Archivo mensual: marzo 2011

VOLVER CON TU PAREJA

Dicen que  segundas partes nunca fueron buenas, pero también es verdad que hemos de vivir de acuerdo con nuestros valores y creencias más que actuar en base a lo que otros opinan. Aunque ni una ni otra cosa nos garanticen el éxito, lo importante es liderar nuestra vida, esto es, tomar nuestras propias decisiones de forma consciente, responsable y congruente con lo que es valioso para nosotros. De modo que si crees en tu reconciliación, te potencia compartir tu vida con la persona que fue tu pareja y ambos estáis dispuestos a ello, no dudes en dar ese paso.

Cada relación es un mundo y nadie sabe mejor que sus integrantes lo que les conviene. A mi modo de ver no es mala idea escuchar opiniones a favor o en contra, cuando se piden, pero sin perder de vista que estamos ante percepciones subjetivas, a menudo más basadas en lo que las partes cuentan que en un conocimiento profundo de la situación.

De cara a tomar una decisión conviene no aventurarse. Contra más cercanos estemos de lo que es el territorio, más real será nuestro mapa y mayores posibilidades de éxito tendremos.

¿Porque no reflexionar y concederse tiempo y espacio para ello?. ¿Repasar lo que puede o no funcionar y conversarlo con la otra parte antes de dar cualquier paso?.

Antoine Saint-Exupery afirmaba que amar no es mirarse a los ojos sino mirar hacia el mismo destino. En ocasiones seguimos creyendo que con el amor es suficiente, pero también necesitamos prepararnos, aprender y esforzarnos para construir nuestras relaciones, comprender al otro y compartir con él o ella planes e intereses comunes.

Las relaciones de pareja suelen comenzar como historias maravillosas en las que todo parece ser color de rosa. Con el tiempo, la rutina y las pequeñas dificultades diarias pueden deteriorar esa unión si no se las maneja adecuadamente.

El borrón y cuenta nueva no parece una idea que favorezca la reconciliación.  Las relaciones no funcionan por arte de magia, ni siquiera cuando hay sentimientos. No basta el deseo muy fuerte de estar juntos para lograrlo. Es importante realizar un ejercicio de lucidez y conciencia en el que ambas partes asuman la responsabilidad sobre las causas que llevaron al conflicto, se perdonen sinceramente los errores y adquieran el compromiso conjunto de aportar nuevas soluciones ante lo que no funcionó.

Examinar las expectativas mutuas y llegar a acuerdos que no supongan renuncia a los principios y valores de cada uno, pero, sobre todo, aceptar al otro como es y por lo que es, al margen de sus comportamientos, abona el terreno para el éxito. Las personas somos algo diferente de nuestro comportamiento; aunque este influya en la percepción que tienen de nosotros, es perfectamente modificable. A mi modo de ver son la personalidad y el temperamento el núcleo irreductible de la identidad humana.

El otro es distinto a nosotros. Con sus virtudes y defectos, es otra persona cuyas diferencias hemos de respetar. Aunque en el argot romántico se hable de almas gemelas, tal cosa es más un deseo que una realidad. A mi juicio las segundas oportunidades son exitosas cuando nos animamos a vivir como personas independientes y respetamos la singularidad del otro. Se trata de caminar juntos, pero no amarrados.

Asegúrate de que lo has aclarado todo y no dejas nada en el tintero. Evita prometer cosas que el otro te pide si no te convencen y  no le pidas al otro lo que no tiene o no puede dar. Acéptalo. En su defecto déjalo ir. Es mejor permanecer solo que avanzar inexorablemente hacia la destrucción mutua.

Por otra parte, las separaciones cambian a las personas y ambos habrán de trabajar de forma individual y conjunta para solucionar el pasado y liberarlo, cerrar ciclos emocionales con otras ex parejas o terceros implicados y “vivir el aquí y ahora”.  En el aspecto conjunto la comunicación fluida y constante y la transparencia mutua resultan imprescindibles.

