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COMENZAR UNA NUEVA PÁGINA

“Todo hombre debe nacer de nuevo el primer día de enero. Comenzar una nueva página” escribió el orador y predicador Henry Ward Beecher.

Mejorar o cambiar es una actitud innata en el ser humano. El cambio es una constante en la naturaleza. Todo cambia aunque te resistas y, si tú cambias, todo lo que te rodea también.

En el último día de Diciembre, tendemos a hacer balance  personal de lo ocurrido durante el año que se acaba y a proyectar nuestros sueños y propósitos en el que va a comenzar con el objetivo de estar un poco más satisfechos con nosotros mismos.

El cambio de año es la oportunidad perfecta para examinar lo que consideramos logros y fracasos, hacer borrón y cuenta nueva  y atesorar  nuevos proyectos.

El mero hecho de formular propósitos genera un estado de esperanza, optimismo y tranquilidad.

Esa sensación de tener una nueva oportunidad para reinventarnos y ser más felices, nos llena de energía. La propia emoción puede hacer que concibamos múltiples propósitos y que esperemos resultados inmediatos.

O tal vez nuestra intención no vaya más allá de plantearnos las  metas de siempre aún sabiendo que lo más probable es que no las alcancemos. Bajar de peso o dejar de fumar por ejemplo, mientras pensamos en una batería de excusas del tipo “no estoy dispuesto a privarme de nada” o “de algo hay que morir”. Si este es tu caso, se consciente de ello y no dañes tu autoestima, ni te bloquees. Al fin y al cabo eres tú quién elige. Tal vez debas examinar porqué y para qué decidiste no cumplir esos propósitos, en lugar de auto flagelarte.

Pero si  realmente deseas cumplir aquello que formulas, te apunto algunas ideas  de cara a  facilitar la consecución de tus metas:

Determina tus objetivos de forma específica, medible, realizable, realista, y trata de limitarlos o revisarlos en el tiempo.

Cuidado con cargar la lista de propósitos. Tratar de lograr muchas cosas a la vez roba energía y claridad y nos dispersa. No puedes poner en marcha todos los cambios al mismo tiempo.

 “Un propósito de Año Nuevo es un maratón no un sprint” afirma Kevin Burns portavoz del Consejo Estadounidense del deporte, “hay que cambiar esos sueños grandiosos de cambios enormes por dos o tres objetivos inteligentes, específicos y que se puedan medir”.

De forma qué tu primera pregunta debería ser: ¿Cuáles son realmente mis propósitos?. ¿Qué cosas de todo lo que deseo son realmente significativas y prioritarias en mi vida este año?.

Una vez que te hayas respondido, especifica ese propósito lo más que puedas, pregúntate qué, cómo, cuanto, dónde y determina cómo vas a medirlo, cómo sabrás que estas en el buen camino, que avanzas o que lo consigues.

Si te planteas cómo propósito hacer ejercicio  o reducir el consumo de pan,  será menos específico y medible que plantearte hacer dos horas de ejercicio al día o comer un panecillo al día.

El objetivo será realizable o alcanzable en la medida en que consigas o cuentes con los recursos internos y externos que necesitas para lograrlo.

Que sea realista dependerá de haber tenido en cuenta la realidad y circunstancias que te rodean y haber previsto como responder a las mismas. Si la consecución de ese propósito implica dejar ir o generar conflictos en relación con personas, cosas o valores más importantes en tu vida, tal vez no sea realista planteárselo o requiera que lo adaptes para evitar ese conflicto o simplemente que resuelvas el conflicto en sí.

Es importante tratar de limitar el objetivo en el tiempo o al menos revisarlo periódicamente para ver cómo va funcionando y hacer los ajustes necesarios. En ocasiones el tiempo nos viene impuesto por causas externas (caso de consecución de objetivos de negocio en una empresa por parte de sus empleados, por ejemplo). En otras es difícil determinarlo porque no depende en todo de nosotros, pero ponerle un plazo, al menos orientativo, o proponerse revisar el estado del objetivo con cierta periodicidad, rompe su inmovilidad y evita que se convierta en eterno.

Pon algo de tu parte: ve a por ello y esfuérzate

Conseguir lo que te propones requiere que actúes y te esfuerces.

Si quieres aprobar un examen no puedes conseguirlo de inmediato, has de crear un hueco en tu vida para estudiar y dedicar tiempo al estudio.

Todo logro implica pagar un precio. Antes de caminar hacia tu meta, piensa si estás dispuest@ a pagarlo.

Divide tu objetivo en pequeños objetivos, ve paso a paso,  y empieza por lo más fácil para ir creando hábitos.

Si llevas una vida sedentaria y tu propósito es participar en una maratón de 42 kms, podrías fraccionar este objetivo en otros más pequeños, cómo apuntarte al gimnasio en una fecha determinada, hacer una hora de ejercicio diaria para acostumbrar  tus músculos al ejercicio durante un mes, correr dos o tres veces por semana distancias cortas de 5 kms durante dos meses, etc. Esto te permitirá ir gradualmente consiguiendo pequeños logros que te impulsen hacia delante.

Para conseguir tus propósitos la fuerza de voluntad es un ingrediente fundamental, pero lo que realmente consolida tus logros es crear una rutina. El hábito no necesita pedirle permiso a la voluntad.

