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COMENZAR UNA NUEVA PÁGINA

“Todo hombre debe nacer de nuevo el primer día de enero. Comenzar una nueva página” escribió el orador y predicador Henry Ward Beecher.

Mejorar o cambiar es una actitud innata en el ser humano. El cambio es una constante en la naturaleza. Todo cambia aunque te resistas y, si tú cambias, todo lo que te rodea también.

En el último día de Diciembre, tendemos a hacer balance  personal de lo ocurrido durante el año que se acaba y a proyectar nuestros sueños y propósitos en el que va a comenzar con el objetivo de estar un poco más satisfechos con nosotros mismos.

El cambio de año es la oportunidad perfecta para examinar lo que consideramos logros y fracasos, hacer borrón y cuenta nueva  y atesorar  nuevos proyectos.

El mero hecho de formular propósitos genera un estado de esperanza, optimismo y tranquilidad.

Esa sensación de tener una nueva oportunidad para reinventarnos y ser más felices, nos llena de energía. La propia emoción puede hacer que concibamos múltiples propósitos y que esperemos resultados inmediatos.

O tal vez nuestra intención no vaya más allá de plantearnos las  metas de siempre aún sabiendo que lo más probable es que no las alcancemos. Bajar de peso o dejar de fumar por ejemplo, mientras pensamos en una batería de excusas del tipo “no estoy dispuesto a privarme de nada” o “de algo hay que morir”. Si este es tu caso, se consciente de ello y no dañes tu autoestima, ni te bloquees. Al fin y al cabo eres tú quién elige. Tal vez debas examinar porqué y para qué decidiste no cumplir esos propósitos, en lugar de auto flagelarte.

Pero si  realmente deseas cumplir aquello que formulas, te apunto algunas ideas  de cara a  facilitar la consecución de tus metas:

Determina tus objetivos de forma específica, medible, realizable, realista, y trata de limitarlos o revisarlos en el tiempo.

Cuidado con cargar la lista de propósitos. Tratar de lograr muchas cosas a la vez roba energía y claridad y nos dispersa. No puedes poner en marcha todos los cambios al mismo tiempo.

 “Un propósito de Año Nuevo es un maratón no un sprint” afirma Kevin Burns portavoz del Consejo Estadounidense del deporte, “hay que cambiar esos sueños grandiosos de cambios enormes por dos o tres objetivos inteligentes, específicos y que se puedan medir”.

De forma qué tu primera pregunta debería ser: ¿Cuáles son realmente mis propósitos?. ¿Qué cosas de todo lo que deseo son realmente significativas y prioritarias en mi vida este año?.

Una vez que te hayas respondido, especifica ese propósito lo más que puedas, pregúntate qué, cómo, cuanto, dónde y determina cómo vas a medirlo, cómo sabrás que estas en el buen camino, que avanzas o que lo consigues.

Si te planteas cómo propósito hacer ejercicio  o reducir el consumo de pan,  será menos específico y medible que plantearte hacer dos horas de ejercicio al día o comer un panecillo al día.

El objetivo será realizable o alcanzable en la medida en que consigas o cuentes con los recursos internos y externos que necesitas para lograrlo.

Que sea realista dependerá de haber tenido en cuenta la realidad y circunstancias que te rodean y haber previsto como responder a las mismas. Si la consecución de ese propósito implica dejar ir o generar conflictos en relación con personas, cosas o valores más importantes en tu vida, tal vez no sea realista planteárselo o requiera que lo adaptes para evitar ese conflicto o simplemente que resuelvas el conflicto en sí.

Es importante tratar de limitar el objetivo en el tiempo o al menos revisarlo periódicamente para ver cómo va funcionando y hacer los ajustes necesarios. En ocasiones el tiempo nos viene impuesto por causas externas (caso de consecución de objetivos de negocio en una empresa por parte de sus empleados, por ejemplo). En otras es difícil determinarlo porque no depende en todo de nosotros, pero ponerle un plazo, al menos orientativo, o proponerse revisar el estado del objetivo con cierta periodicidad, rompe su inmovilidad y evita que se convierta en eterno.

Pon algo de tu parte: ve a por ello y esfuérzate

Conseguir lo que te propones requiere que actúes y te esfuerces.

Si quieres aprobar un examen no puedes conseguirlo de inmediato, has de crear un hueco en tu vida para estudiar y dedicar tiempo al estudio.

Todo logro implica pagar un precio. Antes de caminar hacia tu meta, piensa si estás dispuest@ a pagarlo.

Divide tu objetivo en pequeños objetivos, ve paso a paso,  y empieza por lo más fácil para ir creando hábitos.