Procura que el tuyo sea un reencuentro con los ojos abiertos, tanto a los aspectos negativos como positivos, reconociendo las virtudes y defectos de la unión que se quebró. Hay que saber aceptar que el presente no es ni puede ser igual que el pasado, rescatar lo positivo, desechar lo que no funciona y construir aquello que no existe, pero resulta imprescindible para caminar.

Si guardamos rencores debajo de la almohada para no dificultar la reconciliación, tarde o temprano las cosas volverán a torcerse. No puede haber unión dónde late el resentimiento. Por tanto, el perdón es necesario, pero también la honestidad con nosotros mismos y con el otro.

 Regresar a la relación por comodidad, para vengarse, por lástima, para no estar sol@, por pura dependencia emocional o por evitar el qué dirán, carece de futuro. Pensar que la intimidad arreglará los problemas es una ilusión.  Regresar por el bienestar de los hijos no nos preservará del fracaso. Los hijos sólo estarán bien si la pareja lo está, pero no al revés.

Prepárate mental y emocionalmente para el cambio. Al fin y al cabo el cambio es lo único que permanece. La nueva pareja será diferente a la anterior aunque no varíen sus miembros. La reconciliación generará una realidad distinta y no comparable con otros estadios de la relación, púes se desechan los malos hábitos y se construyen nuevas conductas, pero además las personas habrán evolucionado y, por tanto, la unión tendrá una nueva identidad. No esperes que todo siga igual. Con seguridad, si persistes en tus expectativas pasadas, te verás defraudad@.

Cómo siempre tú decides. Ni el éxito, ni el fracaso están garantizados. Lo importante es que sea una decisión lúcida y consciente, meditada, compartida y comprometida desde ambas partes. Y por encima de todo, honesta. La honestidad es el verdadero camino de cualquier  reconciliación.

 

 

 

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SAN@ Y LIBRE MEDIANTE EL PERDÓN

 

Un profesor de instituto colocó sobre su mesa bolsas de plástico y fardos de patatas viejas. Solicitó cuatro voluntarios para participar en el ejercicio y explicó las reglas de juego. Cada alumno debía tomar una bolsa e introducir en ella un mínimo de  cinco patatas.  En cada patata escribirían el nombre de una persona con la que estuviesen resentidos. Durante varias semanas portarían consigo la bolsa a todas partes.

Al cabo de quince días, preguntó a los participantes por sus impresiones. Los alumnos consideraron unánimemente que sus patatas eran una fastidiosa carga. No sólo por el peso y necesidad de transportarlas, sino por el creciente mal olor que desprendían.  Concluyeron además que estar pendientes de la bolsa, les había conducido a desatender temas mucho más importantes.

Conviene reflexionar sobre el precio que pagamos en nuestra vida por  negar o negarnos el perdón.

El resentimiento suele nacer de las expectativas frustradas hacia uno mismo o hacia los demás; incluso hacia la vida.

 Cualquier expectativa es respetable, aunque nada, ni nadie tiene la culpa de lo que esperamos de él. No cualquier cosa que esperas del otro es  justa y razonable para esa persona por el hecho de que se la comuniques. No obstante si comunicas tus expectativas sabrás  como de adecuadas son y podrás hacerte una mejor idea de lo que puedes esperar. Podrás llegar a acuerdos. O no. Con todo existe la posibilidad de que esos acuerdos se incumplan.

 Si esperas que te sorprendan, dilo. Si te gusta que te regalen flores, exprésalo, pero ten en cuenta que nadie está obligado a proporcionártelo. Tú decides si quieres mantener esa relación. Cuando la respuesta sea afirmativa acepta al otro sin rencor. Si la respuesta es negativa, perdónalo y continúa con tu vida.

