Archivo mensual: diciembre 2011

COMENZAR UNA NUEVA PÁGINA

“Todo hombre debe nacer de nuevo el primer día de enero. Comenzar una nueva página” escribió el orador y predicador Henry Ward Beecher.

Mejorar o cambiar es una actitud innata en el ser humano. El cambio es una constante en la naturaleza. Todo cambia aunque te resistas y, si tú cambias, todo lo que te rodea también.

En el último día de Diciembre, tendemos a hacer balance  personal de lo ocurrido durante el año que se acaba y a proyectar nuestros sueños y propósitos en el que va a comenzar con el objetivo de estar un poco más satisfechos con nosotros mismos.

El cambio de año es la oportunidad perfecta para examinar lo que consideramos logros y fracasos, hacer borrón y cuenta nueva  y atesorar  nuevos proyectos.

El mero hecho de formular propósitos genera un estado de esperanza, optimismo y tranquilidad.

Esa sensación de tener una nueva oportunidad para reinventarnos y ser más felices, nos llena de energía. La propia emoción puede hacer que concibamos múltiples propósitos y que esperemos resultados inmediatos.

O tal vez nuestra intención no vaya más allá de plantearnos las  metas de siempre aún sabiendo que lo más probable es que no las alcancemos. Bajar de peso o dejar de fumar por ejemplo, mientras pensamos en una batería de excusas del tipo “no estoy dispuesto a privarme de nada” o “de algo hay que morir”. Si este es tu caso, se consciente de ello y no dañes tu autoestima, ni te bloquees. Al fin y al cabo eres tú quién elige. Tal vez debas examinar porqué y para qué decidiste no cumplir esos propósitos, en lugar de auto flagelarte.

Pero si  realmente deseas cumplir aquello que formulas, te apunto algunas ideas  de cara a  facilitar la consecución de tus metas:

Determina tus objetivos de forma específica, medible, realizable, realista, y trata de limitarlos o revisarlos en el tiempo.

Cuidado con cargar la lista de propósitos. Tratar de lograr muchas cosas a la vez roba energía y claridad y nos dispersa. No puedes poner en marcha todos los cambios al mismo tiempo.

 “Un propósito de Año Nuevo es un maratón no un sprint” afirma Kevin Burns portavoz del Consejo Estadounidense del deporte, “hay que cambiar esos sueños grandiosos de cambios enormes por dos o tres objetivos inteligentes, específicos y que se puedan medir”.

De forma qué tu primera pregunta debería ser: ¿Cuáles son realmente mis propósitos?. ¿Qué cosas de todo lo que deseo son realmente significativas y prioritarias en mi vida este año?.

Una vez que te hayas respondido, especifica ese propósito lo más que puedas, pregúntate qué, cómo, cuanto, dónde y determina cómo vas a medirlo, cómo sabrás que estas en el buen camino, que avanzas o que lo consigues.

Si te planteas cómo propósito hacer ejercicio  o reducir el consumo de pan,  será menos específico y medible que plantearte hacer dos horas de ejercicio al día o comer un panecillo al día.

El objetivo será realizable o alcanzable en la medida en que consigas o cuentes con los recursos internos y externos que necesitas para lograrlo.

Que sea realista dependerá de haber tenido en cuenta la realidad y circunstancias que te rodean y haber previsto como responder a las mismas. Si la consecución de ese propósito implica dejar ir o generar conflictos en relación con personas, cosas o valores más importantes en tu vida, tal vez no sea realista planteárselo o requiera que lo adaptes para evitar ese conflicto o simplemente que resuelvas el conflicto en sí.

Es importante tratar de limitar el objetivo en el tiempo o al menos revisarlo periódicamente para ver cómo va funcionando y hacer los ajustes necesarios. En ocasiones el tiempo nos viene impuesto por causas externas (caso de consecución de objetivos de negocio en una empresa por parte de sus empleados, por ejemplo). En otras es difícil determinarlo porque no depende en todo de nosotros, pero ponerle un plazo, al menos orientativo, o proponerse revisar el estado del objetivo con cierta periodicidad, rompe su inmovilidad y evita que se convierta en eterno.

Pon algo de tu parte: ve a por ello y esfuérzate

Conseguir lo que te propones requiere que actúes y te esfuerces.

