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LA ALEGRIA Y EL CONSUELO DE COMPARTIR

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Cristopher McCandless, apodado por él mismo Alexander Supertramp,  se retiró de la sociedad para llevar una vida solitaria en plena naturaleza.  Después de afrontar numerosos peligros, sin ayuda de mapas, ni víveres,  terminó sus días en Alaska, a la edad temprana de 24 años.

Murió en el interior de un autobús abandonado cerca del Parque Nacional de Denali. Según las pruebas médicas que le practicaron, por inanición.

El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de los cazadores de alces encontraron esta nota en la puerta del vehículo:

 “S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, cerca de morir, y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless. Agosto”

El biógrafo de McCandless, cuenta que en los últimos días de su vida, ya muy debilitado, escribió: “La felicidad sólo es real cuando se comparte”.

Viniendo de una persona que buscaba alejarse de la sociedad, estas ocho palabras mueven a la reflexión.

¿Has experimentado alguna vez la sensación de que eso que no compartes no existe en el mundo real?.

 Lo que únicamente tú sabes queda dentro de ti. Se halla tan próximo a tu imaginación que no sería extraño pensar que lo estas imaginando.

 Desde el inicio de su existencia, los hombres se agrupan y comparten. Es esa relación la que permite su supervivencia, amén de generar vida y progreso.

La amistad es un buen ejemplo de compartimiento. Los amigos comparten vivencias, emociones, afectos. Y cuanto más comparten más estrecho es el vínculo.

Compartir provoca que lo que te sucede y lo que está dentro de ti, trascienda. Permite que puedas comunicarte, contagiar a los demás e influir en sus vidas. A la vez permite que puedas ser influido y te enriquezcas. En cualquier caso, posibilita que veas cuanto te acontece desde otro ángulo, que des y recibas afecto, gratitud, respeto y conocimiento, que soluciones problemas. Es un bien para la persona y para la comunidad. Un intercambio productivo y útil  a nivel personal y colectivo.

Es cierto que para compartir hay que exponerse. En la vida, aunque habites en el agujero más recóndito, siempre estas expuesto. El sólo hecho de nacer te expone al riesgo emocional y físico. Y cuanto menos arriesgues menor será el jugo que le saques a tu trayecto vital.

Algunas personas no comparten por miedo a ser juzgadas o a fracasar. Por esa misma razón, otras comparten a medias. Sí, pero no. Viven agazapadas en una espiral de miedo y evitación constante. Critican lo que temen. Critican a los que se exponen y a quienes fracasan.  Su vida discurre de esta manera, observando cómo viven los demás, perdiéndose la sabiduría del fracaso y la alegría de trascenderse como individuos.

Es un hecho que cada uno de nosotros tiene su punto de vista. Que cada punto de vista es una verdad personal. Pero la verdad no consiste en una suma de puntos de vista, ni siquiera es el producto de lo que tú piensas, tampoco algo inmutable. De modo que, digan lo que digan, sé fiel a ti mismo y actúa de acuerdo con tus principios.

 Tu verdad es tan válida y respetable como cualquier otra. Y sólo creyendo en lo que crees y entendiendo y respetando que cada cual ha de creer en lo suyo, lograrás lo mejor para ti y para los demás.

Nada tiene que ver el compartir con imponer tus ideas, o callar lo que piensas.  Al contrario, el acto de compartir te invita a expresarlas y hacer partícipe de ellas a los demás. También a escuchar con respeto lo que otros tienen que decir y participar en sus emociones. Hay en esta actitud un objetivo de ayudarse, disfrutando de lo que cada cual tiene con alguien o partiéndolo y donándoselo con gentileza.

En realidad compartir representa un plus en nuestras vidas. Multiplica nuestra alegría y consuela nuestra tristeza. Al abrirnos a otras personas, tenemos la oportunidad de acceder a nuevas posibilidades, opciones, sendas y recursos.

Necesitamos a los demás. Son parte imprescindible de nuestro viaje por la vida.  Gracias a ellos somos mejores. Y también lo son ellos gracias a nosotros. El mundo es el resultado de la aportación de cada ser humano. Y cada aportación es una joya valiosa. Una pequeña luz en la oscuridad de lo desconocido.

La soledad bien entendida tiene sus ventajas. Permite descansar, meditar y conocerse. No ocurre lo mismo con el aislamiento que conduce a una suerte de rumiación interior alejada de la realidad.  En el aislamiento, quedamos  huérfanos de esa alegría, consuelo y trascendencia que obtenemos al compartir.  Podemos incluso quedar privados de las necesidades más elementales para la vida.