En el caso de las expectativas que tienes sobre ti mismo, conviene que hagas un ejercicio de introspección para concienciarte de lo que en realidad quieres. Puede que esperes cosas de ti  que no deseas o no estás preparado para dar. Puede que lo que quieres no resulte ecológico, porque implica renunciar a valores u oportunidades que consideras más importantes. En cualquier caso, no eres infalible. Lo haces lo mejor que sabes en cada momento y cabe que te equivoques. Acéptalo sin rencor.

Respecto a la vida, esperes lo que esperes,  la naturaleza tiene sus propias leyes y no todo está bajo tu control. Si pierdes un ser querido, perdona y acepta esa pérdida. Valora el legado que te brindó.

El dolor que experimentamos o el que hemos provocado en los demás, pertenece al pasado. Todo en la vida fluye. Cuando nos aferramos a algo o alguien rompemos esa ley natural y aquello a lo que nos resistimos persiste.  Tu rencor puede o no perjudicar a los demás, pero si algo es seguro es que te perjudica a ti.

Las mayores traiciones, la violación física, los desengaños amorosos, los traumas de la infancia, las cosas más terribles que te hayan pasado, déjalas ir. Es verdad que forman parte de tu vida, pero no son tú mism@. Olvida el apego que sientes.

En el contexto del perdón olvidar no es borrar lo ocurrido de nuestra memoria sino borrar la memoria de la emoción. Es el significado que le damos a los hechos y no los hechos en sí,  lo que provoca sufrimiento. El recuerdo nos conecta con la emoción negativa de resentimiento y la revive, mientras que el olvido permite que recordemos lo sucedido sin sentir.

Al revivir la emoción con que recordamos la experiencia negativa en el presente y las reacciones corporales que acompañan a la emoción (tensiones musculares, palpitaciones, desasosiego, decepción, culpabilidad, impotencia, cólera…) nos debilitamos física y mentalmente. Es por ello que el resentimiento cultivado en el tiempo se vincula con ciertas enfermedades crónicas como el asma, la hipertensión, úlcera e incluso con el cáncer.  

Piensa cuantas veces has desecho un nudo de resentimiento que tienes con alguien o contigo mism@. Aquella persona de tu pasado que te marcó y con la que te reencuentras y hablas y dejas ir lo sucedido. Aquel amigo con el que te has enfadado y aclaras la situación. Aquella muerte de un ser querido que te producía rabia e impotencia en un principio. Aquel odio por ti mismo que minaba tu autoestima. ¿Qué sentiste al dejarlo ir?. ¿Cuántas patatas pudriéndose llevas en tu bolsa emocional?. ¿Qué te come por dentro?. Suéltalo.

Por encima de todo perdonar es un acto de amor hacia ti mismo.

Al perdonar y perdonarte te liberas de las cadenas físicas y mentales del resentimiento,  vacías tu ser de emociones negativas y dejas hueco en ti  para lo nuevo. Mediante el perdón generas una actitud  de apertura y predisposición para dar (per-donar).

Como bien decía Shakespeare: “el perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra y es dos veces bendito; bendice al que lo da y al que lo recibe”.

Prueba a tomar conciencia de tu resentimiento y de las emociones que te habitan, valida ese acto que te hirió conversándolo con alguien que conozcas, elimina el orgullo y ábrete a la humildad para reconocer que tu mapa no es el territorio y que cualquier otro mapa resulta tan legítimo y valioso como el tuyo.  Comprende y compréndete.  Acepta lo ocurrido sin juzgar o juzgarte. Confía en la intención positiva de cualquier ser humano. No des por sentado que los demás van por la vida queriendo hacer daño.  Muchas veces el daño se infringe de forma inconsciente o involuntaria.

Al perdonar y perdonarte tienes la oportunidad de liderar y mejorar tu vida. Depende de ti. Sólo tú eliges si cargar con el peso de la bolsa o aliviarte.

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¿Y SI TODOS GANAN ?

 Una frase muy cabal recomienda no jugar a mi manera ni a la tuya, sino buscar la mejor manera.