Si llevas una vida sedentaria y tu propósito es participar en una maratón de 42 kms, podrías fraccionar este objetivo en otros más pequeños, cómo apuntarte al gimnasio en una fecha determinada, hacer una hora de ejercicio diaria para acostumbrar  tus músculos al ejercicio durante un mes, correr dos o tres veces por semana distancias cortas de 5 kms durante dos meses, etc. Esto te permitirá ir gradualmente consiguiendo pequeños logros que te impulsen hacia delante.

Para conseguir tus propósitos la fuerza de voluntad es un ingrediente fundamental, pero lo que realmente consolida tus logros es crear una rutina. El hábito no necesita pedirle permiso a la voluntad.

Los expertos consideran que un hábito tarda 21 días en crearse. Eso implica que si realizas una hora de ejercicio todos los días con una rutina determinada de horario y actividades, al cabo de un mes habrás desarrollado un hábito y te resultará muy fácil continuar con él. Será algo tan automático como cepillarte los dientes o desayunar.

Cambia un hábito negativo por otro positivo

No es fácil dejar de fumar aunque seas consciente de que te perjudica o dejar una relación con alguien tóxico para ti. Son hábitos que a su vez generan adicción.

Si en lugar de enfocarte en cambiar dichos hábitos, lo sustituyes por otro positivo (hacer deporte por ejemplo) y te centras en adquirir este último, aumentarás las posibilidades de lograrlo.

Cuando nos enfocamos en algo agradable o deseable, respondemos mejor que cuando actuamos bajo el peso de que algo malo nos va a suceder si no lo hacemos.

Sé flexible y persiste

En tu camino pueden surgir inconvenientes y oportunidades que te lleven a cambiar o reformular tu objetivo. Tu grado de flexibilidad será determinante para conseguir el éxito.

Si algo no te sale bien, fallas un día o fracasas, perdónate y aprende de tus errores, pero no abandones.

Mantén una actitud positiva

Somos lo que pensamos. Si tu actitud es positiva verás soluciones y oportunidades, esquivaras obstáculos y aprenderás. Si te dejas arrastrar por la negatividad o el victimismo entraras en un bucle sin salida que consumirá tus propósitos y minará tu salud.

Comparte tu objetivo con los demás si eso te ayuda

Puede que si das publicidad a tu objetivo comunicándoselo a familiares o amigos, te sientas más comprometido con él. Tal vez recibas palabras de ánimo o formulen preguntas que te ayuden a avanzar. Es posible que compartir tú propósito con ellos te lleve a explicarles periódicamente cómo vas. Incluso cabe la posibilidad de hacer el seguimiento con alguien en concreto.

Decía, Erich Fromm, que el propósito principal en la vida del hombre, es dar nacimiento a sí mismo. Convertirse en lo que potencialmente es.

Sea como fuere, es importante disfrutar del camino antes que del logro. Pues la vida consta de ambas cosas y antes de ser logro el objetivo es una senda que se recorre día a día y minuto a minuto.

Espero que estas sugerencias os sean útiles.

Desde aquí quisiera desearos Feliz Año y  agradeceros de corazón el apoyo y seguimiento de este blog.

 

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COMPRENDER Y SUPERAR EL FRACASO AMOROSO

Si  las personas respondiesen a nuestro mapa de la realidad tendríamos una oportunidad de conocer,  controlar y modificar sus reacciones.  Pero lo cierto es que hay una parte de lo que son los demás que no percibimos. Del mismo modo,  percibir es el resultado de corregir e interpretar lo que piensan y hacen otras personas conforme a sentidos, experiencias, necesidades y expectativas propias.

De ahí que nuestros pensamientos no sean la verdad, aunque para nosotros resulten ciertos, y que los mapas y conductas de otros individuos se escapen a nuestro control. Transpolando esto al terreno de los sentimientos, el éxito o el fracaso amoroso no es algo que dependa al cien por cien de uno mismo, pues la relación sentimental consta de dos partes y bajo nuestro control sólo tenemos una.

En la aventura del amor la voluntad humana no siempre cuenta.

Para empezar tú no eliges de quién enamorarte ni decides quién se enamora de ti. Y en ocasiones, por nuestros diferentes mapas de la realidad, damos al comportamiento de una persona una interpretación distinta de la que para ella tiene o somos interpretados en una forma que nada tiene que ver con nuestra intención. Incluso cuando el amor se convierte en relación estable y vamos obteniendo nuevas percepciones acerca de la persona con la que compartimos nuestra vida, podemos llegar a concluir que dónde sólo veíamos coincidencias existen diferencias abismales.

