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METÁFORAS PARA EL CAMBIO (II): “LAS COSAS QUE VENUS QUERÍA Y NO QUERÍA”

Venus tenía claro las tres cosas que no deseaba en su vida y sabía que no iba por buen camino… .

Le costaba llegar a fin de mes, padecía una media de cuatro catarros al año y se había convertido en lo que ella misma denominaba “un imán de capullos”.

No era de las que se rendían ante la evidencia. Había puesto en práctica numerosas estrategias para luchar contra aquello. Todo en vano, porque los resultados que no deseaba se repetían una y otra vez.

Caminaba imbuida en aquel pensamiento cuando escuchó una voz dulce y madura que le resultaba familiar:

-Venus, ¿eres tú?-

No podía creerlo. Entre cientos de viandantes, acaba de coincidir con su antigua profesora de Filosofía, la señorita Merche. Aquello sí que era casualidad.

-Todo cambia, nada permanece- exclamó la señorita con una sonrisa, esperando que Venus la reconociese por completo.

-Ah señorita Merche. ¡Qué alegría!- sonrió Venus –veo que se acuerda de cuánto me gustaba ese filósofo. ¿Cómo está?-

-Oh muy bien Venus, disfrutando de la vida. ¿Cómo estás tú?-

La señorita Merche tenía la rara cualidad de desarmarla a una. Si te habías puesto la careta de “soy feliz”, su mirada encendida la derretía. De modo que Venus sintió en su rostro el fuego de aquellos ojos y a duras penas logró reprimir el llanto. Para hacerlo tuvo que pensar en lo efectos que el rímel mojado produciría en su aspecto.

Ella, la señorita, debió advertirlo. Lo intuía por que acarició su brazo con la palma de la mano, cómo solía hacer antaño cuando la Venus adolescente se enfurecía en el Instituto tras errar en la respuesta. Por eso y porque la retiró cuidadosamente a un lado del tumulto que amenazaba con llevarlas en volandas y le pidió con voz de susurro que la tutease.

La señorita Merche y Venus acabaron tomando café en un lugar que la maestra describió como el tugurio favorito de su difunto marido. Una conocida franquicia de cafeterías que Venus evitaba porque en su adolescencia, con su novio de entonces y tras recibir la cuenta, pasó dos eternos minutos sospechando que fregarían los platos. Providencialmente él encontró las veinte pesetas que restaban en un bolsillo de su memorable camisa a cuadros. Habían transcurrido veinte años y todavía se veía capaz de reproducir aquellos cuadros con todo lujo de detalles.

Con la señorita Merche prestándole atención, Venus se enredó en un apresurado monólogo.

Poseía un buen trabajo como siempre había deseado, pero el dinero le quemaba las manos. Cuando tenía un billete sentía la imperiosa necesidad de soltarlo, aunque fuese el último. Y sobre todo si era el último. Precisamente desprenderse del último le producía un placer especial que no sabía muy bien a qué achacar. La profesora  interrumpió su discurso para sugerirle que le pusiera un nombre a aquel sentimiento. Le sonó raro, pero lo llamó “atracción al vacío”.

-¿Y de dónde crees que te viene esa atracción al vacio?- inquirió.

-Mi madre decía que los ricos suelen ser mala gente. A mí no me lo parece, pero a veces me surgen dudas-

Observó que la señorita Merche parpadeaba en silencio.

Le comentó que cuando visitaba a su médico este insistía en decir que gozaba de una salud de hierro. Claro que ella no lo sentía así por más que los análisis demostrasen lo contrario. ¿Por qué entonces me acatarro tanto? inquiría con vehemencia. El doctor tenía la costumbre de responder con otra pregunta. ¿Tú qué crees?.  ¡Menuda tontería!. Lo que ella creía…; ¿De qué iba aquel doctor?. Bien es verdad que si el catarro no llegaba, ella, Venus, se notaba rara y comenzaba a beber coca colas frías con mucho hielo y a utilizar ropas de poco abrigo en pleno invierno. La señorita insistió en que le pusiera un nombre a su reacción. Lo llamó “desafío a la salud de hierro”.

Antes de que Venus pudiera continuar, la señorita Merche se adelantó con una pregunta:

-¿Y qué es eso que llamas “imán de capullos”?-

Venus la miró perpleja.

-¿Cómo lo sabes?-

-Lo dijiste cuando caminabas- comentó la profesora- Sospecho que ibas hablando sola. Esa frase me hizo reconocerte entre la multitud-

Rebobinó las sensaciones negativas que asociaba con aquella afirmación. Se detuvo en las conclusiones. Jamás había mostrado el más mínimo interés por los hombres  realmente interesados en ella. Le parecían aburridos o demasiado perfectos. No perdía ni un minuto en su compañía. Sentía una pereza atroz. Imaginaba una vida sin altibajos, sin la emoción de los arrebatos y las putadas. Una vida… ¿apacible, respetuosa y eterna a su lado?. Y por otra parte, ¿les gustaría a esos hombres como era ella?.