No dudes que si compartes tu pan, te gustará más. Si compartes tu felicidad, esta aumentará.

Cristopher McCandless escribió en su diario, como palabras finales, que había tenido una vida feliz. Dio gracias a Dios por ello y envió sus  bendiciones. El testimonio de su vida es motivo de inspiración para muchas personas y también nos permite aprender acerca de lo que somos, nuestros límites, actitudes y sueños.

Parte del gran legado que nos dejó, es una pequeña frase de tan sólo ocho palabras. Una frase que, escrita desde la más absoluta soledad, nos invita sencilla y llanamente, a compartir.

Os dejo con un video sobre su vida. Disfrutadlo y sacad vuestras propias conclusiones.

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METAFORAS PARA EL CAMBIO (VI): “TÉ CON UN VAMPIRO”

-Sorberá tu sangre. Lo hará poco a poco. Irás sintiéndote débil, y por muy extraño que parezca, terminaras aceptándolo.

Estaba a punto de secar el último cubierto, cuando escuchó aquella voz de ultratumba en el televisor. “Sin aliento” era el nombre de la serie que su hija de dieciocho años escuchaba por las tardes.

-Ali por favor, baja ese volumen  -dijo aún afectada por lo que acababa de oír.

Ali murmuró algo quejándose, pero Sofía no lo escuchó, Ramón acaba de besarla en la frente.

-Cuídate cariño. Te llamo luego.

La puerta se cerró tras los pasos de su marido y Sofía percibió la imagen de uno de aquellos chupasangres, proyectando una mirada felina. Dos pares de colmillos, cual  ávidos alfileres, le asomaban entre los labios.

“¡Que desagradable!”, se dijo.

Ali apagó el televisor. Estaba de pie junto al borde de la escalera que conducía a los dormitorios.

-Ha terminado. Me subo a estudiar.

Su voz, amortiguada por las paredes de la cocina, se escuchó lejana.

Al cabo de unos minutos, el timbre resonaba por toda la casa. Abrió la puerta y divisó aquella sonrisa angelical, que Luis, el vecino del cuarto, solía prodigar a los cuatro vientos.

-No me digas que te he despertado -exclamó mientras paseaba la mirada por Sofía.

-¿Despertado?.

-Si mujer, lo digo por ese pelo revuelto que tienes. ¿Puedo entrar?. Tengo algo que contarte.

No quiso ser desconsiderada. Le preguntó si quería tomar algo y, después de preparar un té con pastas, se ubicaron en el tresillo rojo de cuatro plazas que presidia el salón. Esperaba que aquello no durase mucho. Hacía semanas   que no coincidían, pero aún  era capaz de recordar que Luis la dejaba exhausta.

-Tenía que verte Sofi. Estoy muy afectado por lo que está pasando.

Luis era un hombre de cabellos plateados, ya entrado en la cincuentena. Su lustroso cráneo asomaba entre un haz de filamentos amalgamados con brillantina.

-Tú dirás -quiso saber Sofía.

-Estoy algo fastidiado -repuso– ya sabes lo sensible que soy a los ruidos. A las ocho de la mañana los vecinos de la puerta contigua abren la ducha y el agua sale a todo meter. A las ocho y media tu Ali deja que la puerta se cierre sola. Sobre las once  el cartero pulsa el timbre. A las dos la vecina del tercero llama a los niños a comer y esas criaturas gritan, corren y chocan contra todo. Cuando parece que puede haber paz, el del cuarto B duerme y ronca a pata suelta. Después llegan las seis y comienza a llegar gente al edificio. Todo son pasos y portazos. No sé que voy a hacer. Estoy desquiciado.

Sofía miró el reloj de pared.

-Bueno Luis, la gente tiene que hacer su vida. Es algo que no puede evitarse; quizá debas consultar un médico o insonorizar tu casa.

El vecino lanzó una mirada sibilina.

-He visitado varios médicos y no tengo problema alguno. Insonorizar mi casa es muy caro. No sé  que voy a hacer.

Sofía dio un buen trago al té inglés tipo breakfast antes de continuar con la conversación.

-¿Te has planteado cambiar de vivienda?.

-No tengo dinero para eso, y vender la mía en los tiempos que corren es algo complicado  -repuso Luis algo cabizbajo.

