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¿TIENES MIEDO AL COMPROMISO?

Si crees que has encontrado la persona adecuada para ti, ¿Por qué no bajas la guardia y amas?.

Si no confías en alguien, ¿cómo amarlo?. y si confías ¿qué te detiene?.

Queremos amar, pero nos entra pánico.

 ¿Tienes miedo a las relaciones?. ¿Es el miedo al compromiso una constante en tu vida?.  Ser consciente te permitirá  comprender   y  gestionar adecuadamente ese temor.

 El miedo juega un papel fundamental en el éxito o fracaso afectivo.  Puede hacer que la relación que tanto deseabas se vuelva una pesadilla, que vivas de forma incongruente con tus valores,  te amargues la existencia y  hagas daño a otras personas.

 Si no eres consciente de ello,  tal vez  adoptes una actitud victimista, quejándote de que todas tus relaciones afectivas fracasan.

¿Sabes que podemos elegir inconscientemente mantener relaciones afectivas con una persona porque intuimos que fracasaran o que no llegaran muy lejos ?. Cuando  este tipo de individuos conocen a alguien maduro que les ofrece un compromiso o escuchan la palabra “te quiero”, se sienten tentados a huir.  No obstante, puede que esa  persona les guste de sinceramente  y dañen su relación hasta un punto sin retorno.

¿Conoces algún caso de personas que después de haber roto una relación se arrepienten de inmediato, o tal vez con el tiempo?.

Una amiga me contaba que sufrió mucho cuando la abandonó el hombre  que más había querido en su vida. Lo hizo sin razón aparente. Diez años después, la llamó por teléfono.  Había dejado su trabajo en una gran empresa y viajado a otro país para vivir una relación con una mujer casada y con dos hijos. Aunque la mujer acabo divorciándose, las cosas entre ellos no fueron bien.

–Tanto tiempo sufriendo por esa ruptura y cuando la supero, este hombre viene y me dice que yo he sido la persona más importante de su vida y que le gustaría retomar la relación. Como si nada hubiera pasado. No me apetece en absoluto volver atrás- comentaba.

¿Vas a perder al amor de tu vida por culpa del miedo?.

Conoce tu estilo afectivo y vive de acuerdo con él. De lo contrario  sufrirás y provocarás sufrimiento.

La soledad no incide negativamente en nuestra vida cuando es producto de una decisión meditada y consciente,  pero si la utilizamos como un escudo para protegernos de las responsabilidades o de las relaciones con las personas, caerá sobre nosotros como una losa.

El miedo al compromiso suele estar vinculado a situaciones como la falta de cariño e inestabilidad emocional durante la infancia  o a una decepción amorosa importante.

Estas vivencias generan un temor irracional a lo desconocido, a asumir responsabilidades,  fracasar, decepcionar o ser decepcionado, que actúa como saboteador de nuestras relaciones. Los síntomas de esos temores son diversos. Nos ponemos a la defensiva, fijamos un listón rígido y excesivamente alto,  tratamos de frenar  la relación,  provocamos malentendidos,  nos mostramos distantes, tensos y nos impedimos, en definitiva, ser nosotros mismos, disfrutando plenamente de nuestros sentimientos y de la intimidad con el otro.

El miedo paralizante nos priva de madurar y experimentar;  hace que nos sintamos  por fuera del mundo. También puede desembocar en un afán de controlarlo todo. Desgraciadamente las personas no son controlables y esto suele provocar angustia y rechazo por parte de quién lo sufre. Lo natural es dejar que las cosas fluyan, no reprimirlas. La autolimitación y el excesivo cuestionamiento suelen acarrear sentimientos negativos.

La relación madura de compromiso discurre en un ambiente de equilibrio entre  responsabilidad y autonomía personal y, claro está, se basa en el amor y en la existencia de intereses comunes.

 Resultar herido en las relaciones afectivas es una posibilidad, no una certeza. El fracaso  forma parte de todo cuanto emprendemos y nos ayuda a crecer y madurar como personas, a atesorar experiencia y a profundizar en la empatía humana. Está en cada decisión que tomamos y en cada acción que llevamos a cabo, aunque sin el, el éxito tampoco será una realidad.

Identifica tu miedo, reconócelo, compártelo con la persona que quieres y actúa para disiparlo.

Si tu elección es vivir el amor en toda su plenitud, asume que el compromiso cambiara la situación de tu vida, pero te aportará muchos aspectos positivos. Date una oportunidad a ti mism@ para experimentarlo. Te mereces amar y ser amado.

