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LA ALEGRIA Y EL CONSUELO DE COMPARTIR

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Cristopher McCandless, apodado por él mismo Alexander Supertramp,  se retiró de la sociedad para llevar una vida solitaria en plena naturaleza.  Después de afrontar numerosos peligros, sin ayuda de mapas, ni víveres,  terminó sus días en Alaska, a la edad temprana de 24 años.

Murió en el interior de un autobús abandonado cerca del Parque Nacional de Denali. Según las pruebas médicas que le practicaron, por inanición.

El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de los cazadores de alces encontraron esta nota en la puerta del vehículo:

 “S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, cerca de morir, y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless. Agosto”

El biógrafo de McCandless, cuenta que en los últimos días de su vida, ya muy debilitado, escribió: “La felicidad sólo es real cuando se comparte”.

Viniendo de una persona que buscaba alejarse de la sociedad, estas ocho palabras mueven a la reflexión.

¿Has experimentado alguna vez la sensación de que eso que no compartes no existe en el mundo real?.

 Lo que únicamente tú sabes queda dentro de ti. Se halla tan próximo a tu imaginación que no sería extraño pensar que lo estas imaginando.

 Desde el inicio de su existencia, los hombres se agrupan y comparten. Es esa relación la que permite su supervivencia, amén de generar vida y progreso.

La amistad es un buen ejemplo de compartimiento. Los amigos comparten vivencias, emociones, afectos. Y cuanto más comparten más estrecho es el vínculo.

Compartir provoca que lo que te sucede y lo que está dentro de ti, trascienda. Permite que puedas comunicarte, contagiar a los demás e influir en sus vidas. A la vez permite que puedas ser influido y te enriquezcas. En cualquier caso, posibilita que veas cuanto te acontece desde otro ángulo, que des y recibas afecto, gratitud, respeto y conocimiento, que soluciones problemas. Es un bien para la persona y para la comunidad. Un intercambio productivo y útil  a nivel personal y colectivo.

Es cierto que para compartir hay que exponerse. En la vida, aunque habites en el agujero más recóndito, siempre estas expuesto. El sólo hecho de nacer te expone al riesgo emocional y físico. Y cuanto menos arriesgues menor será el jugo que le saques a tu trayecto vital.

Algunas personas no comparten por miedo a ser juzgadas o a fracasar. Por esa misma razón, otras comparten a medias. Sí, pero no. Viven agazapadas en una espiral de miedo y evitación constante. Critican lo que temen. Critican a los que se exponen y a quienes fracasan.  Su vida discurre de esta manera, observando cómo viven los demás, perdiéndose la sabiduría del fracaso y la alegría de trascenderse como individuos.

Es un hecho que cada uno de nosotros tiene su punto de vista. Que cada punto de vista es una verdad personal. Pero la verdad no consiste en una suma de puntos de vista, ni siquiera es el producto de lo que tú piensas, tampoco algo inmutable. De modo que, digan lo que digan, sé fiel a ti mismo y actúa de acuerdo con tus principios.

 Tu verdad es tan válida y respetable como cualquier otra. Y sólo creyendo en lo que crees y entendiendo y respetando que cada cual ha de creer en lo suyo, lograrás lo mejor para ti y para los demás.

Nada tiene que ver el compartir con imponer tus ideas, o callar lo que piensas.  Al contrario, el acto de compartir te invita a expresarlas y hacer partícipe de ellas a los demás. También a escuchar con respeto lo que otros tienen que decir y participar en sus emociones. Hay en esta actitud un objetivo de ayudarse, disfrutando de lo que cada cual tiene con alguien o partiéndolo y donándoselo con gentileza.

En realidad compartir representa un plus en nuestras vidas. Multiplica nuestra alegría y consuela nuestra tristeza. Al abrirnos a otras personas, tenemos la oportunidad de acceder a nuevas posibilidades, opciones, sendas y recursos.

Necesitamos a los demás. Son parte imprescindible de nuestro viaje por la vida.  Gracias a ellos somos mejores. Y también lo son ellos gracias a nosotros. El mundo es el resultado de la aportación de cada ser humano. Y cada aportación es una joya valiosa. Una pequeña luz en la oscuridad de lo desconocido.

La soledad bien entendida tiene sus ventajas. Permite descansar, meditar y conocerse. No ocurre lo mismo con el aislamiento que conduce a una suerte de rumiación interior alejada de la realidad.  En el aislamiento, quedamos  huérfanos de esa alegría, consuelo y trascendencia que obtenemos al compartir.  Podemos incluso quedar privados de las necesidades más elementales para la vida.