-¿Qué es lo que te fastidia exactamente?. Escuchar ese tipo de ruidos durante el día entra dentro de lo normal.

-Pero no sabes cuanto me molestan; y el Presidente se encoje de hombros. Es increíble. Estoy condenado soportarlos.

-¿Y si utilizases unos tapones? -propuso Sofía con cierto cansancio.

-Entonces no podría escuchar la televisión, ni saber si me llaman al teléfono en mi propia casa.

Sofía observó a Luis mientras continuaba hablando. Al entornar los labios sus colmillos sobresalían cual níveas estalactitas. Miraba con ojos enrojecidos, proyectando ese brillo afilado y pulverizador que había contemplado en “Sin aliento”.

-Luis, creo que no sé cómo ayudarte -exclamó al fin, saliéndo de su emoción.

-No me digas que los vecinos del cuarto A no son escandalosos –prosiguió Luis con un tono de irritación en la voz- Deberían vivir en el campo. Y los hijos de la señora del tercero A gritan como gallinas cluecas. Ya no te hablo de los ronquidos que pega el del cuarto B . No hay quién aguante esta situación. Y lo peor es que no puedo hacer nada. Es como si estuvieran todos contra mí.

Sofía se encogió de hombros.

-La verdad que no me había dado cuenta de que hubiese tantos ruidos.

-Sofí, tienes que ayudarme -imploró Luis- el Presidente de la comunidad se niega a hablar de ello en la próxima Junta; ¡el muy cínico!; ayer mismo me dijo que sabía por el ruido de tus tacones cuando llegabas. Habla pestes de ti, que si vas de independiente, que si eres una antipática y no asistes a las reuniones-

El rostro del vecino había adquirido un tono lívido y mortecino. Tenía unas enormes bolsas moradas bajo la cuenca de los ojos. Sofía rezumaba tensión en las sienes y comenzaba a sentir dolor de cabeza.

-Vampiros -susurró casi imperceptiblemente.

-Tienes mala cara -exclamó Luis, mientras sostenía en vilo la taza de té- ¿te pasa algo?-

-Acabo de acordarme que tengo cita con el dentista en dos minutos.

-Vaya, pues perdona por entretenerte. Ya me voy –exclamó con apuro – ¿Tendrás en cuenta lo que hemos hablado?. Oye ¿y qué es eso de los vampiros?.

Creyó haberlo dicho para sí, pero el oído de su vecino era tan agudo como el de una tortuga.

-Me refería a los vampiros emocionales. Gente tóxica. Te dejan sin energía, deprimida y cabreada.

Sofía había entornado la hoja de la puerta. Luis estaba bajo el dintel y se volvió a mirarla antes de caminar hacia el descansillo de la escalera . ¿Sería verdad que un hilillo de sangre resbalaba por la comisura derecha de sus labios?.

-Suena fatal -espetó.

-¿Qué?.

-Eso que dices. Es lo más parecido al Presidente de la Comunidad -concluyó explayando una maliciosa sonrisa.

Su voz se había distorsionado. Era un conglomerado difuso y estridente que restallaba en la penumbra del descansillo.

-Buenas tardes Luis.

-Buenas tardes Sofi. Cuídate.

Sofía cerró la puerta y lanzó al aire un estremecido suspiro.

Aún violentada por la metamorfosis de Luis, abrió el cajón del aparador y se hizo con un pastilla para el dolor de cabeza.  No era para menos. Acababa de tomar el té con un vampiro.

 

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PRIMER ANIVERSARIO

Permitidme que dedique un instante a celebrar el primer año de vida del blog.

A nivel personal he ganado 40 veces la batalla al papel en blanco.

Mientras arde la vela, concluyo que pensar en la grandeza humana me dió para mucho.

Gracias a todos los visitantes.

Escribo para vosotros.

Para recordaros que somos seres únicos e increíbles, llenos de belleza y talento; que creamos nuestro  propio camino y, al hacerlo, marcamos la diferencia.

Por ello es importante que no te limites a seguir a otros.

Busca y da lo que tienes. Eso que sólo tú puedes dar.

Se tu propi@ líder.

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SE BUEN@ CONTIGO Y TRAZA LIMITES

La mayoría de nosotros crecimos con los cuentos de Perrault y rodeados de adultos que nos exigían ser buenos y portarnos bien.  Ser bueno en nuestra niñez consistía en agradar a los demás, y especialmente a nuestros padres, siendo obedientes.  