-¿A quién le benefician ese tipo de relaciones?- preguntó la señorita.

-A mí no por supuesto, aunque también hay algo dentro de mí que me lo pide como si se tratase de..- Venus buscaba la palabra, pero la señorita Merche se adelantó de nuevo:

-¿Una adicción?-

-Justo- respondió Venus contenta por la puntualización- Adicción a lo que me perjudica-

La señorita Merche tomó un sorbo de café y repentinamente frunció el ceño como si algo no le hubiera quedado claro.

-¿Qué quieres decir exactamente?- preguntó

Venus se esforzó un poco más:

-A veces quiero lo que me perjudica y no lo merezco- dijo

-¿Estás segura, verdad?. ¿Serías capaz de repetir lo que no quieres?-

Venus reflexionó si acaso se habría perdido en la inteligencia de su antigua profesora o era ella, la profesora, quién estaba perdida. Lo cierto es que le costaba comprender a dónde quería llegar. Claro que a juzgar por lo que acababa de contarle, tampoco se consideraba la persona adecuada para decidir si se trataba de una u otra cosa o tal vez de algo diferente. Repitió lo que ya sabía con los ojos cerrados:

-No quiero acatarrarme, ni atraer capullos, ni tener dificultades con el dinero porque no me lo merezco-

La señorita Merche miró su reloj.

-¿Te importa que te invite?. Tengo que irme ya, aunque antes me gustaría dejarte mi teléfono-

Venus asintió. La profesora mostró una cordial sonrisa:

-Me ha encantado coincidir con mi mejor alumna. De verdad que te veo estupenda. Estoy orgullosa de ti. Y he pasado una tarde genial –

Venus se vio así misma como una mujer desconcertada tratando de contrarrestar el efecto sorpresa. Para ello sólo contaba con una leve sonrisa. Conforme a lo que le había narrado, no llegaba a comprender que su antigua profesora pudiese sentirse orgullosa. Por cierto, ¿cuándo había sido ella, Venus, su mejor alumna?.

Abandonaron a paso lento la cafetería que por diferentes motivos tan especiales recuerdos les traía a ambas. En el fragor de la avenida se despidieron con un estrecho abrazo. Habían quedado en llamarse, pero al intentar hacer un giro para proseguir su trayecto escuchó de nuevo la inconfundible voz de la señorita:

-¿Venus?-

Se volvió a mirarla.

-¿Qué es lo que quieres?- le preguntó

-¿Lo que quiero?- inquirió Venus confundida.

-Si. Me dijiste lo que no querías, pero ¿qué es lo que quieres?-

-Pues vivir holgadamente, tener salud y enamorarme de un buen hombre-

Venus quedó pensativa unos instantes, meditó sobre el efecto que producía en ella lo que acababa de decir. Formulado en positivo su propósito adquiría una fuerza e intensidad especiales.  

-¿Te centraras en eso?- inquirió la señorita

Asintió.

-¿Sabes porque eres mi mejor alumna?-

-No- respondió arqueando las cejas. Se preguntaba con qué saldría ahora aquella anciana tan perspicaz. Sin duda era una caja de sorpresas.

-Nadie se baña dos veces en el mismo río…- dijo y calló como si hubiera colocado las palabras que omitía al borde de un precipicio.

Era una frase de Heráclito, aunque Venus no estaba segura de recordarla de memoria, por eso la formuló como una pregunta:

-¿porque todo cambia en el río y en el que se baña en el?-

-Exacto- dijo la profesora –sabía que tú lo recordarías. Tú sí-

 

© Isabel Ripoll. 2011. Al rights reserved

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VOLVER CON TU PAREJA

Dicen que  segundas partes nunca fueron buenas, pero también es verdad que hemos de vivir de acuerdo con nuestros valores y creencias más que actuar en base a lo que otros opinan. Aunque ni una ni otra cosa nos garanticen el éxito, lo importante es liderar nuestra vida, esto es, tomar nuestras propias decisiones de forma consciente, responsable y congruente con lo que es valioso para nosotros. De modo que si crees en tu reconciliación, te potencia compartir tu vida con la persona que fue tu pareja y ambos estáis dispuestos a ello, no dudes en dar ese paso.

Cada relación es un mundo y nadie sabe mejor que sus integrantes lo que les conviene. A mi modo de ver no es mala idea escuchar opiniones a favor o en contra, cuando se piden, pero sin perder de vista que estamos ante percepciones subjetivas, a menudo más basadas en lo que las partes cuentan que en un conocimiento profundo de la situación.