No dudes que si compartes tu pan, te gustará más. Si compartes tu felicidad, esta aumentará.

Cristopher McCandless escribió en su diario, como palabras finales, que había tenido una vida feliz. Dio gracias a Dios por ello y envió sus  bendiciones. El testimonio de su vida es motivo de inspiración para muchas personas y también nos permite aprender acerca de lo que somos, nuestros límites, actitudes y sueños.

Parte del gran legado que nos dejó, es una pequeña frase de tan sólo ocho palabras. Una frase que, escrita desde la más absoluta soledad, nos invita sencilla y llanamente, a compartir.

Os dejo con un video sobre su vida. Disfrutadlo y sacad vuestras propias conclusiones.

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METAFORAS PARA EL CAMBIO (V): CONVERSACIONES CON JIM BLACK

Amaneció y Coque estaba embutido en su funda nórdica hasta la comisura de los labios.

En el cuarto sólo se escuchaba el tic tac del reloj.

-Cinco días de gripe- pensó – es como para desquiciarse-

Estaba cansado de leer, jugar con el portátil y pulsar aleatoriamente el mando del televisor. Fuera de la rutina de trabajo, la vida se tornaba aburrida.

Recordó la frase de la noche anterior: “En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días”. La había encontrado en una web de frases célebres.

-Todo un friki- pensó.

Le pareció tan deprimente y rebuscada que se fue a dormir.

Agazapado en su funda nórdica, pensaba en cómo afrontar aquel nuevo día bajo los estragos de la gripe, sin el sonido familiar de la blacberry, la agitación de la oficina y el trabajo a contra reloj.

De repente concibió la idea de ordenar su cuarto de trabajo.

Se apresuró a desayunar y a ingerir las medicinas, tomó una ducha y se enfundó un pantalón de pana y un jersey grueso.

Su cuarto de trabajo era un cubículo de apenas cuatro metros. Lo había amueblado con una librería blanca, un sofá cama y un pequeño escritorio. Echó un vistazo a su alrededor y clavó la mirada en el baúl de madera que su empresa le había regalado por Navidades cuatro años atrás.

-Empezaré por esto- se dijo.

Al abrirlo observó una superficie compuesta por tapas de libros y cuadernos encajados a presión. Fue extrayéndolos uno a uno hasta que escuchó un ruido sordo que le hizo deslizar la mirada hacia el parquet. Frunció el ceño. No tenía idea de que guardase aquel vaquero de plástico en el baúl.

Era una figura de color azul cielo. Tenía los pies sobre un suelo de plástico, igualmente celeste, que hacía las veces de plataforma de sujeción. Vestía un sombrero de Cowboy y el típico atuendo de los vaqueros del oeste americano. Sus brazos se hallaban ligeramente flexionados, dibujando un ángulo  recto. En ambas manos empuñaba una pistola.

Lo enderezó sobre el pavimento de madera y se quedó mirándolo con una sonrisa en los labios.

-Joder Jim, ¿pero qué haces aquí?- preguntó en voz alta –ni me imaginaba que estuvieras en el baúl. Tío cuanto tiempo. Eres un sobreviviente-

Coque se sentó en el suelo y cruzó las piernas. Continuó observando aquel juguete mientras pensaba en la maravillosa niñez que había transcurrido junto al sheriff Jim Black. Así lo había bautizado el día en que, con ocho años, los Reyes  dejaron junto a sus zapatos aquella bolsa transparente que resultó contener una amalgama de vaqueros, indios y caballos de plástico.

-¡Que batallitas Jim!. ¿Te acuerdas?. Te pondré en la mesa del escritorio. No quiero perderte-

Lo colocó sobre una carpeta de documentos que descansaba en la superficie de la mesa y prosiguió extrayendo el contenido del baúl.

-La cantidad de trastos que hay aquí dentro Jim. Voy a tirarlo todo- murmuró en voz alta.

-Normal Coque. De niño eras más divertido. Tienes suerte de haberme rescatado- escuchó decir.

Cuando era un niño, el sheriff Black y Coque hablaban a menudo. En realidad era Coque quién hablaba por los dos. Ahora le asaltaban dudas acerca del origen de aquella voz. Sea como fuere, deseaba responder al presuntuoso vaquero que permanecía erguido sobre su carpeta.

-Vaya Jim. No tienes pelos en la lengua, ¿eh?. Y dime, ¿por qué crees que tengo tanta suerte?. Ni que tú fueras la diversión en persona- exclamó Coque

-Porque soy tu espejo-

-¿Mi espejo?-

-Sí. Mírame y dime qué ves-

Coque le observó de cerca. Tomó a Jim en su mano y cerró los ojos.

