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METAFORAS PARA EL CAMBIO (V): CONVERSACIONES CON JIM BLACK

Amaneció y Coque estaba embutido en su funda nórdica hasta la comisura de los labios.

En el cuarto sólo se escuchaba el tic tac del reloj.

-Cinco días de gripe- pensó – es como para desquiciarse-

Estaba cansado de leer, jugar con el portátil y pulsar aleatoriamente el mando del televisor. Fuera de la rutina de trabajo, la vida se tornaba aburrida.

Recordó la frase de la noche anterior: “En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días”. La había encontrado en una web de frases célebres.

-Todo un friki- pensó.

Le pareció tan deprimente y rebuscada que se fue a dormir.

Agazapado en su funda nórdica, pensaba en cómo afrontar aquel nuevo día bajo los estragos de la gripe, sin el sonido familiar de la blacberry, la agitación de la oficina y el trabajo a contra reloj.

De repente concibió la idea de ordenar su cuarto de trabajo.

Se apresuró a desayunar y a ingerir las medicinas, tomó una ducha y se enfundó un pantalón de pana y un jersey grueso.

Su cuarto de trabajo era un cubículo de apenas cuatro metros. Lo había amueblado con una librería blanca, un sofá cama y un pequeño escritorio. Echó un vistazo a su alrededor y clavó la mirada en el baúl de madera que su empresa le había regalado por Navidades cuatro años atrás.

-Empezaré por esto- se dijo.

Al abrirlo observó una superficie compuesta por tapas de libros y cuadernos encajados a presión. Fue extrayéndolos uno a uno hasta que escuchó un ruido sordo que le hizo deslizar la mirada hacia el parquet. Frunció el ceño. No tenía idea de que guardase aquel vaquero de plástico en el baúl.

Era una figura de color azul cielo. Tenía los pies sobre un suelo de plástico, igualmente celeste, que hacía las veces de plataforma de sujeción. Vestía un sombrero de Cowboy y el típico atuendo de los vaqueros del oeste americano. Sus brazos se hallaban ligeramente flexionados, dibujando un ángulo  recto. En ambas manos empuñaba una pistola.

Lo enderezó sobre el pavimento de madera y se quedó mirándolo con una sonrisa en los labios.

-Joder Jim, ¿pero qué haces aquí?- preguntó en voz alta –ni me imaginaba que estuvieras en el baúl. Tío cuanto tiempo. Eres un sobreviviente-

Coque se sentó en el suelo y cruzó las piernas. Continuó observando aquel juguete mientras pensaba en la maravillosa niñez que había transcurrido junto al sheriff Jim Black. Así lo había bautizado el día en que, con ocho años, los Reyes  dejaron junto a sus zapatos aquella bolsa transparente que resultó contener una amalgama de vaqueros, indios y caballos de plástico.

-¡Que batallitas Jim!. ¿Te acuerdas?. Te pondré en la mesa del escritorio. No quiero perderte-

Lo colocó sobre una carpeta de documentos que descansaba en la superficie de la mesa y prosiguió extrayendo el contenido del baúl.

-La cantidad de trastos que hay aquí dentro Jim. Voy a tirarlo todo- murmuró en voz alta.

-Normal Coque. De niño eras más divertido. Tienes suerte de haberme rescatado- escuchó decir.

Cuando era un niño, el sheriff Black y Coque hablaban a menudo. En realidad era Coque quién hablaba por los dos. Ahora le asaltaban dudas acerca del origen de aquella voz. Sea como fuere, deseaba responder al presuntuoso vaquero que permanecía erguido sobre su carpeta.

-Vaya Jim. No tienes pelos en la lengua, ¿eh?. Y dime, ¿por qué crees que tengo tanta suerte?. Ni que tú fueras la diversión en persona- exclamó Coque

-Porque soy tu espejo-

-¿Mi espejo?-

-Sí. Mírame y dime qué ves-

Coque le observó de cerca. Tomó a Jim en su mano y cerró los ojos.

¿Estaban riendo?. Sí, así era. Coque había inventado una historia en la que la Diligencia, regalo de su hermana mayor, atravesaba los páramos del Oeste a gran velocidad.