Durante la infancia los adultos actúan como un referente imprescindible para nuestro aprendizaje, pero al ir creciendo hemos de desarrollar una identidad propia.

Entre la pubertad y la adolescencia surge la necesidad de saber quiénes somos y de afirmarnos. Esa búsqueda de lo que somos y esa afirmación de lo creemos ser nos induce a rebelarnos. En realidad es un proceso necesario porque nos prepara para convertirnos en personas capaces de dirigir nuestra vida y tomar nuestras propias decisiones.

Es difícil creer que se pueda desarrollar una visión propia del mundo sin examinar y cuestionar la que nos han inculcado, sin decidir qué es válido para nosotros y que no y replantearnos los conceptos heredados de nuestra niñez, por ejemplo, el de bondad. ¿Qué le aporta a un ser humano adulto e  independiente vivir para obedecer y agradar a los demás?.

Cuando desde nuestra óptica de adultos, nos preguntamos que es de verdad ser bueno, tiene sentido pensar en la bondad como comportamiento sano que comienza con uno mismo. Ser bueno contigo como paso previo para ser bueno con los demás.

La bondad puede estar relacionada con la educación, la amabilidad o el respeto. Pero tratar de estar de acuerdo con todo el mundo, dejarse avasallar y hacer favores indiscriminadamente a costa de uno mismo, ¿qué tiene para nosotros de bueno?.

Cuando dices a todo que sí, sin tener en cuenta lo que eres o sientes y permites que cualquier persona te imponga sus deseos, no consigues su cariño, ni su respeto; lo que consigues es convertirte en el felpudo por el que todos pisan para lograr sus objetivos. En realidad refuerzas el comportamiento ajeno que deseas eliminar y tienes todas las papeletas para que tu resignada vida de alfombra, te pase factura con resentimientos y depresiones.

Por miedo a no ser queridos y a no gustar,  a parecer desagradables o antipáticos, en ocasiones nos cuesta defender nuestro territorio y nuestras necesidades. Estamos dispuestos a ceder y a consentir para evitar el conflicto y el enfrentamiento. De ahí que hagamos favores que en realidad no queremos hacer y que dejemos que los demás invadan nuestro espacio personal, nuestro tiempo y nuestra privacidad.

Dejarte avasallar tampoco llevará paz a tu vida. Interiormente reproducirás el conflicto que deseas evitar, aunque esta vez el contrincante sea tu propia autoestima.

Las relaciones saludables no admiten ganadores y perdedores, se nutren de independencia y respeto y discurren en un área de valioso equilibrio. Donde no logres reciprocidad, obtendrás sufrimiento.

¿Cuál es la clave entonces para conseguir que otros respeten lo que somos y evitar caer en la frustración, el resentimiento o la infelicidad?. ¿Qué hacer para no dejar el norte de nuestra vida en manos de los demás y preservar nuestra autoestima?.

Poner límites.

Los límites nos otorgan el gobierno sobre el territorio de nuestra existencia y ponen freno a comportamientos que consideramos inadecuados o destructivos. Marcan lo que somos y no somos, hasta dónde llegan nuestras responsabilidades y como queremos que nos traten.

Es importante trazar líneas en torno a uno mismo y hacerlas respetar para que nadie las cruce ni física, ni emocionalmente.

Para lograrlo hemos de decidir que está bien o mal para nosotros, explicar a los demás que esperamos de ellos en relación con esa decisión y las consecuencias de no respetarlo, pero además hemos de ser consecuentes, no recompensando comportamientos que deseamos que desaparezcan, ni disociando nuestro lenguaje verbal y no verbal. La falta de coherencia o firmeza hará que no nos tomen en serio.

Ser bueno no es renunciar a ti mismo, ni dejarte pisar, sino tener entre tus intereses la plenitud de los otros. El bueno es alguien poderoso y motivador que experimenta amor, entusiasmo de estar en el mundo y de recibir su luz y proyectarla, alguien que disfruta siendo y ayudando a ser, alguien enamorado de la evolución propia y ajena. El bueno es un motivador porque su amor y su entusiasmo alienta el desarrollo.

Si una persona hace algo que te molesta debes decírselo cuanto antes. No tienes por qué ser agresivo. Actúa de forma asertiva y amable, pero firme.

Lejos de dificultar las relaciones interpersonales, los límites permiten que estas sean equilibradas y resulten satisfactorias.