¿Qué tal si haces  una lista?. Una lista de pros y contras te ayudará a saber lo que quieres y porque lo quieres. A valorar que te aporta más.

¿Si no sintieras miedo que harías o que le dirías a la persona que amas hoy mismo?. Cuando a este pregunta se te ocurran respuestas diferentes de nada o no sé, piensa en porque y para qué dejas que el miedo se interponga en tu relación con esa persona. ¿Que te aporta?. ¿Que podría aportarte decir o hacer lo que desearías hacer o decir sin miedo?.

Lo importante es que seas consciente de tu temor al compromiso,  que no dejes que este te lleve hacia dónde no quieres ir, como si fuera el dueño de tu vida. Recuerda que eres tu propio líder. Sólo tú decides.

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CREER EN LOS MILAGROS

Los milagros son eventos que, por escapar al entendimiento humano y obrar en nuestro beneficio, se perciben cómo prodigiosos.

La percepción del milagro cambia a medida que aumenta el conocimiento y también a medida que pasa el tiempo. Pero así como la ignorancia humana no tiene fin, ellos, los milagros, tampoco lo tienen.

En un tiempo no muy lejano los eclipses, las estaciones del año y las tempestades eran considerados milagros. Hoy parecen algo fácil de explicar, aunque nos siga impresionando la sabiduría con que la naturaleza se desenvuelve en el Cosmos.

Otra sensación extraordinaria se produce cuando tomamos conciencia de que acontecimientos percibidos en términos de adversidad, con el paso de los años, se convierten en prodigiosos milagros sin los cuales no seríamos lo que somos, ni podríamos conectar los puntos precisos que dotan de plenitud y sentido a nuestra vida.

Actualmente sabemos muchas cosas e intuimos otras. La ciencia y el progreso nos han permitido desarrollar la lógica, el sentido común e incluso el alma. Somos capaces de concluir que la salud es nuestro estado natural y que la energía para vivir puede sacarse de las naranjas, las guayabas, los atardeceres, las ciruelas, las algas, las flores, el amor, los chistes, las manzanas, los amigos, los libros, las estrellas, los poemas, los cuentos o las risas de los bebés. Es una lista tan larga o corta como se quiera, porque  sabemos que dentro de nosotros laten infinitos recursos.

Y sin embargo, no todo en realidad se sabe o está inventado. Y no todo lo que se sabe, o se cree saber,  resulta necesariamente explicable y verdadero.

Puede que la mente humana sea una mota polvo en el insondable universo sideral, que carezca de posibilidades para abarcarlo o que, por el contrario, sea tan inmensa y extraordinaria que estemos sólo en los albores de su desarrollo. Tal vez se trate de ambas cosas, o de ninguna, pero los milagros existen.  Y existen incluso cuando creamos, que por conocer bien la causa y efecto de una situación o de un evento, no se producirán.

Porque detrás de algo que se explica siempre puede surgir lo inexplicable y detrás de algo que se sabe también hay algo que se ignora. La sabiduría no es plena, ni mucho menos infalible, aunque confiemos en ella para caminar por la vida con  una mínima sensación de certidumbre. No en vano somos seres hambrientos de certezas, de hábitos y de seguridad.

 Yo aún no puedo explicar porqué me encontré ese dinero cuando más lo necesitaba, porque tuve un hijo tan joven, porque invertí tantos años en terminar mi carrera, porque la muerte de mi padre abrió nuevas formas de pensar en mí, porque alguien que yo quería, por el que rogaba y estaba desahuciado, salió repentinamente de la UCI, porque el amor de mi vida llegó cuando me sentí preparada o porque en una calle repleta de coches encuentro ese hueco que necesito para aparcar cada día.  Ignoro porque mi corazón se estremece con un paisaje, con una foto, con el mero hecho de dar el biberón a mi nieto, con una copa de buen vino, con inspirar el aire o despertar cada mañana. Para mí todo esto es un milagro y me embarga una maravillosa sensación de plenitud y agradecimiento.

Cuando conecto esa sucesión de hechos, que en su momento me parecieron adversos o beneficiosos, mi vida adquiere pleno sentido y descubro que la clave de esos milagros no fue otra que creer firmemente en ellos.

Creer en lo que deseo, en la magia de cada momento, en lo que no ven mis ojos, pero logro imaginar. Y cuando creía o creo, el milagro sucede de una forma tan natural que parece haber estado allí siempre, aguardando en el mudo silencio a que yo lo llamase.