 Los páramos eran las losetas de mármol del salón de la casa de sus padres. En el interior viajaba una vaquera de la casa Pech que su tío Luis le había traído de Barcelona y que, según decía, se llamaba Perla. Era una figurita de los años sesenta, con un brazo en alto que sostenía una pistola, y el otro en jarras. A diferencia de Jim, Perla estaba pintada de colores y por la forma de sus piernas parecía haber sido separada de su caballo. Coque la sentó a los mandos de aquella Diligencia  que se suponía iba a ser atacada por otros vaqueros de plástico. La Diligencia chocó contra la pata de una silla y Perla salió despedida hasta derribar a todos los secuaces y acabar a los pies de Jim.

-Vaya lo que tenemos aquí- murmuró Black –Perlita, la superhéroe-

Los dos rieron de buena gana y Coque percibió que Jim congeniaba con la vaquera de piernas arqueadas.

-Bueno, ¿qué ves?- insistió Jim.

-Me estaba divirtiendo contigo. Habíamos inventado una historia fantástica. ¿Te acuerdas de Perla?-

-¿Perlita la superhéroe?- sonrió – como no voy a acordarme. Llegó volando hasta mis pies-

-Inventabamos grandes historias Jim-

Coque prestó atención a sus palabras.

-¿Inventabamos?- preguntó el vaquero.

-Bueno yo las inventé y los dos las protagonizamos-

La alarma del reloj de Coque sonó.

-Vaya Jim, debo ir al médico-

-Me pregunto porque ahora no escribes historias, ni te diviertes- insistió Black.

-Hay que ganarse la vida Jim. La oficina es una forma de sobrevivir-

-¿Quieres vivir o sobrevivir?-

-Me parece que te estás poniendo friki sheriff. Quiero vivir por supuesto. Ahora tengo que irme. Te pondré en el baúl y seguiremos hablando más tarde-

-Dime una última cosa Coque- indagó Jim -Si pudieras elegir y no tuvieses miedo ¿qué te divertiría hacer?-

-Crear- respondió Coque sin pensarlo –Me gustaría crear ideas innovadoras y ponerlas en marcha. ¿Contento?-

-Yo sí, ¿y tú?-

Estaba a punto de depositar el vaquero celeste dentro del baúl, pero se detuvo. En lugar de ello, lo introdujo en un bolsillo del pantalón.

Se lavo los dientes, frotó sus manos contra el jabón y enjugó su rostro con agua fresca. Buscó ropa de abrigo y salió al portal camino de la clínica.

Helaba en la calle. A las doce de la mañana, los rayos de sol aún no templaban el clima. Inspiró profundamente.

-¿Sabes Jim?- se dijo mientras expiraba- me siento vivo a pesar de la gripe-

-Todo problema lleva dentro una oportunidad, Coque- murmuró Jim.

-Entonces debería decir que me siento vivo gracias a la gripe-

Isabel Ripoll                            Todos los derechos reservados
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CREA TU SANTUARIO INTERIOR

-No me gusta la soledad. Me da por pensar y comerme el coco. Enseguida busco gente o cosas para hacer- comenta Sara, una joven estudiante de periodismo.

Muchas personas viven volcadas hacia el exterior. Buena parte de ellas ve la soledad y la reflexión con angustia o se considera demasiado nerviosa como para meditar.

Conectar con uno mismo y profundizar en nuestra riqueza interior no está reservado  a los monjes del Tibet, tampoco es una cualidad propia de determinada clase de personas místicas o pintorescas, parece más una cuestión de actitud.

