en dos minutos.

-Vaya, pues perdona por entretenerte. Ya me voy –exclamó con apuro – ¿Tendrás en cuenta lo que hemos hablado?. Oye ¿y qué es eso de los vampiros?.

Creyó haberlo dicho para sí, pero el oído de su vecino era tan agudo como el de una tortuga.

-Me refería a los vampiros emocionales. Gente tóxica. Te dejan sin energía, deprimida y cabreada.

Sofía había entornado la hoja de la puerta. Luis estaba bajo el dintel y se volvió a mirarla antes de caminar hacia el descansillo de la escalera . ¿Sería verdad que un hilillo de sangre resbalaba por la comisura derecha de sus labios?.

-Suena fatal -espetó.

-¿Qué?.

-Eso que dices. Es lo más parecido al Presidente de la Comunidad -concluyó explayando una maliciosa sonrisa.

Su voz se había distorsionado. Era un conglomerado difuso y estridente que restallaba en la penumbra del descansillo.

-Buenas tardes Luis.

-Buenas tardes Sofi. Cuídate.

Sofía cerró la puerta y lanzó al aire un estremecido suspiro.

Aún violentada por la metamorfosis de Luis, abrió el cajón del aparador y se hizo con un pastilla para el dolor de cabeza.  No era para menos. Acababa de tomar el té con un vampiro.

 

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UN ENTORNO LABORAL EN EL QUE TODOS SON LIDERES

En el pasado estabas en la oficina y hacías lo que tú jefe te pedía desde su precioso despacho; en el presente, la oficina se compone de escritorios y salas de reuniones y  eso incluye a tu jefe, que trata de trabajar en equipo contigo. En el futuro, tú serás la oficina y tu propio jefe.

¿Te parece descabellado?.

Puede que en buena parte de la pequeña y mediana empresa aún no sea una realidad, pero las organizaciones consideradas como mejores sitios para trabajar están optando por los espacios abiertos. En ellos conviven jefes y empleados y proliferan las salas de reuniones.

Este diseño del entorno laboral se corresponde con una nueva filosofía que tiende a pulir las aristas de los organigramas jerárquicos con organizaciones más horizontales.

¿Qué está sucediendo?

La sociedad y el mundo de los negocios han experimentado grandes cambios en poco tiempo.

El más importante tiene que ver con las personas. Por mucho que queramos ver las empresas como entidades abstractas con un fin económico, no puede desconocerse el hecho de que están integradas por individuos y de que su éxito gira alrededor de la necesidades y del ingenio humano.

En la era del conocimiento y la información, quienes acceden a los puestos de trabajo suelen ser individuos bien formados y capacitados para asumir sus tareas. Más que control, lo que este tipo de empleados demanda es espacio y responsabilidad.

Cualquier tipo de supervisión que se efectúe sobre personas formadas y capacitadas debería  enfocarse en estimular y facilitar su labor a fin de que se sientan motivados, dueños de su trabajo y partícipes de la misión corporativa.

Para lograr sus objetivos la empresa del futuro no necesita tanto que sus empleados obedezcan como que liberen y aporten su talento.

La organización piramidal de ordeno y mando representa un obstáculo para la innovación, creatividad e iniciativa que demanda la empresa del siglo XXI. El objetivo primordial de crear valor al cliente y ser competitivos en el mercado se facilita cuando estas organizaciones se estructuran como una red de equipos enfocados al cliente, en flujo y sin jerarquías. Por otra parte, la empresa del futuro tiene ante sí otro reto importante: ser lo suficientemente flexible como para enfrentar con velocidad el cambio. Para ello ha de cuestionar las burocracias y los núcleos de poder y control control internos.

Algunos expertos en estrategia empresarial como Gary Hamel, autor del libro “Liderando la revolución” se atreven a vaticinar un futuro de empresas sin gerentes y con estrategias formuladas por los empleados.

