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NO TE NIEGUES A TI MISM@ LA PAZ

“No puedes negar quién eres. No puedes negarte a ti mismo siempre”. Son  palabras pronunciadas por el protagonista de la película que tuve la oportunidad de presenciar hace unas semanas.

 ¿Lo que siempre queremos negar es lo que somos?.

 Cualquiera que sea la respuesta que se de a esta pregunta, si niegas lo que eres, te estás lastimando.

 Así lo expresa el maestro hindú Prem Rawat cuando afirma:. “No puedes negarte a ti mismo lo que sientes: Si te lastimas, decir que no te has hecho daño no te quita el dolor”.

 Cuando negamos estamos rechazando e ignorando, con independencia de que aquello que rechazamos o ignoramos exista o no. Si la negación se refiere al propio individuo, puede implicar una renuncia a la autoestima, al autoconocimiento, al cambio o a ser lo que uno es. Este asedio contra uno mismo representa el gran obstáculo para lograr la paz interior.

 Son múltiples las formas en que uno puede negarse. Pensemos en situaciones dónde no reconocemos que algo nos hiere o, por el contrario, que nos gusta y es positivo para nosotros. Cuando rechazamos cualidades, valores o ideas propias. Las ocasiones en que ignoramos los mensajes del cuerpo, rehuimos la responsabilidad de nuestra vida y jugamos a ser víctimas de las circunstancias.

Si aceptamos que otros traspasen nuestros límites, nos digan cómo debemos pensar, sentir y vernos o nos medimos con ellos. Cuando no somos capaces de perdonarnos o cuando nos auto saboteamos por miedo a fracasar o a tener éxito.

 Estas y otras son las formas en que jugamos a ignorarnos y a rechazarnos, unas veces por miedo, otras por complacer a los demás y sentirnos valorados e importantes.

 Negarse es como vendarse los ojos o hacerse el distraído ante la agresión contra uno mismo.

 Aceptar que cada uno de nosotros es un ser único y perfecto en su imperfección, que no existen dos personas iguales en el Universo y que, por tanto, no hay base para efectuar comparaciones, es el primer paso hacia la paz interior.

 Puedes hablar de tus fracasos y de tus éxitos abiertamente y de forma espontánea sin agredirte, al fín y al cabo, ambos te definen y gracias a ellos eres tú. Sé natural en esto. Puedes ser asertivo y mantener tus opiniones sin mostrar un comportamiento beligerante con los demás. Puedes mantener una actitud de dignidad y armonía en situaciones de estrés. Reaccionar de forma tranquila, recibir los halagos y el afecto con comodidad, reconocer las críticas y aceptar tus errores de forma natural, ser feliz por el sólo hecho de estar viv@, abrirte sin miedo a nuevas posibilidades y formas de pensar, ver la vida con sentido del humor.

 Si eres capaz de vivir desconectad@ de los pensamientos inquietantes, inútiles o amenazantes, alcanzarás esa tranquilidad profunda que se traduce en el bienestar personal y emocional.

 La paz personal conecta con un sentimiento de serenidad interior que experimentamos al liberamos de las preocupaciones, el sufrimiento, el dolor, el estrés y el miedo y ser conscientes de las incontables maravillas que nos ofrece la vida y de la maravilla que cada uno somos.

 No es insano aspirar a la excelencia, pero si consideras cada momento como perfecto y lo disfrutas  sin esperar al momento perfecto, vivirás en paz.

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LA FELICIDAD DE LO SENCILLO

No olvidaré los ojos tristes de aquel esquimal.  Como tantos inuit, se vio inmerso en una sociedad que no entendía.  Muchos de sus compatriotas abusaban del alcohol para tratar de ahuyentar aquella mezcla de confusión y desosiego.

Era un hombre sexagenario cuya existencia se había visto radicalmente transformada al desplazarse a Montreal. En sus tiempos mozos vivió cómo un nómada. Iba de un sitio a otro siguiendo la migración de los renos y de las ballenas, midiendo el tiempo por el lapsus que duraba una “dormida”. No pensaba en el comercio, ni en el trabajo, sólo cazaba, y, conforme a la tradición, su corazón absorbía la grandeza del animal muerto.  Fue una época en la que todo era de todos dentro de los helados condominios de su civilización y no había riesgo de enfrentamientos.

-Los inuit eramos gente amable y hospitalaria; vivíamos felices en un territorio que los blancos consideraban hostil para la vida. Hoy en día ser inuit es muy triste. Tenemos rifles para cazar, alimentos que compramos en supermercados, coches y televisión, pero hemos perdido nuestra identidad – explicaba cariacontecido.

Su testimonio  me pareció un ejemplo de cómo la sencillez nos permite vivir en plenitud.

 Ser lo que somos, sin aparentar ni ponernos máscaras, sin pretender ser otra cosa, sin medir nuestra autoestima por lo que poseemos, logramos o conocemos ni por lo que piensen de nosotros, nos conecta con la sencillez.

La sencillez se nutre de libertad y aporta paz interior. Cuando nos obsesionamos con nuestra apariencia, prestigio e imagen personal, con las posesiones materiales o con lo que no tenemos, vivimos esclavizados.

En el entramado de la sofisticación y de las necesidades creadas, es fácil perder  la identidad. Si no sabes cuál es tu esencia, si te impones lo que no eres y te ves incapaz de vivir en armonía con la naturaleza, tu vida discurre en la superficie. En palabras de Osho, “tendrás una vida de plástico”, pues, “serás algo en la superficie y justo lo contrario en lo profundo de ti”.

La sencillez no implica vivir en la pobreza sino en armonía contigo mismo, sin conflictos, ni divisiones, sin luchas intestinas entre lo que eres y lo que quieres ser, sin esforzarte por ser quién no eres.

No valemos por nuestra ropa, por nuestros coches, por estar a la moda, porque tengamos más dinero o porque seamos capaces de imponer nuestra autoridad, sino por lo que hay en nuestro interior. Todo lo que necesitamos está dentro de nosotros.

Puedes tener una vida ideal o poseer múltiples cosas y sentirte desgraciado. Puede que una sonrisa te produzca más alegría que todo el oro del mundo. O que todo el oro del mundo no  te haga tan feliz como un simple paseo por la naturaleza.

 Alguien sencillo  aprecia la vida por lo que es, no necesita nada extraordinario para poder sentirte vivo, porque es capaz de transformar lo ordinario en extraordinario. El canto de un pájaro, la puesta de sol, el café de las mañanas o un simple abrazo, se convierten en acontecimientos únicos y hermosos. Quién vive desde la sencillez carece de pensamientos complicados, de adornos o de artificios. No necesita poner en un escaparate sus posesiones o cualidades porque estas son algo evidente y natural.

No somos el título universitario que hemos obtenido, ni el puesto que desarrollamos en una empresa, ni la profesión que elegimos, ni el sueldo que cobramos o el coche que conducimos, tampoco la nacionalidad que poseemos. Somos  seres humanos mortales con necesidades básicas parecidas, seres vivos que buscamos interactuar unos con otros, dar y recibir afecto y sentirnos valiosos.

La sencillez vive en los ojos con que un niño contempla el mundo, tiene el aroma y el encanto de la inocencia alegre, la dulzura y la ingenuidad. Es eso que está más allá de lo que poseemos y de lo que construimos artificialmente y más allá de lo que pretendemos. Esa parte de nosotros que no paga tributos y con la que nos sentimos profundamente identificados.

Lo sencillo es lo que somos y lo complicado aquello que pretendemos o nos inventamos ser.

 

 

 

 

 

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