Los milagros no son patrimonio de la religión, más bien se cimentan en nuestra capacidad de creer y en la fe para sostener aquello en lo que creemos.

Hay una varita mágica en cada creencia capaz de crear lo que uno cree. Un hada madrina o un mago en cada uno de nosotros.

Por eso hablaba Einstein de dos formas de ver la vida: una creyendo que no existen milagros y la otra creyendo que todo es un milagro.

No es más que una decisión personal.

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TESTIMONIOS DE SUPERACIÓN (I): LA HISTORIA DE MANUEL

Solíamos jugar al fútbol en el estrecho pasillo de la casa.

Manuel era hábil y rápido. Se revolvía en un palmo de parquet escabulléndose entre mis piernas como un roedor en dirección al umbral de la puerta del baño o de la cocina, donde estaban las porterías.

Yo ostentaba entonces la envergadura que me daba tener cinco años más y sabía que Manuel respetaba aquella ventaja, por no decir que la temía. El miedo a las patadas y a la fuerza del rival era su punto débil, pero la técnica con la que manejaba el balón resultaba admirable.

Un buen día yo me hice adolescente y aquellos partidos fueron espaciándose hasta convertirse en historia. Pasaron unos años y el también llegó a la adolescencia. 

Era un joven  de cabellos ligeramente dorados y ojos azules, deportista hasta la médula. Al observarle,  pensaba que lo tenía todo para triunfar. Sin embargo, pronto me di cuenta de que vivía en un infierno. Padecía ataques de ansiedad y desconocía la causa. Comprendí que  era un chico excesivamente autoexigente y asustado, por más que  su estado de tristeza interior, no le impidiese suscitar alegría en los demás.

Una noche yo estaba leyendo un libro y escuché el timbre del teléfono. Fue así como nos enteramos de que Manuel había sufrido un accidente.

Durante casi dos meses estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte. Los médicos nos advirtieron que era el enfermo más grave. Había sido sometido a múltiples operaciones de amputación y reconstrucción y a transfusiones sanguíneas, padecía una septicemia y sus ratos de consciencia se contaban por delirios. Desde la ventanilla de la UVI, observábamos pacientemente su sueño y su lucha cada día.

En la Nochebuena de 1988, la gravedad cedió. Manuel había ganado la batalla a la muerte en una gesta que nadie parecía capaz de explicar. Ante él se abrían las puertas de la vida, aunque fuese con un pronóstico desalentador. Sufría la amputación parcial de un brazo y de una pierna, y el resto de sus extremidades habían sido cuidadosamente reconstruidas, lo que le dejaría secuelas de por vida. Los médicos vaticinaron que, al margen de la rehabilitación, era muy probable que Manuel no volviese a andar.

Durante cinco meses Manuel permaneció en el hospital rehabilitándose. Antes tuvo que encajar que había perdido partes de su cuerpo aunque aún le dolieran o las sintiese y  también a su novia. No era responsable por ello, pero no podía evitar que la culpa lo persiguiese.

Cuando recibió el alta y experimentó el tacto del aire suave de la mañana, se sintió una persona nueva.

Llegó a su casa en una silla de ruedas, se miró al espejo y bromeó:

-Estoy realmente guapo- dijo. Su hermana lo miraba indecisa, sin saber si reír o llorar.

Manuel no volvió a padecer aquellos ataques. Descubrió que podía hacer desaparecer el miedo con sólo enfrentarlo. Tenía el cuerpo roto, pero su mente se había blindado por completo al desaliento.

A sus veintiún años se consideraba afortunado por estar vivo y  tener un objetivo claro. Antes del accidente solía preguntarse para qué vivía.  

Lo primero que se propuso fue hacer una vida normal.

Para ello repitió matricula en la Universidad y asistió al primer examen unos meses después de haber recibido el alta. Echó de menos el brazo derecho que tanto sentía. No había escrito jamás con la mano izquierda, de modo que se armó de paciencia. El examen le llevó dos horas. Tuvo que pedir un tiempo extra ante la imposibilidad de escribir más rápido. No tenía claro que lo que había puesto en el papel fuese legible, pero obtuvo un notable.

Su segundo objetivo fue caminar.

Tardó un año en pulverizar los pronósticos médicos. Se ayudó de muletas al principio y después de su pierna ortopédica para mantener el equilibrio. Cada día asistía a la rehabilitación en el hospital y más tarde prolongaba las sesiones en casa.