-Algunos clientes me ven haciendo miles de cosas y se inquietan- afirma José Luis, un empresario madrileño –comentan que parezco agobiado. Curiosamente yo me siento bastante tranquilo. Todos los días dedico tiempo a mí mismo. Lo que hago es el producto de esos momentos de paz y reflexión. Conozco personas que aparentan tranquilidad y son un manojo de nervios. Viven presos de su diálogo interno y les cuesta conectar con su yo más profundo-

-Ser una persona activa no implica que vivas permanentemente fuera de ti- explica Lourdes, gerente de compras de una multinacional y practicante de yoga en sus ratos libres – dedico dos horas diarias a la meditación y al yoga y de ahí saco fuerzas para todo lo demás. Estamos llenos de recursos-

Para Sandra fue un drama personal quedarse en el paro:

-Estuve sin trabajar casi seis años. Lo peor de todo es que vivía sin hacer nada y en constante tensión. Me pasaba el día rumiando. No lograba acallar mi mente. Comencé a leer artículos de autoayuda en internet. Eso cambió mi vida. La felicidad depende de uno. Cuando miramos el mundo lo hacemos desde dentro-

A veces buscamos en el exterior lo que está en cada uno de nosotros.

Cuando nos sentimos nerviosos, atemorizados, confusos o heridos es el momento de utilizar nuestros propios recursos.

Cada persona posee fortalezas y herramientas para solucionar sus problemas. Esto no implica que seamos autosuficientes, sino que manejamos el timón de nuestros pensamientos. Todo ello se refleja en la forma en que vivimos y entendemos nuestra vida y también en lo que esta nos devuelve.

Lo que creemos tiende a ser lo que creamos. Cualquier idea que introduzcamos en nuestra mente puede obrar un gran cambio, ya que la reacción de nuestro cerebro ante algo soñado o imaginado es la misma que ante algo verdaderamente real. Todo lo que imaginamos podemos crearlo.

Mirar hacia dentro significa entrar en nuestro santuario, en ese pensamiento, lugar, sensación, imagen, sonido, aroma o color que hemos elegido para descansar, relajarnos y potenciarnos. En ese reducto dónde habitan nuestra identidad y nuestros grandes tesoros personales.

Si no miramos hacia dentro y vivimos en puro modo programación,  jamás sabremos lo que somos ni lo que queremos y consecuentemente,  ignoraremos los recursos de que disponemos  para lograrlo.

Algunas personas se resisten a efectuar este ejercicio de introspección por miedo a descubrir cosas que les resulten desagradables,  pero si lo que vemos no nos gusta, podemos cambiarlo. Crear ese santuario a la medida, con nuestros recursos, posibilidades, soluciones, objetivos y anhelos está completamente en nuestras manos. Es una elección consciente.

Puedes disociarte de una emoción negativa visualizando que te elevas desde el lugar donde te encuentras; vas ascendiendo y sumiéndote en una sensación de bienestar que permite contemplar las cosas desde otro ángulo. Tienes la opción de colorear a tu gusto una imagen mental grísea, desangelada o perturbadora hasta suprimir sus connotaciones negativas. Cabe la posibilidad de que asocies hechos o comportamientos desagradables con una música que te haga sentir bien o con determinadas sensaciones placenteras del tacto o tal vez con un olor que te resulte familiar y entrañable.

¿Y si imaginas a la persona que te grita rebuznando?.  Evadirte del estrés puede ser una labor menos ardua de lo que parece si te visualizas en una playa y escuchas el ruido de las olas o si te sientes caminar por un campo de aromáticas flores hacia una casa diseñada y decorada como tú deseas. Es posible que lo que realmente te haga descansar o relajarte sea vaciar tu mente por completo, mirar fijamente una vela durante horas en completo silencio o estar a oscuras.

Tal vez te potencie recordar  tus éxitos; cómo triunfaste anteriormente en situaciones parecidas. Puede que te ayude centrarte en lo que realmente hiciste bien o en lo que haces bien a menudo. Quizá colabore a resolver un problema, pensar en cómo lo resolviste antes o en cómo lo hicieron otros a los que tú admiras.

¿Qué pensamientos o creencias tienes instaurados que te debilitan?. ¿Qué hábitos deseas cambiar para que no sigan perjudicándote?. ¿Para qué vives?. ¿Cómo te gustaría pensar o que te gustaría creer respecto a ciertos temas para lograr lo que anhelas?. ¿En realidad qué quieres conseguir?.