Los expertos consideran que un hábito tarda 21 días en crearse. Eso implica que si realizas una hora de ejercicio todos los días con una rutina determinada de horario y actividades, al cabo de un mes habrás desarrollado un hábito y te resultará muy fácil continuar con él. Será algo tan automático como cepillarte los dientes o desayunar.

Cambia un hábito negativo por otro positivo

No es fácil dejar de fumar aunque seas consciente de que te perjudica o dejar una relación con alguien tóxico para ti. Son hábitos que a su vez generan adicción.

Si en lugar de enfocarte en cambiar dichos hábitos, lo sustituyes por otro positivo (hacer deporte por ejemplo) y te centras en adquirir este último, aumentarás las posibilidades de lograrlo.

Cuando nos enfocamos en algo agradable o deseable, respondemos mejor que cuando actuamos bajo el peso de que algo malo nos va a suceder si no lo hacemos.

Sé flexible y persiste

En tu camino pueden surgir inconvenientes y oportunidades que te lleven a cambiar o reformular tu objetivo. Tu grado de flexibilidad será determinante para conseguir el éxito.

Si algo no te sale bien, fallas un día o fracasas, perdónate y aprende de tus errores, pero no abandones.

Mantén una actitud positiva

Somos lo que pensamos. Si tu actitud es positiva verás soluciones y oportunidades, esquivaras obstáculos y aprenderás. Si te dejas arrastrar por la negatividad o el victimismo entraras en un bucle sin salida que consumirá tus propósitos y minará tu salud.

Comparte tu objetivo con los demás si eso te ayuda

Puede que si das publicidad a tu objetivo comunicándoselo a familiares o amigos, te sientas más comprometido con él. Tal vez recibas palabras de ánimo o formulen preguntas que te ayuden a avanzar. Es posible que compartir tú propósito con ellos te lleve a explicarles periódicamente cómo vas. Incluso cabe la posibilidad de hacer el seguimiento con alguien en concreto.

Decía, Erich Fromm, que el propósito principal en la vida del hombre, es dar nacimiento a sí mismo. Convertirse en lo que potencialmente es.

Sea como fuere, es importante disfrutar del camino antes que del logro. Pues la vida consta de ambas cosas y antes de ser logro el objetivo es una senda que se recorre día a día y minuto a minuto.

Espero que estas sugerencias os sean útiles.

Desde aquí quisiera desearos Feliz Año y  agradeceros de corazón el apoyo y seguimiento de este blog.

 

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NUTRIRNOS DE OTRAS PERSONAS

 

Todos disponemos de recursos internos y externos para lograr nuestros objetivos.

Uno de esos recursos externos es inspirarnos en otras personas, bebiendo de cuánto admiramos en ellas.

Esto no tiene nada que ver con la envidia, sino con la admiración.

Quién aprecia y reconoce a la persona y su logro y puede querer reproducir su conducta o inspirarse en ella, la admira. Es portador de un sentimiento de afecto y respeto hacia ese individuo. Para el envidioso el logro y el bien de otro es causa de tristeza y pesar. Su deseo no es tanto imitar el comportamiento o inspirarse como quitarle al otro lo que tiene. La envidia genera odio y resentimiento y no reconoce los méritos ajenos.

Cuando alguien expone lo que para nosotros es una buena idea o exhibe cualidades que deseamos obtener o mostrar, nos ayudará mucho más preguntarnos cómo podemos aprender de esa persona, cómo lo consigue y que hace específicamente para lograrlo, que albergar sentimientos negativos. Valorar a los demás, no implica ensombrecer ni rechazar nuestro propio valor.

A veces elegimos envidiar porque, al compararnos, nos sentimos inferiores. También se da el caso de quienes defendiéndose de un complejo de inferioridad se consideran por encima de los mortales.  Existen personas para las que los demás no se enteran de nada, ni saben hacer nada bien. Al menos tan bien como ellas. Personas que nos miran por encima del hombro o nos niegan el saludo, como si les costase entender que todos  tenemos limitaciones y se hubieran puesto una venda para ignorar las propias. Es difícil creer que si alguien no valora a los demás, pueda valorarse a sí mismo.

Recordar que somos diferentes, al igual que lo son la vida y las circunstancias particulares, es un buen ejercicio para salvaguardar nuestra autoestima. ¿Qué vamos a comparar cuando somos todos tan valiosos y distintos?. La única persona a la que uno debería superar es uno mismo.

Cualquier persona anónima puede inspirarte o moverte a la acción y a la  emulación, depende de tus objetivos y circunstancias.  En mi caso, por ejemplo, una de las personas que más me inspiró al principio de mi carrera profesional fue cierta señora adorable que limpiaba las oficinas dónde yo trabajaba. Su forma de afrontar la vida me ayudó a tomar una decisión de envergadura que cambió la mía.

Consciente o inconscientemente, también inspiramos a otros. Esto no es vanidad. Nos inspiramos y modelamos mutuamente a cada instante. ¿Quién no alberga cualidades dignas de admiración?. En realidad el modelaje es un recurso excelente para lograr objetivos, no sólo en su vertiente de emular comportamientos sino de conseguir motivarnos.

Afortunadamente la vida nos ofrece la oportunidad de interactuar unos con otros, de alimentarnos espiritualmente con cada ser humano en cada lugar y  momento, al igual que lo hacemos con nosotros mismos, nuestras fortalezas, pequeños y grandes logros. Todo ello sin perder nuestra identidad, ni convertirnos en el mimético trasunto de nadie o renunciar a nuestra valía.

