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SAN SILVESTRE VALLECANA: CORRER 10 KMS POR SEGUNDA VEZ EN MI VIDA

Si recordáis en un “Reto hecho realidad” os explique de qué forma una persona con veintitantos años de vida sedentaria como yo, se decidió a correr 10 kms.

No exageré cuando os describí mi “calvario” personal.

Iba sobrecargada por el entrenamiento y con fuertes dolores en unas rodillas frágiles después de tantos años en la recámara. El trazado desigual y empinado, los azotes del calor y la deshidratación estuvieron a punto de dar al traste con mi ilusión de cruzar la meta.

Llegué exhausta y feliz,  invirtiendo una hora y quince minutos. A cambio tardé una semana en volver a caminar normalmente y tres en calmar los dolores por completo, pero no abandoné el objetivo de practicar deporte con asiduidad.

Para comprobar mis progresos decidí apuntarme a la San Silvestre Vallecana. Proseguía con mi rutina de dos horas de ejercicio al día, realizando descansos intercalados semanales de 24 o 48 horas.

La semana anterior a la carrera surgió el saboteador. Todas las molestias, imaginadas o imaginables, asolaron mis piernas. Para convencerme de que eran travesuras del subconsciente visité al fisioterapeuta y practiqué una tabla suave de fitness. En vísperas de la carrera no hice ejercicio.

El sábado por la mañana efectué un repertorio de abdominales, lumbares y estiramientos. Resulta curioso comprobar la cantidad de microdolores que puede uno detectarse cuando está nervioso y siente el azogue del miedo. Afortunadamente, una voz interior me invitaba a confiar en mi esfuerzo y planificación y lograba imponerse.

Una semana antes había iniciado lo que  llamo  “liturgia de motivación en torno a mis retos”. Acepté la oferta gratuita de grabar mi nombre en la camiseta, la extendí sobre el respaldo de una silla en mi cuarto para verla cada mañana, le hice una foto y la puse como escritorio de mi portátil y carátula del móvil. Sobre ella escribí frases ganadoras de atletas y deportistas y comencé a leer artículos que ofrecían consejos y relataban experiencias sobre la carrera o el recorrido hasta que fui capaz de visualizarme en cada kilómetro.

La mañana de la carrera me premié con un baño de sales y hablé con mi cuerpo para infundirle cariño y confianza. Lo hidraté a conciencia, centrándome  en los pies.En una carrera de 15 minutos, a un ritmo aproximado de cuatro minutos y medio por kilómetro, se producen cerca de cinco mil impactos de los pies contra el suelo. El valor de cada uno de estos impactos se sitúa entre dos y cinco veces el peso corporal del corredor. Son los responsables del 60% de la lesiones del aparato locomotor y de un porcentaje elevadísimo del resto de las estructuras superiores (rodilla, cadera y espalda).

 Durante los prolegómenos de la carrera, Concha Espina era un clamor. Un ambiente festivo, acompasado por la música y el murmullo de los corredores, presidía la calle. Aquella congregación de gente disfrazada, despreocupada y sonriente, atemperó mis nervios. Daba la impresión de que el objeto de estar allí no fuese tanto correr como pasar un buen rato y divertirse. Me lo tomé de esa forma. Deseaba más que nada disfrutar de las buenas sensaciones de mi respiración y mi zancada, del paisaje y el ambiente.

Al no disponer de tiempo oficial acreditado, me coloqué en el último cajón.

A  las 18,00 horas retiraron las cercas para que avanzásemos hacia Sagrados Corazones dónde estaba la salida. La primera se había producido a las 17,30. Y después siguieron otras. Habíamos disfrutado observando la marea blanca que ascendía perezosamente por Concha Espina hasta virar hacia Serrano. Ahora era nuestro turno.

 La cuenta atrás se inició en una pantalla gigante y todos la coreamos entusiasmados: los chicos vestidos de robot y protegidos con cajas de cartón en sus cabezas, los frailes, los de pelucas multicolores, los romanos, los vikingos, los papá Noel, las cupletistas, las parejas, los amigos y familiares que corrían juntos… .Era una auténtica fiesta.