“Serán los empleados de menor rango (quienes están en mayor contacto con los clientes)”, afirma Hamel, “los que generarán las ideas sobre la dirección que debería tomar la empresa. La alta gerencia, por su parte, aumentará sus responsabilidades sobre el proceso de implementación”.

Para José Enebral Fernández, consultor de Management y Recursos Humanos, “cada organización es obviamente soberana, pero si buscamos profesionalidad en las personas, quizá debamos revisar términos como seguidores, subordinados, colaboradores, recursos (humanos)…la profesionalidad implica saber qué hay que hacer y cómo hacerlo, y el hacerlo con esmero y disciplina, sin que nadie nos esté dando instrucciones ni ejemplo: sin duda, una exigencia de la economía del siglo XXI”.

Parece que en el futuro la estructura de las empresas estará mucho más cerca del modelo de gestión horizontal y autoliderazgo que de las jerarquías “Top-down” preconizadas por el Taylorismo en la primera mitad del siglo XX. Baste como botón de muestra el ejemplo de organizaciones como IDEO, Google o Gore-Tex que actualmente se sitúan a la vanguardia de la innovación.

Un cambio de esta magnitud afecta de lleno a los profesionales que prestan servicios.

Cuando la empresa dejar ser esa entidad totalitaria en la que un pequeño grupo, alejado de la realidad del día a día, toma decisiones y controla el bienestar de sus súbditos, los profesionales han de pensar por sí mismos y desarrollar una mentalidad de microempresa convirtiéndose en responsables de su propio servicio. En otras palabras, han ser sus propios líderes y liderar, tanto por su bien como por el de la organización.

 Los empleados convertidos en profesionales ya no están sujetos a paternalismos sino que dependen de sí mismos. No son tanto recursos, como fuentes de talento. Ofertan un producto y esperan un contraprestación justa. No le deben nada a nadie, pués lo que se da es un mero intercambio.

 La empresa ya no será ese lugar en el que hay que dejar transcurrir ocho horas, obedecer, realizar tu trabajo, evitar responsabilidades y pasar desapercibido para cobrar una nómina. El cambio es una cuestión de supervivencia para empresarios y trabajadores.

La era de los empleados parece dejar paso a la era de los profesionales.

Y  los profesionales son adultos que controlan sus vidas. Antes de trabajar para nadie trabajan para sí mismos. Eligen a quién, dónde y cómo prestan sus servicios, ofrecen un producto diferenciado y valioso, asumen responsabilidades, influyen sobre otros y toman decisiones para impulsar el negocio.

Para llegar a este punto no tienen que seguir instrucciones, sino pensar por ellos mismos dónde radica su valor, sus fortalezas y habilidades y cómo pueden contribuir de una forma única y valiosa a su entorno.

Un profesional es consciente de aquello singular que puede aportar y lo aporta.

La evolución de la sociedad nos invita más que nunca a trabajar en nosotros mismos para mejorar nuestro entorno laboral y profesional y crear un mundo mejor para todos.

Se trata de conectar con el líder que cada uno llevamos dentro y hacerlo visible.

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SAN SILVESTRE VALLECANA: CORRER 10 KMS POR SEGUNDA VEZ EN MI VIDA

Si recordáis en un “Reto hecho realidad” os explique de qué forma una persona con veintitantos años de vida sedentaria como yo, se decidió a correr 10 kms.

No exageré cuando os describí mi “calvario” personal.

Iba sobrecargada por el entrenamiento y con fuertes dolores en unas rodillas frágiles después de tantos años en la recámara. El trazado desigual y empinado, los azotes del calor y la deshidratación estuvieron a punto de dar al traste con mi ilusión de cruzar la meta.

Llegué exhausta y feliz,  invirtiendo una hora y quince minutos. A cambio tardé una semana en volver a caminar normalmente y tres en calmar los dolores por completo, pero no abandoné el objetivo de practicar deporte con asiduidad.