Hace tiempo participé en un curioso juego por equipos. Las reglas decían que todos podíamos ganar, pero cada grupo buscó su propio triunfo. Cuando supimos que nadie ganaría, nos empeñamos en perder menos que el otro.

En la vida real algunas personas se centran tanto en el supuesto enemigo, les obsesiona de tal manera la conducta de otro, que se vuelven ciegas a todo, salvo a su deseo de que esa persona pierda, aunque ello signifique que pierdan las dos.

Tendemos a pensar en términos de dicotomías: ganar o perder es el caso.

Cada uno de nosotros elige la forma en que desea interactuar en la vida. Tenemos la opción de ver a los demás como colaboradores o cómo contrincantes, como aliados o como enemigos.

Es posible ocupar sin demasiados escrúpulos dos plazas de aparcamiento, tirar la basura al suelo o mostrar a todos lo avispados que somos al colarnos en una  fila. Podemos pasarnos la vida compitiendo con nuestra pareja, hijos, amigos o colegas de trabajo. Si alguien nos preguntase quién gana en una relación conyugal o amistosa resultaría un tanto grotesco responder en términos de dicotomía. No en vano hablamos de relaciones que adquieren sentido desde el respeto y beneficio mutos. O todos ganan o no gana ninguno.

¿Qué sucedería si probásemos a ponernos en los zapatos del otro y a  pensar en el bien común?. ¿Cual sería el resultado si nos enfocasemos en cooperar, escuchar activamente , comprender y respetar a los demás en lugar de aguardar a que ellos lo hagan? .

A poco que reflexionemos la mayoría de nuestros objetivos requieren y penden de la cooperación de otras personas. Es importante tomar conciencia de que vivimos en una sociedad interdependiente; tener presente que el éxito propio no siempre debe excluir o lograrse a expensas del ajeno, porque el éxito en sí no se agota, ni es patrimonio de nadie.  Entre los comportamientos poco saludables de independencia excesiva y fuerte dependencia existe una tercera opción: la interdependencia del todos ganan.

Cada persona es única y diferente y el valor de un individuo  debería residir en la peculiaridad intrínseca que lo define. Lo que merece ser amado no está fuera de nosotros, sino dentro. Sin embargo, cuando nos educan en el paradigma ganar/perder tendemos a sentir la necesidad de obtener el amor de los otros y competir para lograrlo. Creemos firmemente que si somos “mejor que” o “más que” o satisfacemos las expectativas o condiciones de alguien, obtendremos más afecto.

El principio de la ganancia conjunta se halla también muy presente en el ámbito de los negocios. Cada vez más las empresas son conscientes de la relevancia que la filosofía Ganar/Ganar tiene en sus resultados y sostenibilidad a largo plazo. Para que empleados, clientes y consumidores se comprometan con productos y objetivos deben sentir que ganan algo.

Ganar/Ganar es un principio clave del liderazgo empresarial e interpersonal.

Si comprendemos antes de ser comprendidos, buscamos el beneficio mutuo y somos capaces de transmitirlo honesta y sinceramente, nuestro poder de influencia se acrecienta. Logramos compromiso y credibilidad. No se juega con nadie, porque todo está claro desde el principio y la integridad es nuestra piedra angular.

Si hacemos que los otros pierdan , puede que paguemos un precio muy alto. Probablemente estemos hiriendo su autoestima y sembrando comportamientos resentidos o reactivos  a nuestro alrededor, seguramente  generemos energía negativa y desconfianza.

Puede ser un error menospreciar a los demás creyendo que no captan nuestra falta de honestidad o nuestros  intereses ocultos;  incluso los miedos y comportamientos manipuladores que proyectamos inconscientemente.

Una forma de hacer perder al otro es culpabilizarle. Aquello que no nos gusta de los demás suele ser el reflejo directo de lo que no queremos ver en nosotros mismos, por eso conviene mirarse al espejo. Al culpar a otros cedemos nuestro poder y perdemos el control sobre nuestra responsabilidad para el cambio. Cambiar es el único modo que nos queda para mejorar y transformar las relaciones que nos debilitan y que a la par debilitan a otros.