Cuando  comenzamos a atravesar la alfombra que activaba los chips y a subir la primera cuesta del recorrido, ya estaba anocheciendo. Las farolas de la calle proyectaban sus luces anaranjadas y el clima se había tornado más frío, aunque no fuese la clase de climatología tan adversa que cabía esperar en el mes de diciembre.

Advertí que no lograba conectar con mi ritmo. Estaba la gente que iba por delante de mí y la que me adelantaba o corría a la par. Por un lado temía ser sobrepasada y por el otro trataba de seguir la estela de aquellos que avanzaban más rápido. Había un constante devenir de personas y el ruido de pasos cercanos me inquietaba. Perdí la concentración, comencé a respirar atropelladamente y a notar síntomas de cansancio.

Al doblar hacia Serrano traté de serenarme. “Se tu misma”, me dije, “olvida cuanto te rodea y proyecta tu propio ritmo”. Pronto ajuste zancada y respiración y empecé a sentir que controlaba la carrera. Observaba el público,  el paisaje y los corredores, pero lo hacía desde mi misma, viviendo mis sensaciones y sin preocuparme por lo que hiciesen otros.

Me sentía bien, conectada con mi ritmo y seducida por la belleza de Madrid bajo los focos.

Bordeamos la puerta de Alcalá y descendimos hacía Cibeles para enfilar el Paseo del Prado. La gente animaba sin tregua. Te llamaban valiente, gritaban que ya quedaba poco o que éramos el alma de Madrid.

Entre los corredores reinaba un ambiente distendido. Algunos decían haber estado en la meta y comprobado que allí no había nada del otro mundo, otros proponían tomar unas cañitas para quitarse el sofoco, bajar el ritmo infernal que marcábamos o coger un taxi para alcanzar la meta y poder llegar a la cena de Fin de Año. -Lo que hay que hacer para no pelar gambas- comentó un participante mientras retiraba el sudor de su frente con el dorso de la mano.

Cruzar Atocha y visualizar el gran cilindro construido  con ladrillos macizos de cristal translúcido para homenajear a las personas fallecidas en el atentado de Marzo de 2004, resultó muy emotivo.

El peor momento llegó al afrontar la empinada subida por la Avenida de la Albufera, tras correr bajo el puente de Vallecas culminando Ciudad de Barcelona. Un grueso considerable de corredores se paró repentinamente y decidió emprender la subida caminando. Aquel brusco parón ralentizo la carrera.

 Anteriormente las cuestas habían sido mi debilidad, pero en esta ocasión abordé el ascenso con potencia. Cuanto mayor era el cansancio que sentía, más me empeñaba en tirar. Había trabajado mucho la fuerza en los entrenamientos y quería demostrarme que estaba preparada para sufrir. La subida no era fácil, tenías que sortear la marea de personas que caminaba o corría cansinamente por el asfalto, sin que eso afectase a tu zancada ni a tu moral.

Estaba a punto de claudicar cuando avisté el giro en descenso hacia la calle Carlos Martín Alvarez y me percaté de que estaba a unas cuantas zancadas de coronar la parte más dura del recorrido. Eso me dio alas. Saqué fuerzas ocultas corriendo hasta la extenuación. Sumida en el sobreesfuerzo, hubo un momento en el observaba mis piernas y era incapaz de explicarme porque seguían bregando a toda velocidad sobre el asfalto. Contemplaba mi zancada como si fuese un movimiento automático superior a mi voluntad y más rápido aún que mis pensamientos. Cuando quise darme cuenta estaba ya en el kilometro nueve, enfilando un suave descenso que me hacia recuperar fuerzas.

La carrera terminaba en cuesta y hube que apretar los dientes para darlo todo en el último repecho mientras observaba la reluciente llegada y el público nos animaba a esprintar.

La sensación de entrar en meta fue de victoria y alegría incontenible. Por el ritmo imprimido, sabía que mi tiempo era bueno. Comprobé que había invertido sesenta minutos y treinta y cinco segundos en completar el trayecto. Una mejora sustancial, pues suponía rebajar mi record personal en quince minutos sólo tres meses después de mi primera carrera.