Recuerda el proverbio que dice que un buen vallado hace buenos vecinos.

 

 

 

 

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CUANDO NO TE COMPRENDEN

 

 Nadie verá y sentirá lo mismo que tú sientes. Tal vez se acerque, pero no será igual.

Asimilamos el mundo a través de nuestros filtros. Los sentidos, las creencias, la educación o la historia personal, incluso la genética, determinan nuestra representación de la realidad.

Digo esto porque a veces nos desesperamos, criticamos y juzgamos. Resulta que el otro no nos entiende, no se preocupa, no se comporta como yo espero, y al pensar de esta forma, me creo que estoy en lo cierto. No advierto que se trata de una percepción personal, que existen mapas diferentes al mío, diferentes modos, tantos como personas, de captar y entender los hechos.

Si partimos de la idea de que el resto de personas debe entender y saber lo que queremos decir, que actúan en nuestra misma realidad y se la representan tal como nosotros, lo más probable es que surjan conflictos, malentendidos y frustraciones en nuestras relaciones.

¿Qué hacer entonces?. ¿Utilizar la fuerza?. ¿Te ha pasado alguna vez que tratas de imponer tu visión y el otro se afirma con mayor vehemencia en la suya?. Es difícil pensar que se pueda conocer la realidad sin un observador y cada observador es un sujeto que tiene su propia percepción, un individuo con su propia subjetividad.

Para empezar la representación que cada persona tiene del mundo exterior, depende del sistema sensorial que utilice en ese contexto. Si da importancia, por ejemplo, a lo que oye, a lo que ve o a lo que siente. ¿Cómo procesa la información?. ¿Tiende a prestar atención a los detalles o más bien se inclina por la globalidad?. ¿Se sitúa dentro del tiempo olvidándose de ella o se disocia y lo mide?. ¿Qué experiencias ha vivido respecto a un tema concreto que influyen en lo que piensa?. ¿Qué anclajes posee que le hacen sentirse bien o mal ante determinados estímulos?. ¿Cuáles son sus valores?. ¿Se centra en las ventajas o en los inconvenientes?.

No hay respuesta acertada ni desacertada. Nadie es mejor ni peor en función de sus filtros. La cuestión no es juzgar a las personas o criticarlas, sino comprender como funcionan y acercarnos a ellas. Cualquiera que busque una comunicación eficaz ha de estar abierto a percibir las particularidades del otro y a sintonizar con él. Sólo así podrá comprender su mensaje y lograr que se comprenda el suyo.

La calibración parte de observar y escuchar al otro para recoger información. Nos permite conocer mejor a nuestro interlocutor, su modelo del mundo, sus creencias, sus valores, sus sistemas sensoriales predominantes, sus intereses, recuerdos, experiencias y estrategias.

Tras la calibración, llega el momento de utilizar lo aprendido para lograr sintonía. La sincronización permite crear un clima de confianza y entrar en el mundo de otra persona siguiendo sus parámetros, pero también nos permite “guiarla” hacia posiciones distintas a la suya. Una vez que hemos sintonizado con alguien, podemos ir cambiando los parámetros, de tal forma, que sea el otro quien nos siga a nosotros.

La forma en que cada persona se representa la realidad determina su sufrimiento y su felicidad. Todos poseemos recursos para modificar esa representación, pero al relacionarnos con otras personas, lo primero es comprender y adaptar nuestro lenguaje verbal y no verbal a su modo de ver el mundo. De esta forma la comunicación habrá sido eficaz y se darán  las condiciones para influir en nuestro interlocutor.

Conocer y respetar la realidad del otro es el primer paso para qué nos entienda.

En lugar de juzgar y criticar, ¿Qué tal si nos esforzamos por comprender y comunicar eficazmente?. ¿Qué tal si partiendo de ahí, llevamos al otro a conocer  nuestro mundo?.

  

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NUTRIRNOS DE OTRAS PERSONAS

 

Todos disponemos de recursos internos y externos para lograr nuestros objetivos.

Uno de esos recursos externos es inspirarnos en otras personas, bebiendo de cuánto admiramos en ellas.

Esto no tiene nada que ver con la envidia, sino con la admiración.

Quién aprecia y reconoce a la persona y su logro y puede querer reproducir su conducta o inspirarse en ella, la admira. Es portador de un sentimiento de afecto y respeto hacia ese individuo. Para el envidioso el logro y el bien de otro es causa de tristeza y pesar. Su deseo no es tanto imitar el comportamiento o inspirarse como quitarle al otro lo que tiene. La envidia genera odio y resentimiento y no reconoce los méritos ajenos.