No fue fácil, la amputación del brazo derecho y de la pierna izquierda le descompensaba y más de una vez perdió el equilibrio  y se precipitó al suelo como si su cuerpo fuese un bloque  de cemento. El mínimo obstáculo o tropezón representaba un riesgo para su integridad.

Cuando logró caminar, se planteó volver a hacer deporte y encontrar un trabajo.

Comenzó poco a poco. Colocó las sillas de la terraza de forma aleatoria en el jardín  y trató de pasar con el balón controlado por los espacios. Al principio iba muy despacio, pero en pocos meses adquirió velocidad.

Un año y medio después de su accidente logró trabajar con un contrato eventual que terminó prolongándose.

El cuarto objetivo de Manuel fue crear una familia.

Decidió salir con sus amigos y relacionarse, adquirió un coche, lo habilitó para la conducción y volvió a destilar el humor y la alegría que le eran innatos; esta vez en congruencia con lo que realmente sentía en su interior.

Manuel tiene hoy una mujer y tres hijos maravillosos, juega torneos de padel y ayuda a otros jóvenes a superar problemas. Es un avezado cocinero, una persona sociable y por encima de todo, un hombre feliz y libre de complejos. Su vida no está exenta de achaques y limitaciones, pero lo acepta como algo natural.

No he podido resistirme a escribir sobre él, porque su ejemplo me inspira cada día.

Le he pedido que me regale una frase para este testimonio. Sonríe, se rasca la cabeza, me guiña un ojo y comenta:

-La vida es generosa si le pones pasión y compromiso. La cuestión no es tanto que puede hacer la vida por ti, como que estás tú dispuesto a hacer por tu vida-

Intento reducir su frase a un solo pensamiento y escribo en mi libreta: “Manuel es su propio líder”.

 

 

 

 

 

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EL TIEMPO EN TUS MANOS

 

El tiempo es un tema eterno.

Algo que hace del tiempo un bien preciado, es el hecho de saber que puede desaparecer  repentinamente y, sin embargo, cada instante de vida, nos brinda la oportunidad de disponer de él.

El valor del tiempo también se mide por  la sensación de pérdida.  Ese instante que se escapa y no vuelve. El que nos deja con la incertidumbre de saber si tendremos más.

A veces utilizamos el tiempo para planificar el futuro  y olvidamos el presente.  Nos ausentamos de lo que estamos  viviendo, para sumergirnos en las distracciones de nuestro diálogo interior o en el rumor de cuanto nos rodea.

Una cosa que me fascina del  tiempo es su maleabilidad. La posibilidad que tiene cada individuo de dedicarlo a aquello que le hace sentir pleno, realizado o valioso.

Por esta razón, me parece importante saber gestionar nuestro tiempo personal.  Decidir a qué lo dedicamos y para qué, pues al dejarlo a su antojo, puede acabar en manos de alguien o provocarnos frustración si percibimos qué no lo controlamos o que lo hemos perdido. Sea como sea, su empleo es producto de una elección personal.

De modo que cuando digo “no tengo tiempo” hago una elección, aunque en paralelo pueda estar formulando una excusa. No significa que no tenga tiempo para otras cosas, sino que elijo dedicarlo a una actividad, objeto o persona en concreto.  Cuando tengo tiempo para trabajar y no para hacer deporte es porque trabajar es para mí una actividad prioritaria, puede que me guste más, o quizá lo que suceda es que no quiero hacer deporte.  Y si postergo la familia  por el trabajo o el deporte, es mi decisión.

 Aquello que elijo, activa o pasivamente, puede hacerme sentir bien o mal. Puedo ser adicto a una emoción negativa y dedicar mi tiempo a situaciones, objetivos o personas que me suscitan esa emoción.  La persona adicta a una droga seguramente elija dedicar su tiempo a adquirirla y consumirla.

Analizar a qué dedicamos nuestro tiempo es un ejercicio muy saludable: ¿Contribuye esa elección personal a nuestro bienestar?, ¿a lo qué deseamos conseguir y sentir con ella?.

A la hora de establecer prioridades, una buena opción es hacerse preguntas: ¿Qué nos mueve?. ¿Ser percibidos como eficaces?, ¿sentirnos bien con nosotros mismos?, ¿crear relaciones?, ¿aportar valor?. ¿Qué actividad, acción o persona nos potencia o conduce hacia nuestros objetivos?. ¿Qué cosas de las que hacemos aportan sentido a nuestra vida?.

