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COMPETIR Y COOPERAR

Uno de los recuerdos más hermosos de mi vida tiene que ver con el premio que mi hijo recibió como deportista durante su pubertad.  Por entonces era alumno de la Asociación Nacional de Futbolistas y jugaba en uno de sus equipos. El día de la entrega de trofeos, los muchachos premiados fueron desfilando ante el público. Se concedieron numerosos galardones, entre ellos al mejor jugador y al mayor goleador de la categoría. Al final de la ceremonia se anunció el premio al mejor compañero y allí estaba él para recibirlo.

 En aquella Asociación, destinada a formar a los niños como personas y como deportistas, se concedía una especial importancia a la cooperación. Tal vez porque siendo sus miembros futbolistas profesionales, eran conscientes de que los grandes compañeros son el alma de los grandes equipos. Cuando entre los integrantes de un colectivo no aflora el compañerismo, este sólo puede aspirar a la mediocridad.

Competir y cooperar son dos filosofías tan necesarias que no debieran excluirse. No obstante, desde la infancia se educa más para competir que para ayudar.  En ocasiones parece como si ayudar fuese algo más propio de personas poco capacitadas o menos brillantes intelectualmente, incluso una muestra de flaqueza que obstaculiza el camino del éxito. Los individuos con un espíritu eminentemente competidor pueden llegar a creer que el cooperador es un perdedor nato, que le falta talento o es adversario fácil.

Competir nos permite desarrollarnos individualmente y progresar a nivel colectivo, aunque también puede desembocar en comparaciones que dañen la autoestima o conducir a un individualismo endiosado y devastador. La vanidad humana no conoce límites y el hombre, como anticipaba Hobbes, es un lobo para el hombre.

Sin intención de transpolar estas reflexiones al ámbito político, huelga decir que con más cooperación y menos competencia, no estaríamos viviendo la actual situación de crisis económica que se cobra de todos nosotros su propio tributo, bien sea con el desempleo, el hambre, la bancarrota o los salarios, simplemente porque, consciente o inconscientemente, hemos contribuido a crearla.

En un entorno tan globalizado como el actual todos estamos conectados. El bienestar, la desgracia, la alegría y la tristeza provocan un importante efecto dominó. Hoy es difícil sostener que el progreso de alguien pueda construirse a costa del sufrimiento ajeno, porque hoy, más que nunca, somos conscientes de nuestros talentos y habilidades personales y también de los del resto de individuos y sabemos que ninguna vida debería valer más que otra.

Puesto que todos somos competentes en algo o para algo, está bien que nos ejercitemos en identificar y desarrollar esas competencias, pero sin perder de vista que nuestros talentos nada valen sin el talento y la cooperación del resto de individuos.

Respetar el talento ajeno y colaborar con los demás para lograr un resultado mejor, esa es la filosofía que conduce a una maximización de resultados, porque en ese comportamiento va implícito el valor de la ganancia colectiva.

La sociedad no debería premiar a los competidores que actúan de espaldas al interés común, a quienes tratan con desprecio o desconsideración a los demás, a las personas “enfermas” que llegan a obsesionarse tanto con ganar y ser perfectos  como para atentar contra su vida o intoxicar y desquiciar la del resto o a quienes actúan sin escrúpulos, ni convicciones morales.

Cuando la excelencia de una persona se construye y se cimenta sobre el daño a los demás, o sobre su fracaso, es más un virus exterminador que una fuente de desarrollo y progreso colectivo.

A la hora de competir cada uno de nosotros debería preguntarse qué puede hacer por el bienestar colectivo, como puede ayudar a él con su talento individual y su causa de vida. No es estrictamente necesario derrotar a otros o compararse con ellos para ser competente.

Competir y cooperar no son términos excluyentes sino que deberían ir de la mano para lograr ese resultado óptimo.

Cada uno de nosotros puede conseguir su pequeño resultado individual, pero es la suma de resultados  lo que marca una diferencia. Para ello no basta con competir,  hay  que hacerlo con una mentalidad cooperadora.