Si lo piensas bien, grandes genios e inspiradores, como Steve Jobs, que hicieron las cosas de forma diferente y cambiaron el mundo, se han nutrido en algún momento de su vida de otras personas. El creador de Apple era un auténtico entusiasta de Sócrates y de los Beatles. En una entrevista concedida a la revista Newsweek en el año 2001 llegó a decir: “Cambiaría, si pudiera, toda mi tecnología por una tarde con Sócrates”.

Como tributo a Steve os dejo con estos vídeos. El jueves lamentablemente lo perdimos, aunque el mismo dijese que la muerte es el mejor invento de la vida. 

Nos quedan su obra y sus palabras para nutrirnos, para permanecer hambrientos,  ser insensatos y amar lo que hacemos, tal como él proponía.

http://www.youtube.com/watch?v=uXKku2KYZf0

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UN RETO HECHO REALIDAD

 

Soy de las que piensan que tú haces el sueño, y cuando se cumple, es el sueño quién hace a tí.

Después de veinticinco años sin correr más que  para  llegar a tiempo y cumplir  mis compromisos, se me ocurrió la idea de participar en una carrera popular de diez kilómetros.

Carrera Urbana de la Salud. Eso decía el poster del gimnasio. Y me formulé la pregunta.

 ¿Tenía yo salud?. Debo reconocer que no. Había consumido buena parte de mis reservas de ferritina y estaba bajo tratamiento médico. Andaba entrada en kilos y a pesar de aplicarme diferentes dietas el cuerpo se resistía a perder grasa.

Por si fuera poco, era un típico ejemplo de sedentarismo. Más de doce horas al día en posición sentada, trabajando, estudiando o haciendo vida social; y con aficiones  tan “estáticas” como la lectura, la escritura, el cine o internet. Para curarme en salud, y si el cansancio no hacía mella, acudía al gimnasio dos veces por semana.

Con esta rutina y una vida llena de exigencias profesionales y académicas, me notaba escasa de fuerzas y de frescura mental. La carrera me brindaba una oportunidad de recuperar la salud  y me inscribí sin pensarlo.

Aunque este fuese mi primer motivo, pronto descubrí que cuando comienzas a correr surgen otros muchos.

Rodar a primera hora de la mañana por el paraje de la Dehesa de Navalcarbón es un privilegio. Respiras la fragancia de los piñoneros y percibes las tonalidades rojizas del horizonte durante el amanecer. En el camino descubres búnkeres y fortines de la guerra civil, vestigios del canal, obra de Carlos III, que pretendía conectar el Guadarrama con el Guadalquivir y puentes de madera con diseños de cuento. Escuchar el ritmo de tu respiración y el ruido de las zapatillas al mezclarse con el tamborileo de los picapinos, te hace sentir parte de la naturaleza.

Para un ratón de oficina como yo, nada mejor que  trotar y respirar aire puro. La sensación de libertad alimenta tu zancada y pone alas en tu corazón.  Cuando corres, el silencio de las horas tempranas te sume en un remanso de paz. Las tensiones se disipan y los problemas se vuelven triviales.

Pero quizá lo más reconfortante es disfrutar ese camino que te conduce a la carrera. Dia a día percibes como aumenta tu energía, como el cuerpo se fortalece marcando y definiendo sus músculos, como tu metabolismo se acelera; notas que ganas tiempo al crono y superas tus barreras físicas y mentales; experimentas como tu alegría, tu agilidad, tu rendimiento profesional y personal, tu autoestima y tu sentido del humor se expanden.

 No accedes gratuitamente a estos beneficios. Los músculos han de acostumbrarse a las nuevas exigencias y después superarse. Has de ser constante e   incrementar progresivamente la intensidad y repetición del ejercicio,  pero sabes que cada gota de sudor es un logro, un paso más hacia tu mejora.

Disfrutar y esforzarte no impide que estes expuest@ a tus gremlins.  A menudo una voz interior me repetía  lo cansada y desentrenada que estaba.  Cuando sentía dolor, me susurraba que no podría competir o me hacia ver que todo era una locura y  lo mejor era olvidarse.

 Aunque  soñaba con una buena marca, mi verdadero objetivo era cruzar la línea de meta. Para una corredora inexperta como yo, no había mayor reto para probar que me había tomado en serio el camino hacia mi salud.

La mañana de la carrera soplaba un viento ligero muy propicio. El cielo estaba despejado y el sol amenazaba con ser persistente. Apoyé la pierna derecha sobre el césped artificial del campo de fútbol y me percaté de que el dolor que me había molestado durante varios días seguía allí. No eran buenas noticias. Uno de los fisioterapeutas dispuestos por la organización tanteó mis piernas.

-Parece una sobrecarga- comentó -si ves que  duele, párate-.

No es fácil asimilar la palabra “párate” cuando durante un mes has dedicado 3 horas diarias a lograr tu forma física para la competición. Quieres llegar, y diría más, casi no te importa cómo. Una especie de locura transitoria se apodera de ti y cierra tu entendimiento a cualquier posibilidad que no pase por lograr tu objetivo.

Sobre el tartán comenzaron los calentamientos y comprobé que estaba rodeada de atletas. La mayor parte de los más de 380 competidores exhibían un físico y una musculatura trabajada. Por primera vez consideré la posibilidad de llegar en última posición. Y me pareció una posibilidad realmente cercana, dadas las circunstancias.