 Queda  mucho por aprender y mejorar, pero terminar el año con ese buen crono y con la sensación de haberme divertido en el camino, me parece una forma estupenda de despedida.

Todo es posible cuando lo haces.

El logro se cuece a fuego lento, ingrediente a ingrediente, y por encima de todo, disfrutando al cocinarlo.

¿Cuál fue tú gran logro este año?. ¿Qué pasos has dado hacia tu meta?. ¿Cuáles estas dispuest@ a dar?.

Mi padre solía decir: “Hagas lo que hagas, hazlo de verdad. Pon tu pasión y alegría en ello”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL TIEMPO EN TUS MANOS

 

El tiempo es un tema eterno.

Algo que hace del tiempo un bien preciado, es el hecho de saber que puede desaparecer  repentinamente y, sin embargo, cada instante de vida, nos brinda la oportunidad de disponer de él.

El valor del tiempo también se mide por  la sensación de pérdida.  Ese instante que se escapa y no vuelve. El que nos deja con la incertidumbre de saber si tendremos más.

A veces utilizamos el tiempo para planificar el futuro  y olvidamos el presente.  Nos ausentamos de lo que estamos  viviendo, para sumergirnos en las distracciones de nuestro diálogo interior o en el rumor de cuanto nos rodea.

Una cosa que me fascina del  tiempo es su maleabilidad. La posibilidad que tiene cada individuo de dedicarlo a aquello que le hace sentir pleno, realizado o valioso.

Por esta razón, me parece importante saber gestionar nuestro tiempo personal.  Decidir a qué lo dedicamos y para qué, pues al dejarlo a su antojo, puede acabar en manos de alguien o provocarnos frustración si percibimos qué no lo controlamos o que lo hemos perdido. Sea como sea, su empleo es producto de una elección personal.

De modo que cuando digo “no tengo tiempo” hago una elección, aunque en paralelo pueda estar formulando una excusa. No significa que no tenga tiempo para otras cosas, sino que elijo dedicarlo a una actividad, objeto o persona en concreto.  Cuando tengo tiempo para trabajar y no para hacer deporte es porque trabajar es para mí una actividad prioritaria, puede que me guste más, o quizá lo que suceda es que no quiero hacer deporte.  Y si postergo la familia  por el trabajo o el deporte, es mi decisión.

 Aquello que elijo, activa o pasivamente, puede hacerme sentir bien o mal. Puedo ser adicto a una emoción negativa y dedicar mi tiempo a situaciones, objetivos o personas que me suscitan esa emoción.  La persona adicta a una droga seguramente elija dedicar su tiempo a adquirirla y consumirla.

Analizar a qué dedicamos nuestro tiempo es un ejercicio muy saludable: ¿Contribuye esa elección personal a nuestro bienestar?, ¿a lo qué deseamos conseguir y sentir con ella?.

A la hora de establecer prioridades, una buena opción es hacerse preguntas: ¿Qué nos mueve?. ¿Ser percibidos como eficaces?, ¿sentirnos bien con nosotros mismos?, ¿crear relaciones?, ¿aportar valor?. ¿Qué actividad, acción o persona nos potencia o conduce hacia nuestros objetivos?. ¿Qué cosas de las que hacemos aportan sentido a nuestra vida?.

Cuando algo que no figure en la lista sea importante, tocará  hacerle un hueco a la medida de su importancia y de la importancia del resto de actividades o personas que figuran en ella. Crear huecos exige reducir o eliminar el tiempo que dedicamos a otras cosas. No podemos tener todo, pero si aquello que resulta vital para nosotros.

Si ordenamos nuestras prioridades conforme a criterios alineados con los propios objetivos y valores, no tendremos la sensación de estar perdiendo el tiempo o de perder oportunidades que en realidad para nosotros no son tales. Tampoco buscaremos excusas. Al poner luz en nuestro tiempo mediante un acto de conciencia y reflexión, logramos ser dueños del mismo. No es el tiempo que nos toca el que nos utiliza, somos nosotros quienes lo utilizamos a él.

En nuestra lista personal y profesional debería figurar todo aquello que resulta esencial, aquello sin lo cual no estaríamos completos porque nos define.