Para comprobar mis progresos decidí apuntarme a la San Silvestre Vallecana. Proseguía con mi rutina de dos horas de ejercicio al día, realizando descansos intercalados semanales de 24 o 48 horas.

La semana anterior a la carrera surgió el saboteador. Todas las molestias, imaginadas o imaginables, asolaron mis piernas. Para convencerme de que eran travesuras del subconsciente visité al fisioterapeuta y practiqué una tabla suave de fitness. En vísperas de la carrera no hice ejercicio.

El sábado por la mañana efectué un repertorio de abdominales, lumbares y estiramientos. Resulta curioso comprobar la cantidad de microdolores que puede uno detectarse cuando está nervioso y siente el azogue del miedo. Afortunadamente, una voz interior me invitaba a confiar en mi esfuerzo y planificación y lograba imponerse.

Una semana antes había iniciado lo que  llamo  “liturgia de motivación en torno a mis retos”. Acepté la oferta gratuita de grabar mi nombre en la camiseta, la extendí sobre el respaldo de una silla en mi cuarto para verla cada mañana, le hice una foto y la puse como escritorio de mi portátil y carátula del móvil. Sobre ella escribí frases ganadoras de atletas y deportistas y comencé a leer artículos que ofrecían consejos y relataban experiencias sobre la carrera o el recorrido hasta que fui capaz de visualizarme en cada kilómetro.

La mañana de la carrera me premié con un baño de sales y hablé con mi cuerpo para infundirle cariño y confianza. Lo hidraté a conciencia, centrándome  en los pies.En una carrera de 15 minutos, a un ritmo aproximado de cuatro minutos y medio por kilómetro, se producen cerca de cinco mil impactos de los pies contra el suelo. El valor de cada uno de estos impactos se sitúa entre dos y cinco veces el peso corporal del corredor. Son los responsables del 60% de la lesiones del aparato locomotor y de un porcentaje elevadísimo del resto de las estructuras superiores (rodilla, cadera y espalda).

 Durante los prolegómenos de la carrera, Concha Espina era un clamor. Un ambiente festivo, acompasado por la música y el murmullo de los corredores, presidía la calle. Aquella congregación de gente disfrazada, despreocupada y sonriente, atemperó mis nervios. Daba la impresión de que el objeto de estar allí no fuese tanto correr como pasar un buen rato y divertirse. Me lo tomé de esa forma. Deseaba más que nada disfrutar de las buenas sensaciones de mi respiración y mi zancada, del paisaje y el ambiente.

Al no disponer de tiempo oficial acreditado, me coloqué en el último cajón.

A  las 18,00 horas retiraron las cercas para que avanzásemos hacia Sagrados Corazones dónde estaba la salida. La primera se había producido a las 17,30. Y después siguieron otras. Habíamos disfrutado observando la marea blanca que ascendía perezosamente por Concha Espina hasta virar hacia Serrano. Ahora era nuestro turno.

 La cuenta atrás se inició en una pantalla gigante y todos la coreamos entusiasmados: los chicos vestidos de robot y protegidos con cajas de cartón en sus cabezas, los frailes, los de pelucas multicolores, los romanos, los vikingos, los papá Noel, las cupletistas, las parejas, los amigos y familiares que corrían juntos… .Era una auténtica fiesta.

Cuando  comenzamos a atravesar la alfombra que activaba los chips y a subir la primera cuesta del recorrido, ya estaba anocheciendo. Las farolas de la calle proyectaban sus luces anaranjadas y el clima se había tornado más frío, aunque no fuese la clase de climatología tan adversa que cabía esperar en el mes de diciembre.

Advertí que no lograba conectar con mi ritmo. Estaba la gente que iba por delante de mí y la que me adelantaba o corría a la par. Por un lado temía ser sobrepasada y por el otro trataba de seguir la estela de aquellos que avanzaban más rápido. Había un constante devenir de personas y el ruido de pasos cercanos me inquietaba. Perdí la concentración, comencé a respirar atropelladamente y a notar síntomas de cansancio.