De modo que tomamos la salida y yo fui sintiendo los pinchazos de mi rodilla con cada zancada. Permanecí atrás para centrarme y coger mi ritmo. Sabía que era un error tratar de seguir a otros y mucho más si no estaba en las mejores condiciones. La carrera terminaría haciendo su selección natural. A los tres minutos de la salida ya había perdido de vista el grupo de cabeza. Podían ser unas doscientas personas. El pelotón de cola se había estirado como un acordeón y después fragmentado en grupos más pequeños hasta convertirse en individuos que trotaban en solitario.

El recorrido era duro. Aunque había entrenado por algunos sectores de la Dehesa, pronto descubrí que  las pendientes de los entrenamientos se mantenían y las bajadas eran pendientes. El trazado de la carrera bordeaba la Dehesa y luego zigzagueaba por dentro en tono ascendente.

 Los primeros ocho kilómetros fueron de subida con llanos ocasionales. En el kilómetro cuatro  me percaté de que estaba jadeando. Era pronto para cansarse. Con los nervios había perdido el control de mi respiración. Tenía el corazón en la boca y la pendiente se hacía cada vez más pronunciada. Un sol abrasador consumía el oxígeno. La rodilla pinchaba. Algunos participantes comenzaron a sobrepasarme. Era uno de esos momentos críticos en los que sientes que todo se derrumba y ya no puedes más. Yo quería resurgir y conversaba conmigo misma. “Vamos, vamos no me falles ahora. Tú puedes. Mueve esas piernas. Es pronto para rendirse”.

Al levantar la vista divisé un llano tras el repecho y me concentré en llegar hasta él. Era mi premio por coronar. Una vez allí troté con decisión y sobrepasé a varios corredores. Mi respiración estaba bajo control. Velocidad y ritmo constante. “Bien, lo estás haciendo muy bien”.

Más allá de la arboleda por la que discurría el sendero en planicie, el terreno se inclinaba como el lomo de un tobogán para después volver a empinarse. Era un trecho rompepiernas, en el que la alternancia de subidas y bajadas impedía mantener un ritmo constante. Al poco volvió la pendiente por un camino arenoso y expuesto al terco sol. Me estaba fatigando de nuevo. Mi cabeza echaba humo. Buscaba aferrarme a la exigua sombra que proyectaban los piñoneros y tropecé. Afortunadamente logré sobreponerme antes de tocar el suelo, pero sentí dolor. Una corredora esquivó mi tropiezo para rebasarme. Mi moral se resintió. Cerré lo ojos, hice un esfuerzo por respirar hondo y me coloqué de nuevo por delante. Para tomar distancia cambié el ritmo durante unos minutos. Tenía más amor propio que fuerza.

Pronto divisé los puestos de avituallamiento. Había llegado a la mitad del recorrido.  Tomé una botella de agua, bebí un trago largo y lancé el envase en una papelera. Quería liberarme de cualquier peso. En el kilómetro siete comprendí que había cometido un error. Tras coronar la cuesta más empinada y prolongada de la prueba, mi boca se volvió esparto. Buscaba con lengua de trapo la humedad de mi propio sudor y tenía la sensación de estar a punto de desfallecer. Me sentía débil y reventada por un sol implacable. Sólo tenía ojos para buscar agua.

Delante de mí un participante había cambiado el trote por la caminata. Tenía las manos vacías y daba pasos muy cortos, como si estuviese exhausto. Entonces reparé en un providencial perrito que husmeaba junto a un árbol. Por el tronco surgió la estampa de su dueño con una botella de agua. Le pedí un poco, y al ver mi rostro desencajado, me la ofreció entera. Bebí. Un trago largo y profundo que redujo el líquido a la mitad. Me nacieron las fuerzas y sobrepasé a dos corredores. Un cartel anunciaba que había llegado al kilómetro ocho. Las piernas estaban débiles, pero yo aceleraba. Estaba a dos kilómetros de mi sueño.

Debería haberme alegrado de que los últimos dos mil metros transcurriesen cuesta abajo, pero en mis circunstancias cada golpe contra la tierra polvorienta era un calvario; cuanto más apoyaba el peso del cuerpo, más dolor experimentaba. Tuve que frenar la inercia de la caída para amortiguar el impacto. Reducir el ritmo no me preocupó. Ya estaba. Un poco más y ya estaba. Sólo un poco más. Sólo eso importaba. Apreté los dientes y respire lento y profundo. Las copas de los árboles creaban un paraguas que proyectaba su sombra a lo largo de todo el descenso. Por primera vez sentí un ligero soplo de aire abanicándome.

Entre los últimos pinos del recorrido divisé nuevamente el estadio. No tardé en atravesar el acceso que permanecía abierto y desembocar en el tartán de la pista de atletismo. Surgieron aplausos y palabras de ánimo. Aceleré con más ilusión que potencia hasta el límite de mis fuerzas. Puede que más allá, porque lo dí todo.

Al plantar el pie en la línea de llegada, mi tiempo se iluminó en el cronometro electrónico. 1 hora, 15 minutos y 6 segundos.

 Mi posición fue la 302 entre las 314 personas que no abandonaron. La mujer número 35 en cruzar la meta, pero eso carecía de importancia. No era más que un final que abría un comienzo.

El sueño de llegar se había cumplido y yo estaba féliz de haber entrado en la meta después de veinticinco años.

Comprendí que los retos son algo muy personal y  lograrlos no resulta cómodo, ni seguro; exige hacer las cosas de forma diferente y mejor de lo que normalmente las hacemos; exige creer en uno mismo e incluso aventurarse.