¿Estaban riendo?. Sí, así era. Coque había inventado una historia en la que la Diligencia, regalo de su hermana mayor, atravesaba los páramos del Oeste a gran velocidad.

 Los páramos eran las losetas de mármol del salón de la casa de sus padres. En el interior viajaba una vaquera de la casa Pech que su tío Luis le había traído de Barcelona y que, según decía, se llamaba Perla. Era una figurita de los años sesenta, con un brazo en alto que sostenía una pistola, y el otro en jarras. A diferencia de Jim, Perla estaba pintada de colores y por la forma de sus piernas parecía haber sido separada de su caballo. Coque la sentó a los mandos de aquella Diligencia  que se suponía iba a ser atacada por otros vaqueros de plástico. La Diligencia chocó contra la pata de una silla y Perla salió despedida hasta derribar a todos los secuaces y acabar a los pies de Jim.

-Vaya lo que tenemos aquí- murmuró Black –Perlita, la superhéroe-

Los dos rieron de buena gana y Coque percibió que Jim congeniaba con la vaquera de piernas arqueadas.

-Bueno, ¿qué ves?- insistió Jim.

-Me estaba divirtiendo contigo. Habíamos inventado una historia fantástica. ¿Te acuerdas de Perla?-

-¿Perlita la superhéroe?- sonrió – como no voy a acordarme. Llegó volando hasta mis pies-

-Inventabamos grandes historias Jim-

Coque prestó atención a sus palabras.

-¿Inventabamos?- preguntó el vaquero.

-Bueno yo las inventé y los dos las protagonizamos-

La alarma del reloj de Coque sonó.

-Vaya Jim, debo ir al médico-

-Me pregunto porque ahora no escribes historias, ni te diviertes- insistió Black.

-Hay que ganarse la vida Jim. La oficina es una forma de sobrevivir-

-¿Quieres vivir o sobrevivir?-

-Me parece que te estás poniendo friki sheriff. Quiero vivir por supuesto. Ahora tengo que irme. Te pondré en el baúl y seguiremos hablando más tarde-

-Dime una última cosa Coque- indagó Jim -Si pudieras elegir y no tuvieses miedo ¿qué te divertiría hacer?-

-Crear- respondió Coque sin pensarlo –Me gustaría crear ideas innovadoras y ponerlas en marcha. ¿Contento?-

-Yo sí, ¿y tú?-

Estaba a punto de depositar el vaquero celeste dentro del baúl, pero se detuvo. En lugar de ello, lo introdujo en un bolsillo del pantalón.

Se lavo los dientes, frotó sus manos contra el jabón y enjugó su rostro con agua fresca. Buscó ropa de abrigo y salió al portal camino de la clínica.

Helaba en la calle. A las doce de la mañana, los rayos de sol aún no templaban el clima. Inspiró profundamente.

-¿Sabes Jim?- se dijo mientras expiraba- me siento vivo a pesar de la gripe-

-Todo problema lleva dentro una oportunidad, Coque- murmuró Jim.

-Entonces debería decir que me siento vivo gracias a la gripe-

Isabel Ripoll                            Todos los derechos reservados

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TESTIMONIOS DE SUPERACIÓN (I): LA HISTORIA DE MANUEL

Solíamos jugar al fútbol en el estrecho pasillo de la casa.

Manuel era hábil y rápido. Se revolvía en un palmo de parquet escabulléndose entre mis piernas como un roedor en dirección al umbral de la puerta del baño o de la cocina, donde estaban las porterías.

Yo ostentaba entonces la envergadura que me daba tener cinco años más y sabía que Manuel respetaba aquella ventaja, por no decir que la temía. El miedo a las patadas y a la fuerza del rival era su punto débil, pero la técnica con la que manejaba el balón resultaba admirable.

Un buen día yo me hice adolescente y aquellos partidos fueron espaciándose hasta convertirse en historia. Pasaron unos años y el también llegó a la adolescencia. 

Era un joven  de cabellos ligeramente dorados y ojos azules, deportista hasta la médula. Al observarle,  pensaba que lo tenía todo para triunfar. Sin embargo, pronto me di cuenta de que vivía en un infierno. Padecía ataques de ansiedad y desconocía la causa. Comprendí que  era un chico excesivamente autoexigente y asustado, por más que  su estado de tristeza interior, no le impidiese suscitar alegría en los demás.