La relación amorosa evoluciona al hilo de las percepciones y acontecimientos individuales y lo hace de forma desigual e incontrolable. Sin voluntad de estar juntos y sin trabajar la relación, poco puede hacerse, pero cuando se trata del amor en sí, la voluntad no basta. O amas a alguien o no lo amas. Por supuesto siempre de acuerdo con tu propio concepto del amor.

Siendo la percepción de la realidad tan diferente y peculiar en cada persona, no es de extrañar que existan desencuentros y rupturas. El fracaso amoroso es algo natural, aunque no por ello menos doloroso.

Pocas sensaciones resultan tan insoportables como las que experimentamos al percibir o escuchar que no nos quieren de la forma que esperábamos o sencillamente no nos aman. Tal vez algo peor que esto sea no aceptar la situación y continuar luchando en vano. “Conseguiré que me quiera”, se dicen algunos, y la pregunta es: ¿cómo?; ¿acaso depende de ti?.

Los sentimientos no se fuerzan. Nadie tiene poder sobre el amor, ni siquiera la persona que lo experimenta o la que desea experimentarlo. Pensar que lograremos hacer cambiar de opinión a alguien sobre lo que siente es otorgarnos un poder que no poseemos, a no ser que este sentimiento ya exista y lo que busquemos sea un acuerdo de convivencia. Con todo si el acuerdo implica renunciar a principios y valores esenciales para uno, puede convertirse en papel mojado.

De modo que tienes la opción de practicar hechizos para enamorar prolongando tu agonía o aceptar el fracaso y comenzar el proceso de recuperación.

Todo fracaso o rechazo amoroso desencadena un periodo de tristeza, ira e impotencia, hasta que llegamos a la aceptación.

Aceptar supone entender al otro y no insistir más ni forzarle, admitir el rechazo como algo normal en el ciclo de la vida, algo que todos hacemos y a lo que todos tenemos derecho. No podemos agradar a todo el mundo ni todo el mundo agradarnos a nosotros.

Lo que realmente nos lleva por el camino de la superación es aceptar el rechazo dignamente y con humildad sin caer en la trampa de culpar u odiar al otro, ni sentirnos víctimas.

Que alguien te rechace no implica necesariamente que no te aprecie, valore o considere, ni tampoco que tú no seas una persona valiosa o que el mundo te vuelva la espalda, tan sólo significa que una vez, en una situación y con una persona en concreto las cosas no salieron tan bien como esperabas. No es más que un hecho puntual y aislado en tu vida.

Es importante reflexionar y poner las cosas en su contexto. Entender que tu bienestar no puede depender de un hecho o de una persona concreta, que antes y después de ese fracaso tenías y seguirás teniedo una vida . ¿Qué ganas teniendo contigo a quién no te acepta a su  lado ?. ¿Para qué conformarte con eso cuando puedes optar por algo mejor?. ¿No es lo que tú te mereces?.

El fracaso o rechazo amoroso implica que se ha producido  un cambio y comienza una nueva etapa, en la que se abren otras posibilidades. La vida te ofrece una oportunidad para conocer nuevas personas o para estar a solas contigo mismo.

Enfócate en ti, en mimarte, desarrollarte, hacer deporte, ampliar tu círculo de amigos o contactos y realizar todas aquellas actividades que te gustan.

A la recuperación ayudan el distanciamiento y el paso del tiempo. Desde la distancia y el tiempo las cosas se ven con otra perspectiva. Es posible que tras superar ese periodo de dolor estemos en condiciones de ofrecer al otro nuestra amistad, pero si nos implicamos con él será difícil que podamos sustraernos al sufrimiento o a la tentación de forzar inútilmente las cosas.

Poco importa si la persona fue deshonesta, mintió o se volvió atrás. Si pusiste o apostate más. Pensar esto podrá consolarnos momentáneamente, pero alimentará el resentimiento y no evitará el dolor. Sólo el perdón, la aceptación y la comprensión de que el rechazo forma parte del juego de la vida y  de que todos los experimentamos logrará impulsarnos hacia la paz interior y la superación.

Aprendamos a aceptar con deportividad nuestras pequeñas derrotas y preparémonos con ellas para el siguiente partido.

 

 

 

 

 

 

 

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METÁFORAS PARA EL CAMBIO (IV): LA TIENDA DE LAS OPORTUNIDADES

 

Erase una vez una tienda en la que vendían oportunidades.

Luminoso y colorido, el local estaba dividido en dos pasillos, de cada uno de los cuales colgaba un cartel. En el cartel del primer pasillo podía leerse: “Encuentra tú oportunidad” y en el del pasillo de al lado: “Oportunidades de segunda mano”.

Las oportunidades estaban escritas en un pergamino sellado, aunque en las baldas de la estantería un pequeño letrero indicaba el nombre y el contenido de cada oportunidad.