Como decía el general Mc Arthur, no hay seguridad en esta tierra, sólo oportunidad.

Vi la oportunidad de correr para cambiar mi vida y unos hábitos poco saludables. No tuve todo a favor, ni participé en las mejores condiciones, pero aprendí lo que debo y no debo hacer y descubrí de lo que era capaz allí y en aquel momento.

Correr era mi reto.

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CUANDO LA PEREZA BLOQUEA TU VIDA

En las selvas húmedas de Sudamérica habita un animal peculiar que hace de la lentitud su forma de vida. El perezoso, definido por algunos como un oso lento que parece una estatua, pasa la mayor parte del día dormitando entre las ramas de los árboles y a veces muere colgado de ellas, ya que es allí donde transcurre el grueso de su existencia.

Considerado como el animal más lento del mundo, la práctica de la relación sexual entre perezosos puede llegar a durar más de 20 horas y no es extraño que se queden dormidos durante el transcurso de la misma.

El cambio del hábitat y la exposición a los depredadores han convertido a este mamífero en una especie en extinción, no en vano cuando desciende cada semana del árbol para cubrir necesidades fisiológicas básicas, su propia lentitud le transforma en presa fácil; y sus garras, aunque afiladas, no aciertan con la rapidez del entorno.

Aunque la lentitud no implique necesariamente pereza, una persona perezosa suele ser lenta por su tendencia a la inacción o a la desidia, a postergar las cosas o a buscar una excusa para no actuar.

En el diccionario la pereza se define como negligencia, tedio o descuido en realizar acciones, movimientos o trabajos.

En determinadas circunstancias “no hacer nada” puede ser reparador. La ausencia de actividad nos permite recuperar fuerzas, descansar y serenarnos, incluso puede estimular nuestra creatividad. En otras, la pereza es un síntoma de trastornos físicos o psicológicos, tales como enfermedades que provocan debilidad física o enmascaran una depresión.

Cuando el tedio, descuido o negligencia resultan ser un subterfugio para esquivar responsabilidades o sabotear los objetivos que nos hemos trazado, esta pereza se convierte en un lastre para nuestra vida.

Resulta una obviedad que tendemos a no malgastar energías si no hay un beneficio, pero no cada vez que evitamos hacer algo o lo hacemos con desgana, o sin poner empeño alguno, la causa es una ausencia de beneficio. Puede ser perfectamente posible querer y desear algo y evitarlo y rehuirlo, a pesar de que vislumbremos su rentabilidad.

En ocasiones el motor de la pereza es el miedo. Miedo al fracaso, a la incertidumbre, al ridículo, al rechazo, a la responsabilidad. Y tendemos a disfrazar nuestra reticencia a la acción con excusitis o victimismo: “no me interesa”, “para que voy a hacer esto, si al final todo seguirá igual”, o, ”para qué aventurarme”. También es posible que detrás de nuestra aparente indolencia se esconda otra razón, como la falta de autoestima o confianza en nosotros mismos: “no puedo”, “no valgo”, “no estaré a la altura”.

¿Cómo lidiar o ganar terreno frente a esa pereza que nos bloquea?.

Lo primero, desde luego, es tomar conciencia de que somos perezosos y de cómo nos limita esa actitud.

No conozco fórmulas mágicas, aunque creo que ejercitar nuestra mente es la clave. Practicar ejercicio físico, alimentarse adecuadamente y descansar ayudan a prevenir la falta de energía, pero nuestra actitud mental y lo que decidamos pensar resulta determinante.

Centrarse en los beneficios en lugar de las dificultades y pensar en la tarea, acción u objetivo en términos más específicos y concretos (¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿quién?, ¿para qué?) contribuye a la superación de la pereza. Bajo esta óptica el problema o el objetivo se tornan más comprensibles y fáciles de solucionar y crecen la motivación y las ganas de actuar. Cuando una tarea o un objetivo resultan abstractos la magnitud de la incertidumbre y de la propia incomprensión que nos embarga hará que tendamos a postergar su realización.

Dividir las tareas y objetivos en sub tareas, trazar un plan claro, ir pasito a pasito, haciendo las cosas de una en una y evitar distracciones que te inhiban de lo que estás haciendo, hará mucho más llevadero y manejable todo aquello que emprendas. Si realizas varias tareas al mismo tiempo es fácil que te satures, que caigas en el agobio y en la confusión y que el sobresfuerzo te pase factura. Rechaza las “multitareas”.  Secuencia tus objetivos y tareas  y anota los progresos.

Y por otra parte, ¿te has preguntado qué ocurriría si no hicieses eso que tienes o debes hacer?. ¿Qué perjuicios te ocasionaría por ejemplo no planchar si nadie puede pasar la plancha por ti?. ¿O tener el armario desordenado?. ¿O no hacer ejercicio?. ¿Te compensa ser perezoso?. ¿Qué pierdes?. ¿Es importante?. ¿Cuánto?.

La respuesta a estas preguntas tendrá que ser honesta. Y lo será cuando sientas que no es un pretexto para consolarte momentáneamente. Si las mismas cuestiones acechan una y otra vez a pesar de haberte respondido, puede ser que alguna incongruencia perviva en tu subconsciente. Atrévete a profundizar en ti mism@ y a conocerte de verdad.