Si quieres aprobar un examen no puedes conseguirlo de inmediato, has de crear un hueco en tu vida para estudiar y dedicar tiempo al estudio.

Todo logro implica pagar un precio. Antes de caminar hacia tu meta, piensa si estás dispuest@ a pagarlo.

Divide tu objetivo en pequeños objetivos, ve paso a paso,  y empieza por lo más fácil para ir creando hábitos.

Si llevas una vida sedentaria y tu propósito es participar en una maratón de 42 kms, podrías fraccionar este objetivo en otros más pequeños, cómo apuntarte al gimnasio en una fecha determinada, hacer una hora de ejercicio diaria para acostumbrar  tus músculos al ejercicio durante un mes, correr dos o tres veces por semana distancias cortas de 5 kms durante dos meses, etc. Esto te permitirá ir gradualmente consiguiendo pequeños logros que te impulsen hacia delante.

Para conseguir tus propósitos la fuerza de voluntad es un ingrediente fundamental, pero lo que realmente consolida tus logros es crear una rutina. El hábito no necesita pedirle permiso a la voluntad.

Los expertos consideran que un hábito tarda 21 días en crearse. Eso implica que si realizas una hora de ejercicio todos los días con una rutina determinada de horario y actividades, al cabo de un mes habrás desarrollado un hábito y te resultará muy fácil continuar con él. Será algo tan automático como cepillarte los dientes o desayunar.

Cambia un hábito negativo por otro positivo

No es fácil dejar de fumar aunque seas consciente de que te perjudica o dejar una relación con alguien tóxico para ti. Son hábitos que a su vez generan adicción.

Si en lugar de enfocarte en cambiar dichos hábitos, lo sustituyes por otro positivo (hacer deporte por ejemplo) y te centras en adquirir este último, aumentarás las posibilidades de lograrlo.

Cuando nos enfocamos en algo agradable o deseable, respondemos mejor que cuando actuamos bajo el peso de que algo malo nos va a suceder si no lo hacemos.

Sé flexible y persiste

En tu camino pueden surgir inconvenientes y oportunidades que te lleven a cambiar o reformular tu objetivo. Tu grado de flexibilidad será determinante para conseguir el éxito.

Si algo no te sale bien, fallas un día o fracasas, perdónate y aprende de tus errores, pero no abandones.

Mantén una actitud positiva

Somos lo que pensamos. Si tu actitud es positiva verás soluciones y oportunidades, esquivaras obstáculos y aprenderás. Si te dejas arrastrar por la negatividad o el victimismo entraras en un bucle sin salida que consumirá tus propósitos y minará tu salud.

Comparte tu objetivo con los demás si eso te ayuda

Puede que si das publicidad a tu objetivo comunicándoselo a familiares o amigos, te sientas más comprometido con él. Tal vez recibas palabras de ánimo o formulen preguntas que te ayuden a avanzar. Es posible que compartir tú propósito con ellos te lleve a explicarles periódicamente cómo vas. Incluso cabe la posibilidad de hacer el seguimiento con alguien en concreto.

Decía, Erich Fromm, que el propósito principal en la vida del hombre, es dar nacimiento a sí mismo. Convertirse en lo que potencialmente es.

Sea como fuere, es importante disfrutar del camino antes que del logro. Pues la vida consta de ambas cosas y antes de ser logro el objetivo es una senda que se recorre día a día y minuto a minuto.

Espero que estas sugerencias os sean útiles.

Desde aquí quisiera desearos Feliz Año y  agradeceros de corazón el apoyo y seguimiento de este blog.

 

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¿NO PUEDES MAS?. PÁRATE Y PIENSA

 A menudo vivimos distraídos por continuos quehaceres, obligaciones y expectativas, persiguiendo y esperando cosas, luchando por cambiar a los demás y porque todo funcione cómo deseamos.

Al volcarnos en el mundo exterior, en nuevos deseos y necesidades, carecemos de tiempo para conocernos, saborear y disfrutar nuestros logros y lo que somos.

 Cuando quedas atrapad@ en esa espiral de lucha e insatisfacción constante, no tardan en surgir emociones negativas. Puedes notar que te falta energía y experimentar síntomas de  agotamiento mental y físico, impotencia, fracaso o derrota.