Cuando algo que no figure en la lista sea importante, tocará  hacerle un hueco a la medida de su importancia y de la importancia del resto de actividades o personas que figuran en ella. Crear huecos exige reducir o eliminar el tiempo que dedicamos a otras cosas. No podemos tener todo, pero si aquello que resulta vital para nosotros.

Si ordenamos nuestras prioridades conforme a criterios alineados con los propios objetivos y valores, no tendremos la sensación de estar perdiendo el tiempo o de perder oportunidades que en realidad para nosotros no son tales. Tampoco buscaremos excusas. Al poner luz en nuestro tiempo mediante un acto de conciencia y reflexión, logramos ser dueños del mismo. No es el tiempo que nos toca el que nos utiliza, somos nosotros quienes lo utilizamos a él.

En nuestra lista personal y profesional debería figurar todo aquello que resulta esencial, aquello sin lo cual no estaríamos completos porque nos define.

El tiempo debería ser un recurso útil.  Para sacar el máximo partido de los instantes que dedicamos a las actividades, objetivos y personas de nuestra lista, no hay mejor fórmula que prestar atención y poner la máxima intensidad en lo que hacemos o percibimos.

La atención y la intensidad son puro enfoque. Una suerte de pasión  que nos hace entregarnos con los cinco sentidos a cuanto emprendemos.  Algo así como vivir el momento y para el momento, exprimiéndolo al máximo. Es el “juice” del que se suele hablar en el argot comercial. El líquido jugo que mide la eficacia de nuestro tiempo.

Si mi elección ha sido acertada, el resultado se traducirá en un excelente zumo. En otro caso:  ¿Qué ha fallado?, ¿qué puedo aprender?. ¿Debe estar esa actividad, objetivo o persona en mi lista del tiempo?. ¿Es lo que yo quiero o lo que quieren otras personas?.

Mientras estás vivo, el tiempo es un reloj de arena en tus manos. Tú decides cuando se pone en marcha y para qué. Si haces o no zumo con él. Si le exprimes todo el jugo  o te conformas con exprimirlo a medias. Lo importante es que seas consciente de lo que tienes entre tus manos y de las posibilidades que te ofrece,  que lo utilices en tu beneficio y para tu felicidad.

Si te quejas porque no tienes tiempo, algo sobra o falta en tu vida. Te toca averiguar y decidir. Piensa que a veces uno cree  estar enfocado en lo que desea y de pronto descubre un puñado de  arena colándose entre sus dedos.

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SE BUEN@ CONTIGO Y TRAZA LIMITES

La mayoría de nosotros crecimos con los cuentos de Perrault y rodeados de adultos que nos exigían ser buenos y portarnos bien.  Ser bueno en nuestra niñez consistía en agradar a los demás, y especialmente a nuestros padres, siendo obedientes.  

Durante la infancia los adultos actúan como un referente imprescindible para nuestro aprendizaje, pero al ir creciendo hemos de desarrollar una identidad propia.

Entre la pubertad y la adolescencia surge la necesidad de saber quiénes somos y de afirmarnos. Esa búsqueda de lo que somos y esa afirmación de lo creemos ser nos induce a rebelarnos. En realidad es un proceso necesario porque nos prepara para convertirnos en personas capaces de dirigir nuestra vida y tomar nuestras propias decisiones.

Es difícil creer que se pueda desarrollar una visión propia del mundo sin examinar y cuestionar la que nos han inculcado, sin decidir qué es válido para nosotros y que no y replantearnos los conceptos heredados de nuestra niñez, por ejemplo, el de bondad. ¿Qué le aporta a un ser humano adulto e  independiente vivir para obedecer y agradar a los demás?.

Cuando desde nuestra óptica de adultos, nos preguntamos que es de verdad ser bueno, tiene sentido pensar en la bondad como comportamiento sano que comienza con uno mismo. Ser bueno contigo como paso previo para ser bueno con los demás.

La bondad puede estar relacionada con la educación, la amabilidad o el respeto. Pero tratar de estar de acuerdo con todo el mundo, dejarse avasallar y hacer favores indiscriminadamente a costa de uno mismo, ¿qué tiene para nosotros de bueno?.

Cuando dices a todo que sí, sin tener en cuenta lo que eres o sientes y permites que cualquier persona te imponga sus deseos, no consigues su cariño, ni su respeto; lo que consigues es convertirte en el felpudo por el que todos pisan para lograr sus objetivos. En realidad refuerzas el comportamiento ajeno que deseas eliminar y tienes todas las papeletas para que tu resignada vida de alfombra, te pase factura con resentimientos y depresiones.