Como líder de propia tu vida, te corresponde decidir cuándo y cómo aplicar este paradigma. El primer paso para elegir es tomar conciencia de que existen otras alternativas más allá de ganar a costa de otros y perder con ellos.

Todos ganan no significa buscar tu solución, ni la mía. Se trata más bien de crear sinergias y comprometer a todas las partes en un camino superior.

Cada uno de nosotros es responsable de decidir a qué juega en cada ocasión. Y nos toca a cada uno hacer la diferencia para todos.

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VIVE TU TRISTEZA

En el hermoso diccionario de un blog he leído que la tristeza es “una mano gigante que aprieta el corazón”. En el diccionario de los diccionarios, el de la Real Academia, la tristeza se vincula a la cualidad de triste y esa cualidad a la pesadumbre, dolor, melancolía o aflicción. Incluso, en según qué expresiones, a lo funesto e insignificante.

Para el común de los mortales la tristeza es una emoción que sentimos cuando hemos perdido algo importante, nos ha decepcionado algo o ha ocurrido una desgracia propia o ajena que nos afecta.

Lo bueno y lo malo de la tristeza es que, antes o después, nos embarga a todos. En ocasiones se manifiesta abiertamente y otras transita en silencio, aunque esa tristeza larvada sea a mi modo de ver, más un producto social que una reacción fisiológica.

Es fácil que la tristeza sea vivida con más intensidad en la adolescencia. Aunque las estadísticas pongan de manifiesto que afecta en proporciones parecidas a adolescentes y adultos y, en menor medida, a los niños, igualmente concluyen que los primeros experimentan esta emoción con mayor vehemencia por la inseguridad personal que les genera el reto de formar su identidad. Los adolescentes viven la pérdida de su cuerpo infantil, la renuncia a la dependencia, la perdida de los padres como protección y las rupturas que tienen que afrontar en la búsqueda de su autonomía con especial abatimiento.

Como cualquier otra emoción, la tristeza cumple una función muy importante en nuestro cuerpo y en nuestra vida. El hecho de que asistamos a una eclosión de la psicología positiva y podamos beneficiarnos de numerosos consejos y técnicas acerca de cómo superar nuestros problemas, no debería llevar a una huida u ocultamiento de las emociones, sino más bien a su comprensión.

 A muchas personas les cuesta analizar y comprender sus emociones y sentimientos. Centran su atención en describir hechos y acontecimientos del día a día y rara  vez hablan de sí mismos en términos de interioridad. De hecho, puedes encontrarte con alguien que te habla de la intimidad de otras personas mientras no se atreve a hablarte de la suya. Conocer nuestras emociones ayuda a comprenderlas y a gestionarlas.

Parece que últimamente, la tristeza no estuviera bien vista. En más de una ocasión, he oído decir que le hemos perdido el respeto a la tristeza. Cuando alguien está triste hacemos lo posible por sacarlo de esa emoción, entretenerle, cambiarle de tema o incluso nos enfadamos con él. Cuando nosotros estamos tristes, a menudo sentimos miedo y nos evadimos.

Lo cierto es que la tristeza tiene su razón de ser. Es un mecanismo de autodefensa para responder frente a una situación que nos provoca dolor. Una reacción natural que nos impulsa hacia un cambio totalmente renovador y nos exige aceptar y superar aquello que ya pasó. Es duelo y regeneración al mismo tiempo.

Si has perdido a un ser querido o a un amig@, si te has separado, si te sientes sol@, si has sufrido un desengaño amoroso, si no has logrado lo que anhelabas, tienes una enfermedad que te impide hacer lo que deseas o te hace sentirte diferente al resto,  no encuentras sentido a tu vida o has pasado por un cambio o una discusión difícil, experimentarás tristeza.