Aquella mañana la tienda se encontraba abarrotada de clientes y la dependienta vio llegar al hombre que día tras día la visitaba.

 Era una persona de mediana edad, con un porte y aspecto impecable. Alguien que ella consideraba educado, elegante y cortés. En un principio había pensado que quizá se tratase de un gran empresario, pero se sorprendió al escuchar de otra dependienta que no tenía trabajo.

Cada mañana, el hombre llegaba allí tranquilamente, daba los buenos días y se internaba en el pasillo de “Encuentra tu oportunidad”. De vez en cuando, salía con un pergamino y le preguntaba a las dependientas sobre las características del producto. Si era fiable o se podía descambiar, si estaba garantizado…y finalmente partía con las manos vacías.

En cierta ocasión, decidió adquirir una de aquellas oportunidades, aunque al poco rato la devolvió porque, según dijo, no le valía para sus propósitos; de modo que la oportunidad fue colocada en el pasillo de “Oportunidades de segunda mano” y adquirida por otro cliente de inmediato.

En un periodo de tres años aquel hombre había adquirido tres oportunidades y las había devuelto todas. Ya en las baldas de “Oportunidades de segunda mano”, los productos retornados se habían vendido a otro cliente en cuestión de minutos.

-¿Qué es lo que busca exactamente?- llegó a preguntarle una vez con ánimo de ayudar.

-Una oportunidad de calidad que esté a mi altura- respondió él con una sonrisa.

-Tenemos buenas oportunidades de calidad aquí, permítame que se las muestre-

-No se moleste- replicó –las conozco todas y en este momento no me interesan, aunque me pregunto si admiten reservas-

-¿Reservas?- preguntó la dependienta.

– Me refiero a reservar la oportunidad durante un tiempo- aclaró él- Si me la llevo tendré que aprovecharla y tal vez pierda la que busco-

-Lo siento señor. Las oportunidades no se reservan. Están para consumirlas. Puede comprar la oportunidad y retornarla en caso de que no la haya abierto-

La dependienta que había visto entrar al hombre aquella mañana también le atendió al salir. Para su sorpresa el hombre llevaba en la mano una oportunidad. Le dedicó una sonrisa:

-Parece que ha encontrado lo que buscaba-

-Al menos se parece mucho a lo que busco- manifestó él.

No había pasado más de media hora cuando el hombre retornó la oportunidad explicando que lo había pensado mejor y no le convenía.

Cuando se hallaban inmersos en labores nocturnas de cierre, aquel hombre volvió y preguntó enseguida por la oportunidad devuelta.

 Por favor- le dijo a la dependienta –necesito volver a comprar la oportunidad; creo que era la mía-

La dependienta lo miró extrañada:

– La oportunidad que devolvió está ya vendida-

-No es posible. ¿Puede pedirme otra igual?-

-Ninguna oportunidad es igual a otra señor. Lo siento-

Dice un famoso proverbio chino que hay tres cosas que no vuelven hacia atrás: la flecha lanzada,  la palabra pronunciada y la oportunidad pérdida.

Wayne Dyer escribió: “cuando te agarras a una creencia que te sabotea, eso sólo te sirve para mantenerte marcando el paso sin avanzar…sólo sirve para justificar tu inacción con una explicación”.

 

 

 

©Isabel Ripoll. 2011. All rights reserved

 

 

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METÁFORAS PARA EL CAMBIO (III): “EL ENCARGO”

 

En el departamento de arquitectura de Build&Bup Co. la actividad era intensa. Doce teléfonos se concentraban en un área de no más de cuarenta metros cuadrados y en ocasiones daban la impresión de sonar a la vez. La constructora se proponía ampliar el espacio, pero la idea se había postergado a una época de mayor tranquilidad.

Rosi se acercó a Carla para encargarle un trabajo y le explicó que se trataba del diseño y construcción de una casa. Nada fuera de lo habitual.

-Otro marrón por la mañanita- resopló Carla.

-Tenemos orden de empezar ya. ¿Qué tal si te lo cuento?-

Carla arqueó las cejas con cierta ironía:

-No me digas que tengo elección-

Rosi, su manager, le indicó que se trataba de construir y diseñar una casa de una planta en una zona cercana a la oficina. La compañía le daría el uso de vivienda para empleados. Tenía seis meses para concluirla y dejaban a su criterio el diseño, la elección de los materiales, pinturas, alicatado, muebles.. . Confiaban plenamente en su trabajo, de modo que bastaría con un breve informe bimensual de los progresos. Las obras no debían prolongarse más allá de seis meses, y para evitar los rigores del invierno era preciso comenzar de inmediato.