Reflexionar, meditar, visualizar, abrir la caja de los sentidos y emociones que mejor nos definen, son herramientas personales que  permiten afrontar problemas, encontrar la paz, conocernos, cambiar y lograr nuestros objetivos.

Todo pensamiento o acción se gesta en nuestro interior.

Para conocer la razón por la que hacemos las cosas, sólo vale caminar hacia dentro con la conciencia bien despierta.

Sacar a la luz los aspectos más ocultos de nuestra personalidad no siempre resulta cómodo. Podemos llevarnos sorpresas desagradables, experimentar la sensación de que tiemblan nuestros cimientos o sufrir un alud de emociones.

 Conocernos y crecer como personas tiene su precio. No obstante, si alguien nos dijera que el resultado final será aprender a gestionar nuestra vida y  vivir con plenitud y alegría, ¿lo veríamos con tanto temor o reticencia?.

“Cómo la metamorfosis de una mariposa” escriben Alex Rovira y Francesc Miralles en su libro El mapa del tesoro, “necesitamos pasar por el trauma de la crisálida para construir nuestras alas”.

-Es un viaje que merece la pena realizar para tomar conciencia de tu parte tóxica y de tus fortalezas– afirma Claudio, profesor de musicoterapia – resulta poderoso y revelador a la vez.  Ese foco de luz que proyectas sobre ti mismo te permite conocerte y generar nuevos recursos desde los que dirigir tu vida-

El santuario personal es una llave maestra que conduce a la felicidad y realización de cada individuo.

Si creas tu propio santuario  de forma consciente, nada, ni nadie podrá arrebatarte la gestión de tu vida, incluso cuando estés triste, frustrado, atemorizado o tenso, serás capaz de entenderlo, de pasar por ello y de sanarte con la fuerza y la calma de quién se ama y conoce así mismo.

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¿NO PUEDES MAS?. PÁRATE Y PIENSA

 A menudo vivimos distraídos por continuos quehaceres, obligaciones y expectativas, persiguiendo y esperando cosas, luchando por cambiar a los demás y porque todo funcione cómo deseamos.

Al volcarnos en el mundo exterior, en nuevos deseos y necesidades, carecemos de tiempo para conocernos, saborear y disfrutar nuestros logros y lo que somos.

 Cuando quedas atrapad@ en esa espiral de lucha e insatisfacción constante, no tardan en surgir emociones negativas. Puedes notar que te falta energía y experimentar síntomas de  agotamiento mental y físico, impotencia, fracaso o derrota.

Los budistas tibetanos se refieren alegóricamente al Reino de los Fantasmas Hambrientos para describir esta actitud. Lo habitan seres que poseen un apetito insaciable y por lo mismo, continuamente insatisfechos.

¿Qué hacer cuando uno se ve inmerso en esa espiral y comienza a experimentar emociones negativas?.

Cuentan que el místico ruso, George Ivanovich Gurdjíeff solía practicar con sus alumnos un ejercicio denominado Stop. De repente les decía: “¡Stop!” y todos tenían que detenerse, tal como estuvieran.

Otra técnica utilizada en la educación infantil es el semáforo. A través de la asociación de las luces de un semáforo con las emociones y la conducta, los niños aprenden que la luz roja implica pararse, tranquilizarse y pensar antes de actuar. La luz amarilla les induce a pensar en soluciones o alternativas y sus consecuencias, mientras que la luz verde invita a seguir adelante y poner en práctica la mejor solución.

Cuando faltan fuerzas para continuar y nos sentimos desbordados, defraudados, fracasados o insatisfechos, ha llegado el momento de pararnos, descansar y reponer nuestra energía.

Parar supone desconectar y distanciarse.

Desconectar de ese mundo exterior que absorbe nuestra energía para conectar con uno mismo a través de la meditación.

 Sólo en nuestro interior se halla la paz y serenidad que anhelamos.

La meditación regular ayuda a descansar, ahorrar energía y mantenerse relajad@. Al meditar, cerramos la puerta al ruido y a los problemas que descansan en nuestro trabajo o en nuestra vida personal, silenciamos el diálogo interior acallando esa mente que no cesa de generar pensamientos a una velocidad fulgurante.