Por miedo a no ser queridos y a no gustar,  a parecer desagradables o antipáticos, en ocasiones nos cuesta defender nuestro territorio y nuestras necesidades. Estamos dispuestos a ceder y a consentir para evitar el conflicto y el enfrentamiento. De ahí que hagamos favores que en realidad no queremos hacer y que dejemos que los demás invadan nuestro espacio personal, nuestro tiempo y nuestra privacidad.

Dejarte avasallar tampoco llevará paz a tu vida. Interiormente reproducirás el conflicto que deseas evitar, aunque esta vez el contrincante sea tu propia autoestima.

Las relaciones saludables no admiten ganadores y perdedores, se nutren de independencia y respeto y discurren en un área de valioso equilibrio. Donde no logres reciprocidad, obtendrás sufrimiento.

¿Cuál es la clave entonces para conseguir que otros respeten lo que somos y evitar caer en la frustración, el resentimiento o la infelicidad?. ¿Qué hacer para no dejar el norte de nuestra vida en manos de los demás y preservar nuestra autoestima?.

Poner límites.

Los límites nos otorgan el gobierno sobre el territorio de nuestra existencia y ponen freno a comportamientos que consideramos inadecuados o destructivos. Marcan lo que somos y no somos, hasta dónde llegan nuestras responsabilidades y como queremos que nos traten.

Es importante trazar líneas en torno a uno mismo y hacerlas respetar para que nadie las cruce ni física, ni emocionalmente.

Para lograrlo hemos de decidir que está bien o mal para nosotros, explicar a los demás que esperamos de ellos en relación con esa decisión y las consecuencias de no respetarlo, pero además hemos de ser consecuentes, no recompensando comportamientos que deseamos que desaparezcan, ni disociando nuestro lenguaje verbal y no verbal. La falta de coherencia o firmeza hará que no nos tomen en serio.

Ser bueno no es renunciar a ti mismo, ni dejarte pisar, sino tener entre tus intereses la plenitud de los otros. El bueno es alguien poderoso y motivador que experimenta amor, entusiasmo de estar en el mundo y de recibir su luz y proyectarla, alguien que disfruta siendo y ayudando a ser, alguien enamorado de la evolución propia y ajena. El bueno es un motivador porque su amor y su entusiasmo alienta el desarrollo.

Si una persona hace algo que te molesta debes decírselo cuanto antes. No tienes por qué ser agresivo. Actúa de forma asertiva y amable, pero firme.

Lejos de dificultar las relaciones interpersonales, los límites permiten que estas sean equilibradas y resulten satisfactorias.

Recuerda el proverbio que dice que un buen vallado hace buenos vecinos.

 

 

 

 

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CUANDO NO TE COMPRENDEN

 

 Nadie verá y sentirá lo mismo que tú sientes. Tal vez se acerque, pero no será igual.

Asimilamos el mundo a través de nuestros filtros. Los sentidos, las creencias, la educación o la historia personal, incluso la genética, determinan nuestra representación de la realidad.

Digo esto porque a veces nos desesperamos, criticamos y juzgamos. Resulta que el otro no nos entiende, no se preocupa, no se comporta como yo espero, y al pensar de esta forma, me creo que estoy en lo cierto. No advierto que se trata de una percepción personal, que existen mapas diferentes al mío, diferentes modos, tantos como personas, de captar y entender los hechos.

Si partimos de la idea de que el resto de personas debe entender y saber lo que queremos decir, que actúan en nuestra misma realidad y se la representan tal como nosotros, lo más probable es que surjan conflictos, malentendidos y frustraciones en nuestras relaciones.

¿Qué hacer entonces?. ¿Utilizar la fuerza?. ¿Te ha pasado alguna vez que tratas de imponer tu visión y el otro se afirma con mayor vehemencia en la suya?. Es difícil pensar que se pueda conocer la realidad sin un observador y cada observador es un sujeto que tiene su propia percepción, un individuo con su propia subjetividad.

Para empezar la representación que cada persona tiene del mundo exterior, depende del sistema sensorial que utilice en ese contexto. Si da importancia, por ejemplo, a lo que oye, a lo que ve o a lo que siente. ¿Cómo procesa la información?. ¿Tiende a prestar atención a los detalles o más bien se inclina por la globalidad?. ¿Se sitúa dentro del tiempo olvidándose de ella o se disocia y lo mide?. ¿Qué experiencias ha vivido respecto a un tema concreto que influyen en lo que piensa?. ¿Qué anclajes posee que le hacen sentirse bien o mal ante determinados estímulos?. ¿Cuáles son sus valores?. ¿Se centra en las ventajas o en los inconvenientes?.