Carla sintió curiosidad:

-¿Por qué a mi criterio?-

-¿Por qué no?- inquirió Rosi

-Ya entiendo. Es un proyecto que nadie quiere. Sin importancia-

Rosi suspiró.

Las cosas no eran exactamente como su manager las había expuesto. Carla tenía fama de quejarse por todo. El director le había pedido a Rosi que pusiese fín a aquella situación. Si no lograban motivarla, tendría que abandonar la compañía. Ella estaba al tanto de los problemas de Carla para encontrar un alquiler a buen precio en un área próxima a la oficina. Cada día llevaba a sus tres hijos de seis, diez y doce años a un colegio situado a 40 kilómetros del centro de trabajo. Estaba divorciada y las relaciones con su exmarido no pasaban por el mejor momento. El residía en Wellington y hacia meses que Carla no recibía pensión alguna.

Al regresar a casa Carla se notó agobiada. Sentía la nueva tarea como una carga. Una más de todas las que debía soportar a diario. Se preguntó que podría hacer para liberarse rápidamente y llegó a la conclusión de que  terminar la obra cuanto antes sería su gran objetivo.

Utilizando la inesperada libertad de que disponía, se centró en lo práctico. Diseñó una casa pequeña (quién quisiera lujos siempre podía hacerse la suya propia) con materiales baratos y de mínima calidad, pero fáciles de conseguir y transportar (total era la empresa quién costeaba y seguramente la felicitasen por los ahorros).

Siguiendo el objetivo que se había marcado, utilizó pinturas y muebles baratos y fáciles de encontrar y trasladar. Procuró que el estilo fuese homogéneo y que los colores encajasen con el mobiliario, pero si cualquier decisión al respecto retrasaba la obra, tomaba partido por la opción más rápida.

Para no supervisar constantemente y al detalle los trabajos, tomó la decisión de visitar la construcción una vez por semana y pasó por alto aquellas imperfecciones o defectos cuyo arreglo implicaba un retraso. Al fin y al cabo qué casa no tenía desperfectos. La perfección no era más que una obsesión suya.

En cuestión de cinco meses Carla había logrado deshacerse de aquel encargo.  Rosi acogió con gran entusiasmo la noticia:

-¡Enhorabuena Carla!. Todo un record. Iré con el director a inaugurarla y me gustaría que estuvieses allí-

Ambos se encontraban a las puertas de la casa, cuando Carla llegó. La saludaron con una cordialidad a la que no estaba acostumbrada. Acababan de echarle un vistazo y se mostraron realmente encantados.

-Quería darle personalmente la enhorabuena- dijo el director estrechando su mano–una hermosa casa y un gran trabajo-.

Aunque se notaba desconcertada, Carla agradeció el gesto con una sonrisa.

Mientras observaba la casa, se le hacía difícil entender que de hermoso veían en ella. Era una construcción normal, más bien poca cosa. Y la idea de vivir entre sus paredes le producía cierta desazón. No se consideraba capaz de habitar aquel espacio con cuartos, colores y muebles en los que no se reconocía. En la construcción habían utilizado materiales de poca calidad y presentaba numerosas imperfecciones que por fortuna no era fácil reconocer a primera vista. Sus gustos y preferencias eran bien diferentes. No obstante, aquella era la primera vez que recibía la enhorabuena por parte del director y eso la hacía sentirse bien.

El director miró a Rosi con una sonrisa y le entregó las llaves.

Carla observó como Rosi se acercaba hacia ella con gesto de entusiasmo:

-Son tuyas- le dijo- y la casa también. Hecha por ti y a tu gusto. Podrás ocuparla gratuitamente mientras trabajes en la compañía. Es nuestro regalo para ti-

Carla no fue capaz de articular palabra. Tenía la oportunidad de vivir cerca de la oficina sin sacrificio económico alguno, pero había levantado su propia casa con valores y criterios que no eran los suyos. ¿Qué se lo había impedido?; ¿qué la hacía desear para otros lo que no deseaba para ella misma?, y aún más, ¿por qué había dudado de la intención positiva de aquellas personas?.

-No sabéis cuanto os lo agradezco- murmuró- llevo años construyendo casas para otros y permitiendo que otros determinen qué y cómo debo construir. Acabo de descubrir que no es así como quiero hacerlo. De ahora en adelante, aplicaré mi propio criterio-

 

 

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METÁFORAS PARA EL CAMBIO (II): “LAS COSAS QUE VENUS QUERÍA Y NO QUERÍA”

Venus tenía claro las tres cosas que no deseaba en su vida y sabía que no iba por buen camino… .

Le costaba llegar a fin de mes, padecía una media de cuatro catarros al año y se había convertido en lo que ella misma denominaba “un imán de capullos”.