Los budistas tibetanos se refieren alegóricamente al Reino de los Fantasmas Hambrientos para describir esta actitud. Lo habitan seres que poseen un apetito insaciable y por lo mismo, continuamente insatisfechos.

¿Qué hacer cuando uno se ve inmerso en esa espiral y comienza a experimentar emociones negativas?.

Cuentan que el místico ruso, George Ivanovich Gurdjíeff solía practicar con sus alumnos un ejercicio denominado Stop. De repente les decía: “¡Stop!” y todos tenían que detenerse, tal como estuvieran.

Otra técnica utilizada en la educación infantil es el semáforo. A través de la asociación de las luces de un semáforo con las emociones y la conducta, los niños aprenden que la luz roja implica pararse, tranquilizarse y pensar antes de actuar. La luz amarilla les induce a pensar en soluciones o alternativas y sus consecuencias, mientras que la luz verde invita a seguir adelante y poner en práctica la mejor solución.

Cuando faltan fuerzas para continuar y nos sentimos desbordados, defraudados, fracasados o insatisfechos, ha llegado el momento de pararnos, descansar y reponer nuestra energía.

Parar supone desconectar y distanciarse.

Desconectar de ese mundo exterior que absorbe nuestra energía para conectar con uno mismo a través de la meditación.

 Sólo en nuestro interior se halla la paz y serenidad que anhelamos.

La meditación regular ayuda a descansar, ahorrar energía y mantenerse relajad@. Al meditar, cerramos la puerta al ruido y a los problemas que descansan en nuestro trabajo o en nuestra vida personal, silenciamos el diálogo interior acallando esa mente que no cesa de generar pensamientos a una velocidad fulgurante.

Aunque para ser realmente efectiva la meditación requiera hacerse con tiempo, cinco minutos dentro de un cuarto sin luz o sin ruidos, enjuagarnos el rostro con agua fría,  respirar hondo y contar hasta tres, un paseo enfocándonos en los detalles del  paisaje o la simple visualización de un lugar ideal para nosotros,  pueden ser suficientes para hallar la calma, recuperar la paciencia y balancear momentáneamente nuestra energía de forma que obtengamos una mayor claridad mental y gestionemos nuestras emociones y nuestro estrés.

Salirse de un problema o de una emoción,  también ayuda a gestionarlos.

A veces nos resulta más fácil encontrar solución para los problemas ajenos que para los nuestros. Quién sufre la situación no suele verlo tan sencillo. Tiene más información, pero se halla demasiado involucrad@ como para poder contemplarla desde distintos ángulos y lograr una visión amplia, objetiva y global de la misma. Es capaz de ver los árboles, pero no el bosque. 

Cuando pones distancia respecto a esa situación o emoción  que  absorbe  tu energía o te genera sentimientos negativos estas en condiciones de gestionarla mejor. Puedes verla objetivamente y decidir si te merece la pena seguir luchando, si estás dispuesto a pagar el precio y a dedicarle tiempo. Dar un paso atrás nos permite descubrir otras opciones y elegir bien nuestras luchas y objetivos en lugar de dispersarnos en cientos de deseos. Nos permite tomar conciencia de que somos algo diferente de la emoción que nos embarga y nos ayuda a pensar y percibir con claridad. Cuanto más nos alejemos mayor será nuestra perspectiva y nuestra capacidad de tomar una decisión acertada.

Al margen de lo que ocurra en tu vida, cómo interpretarlo sigue siendo una elección personal. Siempre tienes la posibilidad de hallar un sentido positivo a lo que acontece y ese poder tuyo, nadie, ni nada puede arrebatártelo.

Para no caer en una dinámica de dispersarse en continuos deseos y necesidades hasta el punto de transformarnos en Fantasmas Hambrientos, es fundamental conocerse y  tomar decisiones.  Determinar que es absolutamente necesario para tí, aprender a descartar y  enfocarte en lo que de verdad importa. Saber quiénes somos y que queremos, hará que disfrutemos de  nuestros logros y de lo que tenemos y hacemos en lugar de permanecer continuamente insatisfechos.

Una fuente común de insatisfacción, es el empeño en cambiar a los demás.

“Debes ser el cambio que quieres ver en el mundo” afirmaba Mahatma Gandhi.