El tiempo debería ser un recurso útil.  Para sacar el máximo partido de los instantes que dedicamos a las actividades, objetivos y personas de nuestra lista, no hay mejor fórmula que prestar atención y poner la máxima intensidad en lo que hacemos o percibimos.

La atención y la intensidad son puro enfoque. Una suerte de pasión  que nos hace entregarnos con los cinco sentidos a cuanto emprendemos.  Algo así como vivir el momento y para el momento, exprimiéndolo al máximo. Es el “juice” del que se suele hablar en el argot comercial. El líquido jugo que mide la eficacia de nuestro tiempo.

Si mi elección ha sido acertada, el resultado se traducirá en un excelente zumo. En otro caso:  ¿Qué ha fallado?, ¿qué puedo aprender?. ¿Debe estar esa actividad, objetivo o persona en mi lista del tiempo?. ¿Es lo que yo quiero o lo que quieren otras personas?.

Mientras estás vivo, el tiempo es un reloj de arena en tus manos. Tú decides cuando se pone en marcha y para qué. Si haces o no zumo con él. Si le exprimes todo el jugo  o te conformas con exprimirlo a medias. Lo importante es que seas consciente de lo que tienes entre tus manos y de las posibilidades que te ofrece,  que lo utilices en tu beneficio y para tu felicidad.

Si te quejas porque no tienes tiempo, algo sobra o falta en tu vida. Te toca averiguar y decidir. Piensa que a veces uno cree  estar enfocado en lo que desea y de pronto descubre un puñado de  arena colándose entre sus dedos.

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SE BUEN@ CONTIGO Y TRAZA LIMITES

La mayoría de nosotros crecimos con los cuentos de Perrault y rodeados de adultos que nos exigían ser buenos y portarnos bien.  Ser bueno en nuestra niñez consistía en agradar a los demás, y especialmente a nuestros padres, siendo obedientes.  

Durante la infancia los adultos actúan como un referente imprescindible para nuestro aprendizaje, pero al ir creciendo hemos de desarrollar una identidad propia.

Entre la pubertad y la adolescencia surge la necesidad de saber quiénes somos y de afirmarnos. Esa búsqueda de lo que somos y esa afirmación de lo creemos ser nos induce a rebelarnos. En realidad es un proceso necesario porque nos prepara para convertirnos en personas capaces de dirigir nuestra vida y tomar nuestras propias decisiones.

Es difícil creer que se pueda desarrollar una visión propia del mundo sin examinar y cuestionar la que nos han inculcado, sin decidir qué es válido para nosotros y que no y replantearnos los conceptos heredados de nuestra niñez, por ejemplo, el de bondad. ¿Qué le aporta a un ser humano adulto e  independiente vivir para obedecer y agradar a los demás?.

Cuando desde nuestra óptica de adultos, nos preguntamos que es de verdad ser bueno, tiene sentido pensar en la bondad como comportamiento sano que comienza con uno mismo. Ser bueno contigo como paso previo para ser bueno con los demás.

La bondad puede estar relacionada con la educación, la amabilidad o el respeto. Pero tratar de estar de acuerdo con todo el mundo, dejarse avasallar y hacer favores indiscriminadamente a costa de uno mismo, ¿qué tiene para nosotros de bueno?.

Cuando dices a todo que sí, sin tener en cuenta lo que eres o sientes y permites que cualquier persona te imponga sus deseos, no consigues su cariño, ni su respeto; lo que consigues es convertirte en el felpudo por el que todos pisan para lograr sus objetivos. En realidad refuerzas el comportamiento ajeno que deseas eliminar y tienes todas las papeletas para que tu resignada vida de alfombra, te pase factura con resentimientos y depresiones.

Por miedo a no ser queridos y a no gustar,  a parecer desagradables o antipáticos, en ocasiones nos cuesta defender nuestro territorio y nuestras necesidades. Estamos dispuestos a ceder y a consentir para evitar el conflicto y el enfrentamiento. De ahí que hagamos favores que en realidad no queremos hacer y que dejemos que los demás invadan nuestro espacio personal, nuestro tiempo y nuestra privacidad.

Dejarte avasallar tampoco llevará paz a tu vida. Interiormente reproducirás el conflicto que deseas evitar, aunque esta vez el contrincante sea tu propia autoestima.