Es fácil y cómodo culpar a otros de cómo funciona el mundo, pero lo cierto es que cada cual tiene su parte de responsabilidad. Sobre esa parcela de responsabilidad que nos corresponde a cada uno, es dónde podemos y debemos actuar.

“En verdad”, dice Wayne Dyer, “no puedes crecer y desarrollarte si sabes las respuestas antes que las preguntas”.

¿Qué tal si para acometer esa responsabilidad comienzas por hacerte preguntas?.  Pregúntate, por ejemplo, cuantas veces en tu día a día reproduces a pequeña escala esos comportamientos que luego criticas. Pregúntate qué puedes hacer por el bienestar colectivo o cómo vas a educar a tus hijos para contribuir a qué todos ganen.

El cambio, ya lo sabes, empieza por uno mismo.

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CREER EN LOS MILAGROS

Los milagros son eventos que, por escapar al entendimiento humano y obrar en nuestro beneficio, se perciben cómo prodigiosos.

La percepción del milagro cambia a medida que aumenta el conocimiento y también a medida que pasa el tiempo. Pero así como la ignorancia humana no tiene fin, ellos, los milagros, tampoco lo tienen.

En un tiempo no muy lejano los eclipses, las estaciones del año y las tempestades eran considerados milagros. Hoy parecen algo fácil de explicar, aunque nos siga impresionando la sabiduría con que la naturaleza se desenvuelve en el Cosmos.

Otra sensación extraordinaria se produce cuando tomamos conciencia de que acontecimientos percibidos en términos de adversidad, con el paso de los años, se convierten en prodigiosos milagros sin los cuales no seríamos lo que somos, ni podríamos conectar los puntos precisos que dotan de plenitud y sentido a nuestra vida.

Actualmente sabemos muchas cosas e intuimos otras. La ciencia y el progreso nos han permitido desarrollar la lógica, el sentido común e incluso el alma. Somos capaces de concluir que la salud es nuestro estado natural y que la energía para vivir puede sacarse de las naranjas, las guayabas, los atardeceres, las ciruelas, las algas, las flores, el amor, los chistes, las manzanas, los amigos, los libros, las estrellas, los poemas, los cuentos o las risas de los bebés. Es una lista tan larga o corta como se quiera, porque  sabemos que dentro de nosotros laten infinitos recursos.

Y sin embargo, no todo en realidad se sabe o está inventado. Y no todo lo que se sabe, o se cree saber,  resulta necesariamente explicable y verdadero.

Puede que la mente humana sea una mota polvo en el insondable universo sideral, que carezca de posibilidades para abarcarlo o que, por el contrario, sea tan inmensa y extraordinaria que estemos sólo en los albores de su desarrollo. Tal vez se trate de ambas cosas, o de ninguna, pero los milagros existen.  Y existen incluso cuando creamos, que por conocer bien la causa y efecto de una situación o de un evento, no se producirán.

Porque detrás de algo que se explica siempre puede surgir lo inexplicable y detrás de algo que se sabe también hay algo que se ignora. La sabiduría no es plena, ni mucho menos infalible, aunque confiemos en ella para caminar por la vida con  una mínima sensación de certidumbre. No en vano somos seres hambrientos de certezas, de hábitos y de seguridad.

 Yo aún no puedo explicar porqué me encontré ese dinero cuando más lo necesitaba, porque tuve un hijo tan joven, porque invertí tantos años en terminar mi carrera, porque la muerte de mi padre abrió nuevas formas de pensar en mí, porque alguien que yo quería, por el que rogaba y estaba desahuciado, salió repentinamente de la UCI, porque el amor de mi vida llegó cuando me sentí preparada o porque en una calle repleta de coches encuentro ese hueco que necesito para aparcar cada día.  Ignoro porque mi corazón se estremece con un paisaje, con una foto, con el mero hecho de dar el biberón a mi nieto, con una copa de buen vino, con inspirar el aire o despertar cada mañana. Para mí todo esto es un milagro y me embarga una maravillosa sensación de plenitud y agradecimiento.