¿Y qué tal si te tratas bien?. Me refiero a premiarte de forma razonable y proporcionada cuando logres cualquier cosa que para ti represente un avance, por pequeño que este sea. Piensa en un baño reconfortante, un paseo, un helado. Se tu fan número uno.

En todo caso, puedes convertir la superación de la pereza en tu propio desafío personal. Planteártelo como un reto. ¿Hasta dónde eres capaz de llegar?. Pruébate a ti mism@ y date ánimos. ¡Puedes hacerlo!, de modo que: ¡hazlo!. Descubre tus posibilidades y recursos. Aunque lo ideal es utilizar esos recursos propios para superar la pereza que te limita, siempre puedes apoyarte en otras personas e incluso modelar lo que te inspira en los demás.

Pero ante todo, muévete y vive plenamente lo que haces. Mantente activ@ y encuentra una razón que te impulse. Involúcrate emocionalmente con los cinco sentidos en ella.

La pasión es el motor de la acción, del entusiasmo y de la energía. Es pura vida y dedicación. Y marca la diferencia en los resultados de todo cuanto emprendemos. El nivel de pasión que pones en lo que haces determina la intensidad de tu éxito. Es el pequeño plus que te hace brillar.

Termino con un resumen de las palabras que Al Pacino pronuncia en su interpretación memorable como entrenador de fútbol americano. Creo que son un fiel exponente de todo lo que puede mover la pasión en nosotros:

Podemos salir trepando del infierno, pulgada a pulgada. La vida es un juego de pulgadas. Puedes pelear por esa pulgada, hacerte pedazos por esa pulgada, clavar las uñas por esa pulgada porque sabes que cuando sumes todas esas pulgadas, eso hará la diferencia entre ganar y perder. Quien esté dispuesto a morir por esa pulgada, ganará. Y si algo de vida te queda es porque aún estas dispuesto a luchar y morir por esa pulgada. Porqué eso es lo que significa vivir. Las seis pulgadas que tienes ante ti.

Si la pereza te limita, disípala con tu pasión.

 

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COMO NOS LIMITA LA ADULACIÓN

 

En un foro de opinión sobre la adulación, uno de los participantes manifestaba:

 “La forma más rápida de alejarse del triunfo y, en consecuencia de la realidad, es rodearse de aduladores. Es como si alguien te pusiera una losa encima para que no logres tus objetivos. La adulación, si te complaces en ella, te distrae y contamina como profesional; distorsiona tu percepción de la realidad”.

 El reconocimiento y la estima son necesidades humanas básicas, aunque hemos de ser cautos a la hora de satisfacerlas para no caer en la dependencia, ni apartarnos de la realidad.

 En ocasiones tenemos tanta urgencia por ser aceptados y lograr notoriedad que absorbemos como verdadera cualquier palabra que nos haga enaltecer el ego. Se olvida fácilmente que tales comentarios pueden proceder de la ignorancia, la cortesía o la adulación más que de la franqueza. Lo que nos dicen los demás, no siempre es consciente o sincero.

Cuando nos prodigan alabanzas falsas o exageradas para halagarnos y obtener algo a cambio, estamos siendo adulados. Y es fácil caer en la complacencia y dejarse llevar, pues el adulador apunta de lleno a esa parte tan vulnerable de nuestro ser que denominamos “ego”.  

La adulación es precaria en el reconocimiento del otro porque le pone cualidades que no tiene o no muestra. No nace de un deseo de ratificar lo bueno, sino de agradar superficialmente el oído del que se necesita de alguna manera.

El adulador nos adormece con un falso sentido de la confianza que nos hace bajar la guardia; no es amigo de la verdad y tampoco resulta confiable. Ante una situación en la que vea comprometido su objetivo es capaz de pasar con toda frialdad al polo opuesto.

Si algo diferencia la honestidad de la adulación es la convicción. La honestidad implica estar convencid@ de lo que uno dice . La persona honesta expone su punto de vista conforme a su esquema de valores y  mapa de la realidad.  No busca manipular o agradar por encima de todo, ni es servil.

 La honestidad asertiva es una herramienta potenciadora, al margen de que adquiera forma de reconocimiento, refuerzo de una conducta o comentario para la mejora personal.

Si alguien nos expresa con su mayor convicción que nuestro trabajo es excelente por esto o por aquello y que además podríamos explorar esta u otra vía  o nos retroalimenta comentando que cuando ayer llegaste tarde, yo me sentí mal, no es lo mismo que si nos dice sin argumento alguno: ¡Qué buen@ eres!. La primera expresión  abre nuevas opciones y perspectivas sobre la realidad y a la vez crea un espacio para la reflexión y  mejora personal. La segunda es una afirmación rimbombante y genérica. Si nos volvemos dependientes de ella, puede que caminemos ciegos por la vida, tropezando a cada paso con el fracaso.

 “¡Cuanto se parece a la amistad  la adulación!” exclama el filósofo Séneca.  ¿Es el verdadero amigo un adulador?. “Cuanta más amistad más claridad” señala un proverbio. 

 En su ensayo “Cómo distinguir un adulador de un amigo”,  Michael Pakaluk afirma:

 “El amigo procura que estemos bien, en tanto que el adulador trata de que nos sintamos bien. El amigo nos dice la verdad sobre nosotros mismos, aunque sea dolorosa, en tanto que el adulador distorsiona la verdad para ajustarla a lo que queremos oír. Generalmente un amigo es devoto en primer lugar de la verdad y, de acuerdo con eso, deja que una amistad prospere o fracase. Para el adulador la verdad es irrelevante, o quizá hasta un obstáculo. La pregunta determinante para él es: “¿Qué quieres que piense que es verdadero?”.