Al doblar hacia Serrano traté de serenarme. “Se tu misma”, me dije, “olvida cuanto te rodea y proyecta tu propio ritmo”. Pronto ajuste zancada y respiración y empecé a sentir que controlaba la carrera. Observaba el público,  el paisaje y los corredores, pero lo hacía desde mi misma, viviendo mis sensaciones y sin preocuparme por lo que hiciesen otros.

Me sentía bien, conectada con mi ritmo y seducida por la belleza de Madrid bajo los focos.

Bordeamos la puerta de Alcalá y descendimos hacía Cibeles para enfilar el Paseo del Prado. La gente animaba sin tregua. Te llamaban valiente, gritaban que ya quedaba poco o que éramos el alma de Madrid.

Entre los corredores reinaba un ambiente distendido. Algunos decían haber estado en la meta y comprobado que allí no había nada del otro mundo, otros proponían tomar unas cañitas para quitarse el sofoco, bajar el ritmo infernal que marcábamos o coger un taxi para alcanzar la meta y poder llegar a la cena de Fin de Año. -Lo que hay que hacer para no pelar gambas- comentó un participante mientras retiraba el sudor de su frente con el dorso de la mano.

Cruzar Atocha y visualizar el gran cilindro construido  con ladrillos macizos de cristal translúcido para homenajear a las personas fallecidas en el atentado de Marzo de 2004, resultó muy emotivo.

El peor momento llegó al afrontar la empinada subida por la Avenida de la Albufera, tras correr bajo el puente de Vallecas culminando Ciudad de Barcelona. Un grueso considerable de corredores se paró repentinamente y decidió emprender la subida caminando. Aquel brusco parón ralentizo la carrera.

 Anteriormente las cuestas habían sido mi debilidad, pero en esta ocasión abordé el ascenso con potencia. Cuanto mayor era el cansancio que sentía, más me empeñaba en tirar. Había trabajado mucho la fuerza en los entrenamientos y quería demostrarme que estaba preparada para sufrir. La subida no era fácil, tenías que sortear la marea de personas que caminaba o corría cansinamente por el asfalto, sin que eso afectase a tu zancada ni a tu moral.

Estaba a punto de claudicar cuando avisté el giro en descenso hacia la calle Carlos Martín Alvarez y me percaté de que estaba a unas cuantas zancadas de coronar la parte más dura del recorrido. Eso me dio alas. Saqué fuerzas ocultas corriendo hasta la extenuación. Sumida en el sobreesfuerzo, hubo un momento en el observaba mis piernas y era incapaz de explicarme porque seguían bregando a toda velocidad sobre el asfalto. Contemplaba mi zancada como si fuese un movimiento automático superior a mi voluntad y más rápido aún que mis pensamientos. Cuando quise darme cuenta estaba ya en el kilometro nueve, enfilando un suave descenso que me hacia recuperar fuerzas.

La carrera terminaba en cuesta y hube que apretar los dientes para darlo todo en el último repecho mientras observaba la reluciente llegada y el público nos animaba a esprintar.

La sensación de entrar en meta fue de victoria y alegría incontenible. Por el ritmo imprimido, sabía que mi tiempo era bueno. Comprobé que había invertido sesenta minutos y treinta y cinco segundos en completar el trayecto. Una mejora sustancial, pues suponía rebajar mi record personal en quince minutos sólo tres meses después de mi primera carrera.

 Queda  mucho por aprender y mejorar, pero terminar el año con ese buen crono y con la sensación de haberme divertido en el camino, me parece una forma estupenda de despedida.

Todo es posible cuando lo haces.

El logro se cuece a fuego lento, ingrediente a ingrediente, y por encima de todo, disfrutando al cocinarlo.

¿Cuál fue tú gran logro este año?. ¿Qué pasos has dado hacia tu meta?. ¿Cuáles estas dispuest@ a dar?.