Aunque para ser realmente efectiva la meditación requiera hacerse con tiempo, cinco minutos dentro de un cuarto sin luz o sin ruidos, enjuagarnos el rostro con agua fría,  respirar hondo y contar hasta tres, un paseo enfocándonos en los detalles del  paisaje o la simple visualización de un lugar ideal para nosotros,  pueden ser suficientes para hallar la calma, recuperar la paciencia y balancear momentáneamente nuestra energía de forma que obtengamos una mayor claridad mental y gestionemos nuestras emociones y nuestro estrés.

Salirse de un problema o de una emoción,  también ayuda a gestionarlos.

A veces nos resulta más fácil encontrar solución para los problemas ajenos que para los nuestros. Quién sufre la situación no suele verlo tan sencillo. Tiene más información, pero se halla demasiado involucrad@ como para poder contemplarla desde distintos ángulos y lograr una visión amplia, objetiva y global de la misma. Es capaz de ver los árboles, pero no el bosque. 

Cuando pones distancia respecto a esa situación o emoción  que  absorbe  tu energía o te genera sentimientos negativos estas en condiciones de gestionarla mejor. Puedes verla objetivamente y decidir si te merece la pena seguir luchando, si estás dispuesto a pagar el precio y a dedicarle tiempo. Dar un paso atrás nos permite descubrir otras opciones y elegir bien nuestras luchas y objetivos en lugar de dispersarnos en cientos de deseos. Nos permite tomar conciencia de que somos algo diferente de la emoción que nos embarga y nos ayuda a pensar y percibir con claridad. Cuanto más nos alejemos mayor será nuestra perspectiva y nuestra capacidad de tomar una decisión acertada.

Al margen de lo que ocurra en tu vida, cómo interpretarlo sigue siendo una elección personal. Siempre tienes la posibilidad de hallar un sentido positivo a lo que acontece y ese poder tuyo, nadie, ni nada puede arrebatártelo.

Para no caer en una dinámica de dispersarse en continuos deseos y necesidades hasta el punto de transformarnos en Fantasmas Hambrientos, es fundamental conocerse y  tomar decisiones.  Determinar que es absolutamente necesario para tí, aprender a descartar y  enfocarte en lo que de verdad importa. Saber quiénes somos y que queremos, hará que disfrutemos de  nuestros logros y de lo que tenemos y hacemos en lugar de permanecer continuamente insatisfechos.

Una fuente común de insatisfacción, es el empeño en cambiar a los demás.

“Debes ser el cambio que quieres ver en el mundo” afirmaba Mahatma Gandhi.

En ocasiones no cesamos de intentar que las personas y el mundo funcionen cómo deseamos.  Quizá lo hagamos con nuestra mejor voluntad, dando por supuesto que sabemos lo que es mejor para todos. Al no conseguir resultados, llega el sentimiento de culpa y fracaso y el agotamiento. Esta actitud daña nuestra autoestima y vacía nuestras reservas de paciencia y energía, sin contar con que hace la vida imposible a otros individuos.

Conviene tener presente que cada ser humano es  peculiar y único. Tiene sus ideas, sus  objetivos, valores y carácter. Hemos de  respetar su espacio y sus procesos, su ritmo propio.

Siendo como eres, sin pretender ni esperar que los demás cambien, estás sembrando en sus vidas.

Cuando te conviertes en aquello que quieres ver, mucha gente se motiva e inspira contigo, pero no puedes forzar la situación. Cada cual elige su camino. Si cambia, cómo y cuándo. Nada puedes hacer, cuando  nada te piden. Incluso si te lo piden, la última palabra no es tuya.

Abracemos la singularidad de cada persona. Tal vez nuestro destino no sea cambiar a los demás sino sembrar el cambio. “Somos sembradores conscientes, repartimos diariamente millones de semillas a nuestro alrededor” afirmaba el escritor estadounidense Og Mandino.

No pienses mientras no paras. Párate y piensa. Hará la diferencia en tu vida.

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