Las relaciones saludables no admiten ganadores y perdedores, se nutren de independencia y respeto y discurren en un área de valioso equilibrio. Donde no logres reciprocidad, obtendrás sufrimiento.

¿Cuál es la clave entonces para conseguir que otros respeten lo que somos y evitar caer en la frustración, el resentimiento o la infelicidad?. ¿Qué hacer para no dejar el norte de nuestra vida en manos de los demás y preservar nuestra autoestima?.

Poner límites.

Los límites nos otorgan el gobierno sobre el territorio de nuestra existencia y ponen freno a comportamientos que consideramos inadecuados o destructivos. Marcan lo que somos y no somos, hasta dónde llegan nuestras responsabilidades y como queremos que nos traten.

Es importante trazar líneas en torno a uno mismo y hacerlas respetar para que nadie las cruce ni física, ni emocionalmente.

Para lograrlo hemos de decidir que está bien o mal para nosotros, explicar a los demás que esperamos de ellos en relación con esa decisión y las consecuencias de no respetarlo, pero además hemos de ser consecuentes, no recompensando comportamientos que deseamos que desaparezcan, ni disociando nuestro lenguaje verbal y no verbal. La falta de coherencia o firmeza hará que no nos tomen en serio.

Ser bueno no es renunciar a ti mismo, ni dejarte pisar, sino tener entre tus intereses la plenitud de los otros. El bueno es alguien poderoso y motivador que experimenta amor, entusiasmo de estar en el mundo y de recibir su luz y proyectarla, alguien que disfruta siendo y ayudando a ser, alguien enamorado de la evolución propia y ajena. El bueno es un motivador porque su amor y su entusiasmo alienta el desarrollo.

Si una persona hace algo que te molesta debes decírselo cuanto antes. No tienes por qué ser agresivo. Actúa de forma asertiva y amable, pero firme.

Lejos de dificultar las relaciones interpersonales, los límites permiten que estas sean equilibradas y resulten satisfactorias.

Recuerda el proverbio que dice que un buen vallado hace buenos vecinos.

 

 

 

 

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NUTRIRNOS DE OTRAS PERSONAS

 

Todos disponemos de recursos internos y externos para lograr nuestros objetivos.

Uno de esos recursos externos es inspirarnos en otras personas, bebiendo de cuánto admiramos en ellas.

Esto no tiene nada que ver con la envidia, sino con la admiración.

Quién aprecia y reconoce a la persona y su logro y puede querer reproducir su conducta o inspirarse en ella, la admira. Es portador de un sentimiento de afecto y respeto hacia ese individuo. Para el envidioso el logro y el bien de otro es causa de tristeza y pesar. Su deseo no es tanto imitar el comportamiento o inspirarse como quitarle al otro lo que tiene. La envidia genera odio y resentimiento y no reconoce los méritos ajenos.

Cuando alguien expone lo que para nosotros es una buena idea o exhibe cualidades que deseamos obtener o mostrar, nos ayudará mucho más preguntarnos cómo podemos aprender de esa persona, cómo lo consigue y que hace específicamente para lograrlo, que albergar sentimientos negativos. Valorar a los demás, no implica ensombrecer ni rechazar nuestro propio valor.

A veces elegimos envidiar porque, al compararnos, nos sentimos inferiores. También se da el caso de quienes defendiéndose de un complejo de inferioridad se consideran por encima de los mortales.  Existen personas para las que los demás no se enteran de nada, ni saben hacer nada bien. Al menos tan bien como ellas. Personas que nos miran por encima del hombro o nos niegan el saludo, como si les costase entender que todos  tenemos limitaciones y se hubieran puesto una venda para ignorar las propias. Es difícil creer que si alguien no valora a los demás, pueda valorarse a sí mismo.

Recordar que somos diferentes, al igual que lo son la vida y las circunstancias particulares, es un buen ejercicio para salvaguardar nuestra autoestima. ¿Qué vamos a comparar cuando somos todos tan valiosos y distintos?. La única persona a la que uno debería superar es uno mismo.