En ocasiones no cesamos de intentar que las personas y el mundo funcionen cómo deseamos.  Quizá lo hagamos con nuestra mejor voluntad, dando por supuesto que sabemos lo que es mejor para todos. Al no conseguir resultados, llega el sentimiento de culpa y fracaso y el agotamiento. Esta actitud daña nuestra autoestima y vacía nuestras reservas de paciencia y energía, sin contar con que hace la vida imposible a otros individuos.

Conviene tener presente que cada ser humano es  peculiar y único. Tiene sus ideas, sus  objetivos, valores y carácter. Hemos de  respetar su espacio y sus procesos, su ritmo propio.

Siendo como eres, sin pretender ni esperar que los demás cambien, estás sembrando en sus vidas.

Cuando te conviertes en aquello que quieres ver, mucha gente se motiva e inspira contigo, pero no puedes forzar la situación. Cada cual elige su camino. Si cambia, cómo y cuándo. Nada puedes hacer, cuando  nada te piden. Incluso si te lo piden, la última palabra no es tuya.

Abracemos la singularidad de cada persona. Tal vez nuestro destino no sea cambiar a los demás sino sembrar el cambio. “Somos sembradores conscientes, repartimos diariamente millones de semillas a nuestro alrededor” afirmaba el escritor estadounidense Og Mandino.

No pienses mientras no paras. Párate y piensa. Hará la diferencia en tu vida.

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COMPRENDER Y SUPERAR EL FRACASO AMOROSO

Si  las personas respondiesen a nuestro mapa de la realidad tendríamos una oportunidad de conocer,  controlar y modificar sus reacciones.  Pero lo cierto es que hay una parte de lo que son los demás que no percibimos. Del mismo modo,  percibir es el resultado de corregir e interpretar lo que piensan y hacen otras personas conforme a sentidos, experiencias, necesidades y expectativas propias.

De ahí que nuestros pensamientos no sean la verdad, aunque para nosotros resulten ciertos, y que los mapas y conductas de otros individuos se escapen a nuestro control. Transpolando esto al terreno de los sentimientos, el éxito o el fracaso amoroso no es algo que dependa al cien por cien de uno mismo, pues la relación sentimental consta de dos partes y bajo nuestro control sólo tenemos una.

En la aventura del amor la voluntad humana no siempre cuenta.

Para empezar tú no eliges de quién enamorarte ni decides quién se enamora de ti. Y en ocasiones, por nuestros diferentes mapas de la realidad, damos al comportamiento de una persona una interpretación distinta de la que para ella tiene o somos interpretados en una forma que nada tiene que ver con nuestra intención. Incluso cuando el amor se convierte en relación estable y vamos obteniendo nuevas percepciones acerca de la persona con la que compartimos nuestra vida, podemos llegar a concluir que dónde sólo veíamos coincidencias existen diferencias abismales.

La relación amorosa evoluciona al hilo de las percepciones y acontecimientos individuales y lo hace de forma desigual e incontrolable. Sin voluntad de estar juntos y sin trabajar la relación, poco puede hacerse, pero cuando se trata del amor en sí, la voluntad no basta. O amas a alguien o no lo amas. Por supuesto siempre de acuerdo con tu propio concepto del amor.

Siendo la percepción de la realidad tan diferente y peculiar en cada persona, no es de extrañar que existan desencuentros y rupturas. El fracaso amoroso es algo natural, aunque no por ello menos doloroso.

Pocas sensaciones resultan tan insoportables como las que experimentamos al percibir o escuchar que no nos quieren de la forma que esperábamos o sencillamente no nos aman. Tal vez algo peor que esto sea no aceptar la situación y continuar luchando en vano. “Conseguiré que me quiera”, se dicen algunos, y la pregunta es: ¿cómo?; ¿acaso depende de ti?.

Los sentimientos no se fuerzan. Nadie tiene poder sobre el amor, ni siquiera la persona que lo experimenta o la que desea experimentarlo. Pensar que lograremos hacer cambiar de opinión a alguien sobre lo que siente es otorgarnos un poder que no poseemos, a no ser que este sentimiento ya exista y lo que busquemos sea un acuerdo de convivencia. Con todo si el acuerdo implica renunciar a principios y valores esenciales para uno, puede convertirse en papel mojado.