Cuando conecto esa sucesión de hechos, que en su momento me parecieron adversos o beneficiosos, mi vida adquiere pleno sentido y descubro que la clave de esos milagros no fue otra que creer firmemente en ellos.

Creer en lo que deseo, en la magia de cada momento, en lo que no ven mis ojos, pero logro imaginar. Y cuando creía o creo, el milagro sucede de una forma tan natural que parece haber estado allí siempre, aguardando en el mudo silencio a que yo lo llamase.

Los milagros no son patrimonio de la religión, más bien se cimentan en nuestra capacidad de creer y en la fe para sostener aquello en lo que creemos.

Hay una varita mágica en cada creencia capaz de crear lo que uno cree. Un hada madrina o un mago en cada uno de nosotros.

Por eso hablaba Einstein de dos formas de ver la vida: una creyendo que no existen milagros y la otra creyendo que todo es un milagro.

No es más que una decisión personal.

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LA ALEGRIA Y EL CONSUELO DE COMPARTIR

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Cristopher McCandless, apodado por él mismo Alexander Supertramp,  se retiró de la sociedad para llevar una vida solitaria en plena naturaleza.  Después de afrontar numerosos peligros, sin ayuda de mapas, ni víveres,  terminó sus días en Alaska, a la edad temprana de 24 años.

Murió en el interior de un autobús abandonado cerca del Parque Nacional de Denali. Según las pruebas médicas que le practicaron, por inanición.

El 6 de septiembre de 1992, dos excursionistas y un grupo de los cazadores de alces encontraron esta nota en la puerta del vehículo:

 “S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, cerca de morir, y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless. Agosto”

El biógrafo de McCandless, cuenta que en los últimos días de su vida, ya muy debilitado, escribió: “La felicidad sólo es real cuando se comparte”.

Viniendo de una persona que buscaba alejarse de la sociedad, estas ocho palabras mueven a la reflexión.

¿Has experimentado alguna vez la sensación de que eso que no compartes no existe en el mundo real?.

 Lo que únicamente tú sabes queda dentro de ti. Se halla tan próximo a tu imaginación que no sería extraño pensar que lo estas imaginando.

 Desde el inicio de su existencia, los hombres se agrupan y comparten. Es esa relación la que permite su supervivencia, amén de generar vida y progreso.

La amistad es un buen ejemplo de compartimiento. Los amigos comparten vivencias, emociones, afectos. Y cuanto más comparten más estrecho es el vínculo.

Compartir provoca que lo que te sucede y lo que está dentro de ti, trascienda. Permite que puedas comunicarte, contagiar a los demás e influir en sus vidas. A la vez permite que puedas ser influido y te enriquezcas. En cualquier caso, posibilita que veas cuanto te acontece desde otro ángulo, que des y recibas afecto, gratitud, respeto y conocimiento, que soluciones problemas. Es un bien para la persona y para la comunidad. Un intercambio productivo y útil  a nivel personal y colectivo.

Es cierto que para compartir hay que exponerse. En la vida, aunque habites en el agujero más recóndito, siempre estas expuesto. El sólo hecho de nacer te expone al riesgo emocional y físico. Y cuanto menos arriesgues menor será el jugo que le saques a tu trayecto vital.

Algunas personas no comparten por miedo a ser juzgadas o a fracasar. Por esa misma razón, otras comparten a medias. Sí, pero no. Viven agazapadas en una espiral de miedo y evitación constante. Critican lo que temen. Critican a los que se exponen y a quienes fracasan.  Su vida discurre de esta manera, observando cómo viven los demás, perdiéndose la sabiduría del fracaso y la alegría de trascenderse como individuos.

Es un hecho que cada uno de nosotros tiene su punto de vista. Que cada punto de vista es una verdad personal. Pero la verdad no consiste en una suma de puntos de vista, ni siquiera es el producto de lo que tú piensas, tampoco algo inmutable. De modo que, digan lo que digan, sé fiel a ti mismo y actúa de acuerdo con tus principios.