Cuando alguien expone lo que para nosotros es una buena idea o exhibe cualidades que deseamos obtener o mostrar, nos ayudará mucho más preguntarnos cómo podemos aprender de esa persona, cómo lo consigue y que hace específicamente para lograrlo, que albergar sentimientos negativos. Valorar a los demás, no implica ensombrecer ni rechazar nuestro propio valor.

A veces elegimos envidiar porque, al compararnos, nos sentimos inferiores. También se da el caso de quienes defendiéndose de un complejo de inferioridad se consideran por encima de los mortales.  Existen personas para las que los demás no se enteran de nada, ni saben hacer nada bien. Al menos tan bien como ellas. Personas que nos miran por encima del hombro o nos niegan el saludo, como si les costase entender que todos  tenemos limitaciones y se hubieran puesto una venda para ignorar las propias. Es difícil creer que si alguien no valora a los demás, pueda valorarse a sí mismo.

Recordar que somos diferentes, al igual que lo son la vida y las circunstancias particulares, es un buen ejercicio para salvaguardar nuestra autoestima. ¿Qué vamos a comparar cuando somos todos tan valiosos y distintos?. La única persona a la que uno debería superar es uno mismo.

Cualquier persona anónima puede inspirarte o moverte a la acción y a la  emulación, depende de tus objetivos y circunstancias.  En mi caso, por ejemplo, una de las personas que más me inspiró al principio de mi carrera profesional fue cierta señora adorable que limpiaba las oficinas dónde yo trabajaba. Su forma de afrontar la vida me ayudó a tomar una decisión de envergadura que cambió la mía.

Consciente o inconscientemente, también inspiramos a otros. Esto no es vanidad. Nos inspiramos y modelamos mutuamente a cada instante. ¿Quién no alberga cualidades dignas de admiración?. En realidad el modelaje es un recurso excelente para lograr objetivos, no sólo en su vertiente de emular comportamientos sino de conseguir motivarnos.

Afortunadamente la vida nos ofrece la oportunidad de interactuar unos con otros, de alimentarnos espiritualmente con cada ser humano en cada lugar y  momento, al igual que lo hacemos con nosotros mismos, nuestras fortalezas, pequeños y grandes logros. Todo ello sin perder nuestra identidad, ni convertirnos en el mimético trasunto de nadie o renunciar a nuestra valía.

Si lo piensas bien, grandes genios e inspiradores, como Steve Jobs, que hicieron las cosas de forma diferente y cambiaron el mundo, se han nutrido en algún momento de su vida de otras personas. El creador de Apple era un auténtico entusiasta de Sócrates y de los Beatles. En una entrevista concedida a la revista Newsweek en el año 2001 llegó a decir: “Cambiaría, si pudiera, toda mi tecnología por una tarde con Sócrates”.

Como tributo a Steve os dejo con estos vídeos. El jueves lamentablemente lo perdimos, aunque el mismo dijese que la muerte es el mejor invento de la vida. 

Nos quedan su obra y sus palabras para nutrirnos, para permanecer hambrientos,  ser insensatos y amar lo que hacemos, tal como él proponía.

http://www.youtube.com/watch?v=uXKku2KYZf0

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MINDFULNESS: CONCIENCIA Y ATENCIÓN PLENAS

 

Hace días tuve la oportunidad de experimentar una sesión de Mindfulness en una Institución benéfica de la calle Serrano.

La sala estaba abarrotada. En medio del calor y la atmosfera densa, los asistentes iniciamos nuestra meditación con un dulce. Durante un lapsus de tiempo que olvidé calcular, anduve sumida en el aroma azucarado y evocador del chocolate, en su tacto untuoso y su sabor a almendra tostada, vainilla y almíbar. Sólo eso existió para mí. La golosina y mi atención plena hacia ella con los cinco sentidos.

 ¿Cuántas veces somos conscientes de que respiramos?.  ¿Saboreamos la comida o la imagen que tenemos de ella?.  En ocasiones tocamos a una persona sin experimentar las sensaciones propias del tacto porque ya tenemos nuestra propia idea de esa persona o incluso caminamos completamente ajenos a la sensación de la superficie que pisamos bajo nuestros pies.