Mi padre solía decir: “Hagas lo que hagas, hazlo de verdad. Pon tu pasión y alegría en ello”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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COMENZAR UNA NUEVA PÁGINA

“Todo hombre debe nacer de nuevo el primer día de enero. Comenzar una nueva página” escribió el orador y predicador Henry Ward Beecher.

Mejorar o cambiar es una actitud innata en el ser humano. El cambio es una constante en la naturaleza. Todo cambia aunque te resistas y, si tú cambias, todo lo que te rodea también.

En el último día de Diciembre, tendemos a hacer balance  personal de lo ocurrido durante el año que se acaba y a proyectar nuestros sueños y propósitos en el que va a comenzar con el objetivo de estar un poco más satisfechos con nosotros mismos.

El cambio de año es la oportunidad perfecta para examinar lo que consideramos logros y fracasos, hacer borrón y cuenta nueva  y atesorar  nuevos proyectos.

El mero hecho de formular propósitos genera un estado de esperanza, optimismo y tranquilidad.

Esa sensación de tener una nueva oportunidad para reinventarnos y ser más felices, nos llena de energía. La propia emoción puede hacer que concibamos múltiples propósitos y que esperemos resultados inmediatos.

O tal vez nuestra intención no vaya más allá de plantearnos las  metas de siempre aún sabiendo que lo más probable es que no las alcancemos. Bajar de peso o dejar de fumar por ejemplo, mientras pensamos en una batería de excusas del tipo “no estoy dispuesto a privarme de nada” o “de algo hay que morir”. Si este es tu caso, se consciente de ello y no dañes tu autoestima, ni te bloquees. Al fin y al cabo eres tú quién elige. Tal vez debas examinar porqué y para qué decidiste no cumplir esos propósitos, en lugar de auto flagelarte.

Pero si  realmente deseas cumplir aquello que formulas, te apunto algunas ideas  de cara a  facilitar la consecución de tus metas:

Determina tus objetivos de forma específica, medible, realizable, realista, y trata de limitarlos o revisarlos en el tiempo.

Cuidado con cargar la lista de propósitos. Tratar de lograr muchas cosas a la vez roba energía y claridad y nos dispersa. No puedes poner en marcha todos los cambios al mismo tiempo.

 “Un propósito de Año Nuevo es un maratón no un sprint” afirma Kevin Burns portavoz del Consejo Estadounidense del deporte, “hay que cambiar esos sueños grandiosos de cambios enormes por dos o tres objetivos inteligentes, específicos y que se puedan medir”.

De forma qué tu primera pregunta debería ser: ¿Cuáles son realmente mis propósitos?. ¿Qué cosas de todo lo que deseo son realmente significativas y prioritarias en mi vida este año?.

Una vez que te hayas respondido, especifica ese propósito lo más que puedas, pregúntate qué, cómo, cuanto, dónde y determina cómo vas a medirlo, cómo sabrás que estas en el buen camino, que avanzas o que lo consigues.

Si te planteas cómo propósito hacer ejercicio  o reducir el consumo de pan,  será menos específico y medible que plantearte hacer dos horas de ejercicio al día o comer un panecillo al día.

El objetivo será realizable o alcanzable en la medida en que consigas o cuentes con los recursos internos y externos que necesitas para lograrlo.

Que sea realista dependerá de haber tenido en cuenta la realidad y circunstancias que te rodean y haber previsto como responder a las mismas. Si la consecución de ese propósito implica dejar ir o generar conflictos en relación con personas, cosas o valores más importantes en tu vida, tal vez no sea realista planteárselo o requiera que lo adaptes para evitar ese conflicto o simplemente que resuelvas el conflicto en sí.

Es importante tratar de limitar el objetivo en el tiempo o al menos revisarlo periódicamente para ver cómo va funcionando y hacer los ajustes necesarios. En ocasiones el tiempo nos viene impuesto por causas externas (caso de consecución de objetivos de negocio en una empresa por parte de sus empleados, por ejemplo). En otras es difícil determinarlo porque no depende en todo de nosotros, pero ponerle un plazo, al menos orientativo, o proponerse revisar el estado del objetivo con cierta periodicidad, rompe su inmovilidad y evita que se convierta en eterno.