De modo que tienes la opción de practicar hechizos para enamorar prolongando tu agonía o aceptar el fracaso y comenzar el proceso de recuperación.

Todo fracaso o rechazo amoroso desencadena un periodo de tristeza, ira e impotencia, hasta que llegamos a la aceptación.

Aceptar supone entender al otro y no insistir más ni forzarle, admitir el rechazo como algo normal en el ciclo de la vida, algo que todos hacemos y a lo que todos tenemos derecho. No podemos agradar a todo el mundo ni todo el mundo agradarnos a nosotros.

Lo que realmente nos lleva por el camino de la superación es aceptar el rechazo dignamente y con humildad sin caer en la trampa de culpar u odiar al otro, ni sentirnos víctimas.

Que alguien te rechace no implica necesariamente que no te aprecie, valore o considere, ni tampoco que tú no seas una persona valiosa o que el mundo te vuelva la espalda, tan sólo significa que una vez, en una situación y con una persona en concreto las cosas no salieron tan bien como esperabas. No es más que un hecho puntual y aislado en tu vida.

Es importante reflexionar y poner las cosas en su contexto. Entender que tu bienestar no puede depender de un hecho o de una persona concreta, que antes y después de ese fracaso tenías y seguirás teniedo una vida . ¿Qué ganas teniendo contigo a quién no te acepta a su  lado ?. ¿Para qué conformarte con eso cuando puedes optar por algo mejor?. ¿No es lo que tú te mereces?.

El fracaso o rechazo amoroso implica que se ha producido  un cambio y comienza una nueva etapa, en la que se abren otras posibilidades. La vida te ofrece una oportunidad para conocer nuevas personas o para estar a solas contigo mismo.

Enfócate en ti, en mimarte, desarrollarte, hacer deporte, ampliar tu círculo de amigos o contactos y realizar todas aquellas actividades que te gustan.

A la recuperación ayudan el distanciamiento y el paso del tiempo. Desde la distancia y el tiempo las cosas se ven con otra perspectiva. Es posible que tras superar ese periodo de dolor estemos en condiciones de ofrecer al otro nuestra amistad, pero si nos implicamos con él será difícil que podamos sustraernos al sufrimiento o a la tentación de forzar inútilmente las cosas.

Poco importa si la persona fue deshonesta, mintió o se volvió atrás. Si pusiste o apostate más. Pensar esto podrá consolarnos momentáneamente, pero alimentará el resentimiento y no evitará el dolor. Sólo el perdón, la aceptación y la comprensión de que el rechazo forma parte del juego de la vida y  de que todos los experimentamos logrará impulsarnos hacia la paz interior y la superación.

Aprendamos a aceptar con deportividad nuestras pequeñas derrotas y preparémonos con ellas para el siguiente partido.

 

 

 

 

 

 

 

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TESTIMONIOS DE SUPERACIÓN (I): LA HISTORIA DE MANUEL

Solíamos jugar al fútbol en el estrecho pasillo de la casa.

Manuel era hábil y rápido. Se revolvía en un palmo de parquet escabulléndose entre mis piernas como un roedor en dirección al umbral de la puerta del baño o de la cocina, donde estaban las porterías.

Yo ostentaba entonces la envergadura que me daba tener cinco años más y sabía que Manuel respetaba aquella ventaja, por no decir que la temía. El miedo a las patadas y a la fuerza del rival era su punto débil, pero la técnica con la que manejaba el balón resultaba admirable.

Un buen día yo me hice adolescente y aquellos partidos fueron espaciándose hasta convertirse en historia. Pasaron unos años y el también llegó a la adolescencia. 

Era un joven  de cabellos ligeramente dorados y ojos azules, deportista hasta la médula. Al observarle,  pensaba que lo tenía todo para triunfar. Sin embargo, pronto me di cuenta de que vivía en un infierno. Padecía ataques de ansiedad y desconocía la causa. Comprendí que  era un chico excesivamente autoexigente y asustado, por más que  su estado de tristeza interior, no le impidiese suscitar alegría en los demás.

Una noche yo estaba leyendo un libro y escuché el timbre del teléfono. Fue así como nos enteramos de que Manuel había sufrido un accidente.