 La mente suele divagar y distraerse con facilidad. Revolotea de un lado a otro cual pájaro inquieto, como si estuviera dispuesta a cualquier cosa, excepto a vivir aquí y ahora. Se pierde en hechos pasados o futuros, razona, calcula, especula, juzga, trata de controlarlo todo o rumia su compulsiva cháchara.

Mientras tanto, el momento presente pasa de puntillas por delante nuestro. Alrededor de un 50% de las horas de vigilia,  transcurren desatendiendo eso que está frente a nosotros, visitando paisajes mentales o pensamientos ausentes.

La meditación centra nuestros pensamientos y nos aporta sosiego y paz interior. Cuando calmamos la mente, podemos ver con claridad.

 Como técnica de meditación basada en la conciencia plena, el Mindfulness alcanza este objetivo prestando atención de forma deliberada, y con aceptación, al momento presente.

 No se trata de dejar la mente en blanco, sino de ser consciente de lo que sucede, mientras sucede.

 A través de esta práctica observamos la realidad sin juicios, prejuicios, ni valoraciones y aceptamos nuestra experiencia tal cual es, y del modo en que está aconteciendo.  No hay control, ni rechazo de nada que proceda de los sentidos o de las emociones, no se permiten interferencias en esa atención, ni nos centramos en  vivencias irreales desconectadas del mundo. Transpolando las palabras de Heidegger hacia la filosofía, “no levantamos palacios dignos de admirar, pero en los que es imposible vivir”.

El objetivo del Mindfulness es mirarte a ti mism@ y ser plenamente consciente de lo que sientes, piensas o estás haciendo en cada momento. ¿Para qué?.’ Para no ser víctima de los miedos, inseguridades y vaivenes mentales o emocionales. Si te conoces más a ti mismo y eres consciente de cada cosa que haces, te relajas y  tomas las riendas de tu vida.

Pero la aceptación nada tiene que ver con la resignación. Como indica Kabat-Zinn, médico fundador del Centro para el Mindfulness o Atención plena: “La aceptación de las cosas tal como son requiere una fortaleza y una motivación extraordinarias, especialmente en el caso de que no nos gusten, y una disposición a trabajar sabia y eficazmente como mejor podamos con las circunstancias en las que nos encontremos y con los recursos, tanto internos como externos, de que dispongamos para mitigar, curar, reorientar y cambiar las cosas que podamos cambiar”.

El Mindfulness se utiliza como herramienta para potenciar el liderazgo, permite una mayor concentración, relajación y positividad, alivia los dolores y fatigas crónicas, y representa, entre otras cosas, una técnica eficaz de autobservación y autorregulación para gestionar el estrés y la ansiedad.  

A menudo las personas evitamos conectarnos con aquellas experiencias que nos generan estrés o ansiedad, pensando quizá que “lo que no se ve, no existe”. Esta actitud conduce a una reducción puntual de ambos, pero contribuye a su sostenimiento y perpetuación a medio plazo, púes impide la habituación y el aprendizaje.

La observación atenta y sin juicios, cual testigo imparcial, de los estresores  y  sensaciones de ansiedad, genera desapego y desensibilización. De esta forma se abre un espacio para que la persona se distancie, deje de actuar en forma automática y logre una mayor libertad para dar una respuesta diferente a su situación, tanto interna como externamente.

“Lo que resistimos persiste”, afirma Cristopher Germer, psicólogo clínico y co-editor del libro “Mindfulness y Psicoteria”:  “Al resistir el no poder dormir, posiblemente desarrollemos insomnio, al resistir la ansiedad empezamos a rumiar o sufrir ataques de pánico, si resistimos la pena eventualmente estaremos fijados en un cuadro de depresión. Incluso Sigmund Freud dijo que una persona no debe esforzarse en eliminar sus complejos sino entrar en acuerdo con ellos. Lo que estamos cultivando es una nueva relación con lo que nos enferma y una actitud amable y de aceptación. Esta relación no intenta quitar o reducir los malos sentimientos y emociones, sino más bien vivir en forma segura y pacíficamente en el medio de lo que nos está molestando”.

 La conciencia y atención plenas posibilitan que nuestra mente se mantenga inmaculada, invulnerable e inmune frente a los vaivenes de la vida.

Aquí os dejo con un video de meditación guiada que aplica el “Mindfulness”. Espero que os resulte útil para continuar siendo vuestro propio líder.

Carpe diem.

 

 

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