Una noche yo estaba leyendo un libro y escuché el timbre del teléfono. Fue así como nos enteramos de que Manuel había sufrido un accidente.

Durante casi dos meses estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte. Los médicos nos advirtieron que era el enfermo más grave. Había sido sometido a múltiples operaciones de amputación y reconstrucción y a transfusiones sanguíneas, padecía una septicemia y sus ratos de consciencia se contaban por delirios. Desde la ventanilla de la UVI, observábamos pacientemente su sueño y su lucha cada día.

En la Nochebuena de 1988, la gravedad cedió. Manuel había ganado la batalla a la muerte en una gesta que nadie parecía capaz de explicar. Ante él se abrían las puertas de la vida, aunque fuese con un pronóstico desalentador. Sufría la amputación parcial de un brazo y de una pierna, y el resto de sus extremidades habían sido cuidadosamente reconstruidas, lo que le dejaría secuelas de por vida. Los médicos vaticinaron que, al margen de la rehabilitación, era muy probable que Manuel no volviese a andar.

Durante cinco meses Manuel permaneció en el hospital rehabilitándose. Antes tuvo que encajar que había perdido partes de su cuerpo aunque aún le dolieran o las sintiese y  también a su novia. No era responsable por ello, pero no podía evitar que la culpa lo persiguiese.

Cuando recibió el alta y experimentó el tacto del aire suave de la mañana, se sintió una persona nueva.

Llegó a su casa en una silla de ruedas, se miró al espejo y bromeó:

-Estoy realmente guapo- dijo. Su hermana lo miraba indecisa, sin saber si reír o llorar.

Manuel no volvió a padecer aquellos ataques. Descubrió que podía hacer desaparecer el miedo con sólo enfrentarlo. Tenía el cuerpo roto, pero su mente se había blindado por completo al desaliento.

A sus veintiún años se consideraba afortunado por estar vivo y  tener un objetivo claro. Antes del accidente solía preguntarse para qué vivía.  

Lo primero que se propuso fue hacer una vida normal.

Para ello repitió matricula en la Universidad y asistió al primer examen unos meses después de haber recibido el alta. Echó de menos el brazo derecho que tanto sentía. No había escrito jamás con la mano izquierda, de modo que se armó de paciencia. El examen le llevó dos horas. Tuvo que pedir un tiempo extra ante la imposibilidad de escribir más rápido. No tenía claro que lo que había puesto en el papel fuese legible, pero obtuvo un notable.

Su segundo objetivo fue caminar.

Tardó un año en pulverizar los pronósticos médicos. Se ayudó de muletas al principio y después de su pierna ortopédica para mantener el equilibrio. Cada día asistía a la rehabilitación en el hospital y más tarde prolongaba las sesiones en casa.

No fue fácil, la amputación del brazo derecho y de la pierna izquierda le descompensaba y más de una vez perdió el equilibrio  y se precipitó al suelo como si su cuerpo fuese un bloque  de cemento. El mínimo obstáculo o tropezón representaba un riesgo para su integridad.

Cuando logró caminar, se planteó volver a hacer deporte y encontrar un trabajo.

Comenzó poco a poco. Colocó las sillas de la terraza de forma aleatoria en el jardín  y trató de pasar con el balón controlado por los espacios. Al principio iba muy despacio, pero en pocos meses adquirió velocidad.

Un año y medio después de su accidente logró trabajar con un contrato eventual que terminó prolongándose.

El cuarto objetivo de Manuel fue crear una familia.

Decidió salir con sus amigos y relacionarse, adquirió un coche, lo habilitó para la conducción y volvió a destilar el humor y la alegría que le eran innatos; esta vez en congruencia con lo que realmente sentía en su interior.

Manuel tiene hoy una mujer y tres hijos maravillosos, juega torneos de padel y ayuda a otros jóvenes a superar problemas. Es un avezado cocinero, una persona sociable y por encima de todo, un hombre feliz y libre de complejos. Su vida no está exenta de achaques y limitaciones, pero lo acepta como algo natural.

No he podido resistirme a escribir sobre él, porque su ejemplo me inspira cada día.

Le he pedido que me regale una frase para este testimonio. Sonríe, se rasca la cabeza, me guiña un ojo y comenta:

-La vida es generosa si le pones pasión y compromiso. La cuestión no es tanto que puede hacer la vida por ti, como que estás tú dispuesto a hacer por tu vida-

Intento reducir su frase a un solo pensamiento y escribo en mi libreta: “Manuel es su propio líder”.

 

 

 

 

 

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