 Adular es una estrategia de seducción o manipulación al servicio de los fines más variados: trabar amistad, ganarse al jefe, conseguir que el empleado haga lo que deseamos, enamorar o conquistar a alguien, cerrar un trato… .

 Cuando una persona cae en las redes de un adulador puede volverse dependiente y ceder por sistema, tolerar lo intolerable,  apartarse de su objetivo, sobreestimarse o subestimar. Puede que sea capaz de cualquier cosa con tal de engordar su ego y tener contento al adulador. En el fondo lo que late en esa conducta es una falta de autoestima y confianza en uno mismo.

 ¿Te hace sentir bien ese compañero o ese jefe que  te dice que eres imprescindible, aunque el precio sea trabajar más o ir contra tus intereses?.

 Deberíamos confiar más en nosotros mismos y en nuestro instinto. Utilizar el sentido común y poner nuestra capacidad de observación y análisis al servicio de nuestros objetivos. Sólo nosotros somos los más indicados para saber qué  queremos y qué nos conviene. Escuchemos nuestra pequeña voz interior y lideremos nuestra vida.

 

 

 

 

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METÁFORAS PARA EL CAMBIO (IV): LA TIENDA DE LAS OPORTUNIDADES

 

Erase una vez una tienda en la que vendían oportunidades.

Luminoso y colorido, el local estaba dividido en dos pasillos, de cada uno de los cuales colgaba un cartel. En el cartel del primer pasillo podía leerse: “Encuentra tú oportunidad” y en el del pasillo de al lado: “Oportunidades de segunda mano”.

Las oportunidades estaban escritas en un pergamino sellado, aunque en las baldas de la estantería un pequeño letrero indicaba el nombre y el contenido de cada oportunidad.

Aquella mañana la tienda se encontraba abarrotada de clientes y la dependienta vio llegar al hombre que día tras día la visitaba.

 Era una persona de mediana edad, con un porte y aspecto impecable. Alguien que ella consideraba educado, elegante y cortés. En un principio había pensado que quizá se tratase de un gran empresario, pero se sorprendió al escuchar de otra dependienta que no tenía trabajo.

Cada mañana, el hombre llegaba allí tranquilamente, daba los buenos días y se internaba en el pasillo de “Encuentra tu oportunidad”. De vez en cuando, salía con un pergamino y le preguntaba a las dependientas sobre las características del producto. Si era fiable o se podía descambiar, si estaba garantizado…y finalmente partía con las manos vacías.

En cierta ocasión, decidió adquirir una de aquellas oportunidades, aunque al poco rato la devolvió porque, según dijo, no le valía para sus propósitos; de modo que la oportunidad fue colocada en el pasillo de “Oportunidades de segunda mano” y adquirida por otro cliente de inmediato.

En un periodo de tres años aquel hombre había adquirido tres oportunidades y las había devuelto todas. Ya en las baldas de “Oportunidades de segunda mano”, los productos retornados se habían vendido a otro cliente en cuestión de minutos.

-¿Qué es lo que busca exactamente?- llegó a preguntarle una vez con ánimo de ayudar.

-Una oportunidad de calidad que esté a mi altura- respondió él con una sonrisa.

-Tenemos buenas oportunidades de calidad aquí, permítame que se las muestre-

-No se moleste- replicó –las conozco todas y en este momento no me interesan, aunque me pregunto si admiten reservas-

-¿Reservas?- preguntó la dependienta.

– Me refiero a reservar la oportunidad durante un tiempo- aclaró él- Si me la llevo tendré que aprovecharla y tal vez pierda la que busco-

-Lo siento señor. Las oportunidades no se reservan. Están para consumirlas. Puede comprar la oportunidad y retornarla en caso de que no la haya abierto-

La dependienta que había visto entrar al hombre aquella mañana también le atendió al salir. Para su sorpresa el hombre llevaba en la mano una oportunidad. Le dedicó una sonrisa:

-Parece que ha encontrado lo que buscaba-

-Al menos se parece mucho a lo que busco- manifestó él.

No había pasado más de media hora cuando el hombre retornó la oportunidad explicando que lo había pensado mejor y no le convenía.

Cuando se hallaban inmersos en labores nocturnas de cierre, aquel hombre volvió y preguntó enseguida por la oportunidad devuelta.

 Por favor- le dijo a la dependienta –necesito volver a comprar la oportunidad; creo que era la mía-

La dependienta lo miró extrañada:

– La oportunidad que devolvió está ya vendida-

-No es posible. ¿Puede pedirme otra igual?-

-Ninguna oportunidad es igual a otra señor. Lo siento-

Dice un famoso proverbio chino que hay tres cosas que no vuelven hacia atrás: la flecha lanzada,  la palabra pronunciada y la oportunidad pérdida.

Wayne Dyer escribió: “cuando te agarras a una creencia que te sabotea, eso sólo te sirve para mantenerte marcando el paso sin avanzar…sólo sirve para justificar tu inacción con una explicación”.

 

 

 

©Isabel Ripoll. 2011. All rights reserved

 

 

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EL VALOR DE LA EMPATIA

Recientemente al visitar un foro de poesía, me impactaron cuatro estrofas:

“Beso tu desengaño o tu tristeza
beso esa tu frente atribulada
acaricio tus sienes que latentes
indican que te pasan muchas cosas”

Me pregunto, cuantos pleitos, enfados o rencores podrían evitarse si los amantes o  amigos que deciden romper su relación, o que tal vez sólo disienten, fuesen capaces de ponerse en los zapatos del otro y lograr que el otro así lo sienta.