 Tu verdad es tan válida y respetable como cualquier otra. Y sólo creyendo en lo que crees y entendiendo y respetando que cada cual ha de creer en lo suyo, lograrás lo mejor para ti y para los demás.

Nada tiene que ver el compartir con imponer tus ideas, o callar lo que piensas.  Al contrario, el acto de compartir te invita a expresarlas y hacer partícipe de ellas a los demás. También a escuchar con respeto lo que otros tienen que decir y participar en sus emociones. Hay en esta actitud un objetivo de ayudarse, disfrutando de lo que cada cual tiene con alguien o partiéndolo y donándoselo con gentileza.

En realidad compartir representa un plus en nuestras vidas. Multiplica nuestra alegría y consuela nuestra tristeza. Al abrirnos a otras personas, tenemos la oportunidad de acceder a nuevas posibilidades, opciones, sendas y recursos.

Necesitamos a los demás. Son parte imprescindible de nuestro viaje por la vida.  Gracias a ellos somos mejores. Y también lo son ellos gracias a nosotros. El mundo es el resultado de la aportación de cada ser humano. Y cada aportación es una joya valiosa. Una pequeña luz en la oscuridad de lo desconocido.

La soledad bien entendida tiene sus ventajas. Permite descansar, meditar y conocerse. No ocurre lo mismo con el aislamiento que conduce a una suerte de rumiación interior alejada de la realidad.  En el aislamiento, quedamos  huérfanos de esa alegría, consuelo y trascendencia que obtenemos al compartir.  Podemos incluso quedar privados de las necesidades más elementales para la vida.

No dudes que si compartes tu pan, te gustará más. Si compartes tu felicidad, esta aumentará.

Cristopher McCandless escribió en su diario, como palabras finales, que había tenido una vida feliz. Dio gracias a Dios por ello y envió sus  bendiciones. El testimonio de su vida es motivo de inspiración para muchas personas y también nos permite aprender acerca de lo que somos, nuestros límites, actitudes y sueños.

Parte del gran legado que nos dejó, es una pequeña frase de tan sólo ocho palabras. Una frase que, escrita desde la más absoluta soledad, nos invita sencilla y llanamente, a compartir.

Os dejo con un video sobre su vida. Disfrutadlo y sacad vuestras propias conclusiones.

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TU MEJOR MOMENTO ES AHORA

Ahora estas viv@. Sientes tu cuerpo y percibes con tus sentidos el presente. Ahora respiras y tal vez, sueñas.

Ahora no es antes, ni siquiera hace unas décimas de segundo. Tampoco es después. No es hace poco tiempo ni dentro de poco tiempo. Es en este momento. Un instante que vive fugazmente en ti y tú vives en él. Y es el tiempo oportuno para que actúes, para que hagas lo que tengas que hacer. Y también el tiempo para que algo ocurra.

En palabras del renombrado Osho, “La vida no te está esperando en ninguna parte, te está sucediendo. No se encuentra en el futuro como una meta que has de alcanzar, está aquí y ahora, en este mismo momento, en tu respirar, en la circulación de tu sangre, en el latir de tu corazón. Cualquier cosa que seas es tu vida y si te pones a buscar significados en otra parte, te la perderás”.

¿Cuántas veces soñamos con lo que deseamos y hacemos planes sin llegar a ejecutarlos?. Mentalmente procrastinamos nuestras acciones al día siguiente, a la semana siguiente, al año que viene. Y nos decimos, “ya llegará”, “ya lo haré”, “encontraré el momento adecuado”.

En el mundo profesional cada vez se da más importancia a las acciones sobre los pensamientos. Si no actúas, la oportunidad se escapa.  Buenas ideas y Buenos planes tienen valor en la medida en que sean ejecutables y se ejecuten.

Algo parecido sucede cuando buscamos momentos o decimos buscarlos. El momento perfecto, el momento adecuado, mi momento.

¿Recuerdas haber postergado cosas importantes en tú trabajo o en tú vida bajo la excusa de encontrar el momento adecuado para hacerlo?. Lo leeré más tarde con calma. Necesito verlo en detalle. Iré otro día. ¿Cuántas veces llegas a ejecutar eso que postergas?. ¿Y cuando lo ejecutas, cuántas veces crees que lo haces en el momento adecuado o perfecto?.