No hay respuesta acertada ni desacertada. Nadie es mejor ni peor en función de sus filtros. La cuestión no es juzgar a las personas o criticarlas, sino comprender como funcionan y acercarnos a ellas. Cualquiera que busque una comunicación eficaz ha de estar abierto a percibir las particularidades del otro y a sintonizar con él. Sólo así podrá comprender su mensaje y lograr que se comprenda el suyo.

La calibración parte de observar y escuchar al otro para recoger información. Nos permite conocer mejor a nuestro interlocutor, su modelo del mundo, sus creencias, sus valores, sus sistemas sensoriales predominantes, sus intereses, recuerdos, experiencias y estrategias.

Tras la calibración, llega el momento de utilizar lo aprendido para lograr sintonía. La sincronización permite crear un clima de confianza y entrar en el mundo de otra persona siguiendo sus parámetros, pero también nos permite “guiarla” hacia posiciones distintas a la suya. Una vez que hemos sintonizado con alguien, podemos ir cambiando los parámetros, de tal forma, que sea el otro quien nos siga a nosotros.

La forma en que cada persona se representa la realidad determina su sufrimiento y su felicidad. Todos poseemos recursos para modificar esa representación, pero al relacionarnos con otras personas, lo primero es comprender y adaptar nuestro lenguaje verbal y no verbal a su modo de ver el mundo. De esta forma la comunicación habrá sido eficaz y se darán  las condiciones para influir en nuestro interlocutor.

Conocer y respetar la realidad del otro es el primer paso para qué nos entienda.

En lugar de juzgar y criticar, ¿Qué tal si nos esforzamos por comprender y comunicar eficazmente?. ¿Qué tal si partiendo de ahí, llevamos al otro a conocer  nuestro mundo?.

  

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CUANDO LA PEREZA BLOQUEA TU VIDA

En las selvas húmedas de Sudamérica habita un animal peculiar que hace de la lentitud su forma de vida. El perezoso, definido por algunos como un oso lento que parece una estatua, pasa la mayor parte del día dormitando entre las ramas de los árboles y a veces muere colgado de ellas, ya que es allí donde transcurre el grueso de su existencia.

Considerado como el animal más lento del mundo, la práctica de la relación sexual entre perezosos puede llegar a durar más de 20 horas y no es extraño que se queden dormidos durante el transcurso de la misma.

El cambio del hábitat y la exposición a los depredadores han convertido a este mamífero en una especie en extinción, no en vano cuando desciende cada semana del árbol para cubrir necesidades fisiológicas básicas, su propia lentitud le transforma en presa fácil; y sus garras, aunque afiladas, no aciertan con la rapidez del entorno.

Aunque la lentitud no implique necesariamente pereza, una persona perezosa suele ser lenta por su tendencia a la inacción o a la desidia, a postergar las cosas o a buscar una excusa para no actuar.

En el diccionario la pereza se define como negligencia, tedio o descuido en realizar acciones, movimientos o trabajos.

En determinadas circunstancias “no hacer nada” puede ser reparador. La ausencia de actividad nos permite recuperar fuerzas, descansar y serenarnos, incluso puede estimular nuestra creatividad. En otras, la pereza es un síntoma de trastornos físicos o psicológicos, tales como enfermedades que provocan debilidad física o enmascaran una depresión.

Cuando el tedio, descuido o negligencia resultan ser un subterfugio para esquivar responsabilidades o sabotear los objetivos que nos hemos trazado, esta pereza se convierte en un lastre para nuestra vida.

Resulta una obviedad que tendemos a no malgastar energías si no hay un beneficio, pero no cada vez que evitamos hacer algo o lo hacemos con desgana, o sin poner empeño alguno, la causa es una ausencia de beneficio. Puede ser perfectamente posible querer y desear algo y evitarlo y rehuirlo, a pesar de que vislumbremos su rentabilidad.

En ocasiones el motor de la pereza es el miedo. Miedo al fracaso, a la incertidumbre, al ridículo, al rechazo, a la responsabilidad. Y tendemos a disfrazar nuestra reticencia a la acción con excusitis o victimismo: “no me interesa”, “para que voy a hacer esto, si al final todo seguirá igual”, o, ”para qué aventurarme”. También es posible que detrás de nuestra aparente indolencia se esconda otra razón, como la falta de autoestima o confianza en nosotros mismos: “no puedo”, “no valgo”, “no estaré a la altura”.