Durante casi dos meses estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte. Los médicos nos advirtieron que era el enfermo más grave. Había sido sometido a múltiples operaciones de amputación y reconstrucción y a transfusiones sanguíneas, padecía una septicemia y sus ratos de consciencia se contaban por delirios. Desde la ventanilla de la UVI, observábamos pacientemente su sueño y su lucha cada día.

En la Nochebuena de 1988, la gravedad cedió. Manuel había ganado la batalla a la muerte en una gesta que nadie parecía capaz de explicar. Ante él se abrían las puertas de la vida, aunque fuese con un pronóstico desalentador. Sufría la amputación parcial de un brazo y de una pierna, y el resto de sus extremidades habían sido cuidadosamente reconstruidas, lo que le dejaría secuelas de por vida. Los médicos vaticinaron que, al margen de la rehabilitación, era muy probable que Manuel no volviese a andar.

Durante cinco meses Manuel permaneció en el hospital rehabilitándose. Antes tuvo que encajar que había perdido partes de su cuerpo aunque aún le dolieran o las sintiese y  también a su novia. No era responsable por ello, pero no podía evitar que la culpa lo persiguiese.

Cuando recibió el alta y experimentó el tacto del aire suave de la mañana, se sintió una persona nueva.

Llegó a su casa en una silla de ruedas, se miró al espejo y bromeó:

-Estoy realmente guapo- dijo. Su hermana lo miraba indecisa, sin saber si reír o llorar.

Manuel no volvió a padecer aquellos ataques. Descubrió que podía hacer desaparecer el miedo con sólo enfrentarlo. Tenía el cuerpo roto, pero su mente se había blindado por completo al desaliento.

A sus veintiún años se consideraba afortunado por estar vivo y  tener un objetivo claro. Antes del accidente solía preguntarse para qué vivía.  

Lo primero que se propuso fue hacer una vida normal.

Para ello repitió matricula en la Universidad y asistió al primer examen unos meses después de haber recibido el alta. Echó de menos el brazo derecho que tanto sentía. No había escrito jamás con la mano izquierda, de modo que se armó de paciencia. El examen le llevó dos horas. Tuvo que pedir un tiempo extra ante la imposibilidad de escribir más rápido. No tenía claro que lo que había puesto en el papel fuese legible, pero obtuvo un notable.

Su segundo objetivo fue caminar.

Tardó un año en pulverizar los pronósticos médicos. Se ayudó de muletas al principio y después de su pierna ortopédica para mantener el equilibrio. Cada día asistía a la rehabilitación en el hospital y más tarde prolongaba las sesiones en casa.

No fue fácil, la amputación del brazo derecho y de la pierna izquierda le descompensaba y más de una vez perdió el equilibrio  y se precipitó al suelo como si su cuerpo fuese un bloque  de cemento. El mínimo obstáculo o tropezón representaba un riesgo para su integridad.

Cuando logró caminar, se planteó volver a hacer deporte y encontrar un trabajo.

Comenzó poco a poco. Colocó las sillas de la terraza de forma aleatoria en el jardín  y trató de pasar con el balón controlado por los espacios. Al principio iba muy despacio, pero en pocos meses adquirió velocidad.

Un año y medio después de su accidente logró trabajar con un contrato eventual que terminó prolongándose.

El cuarto objetivo de Manuel fue crear una familia.

Decidió salir con sus amigos y relacionarse, adquirió un coche, lo habilitó para la conducción y volvió a destilar el humor y la alegría que le eran innatos; esta vez en congruencia con lo que realmente sentía en su interior.

Manuel tiene hoy una mujer y tres hijos maravillosos, juega torneos de padel y ayuda a otros jóvenes a superar problemas. Es un avezado cocinero, una persona sociable y por encima de todo, un hombre feliz y libre de complejos. Su vida no está exenta de achaques y limitaciones, pero lo acepta como algo natural.

No he podido resistirme a escribir sobre él, porque su ejemplo me inspira cada día.

Le he pedido que me regale una frase para este testimonio. Sonríe, se rasca la cabeza, me guiña un ojo y comenta:

-La vida es generosa si le pones pasión y compromiso. La cuestión no es tanto que puede hacer la vida por ti, como que estás tú dispuesto a hacer por tu vida-

Intento reducir su frase a un solo pensamiento y escribo en mi libreta: “Manuel es su propio líder”.