Cualquier persona anónima puede inspirarte o moverte a la acción y a la  emulación, depende de tus objetivos y circunstancias.  En mi caso, por ejemplo, una de las personas que más me inspiró al principio de mi carrera profesional fue cierta señora adorable que limpiaba las oficinas dónde yo trabajaba. Su forma de afrontar la vida me ayudó a tomar una decisión de envergadura que cambió la mía.

Consciente o inconscientemente, también inspiramos a otros. Esto no es vanidad. Nos inspiramos y modelamos mutuamente a cada instante. ¿Quién no alberga cualidades dignas de admiración?. En realidad el modelaje es un recurso excelente para lograr objetivos, no sólo en su vertiente de emular comportamientos sino de conseguir motivarnos.

Afortunadamente la vida nos ofrece la oportunidad de interactuar unos con otros, de alimentarnos espiritualmente con cada ser humano en cada lugar y  momento, al igual que lo hacemos con nosotros mismos, nuestras fortalezas, pequeños y grandes logros. Todo ello sin perder nuestra identidad, ni convertirnos en el mimético trasunto de nadie o renunciar a nuestra valía.

Si lo piensas bien, grandes genios e inspiradores, como Steve Jobs, que hicieron las cosas de forma diferente y cambiaron el mundo, se han nutrido en algún momento de su vida de otras personas. El creador de Apple era un auténtico entusiasta de Sócrates y de los Beatles. En una entrevista concedida a la revista Newsweek en el año 2001 llegó a decir: “Cambiaría, si pudiera, toda mi tecnología por una tarde con Sócrates”.

Como tributo a Steve os dejo con estos vídeos. El jueves lamentablemente lo perdimos, aunque el mismo dijese que la muerte es el mejor invento de la vida. 

Nos quedan su obra y sus palabras para nutrirnos, para permanecer hambrientos,  ser insensatos y amar lo que hacemos, tal como él proponía.

http://www.youtube.com/watch?v=uXKku2KYZf0

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UN RETO HECHO REALIDAD

 

Soy de las que piensan que tú haces el sueño, y cuando se cumple, es el sueño quién hace a tí.

Después de veinticinco años sin correr más que  para  llegar a tiempo y cumplir  mis compromisos, se me ocurrió la idea de participar en una carrera popular de diez kilómetros.

Carrera Urbana de la Salud. Eso decía el poster del gimnasio. Y me formulé la pregunta.

 ¿Tenía yo salud?. Debo reconocer que no. Había consumido buena parte de mis reservas de ferritina y estaba bajo tratamiento médico. Andaba entrada en kilos y a pesar de aplicarme diferentes dietas el cuerpo se resistía a perder grasa.

Por si fuera poco, era un típico ejemplo de sedentarismo. Más de doce horas al día en posición sentada, trabajando, estudiando o haciendo vida social; y con aficiones  tan “estáticas” como la lectura, la escritura, el cine o internet. Para curarme en salud, y si el cansancio no hacía mella, acudía al gimnasio dos veces por semana.

Con esta rutina y una vida llena de exigencias profesionales y académicas, me notaba escasa de fuerzas y de frescura mental. La carrera me brindaba una oportunidad de recuperar la salud  y me inscribí sin pensarlo.

Aunque este fuese mi primer motivo, pronto descubrí que cuando comienzas a correr surgen otros muchos.

Rodar a primera hora de la mañana por el paraje de la Dehesa de Navalcarbón es un privilegio. Respiras la fragancia de los piñoneros y percibes las tonalidades rojizas del horizonte durante el amanecer. En el camino descubres búnkeres y fortines de la guerra civil, vestigios del canal, obra de Carlos III, que pretendía conectar el Guadarrama con el Guadalquivir y puentes de madera con diseños de cuento. Escuchar el ritmo de tu respiración y el ruido de las zapatillas al mezclarse con el tamborileo de los picapinos, te hace sentir parte de la naturaleza.

Para un ratón de oficina como yo, nada mejor que  trotar y respirar aire puro. La sensación de libertad alimenta tu zancada y pone alas en tu corazón.  Cuando corres, el silencio de las horas tempranas te sume en un remanso de paz. Las tensiones se disipan y los problemas se vuelven triviales.