Bajo el influjo de esta emoción nuestro cuerpo interpretará que la alegría no es conveniente, socavará nuestra energía para comenzar cosas nuevas y nos conducirá a dejar de hacer, ahorrándonos esfuerzos inútiles. La tristeza actúa sobre nosotros reduciendo nuestro interés por la diversión y el placer y fijando nuestra atención en aquello que hemos perdido o que nos duele. Lo que realmente hace es provocar una retirada reflexiva de las actividades de la vida para colocarnos en un estado suspensivo desde el que llorar la pérdida y profundizar en su significado. Un estado óptimo para realizar los ajustes mentales y planes necesarios que nos permitan continuar con nuestra vida.

Cuando estamos tristes sentimos ganas de llorar y el llanto nos ayuda a sacar fuera el dolor. También es frecuente que busquemos la compañía de un amig@ o ser querido que nos escuche y apoye. Sin embargo, algunas personas intentan combatir erróneamente la tristeza con medicinas. Puede que estas sustancias químicas hagan desaparecer los síntomas e inhiban la exteriorización de la pena, pero ésta seguirá latente, esperando su momento para emerger, porque la tristeza es un duelo que necesita ser vivido. No siempre es una opción.

Mientras que la tristeza puede considerarse un sentimiento normal que concluye con un reajuste de ideas, su prolongación crónica en el tiempo constituye una enfermedad conocida con el nombre de depresión.

Por lo tanto, es importante que dejes fluir tu tristeza y que la vivas plenamente, pero sin habitar en ella. La tristeza debe ser un puente,  nunca el camino.

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EL MIEDO QUE NOS DEBILITA

 

Una de las emociones que más nos impide desarrollar  todo nuestro potencial es el miedo.

En una situación de miedo nuestro cuerpo manifiesta diferentes síntomas físicos de alerta y segrega hormonas que biológicamente nos impiden ser creativos. Nuestro potencial se paraliza.

Dentro del ámbito laboral el miedo excesivo también produce consecuencias negativas. Inhibe el talento, la innovación y la creatividad.  Las empresas que gestionan sobre la base del miedo corren el riesgo de no sobrevivir.

El miedo es una emoción natural provocada por la percepción de un peligro real o imaginario, presente, pasado o futuro que nos perturba el ánimo preparándonos para una respuesta de ataque o huida.  Se trata de un mecanismo de supervivencia y defensa que todos experimentamos.

En realidad el miedo tiene una intención positiva, pues está ahí para protegernos y nos vuelve prudentes y cautelosos. Cruzar una calle sin observar los coches que vienen o lanzarse al agua sin saber nadar y sin flotador puede ocasionarnos un daño muy grave. La muerte sin ir más lejos.

No obstante, cuando el miedo es excesivo o el peligro que lo genera imaginario, la reacción física y psicológica que desencadena nos debilita.  Son situaciones en las que acciona como paralizador, bloqueándonos y privándonos de actuar, experimentar y lograr cuanto anhelamos. De esta forma es fácil que lleguen a postergarse decisiones o que se eviten experiencias que a priori resultan buenas para el crecimiento personal o profesional. Aquí el miedo actúa como una emoción saboteadora de nuestro éxito y nuestra felicidad.

Pensemos por ejemplo en el miedo al amor, al rechazo, al fracaso, a hacerlo bien o en otros miedos con un tinte más neurótico, caso de quienes confunden la serenidad con la depresión o la excitación con la ansiedad y se medican para evitarlo. En general todos estos miedos se basan en la inseguridad o en una baja autoestima y buscan protegernos contra la impotencia, la soledad y el descontrol que vinculamos a ciertas experiencias.

Resulta curioso como a medida que envejecemos muchos miedos se van amontonando en nuestra cabeza, haciéndonos más tibios, más dubitativos y cobardes en el fondo. Da la impresión de que nos hemos acostumbrado al miedo y actuamos siempre de forma reactiva por miedo a algo. No hacemos lo que queremos sino lo que nos hace sentir más seguros. Es como si no tomásemos de la vida cuanto necesitamos o deseamos sino aquello que nos proporciona  seguridad.  Cuando esto sucede suele haber una excusa a mano del tipo: “es lo mejor para la familia”, “lo mejor para los dos”, “lo más seguro”, “lo que más me tranquiliza, “lo mejor para mi futuro profesional”.