¿Cuántas veces decimos lo siento y lo desmentimos con nuestro lenguaje no verbal y nuestra conducta?. ¿Cuántas veces respondemos con frialdad o indiferencia al desconsuelo de otros?.

Mahatma Gandhi proclamaba que “las tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo terminarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y entendieran su punto de vista”.

En su libro “Todo es un Don”, la doctora y escritora Miriam Adahan, refiriéndose a una mujer que tiene a su hijo enfermo de cáncer, escribe:

“…Me sentaba con ella, y por horas escuchábamos un visitante tras otro decir “No te preocupes, todo saldrá bien”… me miraba con sus ojos en lágrimas y me decía: “¿No saben que tanto optimismo me hiere?. ¿No se dan cuenta de que no me dejan hablar acerca de lo que más pienso; de que podría no mejorar?. Es como si pusiesen una mano en mi boca para callarme. El “todo saldrá bien” sólo me hace sentir peor. ¿Por qué toda esa gente no para con su optimismo y escucha un poco?…”

Recuerdo que tras una importante catástrofe aérea un reportero de televisión entrevistó a uno de los miembros del personal desplazado al lugar donde se encontraban los familiares de las victimas con el objeto de acompañarles. El reportero se mostró interesado en conocer que les decían a los familiares en aquellos delicados momentos. “Nada en particular”-comentó el entrevistado- sobre todo escucharles”-

Cada vez que nos acercamos a las personas esperamos atención y comprensión, dando por hecho que seremos tratados con delicadeza y respeto. Pero, ¿cuántas veces procuramos tratar a los demás de la misma forma?.

La palabra empatía tiene su origen en el término griego “empátheia”, que significa “entrar en el sentimiento” y podría definirse como la capacidad cognitiva de percibir en un contexto común lo que otro individuo puede sentir. También es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra. Esta habilidad de inferir los pensamientos y sentimientos de otros, genera sentimientos de simpatía, comprensión y ternura.

La empatía es una destreza de la comunicación interpersonal y un elemento clave de la inteligencia emocional que permite desarrollar relaciones exitosas y por ello actúa como una especie de radar social. Si no le prestamos atención, con seguridad equivocaremos el rumbo y difícilmente arribaremos a buen puerto.

Ser capaz de leer las emociones de otra persona nos permite navegar con acierto en el propio mar de nuestra relación con ella y para ello nuestra capacidad de escucha con los cinco sentidos resulta fundamental.

Además de las palabras, existen muchísimos otros mecanismos llenos de significados. La postura, el tono o intensidad de voz, la mirada, un gesto e incluso el silencio mismo; todos son portadores de gran información, que siempre está a nuestra disposición, para ser descodificada y darle la interpretación apropiada.

 Aunque la simpatía nos permite sentir los mismos estados emocionales que exprimentan los demás, la empatía va muchos más allá puesto que implica sentir tales estados en el corazón y comprenderlos con la mente e incluye la comprensión de las perspectivas, pensamientos, deseos y creencias ajenas.

No es raro que creamos comprender al otro sólo en base a lo que notamos superficialmente. Pero lo peor puede venir al confrontar su posición con la nuestra y no “ver” más allá de nuestra propia perspectiva y de lo aparentemente “evidente”.

El proceder con empatía no significa estar de acuerdo con el otro, ni implica dejar de lado las propias convicciones y asumir como propias las ajenas o someterse a los deseos de otras personas. Se puede estar en completo desacuerdo con alguien, sin por ello dejar de ser empáticos y respetar su posición, aceptando como legítimas sus propias motivaciones.

Es posible que alguna vez nos hayamos preguntado  por qué la gente no busca apoyo en nosotros o se retraen a la hora de hablarnos de sentimientos.

En ocasiones damos a nuestros pensamientos la máxima importancia, comportándonos indiferentes y poco amables; queremos ser entendidos sin antes intentar comprender a los demás.

Entre los errores que solemos cometer con más frecuencia está esa tendencia a quitarle importancia a lo que le preocupa al otro e intentar ridiculizar sus sentimientos: “¡pero cómo te vas a preocupar por semejante tontería!”, a escuchar con prejuicios y dejar que nuestras ideas y creencias influyan a la hora de interpretar lo que les ocurre, a prejuzgar y acudir a frases del tipo “lo que has hecho está mal”, “de esta forma no vas a conseguir nada”, “nunca haces algo bien”o a sentir compasión : “¡que pena mas grande!”,  o incluso a mostrarnos fríos y distantes o expresar razonamientos en favor de nuestra postura.

Es importante tener presente que es el momento del otro y no el nuestro.

Vivir el valor de la empatía puede ser sencillo si nos detenemos a pensar un poco en los demás, si escuchamos activamente y con respeto y demostramos compresión cuando la persona lo necesita o con delicadeza le ofrecemos un momento próximo para hacerlo, evitamos juicios prematuros e interrupciones y olvidamos nuestros propios pensamientos o evitamos convertirnos en un experto que se dedica a dar consejos.

El éxito de tu  relación con otras personas depende en gran medida de tu capacidad de empatía. Cómo líder de tu propia vida eres tú quién decide de que forma y en qué grado conseguirla.

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