Pero quizá lo más reconfortante es disfrutar ese camino que te conduce a la carrera. Dia a día percibes como aumenta tu energía, como el cuerpo se fortalece marcando y definiendo sus músculos, como tu metabolismo se acelera; notas que ganas tiempo al crono y superas tus barreras físicas y mentales; experimentas como tu alegría, tu agilidad, tu rendimiento profesional y personal, tu autoestima y tu sentido del humor se expanden.

 No accedes gratuitamente a estos beneficios. Los músculos han de acostumbrarse a las nuevas exigencias y después superarse. Has de ser constante e   incrementar progresivamente la intensidad y repetición del ejercicio,  pero sabes que cada gota de sudor es un logro, un paso más hacia tu mejora.

Disfrutar y esforzarte no impide que estes expuest@ a tus gremlins.  A menudo una voz interior me repetía  lo cansada y desentrenada que estaba.  Cuando sentía dolor, me susurraba que no podría competir o me hacia ver que todo era una locura y  lo mejor era olvidarse.

 Aunque  soñaba con una buena marca, mi verdadero objetivo era cruzar la línea de meta. Para una corredora inexperta como yo, no había mayor reto para probar que me había tomado en serio el camino hacia mi salud.

La mañana de la carrera soplaba un viento ligero muy propicio. El cielo estaba despejado y el sol amenazaba con ser persistente. Apoyé la pierna derecha sobre el césped artificial del campo de fútbol y me percaté de que el dolor que me había molestado durante varios días seguía allí. No eran buenas noticias. Uno de los fisioterapeutas dispuestos por la organización tanteó mis piernas.

-Parece una sobrecarga- comentó -si ves que  duele, párate-.

No es fácil asimilar la palabra “párate” cuando durante un mes has dedicado 3 horas diarias a lograr tu forma física para la competición. Quieres llegar, y diría más, casi no te importa cómo. Una especie de locura transitoria se apodera de ti y cierra tu entendimiento a cualquier posibilidad que no pase por lograr tu objetivo.

Sobre el tartán comenzaron los calentamientos y comprobé que estaba rodeada de atletas. La mayor parte de los más de 380 competidores exhibían un físico y una musculatura trabajada. Por primera vez consideré la posibilidad de llegar en última posición. Y me pareció una posibilidad realmente cercana, dadas las circunstancias.

De modo que tomamos la salida y yo fui sintiendo los pinchazos de mi rodilla con cada zancada. Permanecí atrás para centrarme y coger mi ritmo. Sabía que era un error tratar de seguir a otros y mucho más si no estaba en las mejores condiciones. La carrera terminaría haciendo su selección natural. A los tres minutos de la salida ya había perdido de vista el grupo de cabeza. Podían ser unas doscientas personas. El pelotón de cola se había estirado como un acordeón y después fragmentado en grupos más pequeños hasta convertirse en individuos que trotaban en solitario.

El recorrido era duro. Aunque había entrenado por algunos sectores de la Dehesa, pronto descubrí que  las pendientes de los entrenamientos se mantenían y las bajadas eran pendientes. El trazado de la carrera bordeaba la Dehesa y luego zigzagueaba por dentro en tono ascendente.

 Los primeros ocho kilómetros fueron de subida con llanos ocasionales. En el kilómetro cuatro  me percaté de que estaba jadeando. Era pronto para cansarse. Con los nervios había perdido el control de mi respiración. Tenía el corazón en la boca y la pendiente se hacía cada vez más pronunciada. Un sol abrasador consumía el oxígeno. La rodilla pinchaba. Algunos participantes comenzaron a sobrepasarme. Era uno de esos momentos críticos en los que sientes que todo se derrumba y ya no puedes más. Yo quería resurgir y conversaba conmigo misma. “Vamos, vamos no me falles ahora. Tú puedes. Mueve esas piernas. Es pronto para rendirse”.

Al levantar la vista divisé un llano tras el repecho y me concentré en llegar hasta él. Era mi premio por coronar. Una vez allí troté con decisión y sobrepasé a varios corredores. Mi respiración estaba bajo control. Velocidad y ritmo constante. “Bien, lo estás haciendo muy bien”.