Ese miedo que la imaginación alimenta a cada instante, nos hace ver la vida de forma negativa y reduce nuestra visión.  Es un miedo que se apodera de tu existencia y te impide avanzar.  Un miedo que te invita a seguir así: triste, cómod@, segur@,  insatisfech@.

Es muy común que el miedo aparezca cuando nos adentramos en territorios desconocidos. Todo es nuevo y para lograr lo que deseamos hemos de abandonar nuestra zona de comodidad. Al hacerlo nos asaltan todo tipo de pensamientos negativos sobre nuestras habilidades, conocimiento o experiencia. Detrás de muchos miedos se esconde igualmente la falta de información o el exceso de dudas. Disponemos de unos cuantos datos pero nos atrevemos a inferir el resto, cubrimos los vacíos de información con imágenes y predicciones negativas.   

A mi modo de ver, la superación de ese miedo nocivo pasa por la toma de conciencia y la aceptación. Al admitir nuestro miedo lo estamos debilitando. Es importante comprender que se trata de una reacción normal que surge siempre que deseamos crecer o tomar una decisión importante,. En definitiva, cada vez que nos adentramos en lo desconocido.  

Otro paso para superarlo es concretarlo y analizarlo. Podemos hacer un inventario aséptico de los miedos que sentimos y descubrir y evaluar la información que nos proporcionan.  ¿Qué probabilidades hay de que tu miedo se cumpla?. ¿Qué es lo peor que puede pasar?. Si lo peor que puede pasar es que te despidan o que pierdas una amistad, piensa que tales situaciones pueden ser una gran oportunidad para encontrar un trabajo mejor o entablar relaciones con gente más afín. A menudo nuestra cabeza imagina cosas mucho peores o dramáticas que la realidad. Y si remotamente ocurriera lo que imaginas, ¿cómo puedes prepararte para aminorar el riesgo?. ¿Qué información necesitas?. La información te proporciona mayor seguridad al tiempo que te ayuda  a disipar temores.

El amor es la antítesis del miedo. Piensa en lo que te empuja hacia adelante. ¿Cuál es tu motivación?. Visualiza tus éxitos y objetivos. Escribe en un cuaderno cada pequeño paso hacia ellos y refleja las veces que has actuado y logrado resultados a pesar del miedo. ¿Qué aprendiste del miedo en esas ocasiones?. ¿Como sería tu vida sin ese miedo?.

Pero quizá la clave para superar tu miedo se halle en ponerte de su lado y en actuar. El miedo sólo desea protegerte. Tu inconsciente guarda en la memoria los momentos y experiencias dramáticos o desagradables y hace surgir el miedo cuando cree que pueden repetirse. Negocia y alíate con él. Dale las gracias por protegerte, pero hazle saber que te hallas ante una oportunidad que va a mejorar tu vida. El pasado es el pasado. Pregúntale que necesita para dejarte avanzar. Pídele ayuda, y por último actúa.

Es preferible ocuparse que preocuparse. Cuando actúes a pesar de tus miedos romperás el hechizo. Te moverás desde un lugar de dolor y parálisis a un lugar de poder dónde construyes y fortaleces la confianza en ti mism@. No comprenderás nada del miedo hasta que no actúes. Si alguien te dice que no uses una raqueta hasta que no aprendas a jugar al tenis y le haces caso, ¿cómo podrás aprender?. No es posible aprender a menos que practiques. La experiencia te ayudará a comprender y disipar el miedo. Mientras te digas a ti mism@ “no puedo” o“ya lo superaré” y permanezcas inmóvil, el miedo controlará tu vida.

Alguién dijo alguna vez:  “si tienes miedo a los murciélagos…convierteté en murciélago”.

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