 

 

 

 

 

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LA FELICIDAD DE LO SENCILLO

No olvidaré los ojos tristes de aquel esquimal.  Como tantos inuit, se vio inmerso en una sociedad que no entendía.  Muchos de sus compatriotas abusaban del alcohol para tratar de ahuyentar aquella mezcla de confusión y desosiego.

Era un hombre sexagenario cuya existencia se había visto radicalmente transformada al desplazarse a Montreal. En sus tiempos mozos vivió cómo un nómada. Iba de un sitio a otro siguiendo la migración de los renos y de las ballenas, midiendo el tiempo por el lapsus que duraba una “dormida”. No pensaba en el comercio, ni en el trabajo, sólo cazaba, y, conforme a la tradición, su corazón absorbía la grandeza del animal muerto.  Fue una época en la que todo era de todos dentro de los helados condominios de su civilización y no había riesgo de enfrentamientos.

-Los inuit eramos gente amable y hospitalaria; vivíamos felices en un territorio que los blancos consideraban hostil para la vida. Hoy en día ser inuit es muy triste. Tenemos rifles para cazar, alimentos que compramos en supermercados, coches y televisión, pero hemos perdido nuestra identidad – explicaba cariacontecido.

Su testimonio  me pareció un ejemplo de cómo la sencillez nos permite vivir en plenitud.

 Ser lo que somos, sin aparentar ni ponernos máscaras, sin pretender ser otra cosa, sin medir nuestra autoestima por lo que poseemos, logramos o conocemos ni por lo que piensen de nosotros, nos conecta con la sencillez.

La sencillez se nutre de libertad y aporta paz interior. Cuando nos obsesionamos con nuestra apariencia, prestigio e imagen personal, con las posesiones materiales o con lo que no tenemos, vivimos esclavizados.

En el entramado de la sofisticación y de las necesidades creadas, es fácil perder  la identidad. Si no sabes cuál es tu esencia, si te impones lo que no eres y te ves incapaz de vivir en armonía con la naturaleza, tu vida discurre en la superficie. En palabras de Osho, “tendrás una vida de plástico”, pues, “serás algo en la superficie y justo lo contrario en lo profundo de ti”.

La sencillez no implica vivir en la pobreza sino en armonía contigo mismo, sin conflictos, ni divisiones, sin luchas intestinas entre lo que eres y lo que quieres ser, sin esforzarte por ser quién no eres.

No valemos por nuestra ropa, por nuestros coches, por estar a la moda, porque tengamos más dinero o porque seamos capaces de imponer nuestra autoridad, sino por lo que hay en nuestro interior. Todo lo que necesitamos está dentro de nosotros.

Puedes tener una vida ideal o poseer múltiples cosas y sentirte desgraciado. Puede que una sonrisa te produzca más alegría que todo el oro del mundo. O que todo el oro del mundo no  te haga tan feliz como un simple paseo por la naturaleza.

 Alguien sencillo  aprecia la vida por lo que es, no necesita nada extraordinario para poder sentirte vivo, porque es capaz de transformar lo ordinario en extraordinario. El canto de un pájaro, la puesta de sol, el café de las mañanas o un simple abrazo, se convierten en acontecimientos únicos y hermosos. Quién vive desde la sencillez carece de pensamientos complicados, de adornos o de artificios. No necesita poner en un escaparate sus posesiones o cualidades porque estas son algo evidente y natural.

No somos el título universitario que hemos obtenido, ni el puesto que desarrollamos en una empresa, ni la profesión que elegimos, ni el sueldo que cobramos o el coche que conducimos, tampoco la nacionalidad que poseemos. Somos  seres humanos mortales con necesidades básicas parecidas, seres vivos que buscamos interactuar unos con otros, dar y recibir afecto y sentirnos valiosos.

La sencillez vive en los ojos con que un niño contempla el mundo, tiene el aroma y el encanto de la inocencia alegre, la dulzura y la ingenuidad. Es eso que está más allá de lo que poseemos y de lo que construimos artificialmente y más allá de lo que pretendemos. Esa parte de nosotros que no paga tributos y con la que nos sentimos profundamente identificados.

Lo sencillo es lo que somos y lo complicado aquello que pretendemos o nos inventamos ser.

 

 

 

 

 

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