Más allá de la arboleda por la que discurría el sendero en planicie, el terreno se inclinaba como el lomo de un tobogán para después volver a empinarse. Era un trecho rompepiernas, en el que la alternancia de subidas y bajadas impedía mantener un ritmo constante. Al poco volvió la pendiente por un camino arenoso y expuesto al terco sol. Me estaba fatigando de nuevo. Mi cabeza echaba humo. Buscaba aferrarme a la exigua sombra que proyectaban los piñoneros y tropecé. Afortunadamente logré sobreponerme antes de tocar el suelo, pero sentí dolor. Una corredora esquivó mi tropiezo para rebasarme. Mi moral se resintió. Cerré lo ojos, hice un esfuerzo por respirar hondo y me coloqué de nuevo por delante. Para tomar distancia cambié el ritmo durante unos minutos. Tenía más amor propio que fuerza.

Pronto divisé los puestos de avituallamiento. Había llegado a la mitad del recorrido.  Tomé una botella de agua, bebí un trago largo y lancé el envase en una papelera. Quería liberarme de cualquier peso. En el kilómetro siete comprendí que había cometido un error. Tras coronar la cuesta más empinada y prolongada de la prueba, mi boca se volvió esparto. Buscaba con lengua de trapo la humedad de mi propio sudor y tenía la sensación de estar a punto de desfallecer. Me sentía débil y reventada por un sol implacable. Sólo tenía ojos para buscar agua.

Delante de mí un participante había cambiado el trote por la caminata. Tenía las manos vacías y daba pasos muy cortos, como si estuviese exhausto. Entonces reparé en un providencial perrito que husmeaba junto a un árbol. Por el tronco surgió la estampa de su dueño con una botella de agua. Le pedí un poco, y al ver mi rostro desencajado, me la ofreció entera. Bebí. Un trago largo y profundo que redujo el líquido a la mitad. Me nacieron las fuerzas y sobrepasé a dos corredores. Un cartel anunciaba que había llegado al kilómetro ocho. Las piernas estaban débiles, pero yo aceleraba. Estaba a dos kilómetros de mi sueño.

Debería haberme alegrado de que los últimos dos mil metros transcurriesen cuesta abajo, pero en mis circunstancias cada golpe contra la tierra polvorienta era un calvario; cuanto más apoyaba el peso del cuerpo, más dolor experimentaba. Tuve que frenar la inercia de la caída para amortiguar el impacto. Reducir el ritmo no me preocupó. Ya estaba. Un poco más y ya estaba. Sólo un poco más. Sólo eso importaba. Apreté los dientes y respire lento y profundo. Las copas de los árboles creaban un paraguas que proyectaba su sombra a lo largo de todo el descenso. Por primera vez sentí un ligero soplo de aire abanicándome.

Entre los últimos pinos del recorrido divisé nuevamente el estadio. No tardé en atravesar el acceso que permanecía abierto y desembocar en el tartán de la pista de atletismo. Surgieron aplausos y palabras de ánimo. Aceleré con más ilusión que potencia hasta el límite de mis fuerzas. Puede que más allá, porque lo dí todo.

Al plantar el pie en la línea de llegada, mi tiempo se iluminó en el cronometro electrónico. 1 hora, 15 minutos y 6 segundos.

 Mi posición fue la 302 entre las 314 personas que no abandonaron. La mujer número 35 en cruzar la meta, pero eso carecía de importancia. No era más que un final que abría un comienzo.

El sueño de llegar se había cumplido y yo estaba féliz de haber entrado en la meta después de veinticinco años.

Comprendí que los retos son algo muy personal y  lograrlos no resulta cómodo, ni seguro; exige hacer las cosas de forma diferente y mejor de lo que normalmente las hacemos; exige creer en uno mismo e incluso aventurarse.

Como decía el general Mc Arthur, no hay seguridad en esta tierra, sólo oportunidad.

Vi la oportunidad de correr para cambiar mi vida y unos hábitos poco saludables. No tuve todo a favor, ni participé en las mejores condiciones, pero aprendí lo que debo y no debo hacer y descubrí de lo que era capaz allí y en aquel momento.

Correr era mi reto.

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