¿Cómo lidiar o ganar terreno frente a esa pereza que nos bloquea?.

Lo primero, desde luego, es tomar conciencia de que somos perezosos y de cómo nos limita esa actitud.

No conozco fórmulas mágicas, aunque creo que ejercitar nuestra mente es la clave. Practicar ejercicio físico, alimentarse adecuadamente y descansar ayudan a prevenir la falta de energía, pero nuestra actitud mental y lo que decidamos pensar resulta determinante.

Centrarse en los beneficios en lugar de las dificultades y pensar en la tarea, acción u objetivo en términos más específicos y concretos (¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿quién?, ¿para qué?) contribuye a la superación de la pereza. Bajo esta óptica el problema o el objetivo se tornan más comprensibles y fáciles de solucionar y crecen la motivación y las ganas de actuar. Cuando una tarea o un objetivo resultan abstractos la magnitud de la incertidumbre y de la propia incomprensión que nos embarga hará que tendamos a postergar su realización.

Dividir las tareas y objetivos en sub tareas, trazar un plan claro, ir pasito a pasito, haciendo las cosas de una en una y evitar distracciones que te inhiban de lo que estás haciendo, hará mucho más llevadero y manejable todo aquello que emprendas. Si realizas varias tareas al mismo tiempo es fácil que te satures, que caigas en el agobio y en la confusión y que el sobresfuerzo te pase factura. Rechaza las “multitareas”.  Secuencia tus objetivos y tareas  y anota los progresos.

Y por otra parte, ¿te has preguntado qué ocurriría si no hicieses eso que tienes o debes hacer?. ¿Qué perjuicios te ocasionaría por ejemplo no planchar si nadie puede pasar la plancha por ti?. ¿O tener el armario desordenado?. ¿O no hacer ejercicio?. ¿Te compensa ser perezoso?. ¿Qué pierdes?. ¿Es importante?. ¿Cuánto?.

La respuesta a estas preguntas tendrá que ser honesta. Y lo será cuando sientas que no es un pretexto para consolarte momentáneamente. Si las mismas cuestiones acechan una y otra vez a pesar de haberte respondido, puede ser que alguna incongruencia perviva en tu subconsciente. Atrévete a profundizar en ti mism@ y a conocerte de verdad.

¿Y qué tal si te tratas bien?. Me refiero a premiarte de forma razonable y proporcionada cuando logres cualquier cosa que para ti represente un avance, por pequeño que este sea. Piensa en un baño reconfortante, un paseo, un helado. Se tu fan número uno.

En todo caso, puedes convertir la superación de la pereza en tu propio desafío personal. Planteártelo como un reto. ¿Hasta dónde eres capaz de llegar?. Pruébate a ti mism@ y date ánimos. ¡Puedes hacerlo!, de modo que: ¡hazlo!. Descubre tus posibilidades y recursos. Aunque lo ideal es utilizar esos recursos propios para superar la pereza que te limita, siempre puedes apoyarte en otras personas e incluso modelar lo que te inspira en los demás.

Pero ante todo, muévete y vive plenamente lo que haces. Mantente activ@ y encuentra una razón que te impulse. Involúcrate emocionalmente con los cinco sentidos en ella.

La pasión es el motor de la acción, del entusiasmo y de la energía. Es pura vida y dedicación. Y marca la diferencia en los resultados de todo cuanto emprendemos. El nivel de pasión que pones en lo que haces determina la intensidad de tu éxito. Es el pequeño plus que te hace brillar.

Termino con un resumen de las palabras que Al Pacino pronuncia en su interpretación memorable como entrenador de fútbol americano. Creo que son un fiel exponente de todo lo que puede mover la pasión en nosotros:

Podemos salir trepando del infierno, pulgada a pulgada. La vida es un juego de pulgadas. Puedes pelear por esa pulgada, hacerte pedazos por esa pulgada, clavar las uñas por esa pulgada porque sabes que cuando sumes todas esas pulgadas, eso hará la diferencia entre ganar y perder. Quien esté dispuesto a morir por esa pulgada, ganará. Y si algo de vida te queda es porque aún estas dispuesto a luchar y morir por esa pulgada. Porqué eso es lo que significa vivir. Las seis pulgadas que tienes ante ti.

Si la pereza te limita, disípala con tu pasión.

 

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