No era de las que se rendían ante la evidencia. Había puesto en práctica numerosas estrategias para luchar contra aquello. Todo en vano, porque los resultados que no deseaba se repetían una y otra vez.

Caminaba imbuida en aquel pensamiento cuando escuchó una voz dulce y madura que le resultaba familiar:

-Venus, ¿eres tú?-

No podía creerlo. Entre cientos de viandantes, acaba de coincidir con su antigua profesora de Filosofía, la señorita Merche. Aquello sí que era casualidad.

-Todo cambia, nada permanece- exclamó la señorita con una sonrisa, esperando que Venus la reconociese por completo.

-Ah señorita Merche. ¡Qué alegría!- sonrió Venus –veo que se acuerda de cuánto me gustaba ese filósofo. ¿Cómo está?-

-Oh muy bien Venus, disfrutando de la vida. ¿Cómo estás tú?-

La señorita Merche tenía la rara cualidad de desarmarla a una. Si te habías puesto la careta de “soy feliz”, su mirada encendida la derretía. De modo que Venus sintió en su rostro el fuego de aquellos ojos y a duras penas logró reprimir el llanto. Para hacerlo tuvo que pensar en lo efectos que el rímel mojado produciría en su aspecto.

Ella, la señorita, debió advertirlo. Lo intuía por que acarició su brazo con la palma de la mano, cómo solía hacer antaño cuando la Venus adolescente se enfurecía en el Instituto tras errar en la respuesta. Por eso y porque la retiró cuidadosamente a un lado del tumulto que amenazaba con llevarlas en volandas y le pidió con voz de susurro que la tutease.

La señorita Merche y Venus acabaron tomando café en un lugar que la maestra describió como el tugurio favorito de su difunto marido. Una conocida franquicia de cafeterías que Venus evitaba porque en su adolescencia, con su novio de entonces y tras recibir la cuenta, pasó dos eternos minutos sospechando que fregarían los platos. Providencialmente él encontró las veinte pesetas que restaban en un bolsillo de su memorable camisa a cuadros. Habían transcurrido veinte años y todavía se veía capaz de reproducir aquellos cuadros con todo lujo de detalles.

Con la señorita Merche prestándole atención, Venus se enredó en un apresurado monólogo.

Poseía un buen trabajo como siempre había deseado, pero el dinero le quemaba las manos. Cuando tenía un billete sentía la imperiosa necesidad de soltarlo, aunque fuese el último. Y sobre todo si era el último. Precisamente desprenderse del último le producía un placer especial que no sabía muy bien a qué achacar. La profesora  interrumpió su discurso para sugerirle que le pusiera un nombre a aquel sentimiento. Le sonó raro, pero lo llamó “atracción al vacío”.

-¿Y de dónde crees que te viene esa atracción al vacio?- inquirió.

-Mi madre decía que los ricos suelen ser mala gente. A mí no me lo parece, pero a veces me surgen dudas-

Observó que la señorita Merche parpadeaba en silencio.

Le comentó que cuando visitaba a su médico este insistía en decir que gozaba de una salud de hierro. Claro que ella no lo sentía así por más que los análisis demostrasen lo contrario. ¿Por qué entonces me acatarro tanto? inquiría con vehemencia. El doctor tenía la costumbre de responder con otra pregunta. ¿Tú qué crees?.  ¡Menuda tontería!. Lo que ella creía…; ¿De qué iba aquel doctor?. Bien es verdad que si el catarro no llegaba, ella, Venus, se notaba rara y comenzaba a beber coca colas frías con mucho hielo y a utilizar ropas de poco abrigo en pleno invierno. La señorita insistió en que le pusiera un nombre a su reacción. Lo llamó “desafío a la salud de hierro”.

Antes de que Venus pudiera continuar, la señorita Merche se adelantó con una pregunta:

-¿Y qué es eso que llamas “imán de capullos”?-

Venus la miró perpleja.

-¿Cómo lo sabes?-

-Lo dijiste cuando caminabas- comentó la profesora- Sospecho que ibas hablando sola. Esa frase me hizo reconocerte entre la multitud-

Rebobinó las sensaciones negativas que asociaba con aquella afirmación. Se detuvo en las conclusiones. Jamás había mostrado el más mínimo interés por los hombres  realmente interesados en ella. Le parecían aburridos o demasiado perfectos. No perdía ni un minuto en su compañía. Sentía una pereza atroz. Imaginaba una vida sin altibajos, sin la emoción de los arrebatos y las putadas. Una vida… ¿apacible, respetuosa y eterna a su lado?. Y por otra parte, ¿les gustaría a esos hombres como era ella?.