Pon algo de tu parte: ve a por ello y esfuérzate

Conseguir lo que te propones requiere que actúes y te esfuerces.

Si quieres aprobar un examen no puedes conseguirlo de inmediato, has de crear un hueco en tu vida para estudiar y dedicar tiempo al estudio.

Todo logro implica pagar un precio. Antes de caminar hacia tu meta, piensa si estás dispuest@ a pagarlo.

Divide tu objetivo en pequeños objetivos, ve paso a paso,  y empieza por lo más fácil para ir creando hábitos.

Si llevas una vida sedentaria y tu propósito es participar en una maratón de 42 kms, podrías fraccionar este objetivo en otros más pequeños, cómo apuntarte al gimnasio en una fecha determinada, hacer una hora de ejercicio diaria para acostumbrar  tus músculos al ejercicio durante un mes, correr dos o tres veces por semana distancias cortas de 5 kms durante dos meses, etc. Esto te permitirá ir gradualmente consiguiendo pequeños logros que te impulsen hacia delante.

Para conseguir tus propósitos la fuerza de voluntad es un ingrediente fundamental, pero lo que realmente consolida tus logros es crear una rutina. El hábito no necesita pedirle permiso a la voluntad.

Los expertos consideran que un hábito tarda 21 días en crearse. Eso implica que si realizas una hora de ejercicio todos los días con una rutina determinada de horario y actividades, al cabo de un mes habrás desarrollado un hábito y te resultará muy fácil continuar con él. Será algo tan automático como cepillarte los dientes o desayunar.

Cambia un hábito negativo por otro positivo

No es fácil dejar de fumar aunque seas consciente de que te perjudica o dejar una relación con alguien tóxico para ti. Son hábitos que a su vez generan adicción.

Si en lugar de enfocarte en cambiar dichos hábitos, lo sustituyes por otro positivo (hacer deporte por ejemplo) y te centras en adquirir este último, aumentarás las posibilidades de lograrlo.

Cuando nos enfocamos en algo agradable o deseable, respondemos mejor que cuando actuamos bajo el peso de que algo malo nos va a suceder si no lo hacemos.

Sé flexible y persiste

En tu camino pueden surgir inconvenientes y oportunidades que te lleven a cambiar o reformular tu objetivo. Tu grado de flexibilidad será determinante para conseguir el éxito.

Si algo no te sale bien, fallas un día o fracasas, perdónate y aprende de tus errores, pero no abandones.

Mantén una actitud positiva

Somos lo que pensamos. Si tu actitud es positiva verás soluciones y oportunidades, esquivaras obstáculos y aprenderás. Si te dejas arrastrar por la negatividad o el victimismo entraras en un bucle sin salida que consumirá tus propósitos y minará tu salud.

Comparte tu objetivo con los demás si eso te ayuda

Puede que si das publicidad a tu objetivo comunicándoselo a familiares o amigos, te sientas más comprometido con él. Tal vez recibas palabras de ánimo o formulen preguntas que te ayuden a avanzar. Es posible que compartir tú propósito con ellos te lleve a explicarles periódicamente cómo vas. Incluso cabe la posibilidad de hacer el seguimiento con alguien en concreto.

Decía, Erich Fromm, que el propósito principal en la vida del hombre, es dar nacimiento a sí mismo. Convertirse en lo que potencialmente es.

Sea como fuere, es importante disfrutar del camino antes que del logro. Pues la vida consta de ambas cosas y antes de ser logro el objetivo es una senda que se recorre día a día y minuto a minuto.

Espero que estas sugerencias os sean útiles.

Desde aquí quisiera desearos Feliz Año y  agradeceros de corazón el apoyo y seguimiento de este blog.

 

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