De cara a tomar una decisión conviene no aventurarse. Contra más cercanos estemos de lo que es el territorio, más real será nuestro mapa y mayores posibilidades de éxito tendremos.

¿Porque no reflexionar y concederse tiempo y espacio para ello?. ¿Repasar lo que puede o no funcionar y conversarlo con la otra parte antes de dar cualquier paso?.

Antoine Saint-Exupery afirmaba que amar no es mirarse a los ojos sino mirar hacia el mismo destino. En ocasiones seguimos creyendo que con el amor es suficiente, pero también necesitamos prepararnos, aprender y esforzarnos para construir nuestras relaciones, comprender al otro y compartir con él o ella planes e intereses comunes.

Las relaciones de pareja suelen comenzar como historias maravillosas en las que todo parece ser color de rosa. Con el tiempo, la rutina y las pequeñas dificultades diarias pueden deteriorar esa unión si no se las maneja adecuadamente.

El borrón y cuenta nueva no parece una idea que favorezca la reconciliación.  Las relaciones no funcionan por arte de magia, ni siquiera cuando hay sentimientos. No basta el deseo muy fuerte de estar juntos para lograrlo. Es importante realizar un ejercicio de lucidez y conciencia en el que ambas partes asuman la responsabilidad sobre las causas que llevaron al conflicto, se perdonen sinceramente los errores y adquieran el compromiso conjunto de aportar nuevas soluciones ante lo que no funcionó.

Examinar las expectativas mutuas y llegar a acuerdos que no supongan renuncia a los principios y valores de cada uno, pero, sobre todo, aceptar al otro como es y por lo que es, al margen de sus comportamientos, abona el terreno para el éxito. Las personas somos algo diferente de nuestro comportamiento; aunque este influya en la percepción que tienen de nosotros, es perfectamente modificable. A mi modo de ver son la personalidad y el temperamento el núcleo irreductible de la identidad humana.

El otro es distinto a nosotros. Con sus virtudes y defectos, es otra persona cuyas diferencias hemos de respetar. Aunque en el argot romántico se hable de almas gemelas, tal cosa es más un deseo que una realidad. A mi juicio las segundas oportunidades son exitosas cuando nos animamos a vivir como personas independientes y respetamos la singularidad del otro. Se trata de caminar juntos, pero no amarrados.

Asegúrate de que lo has aclarado todo y no dejas nada en el tintero. Evita prometer cosas que el otro te pide si no te convencen y  no le pidas al otro lo que no tiene o no puede dar. Acéptalo. En su defecto déjalo ir. Es mejor permanecer solo que avanzar inexorablemente hacia la destrucción mutua.

Por otra parte, las separaciones cambian a las personas y ambos habrán de trabajar de forma individual y conjunta para solucionar el pasado y liberarlo, cerrar ciclos emocionales con otras ex parejas o terceros implicados y “vivir el aquí y ahora”.  En el aspecto conjunto la comunicación fluida y constante y la transparencia mutua resultan imprescindibles.

Procura que el tuyo sea un reencuentro con los ojos abiertos, tanto a los aspectos negativos como positivos, reconociendo las virtudes y defectos de la unión que se quebró. Hay que saber aceptar que el presente no es ni puede ser igual que el pasado, rescatar lo positivo, desechar lo que no funciona y construir aquello que no existe, pero resulta imprescindible para caminar.

Si guardamos rencores debajo de la almohada para no dificultar la reconciliación, tarde o temprano las cosas volverán a torcerse. No puede haber unión dónde late el resentimiento. Por tanto, el perdón es necesario, pero también la honestidad con nosotros mismos y con el otro.

 Regresar a la relación por comodidad, para vengarse, por lástima, para no estar sol@, por pura dependencia emocional o por evitar el qué dirán, carece de futuro. Pensar que la intimidad arreglará los problemas es una ilusión.  Regresar por el bienestar de los hijos no nos preservará del fracaso. Los hijos sólo estarán bien si la pareja lo está, pero no al revés.

Prepárate mental y emocionalmente para el cambio. Al fin y al cabo el cambio es lo único que permanece. La nueva pareja será diferente a la anterior aunque no varíen sus miembros. La reconciliación generará una realidad distinta y no comparable con otros estadios de la relación, púes se desechan los malos hábitos y se construyen nuevas conductas, pero además las personas habrán evolucionado y, por tanto, la unión tendrá una nueva identidad. No esperes que todo siga igual. Con seguridad, si persistes en tus expectativas pasadas, te verás defraudad@.

Cómo siempre tú decides. Ni el éxito, ni el fracaso están garantizados. Lo importante es que sea una decisión lúcida y consciente, meditada, compartida y comprometida desde ambas partes. Y por encima de todo, honesta. La honestidad es el verdadero camino de cualquier  reconciliación.

 

 

 

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