-¿A quién le benefician ese tipo de relaciones?- preguntó la señorita.

-A mí no por supuesto, aunque también hay algo dentro de mí que me lo pide como si se tratase de..- Venus buscaba la palabra, pero la señorita Merche se adelantó de nuevo:

-¿Una adicción?-

-Justo- respondió Venus contenta por la puntualización- Adicción a lo que me perjudica-

La señorita Merche tomó un sorbo de café y repentinamente frunció el ceño como si algo no le hubiera quedado claro.

-¿Qué quieres decir exactamente?- preguntó

Venus se esforzó un poco más:

-A veces quiero lo que me perjudica y no lo merezco- dijo

-¿Estás segura, verdad?. ¿Serías capaz de repetir lo que no quieres?-

Venus reflexionó si acaso se habría perdido en la inteligencia de su antigua profesora o era ella, la profesora, quién estaba perdida. Lo cierto es que le costaba comprender a dónde quería llegar. Claro que a juzgar por lo que acababa de contarle, tampoco se consideraba la persona adecuada para decidir si se trataba de una u otra cosa o tal vez de algo diferente. Repitió lo que ya sabía con los ojos cerrados:

-No quiero acatarrarme, ni atraer capullos, ni tener dificultades con el dinero porque no me lo merezco-

La señorita Merche miró su reloj.

-¿Te importa que te invite?. Tengo que irme ya, aunque antes me gustaría dejarte mi teléfono-

Venus asintió. La profesora mostró una cordial sonrisa:

-Me ha encantado coincidir con mi mejor alumna. De verdad que te veo estupenda. Estoy orgullosa de ti. Y he pasado una tarde genial –

Venus se vio así misma como una mujer desconcertada tratando de contrarrestar el efecto sorpresa. Para ello sólo contaba con una leve sonrisa. Conforme a lo que le había narrado, no llegaba a comprender que su antigua profesora pudiese sentirse orgullosa. Por cierto, ¿cuándo había sido ella, Venus, su mejor alumna?.

Abandonaron a paso lento la cafetería que por diferentes motivos tan especiales recuerdos les traía a ambas. En el fragor de la avenida se despidieron con un estrecho abrazo. Habían quedado en llamarse, pero al intentar hacer un giro para proseguir su trayecto escuchó de nuevo la inconfundible voz de la señorita:

-¿Venus?-

Se volvió a mirarla.

-¿Qué es lo que quieres?- le preguntó

-¿Lo que quiero?- inquirió Venus confundida.

-Si. Me dijiste lo que no querías, pero ¿qué es lo que quieres?-

-Pues vivir holgadamente, tener salud y enamorarme de un buen hombre-

Venus quedó pensativa unos instantes, meditó sobre el efecto que producía en ella lo que acababa de decir. Formulado en positivo su propósito adquiría una fuerza e intensidad especiales.  

-¿Te centraras en eso?- inquirió la señorita

Asintió.

-¿Sabes porque eres mi mejor alumna?-

-No- respondió arqueando las cejas. Se preguntaba con qué saldría ahora aquella anciana tan perspicaz. Sin duda era una caja de sorpresas.

-Nadie se baña dos veces en el mismo río…- dijo y calló como si hubiera colocado las palabras que omitía al borde de un precipicio.

Era una frase de Heráclito, aunque Venus no estaba segura de recordarla de memoria, por eso la formuló como una pregunta:

-¿porque todo cambia en el río y en el que se baña en el?-

-Exacto- dijo la profesora –sabía que tú lo recordarías. Tú sí-

 

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METÁFORAS PARA EL CAMBIO(I): “EL REINO DEL APEGO”

 

Durante quince días había nevado en la ciudad de Cristal.

El sabio Mor estaba convencido de que continuaría nevando, no en vano  una tupida neblina enmarañaba el cielo. Llevaba años haciendo aquellas predicciones y era considerado un experto.

 Fiel a sus creencias, humedeció la punta biselada de su pluma en el tintero y escribió: “Tiempo para mañana: nieve intensa”.

Al cabo de unos minutos el pergamino llegó a manos del Rey. Dada la situación, el soberano leyó con desgana. Cada mañana recibía los partes de Mor con idéntico pronóstico. Veinte días duraba la estación de las nieves continuas. Veinte días sin caza, ni alimentos para los que contaban con una reserva de jabalíes que les aseguraba la supervivencia durante tres meses. Gracias a Dios así había sido siempre. Todo estaba bajo control en Cristal.

Transcurrido el segundo mes, el Rey decidió conversar con el sabio sobre el extraño suceso de la nevada que aún persistía:

-No os preocupéis majestad. La naturaleza no es tan exacta. Esperemos con confianza como lo hemos hecho siempre. Todo está bajo control- respondió Mor.

En el día sesenta y dos de las nevadas, el cuidador de  jabalíes compareció ante el Monarca para manifestar su deseo de abandonar la ciudad.

-Me cuesta entender por qué quieres dejarnos- exclamó el Rey Vikor.

-Majestad ¿y si hubiera otros climas?. ¿Otra forma de hacer las cosas ante las nevadas?-

-Esto es lo único que conocemos Nurban.  Y  todo está bajo control; ¿qué clase de locura puede llevarte a correr esos riesgos?. Durante la historia de Cristal, dos personas nos abandonaron en plena nevada y jamás lograron volver-

Nurban observó el monótono discurrir de los copos de nieve.

-Y si continuara nevando, ¿cuál sería vuestro plan Majestad?-  

El Rey se apresuró a responder:

-Puedes estar seguro de que tal cosa no sucederá; Mor ha estudiado la situación. Se trata de pequeños desajustes. La palabra de Mor siempre se ha cumplido-

Nurban habló resuelto:

-Partiré-

El Rey tradujo su inquietud en una velada orden. Se le notaba contrariado:

-Temo por ti Nurban. Eres un hombre valioso. Tendrás una semana para pensarlo-

Vikor procuró que Nurban tuviese los mejores maestros y ropas, la mayor diversión y los lujos más sofisticados durante aquella semana. Ordenó que se le rodeara de amabilidad y que los ciudadanos le visitasen uno a uno para agradecerle su labor. Sin duda cambiaría de parecer al reflexionar sobre las comodidades y afectos que perdería si abandonaba su reino.

Nurban, meditó largamente qué hacer. Deseaba marcharse y al mismo tiempo le inquietaba la idea. Fuera de la ciudad se extendía un vasto espacio de naturaleza; más allá de aquel espacio bordeado de montañas, sólo dos personas habían osado aventurarse y jamás enviaron noticias.

Un edicto oficial informó que el reino los consideraba muertos. Vikor ordenó un funeral simbólico al que acudieron en masa los habitantes de Cristal.  En aquella ocasión, el Rey pronunció un discurso muy sentido. Se mostró apenado por dos hombres realmente valiosos que lo tenían todo y decidieron arriesgarlo.

-Todo es seguro en Cristal- proclamó con contudencia.

 Como si de un virus se tratase, cada ciudadano repitió las palabras de Vikor. Un eco monumental de voces estalló cual rugido de fiera sobre las calles del reino.

La última noche de su semana de reflexión Nurban soñó con un avestruz  que ocultaba su cabeza en el interior de un  agujero. “Cristal es una gran avestruz” escuchó decir, y despertó sobresaltado. Fue en aquel instante cuando concibió su plan.

Pidió al Rey tres días de retiro en el monasterio de la ciudad al objeto de meditar con detalle su decisión. Seguro de que Nurban estaba reconsiderando la idea de aventurarse, el Monarca accedió a dejarlo sólo.

En la madrugada del primer día, Nurban se embutió en pieles gruesas y abandonó a escondidas la ciudad. Antes liberó a los jabalíes que con tanto esmero había cuidado y les condujo tras sus pasos.

Ignoraba que clase de peligros le acecharían.

 Nevaba copiosamente cuando emprendió su trayecto a pie sobre un par de raquetas. Durante más de ocho horas caminó sin descanso hasta toparse con las montañas que rodeaban el extraradio. Aquellas que limitaban el espacio conocido y seguro de Cristal.  

Sintió la firmeza de su decisión y el miedo agazapado en el cuerpo mientras remontaba las escarpadas laderas hacia lo desconocido. Más de ocho horas invirtió en coronar la cumbre. Para cuando lo hizo el horizonte bajo sus pies tenía forma de valle soleado y verde, surcado por ríos y animales y poblado de exuberantes frutos. Lo contempló extasiado antes de volverle la espalda a la ciudad dónde todo era seguro.

Transcurridos cinco años de aquella visión, Nurban regresó al lugar de partida. Deseaba conocer como había evolucionado la centenaria Cristal en la dura estación de las nevadas continuas sin su reserva de jabalies. Las ruinas que encontraba a su paso comenzaron a angustiarle. ¿Qué clase de catástrofe habría tenido lugar?. Sobre aquel panorama de devastación  avistó con sorpresa  una enorme columna erigida en lo que antaño era el centro del reino. Se acercó para leer lo que había grabado en letras de oro: 

”En homenaje a Nurban el creador. La nueva y prospera Cristal os espera en el valle”.

 
 
 © Isabel Ripoll. 2011. All rights reserved
                                                                                                                                                                                                                                          

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