Esperar un momento perfecto o adecuado para hacer las cosas puede conducir a no hacerlas y a perder oportunidades. La vida tampoco es perfecta. No será mejor después. Siempre encontrarás algo que no encaje cómo tú deseas.

La acción convertida en hábito, puede ser algo más valioso en tu vida que la inteligencia y la capacidad personal.

¿Cuál es entonces momento adecuado?.

Sin duda, el que tu elijas, pero sea lo que sea que busques, has de comenzar ahora.

Analiza y entiende dónde estás y a donde quieres llegar, qué necesitas para lograrlo, márcate fechas. Pero empieza ahora, ya mismo, con pequeños pasos.

Crea tu momento en cada momento. Toma acción.

La acción es una fuerza poderosa contra el miedo y la incertidumbre. Es una actitud que genera confianza, convicción y seguridad en uno mismo.

Cuando actúas los miedos se desvanecen, los retos se vuelven ciertos y te sientes en el camino,  resolutiv@, firme, decidid@ y avanzando.

Hay personas que se pasan la vida esperando para vivir, esperando el amor perfecto, el trabajo perfecto, la ocasión perfecta para hacer esto o aquello. Personas que esperan que el tren de los deseos se pare justo delante de ellos.  Personas que se dan cuenta de que lo perfecto ya lo vivieron, pero no prestaron la atención suficiente a ese momento como para disfrutarlo. Tal vez su mente se hallaba ocupada en imaginar un futuro de ensueño. Personas que al final de su vida, perciben en todos los momentos imperfectos que han vivido una perfección inusitada que no lograron sentir, ni captar y que se perdió para siempre.

No esperes al momento perfecto. Toma el momento y hazlo perfecto para ti.

La fecha más importante de tu vida es ahora.

©Texto y foto Isabel Ripoll Espinosa

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APRENDIENDO A SOLTAR

Si levantas tu cabeza, estiras los brazos e inspiras con intensidad hasta llenar los pulmones, sentirás que te colmas de energía.

Prueba ahora a inclinar la cabeza hacia abajo y permitir que el aire te abandone por completo, expirando lentamente. Tal vez esa energía se vaya diluyendo para dar paso a una sensación de alivio.

Inspirar y expirar es un ejercicio que realizamos inconscientemente durante toda nuestra vida, aunque sólo adquiere significado cuando reparamos en el.

Vivir una vida plena, también pasa por aprender a tomar y soltar, como si respirásemos.

A veces nos aferramos a recuerdos, personas y objetos y nos sentimos mal, porque eso que retenemos y no dejamos ir, genera negatividad, dolor o sufrimiento.

Puede que tengamos interiorizado que aquello que provoca malestar o problemas es más valioso, que no podremos encontrar nada mejor o que nos sintamos redentores de cuanto no es como deseamos en los demás, creyendo que tenemos el poder y la obligación de cambiarlo a cualquier precio. También es posible que una persona sea adicta a las emociones negativas o que prefiera ser la victima para no asumir responsabilidades sobre su vida.

Cualquiera que sea la razón, estamos ante actitudes y creencias que convierten nuestra vida en un pequeño o en un gran calvario.

Aprender a soltar eso que provoca sufrimiento y negatividad es el primer paso para salvaguardar la autoestima, la salud y la felicidad personal. Cuando dejamos ir lo que nos hace mal también abrimos huecos en nuestra vida para que entre lo positivo.

Puede que al hacerlo sufras, llores o sientas que el mundo se abre bajo tus pies, pero no es más de un proceso necesario en el camino de vaciarte para volverte a llenar.

En ocasiones hay que perder para ganar.

No puedes pasarte la vida aferrad@ a personas que roban tu energía y te maltratan, rodearte de individuos que desprecian o ignoran lo que eres, de recuerdos que alimentan emociones de ira y temor, de situaciones que te denigran y enferman o de quejas repetitivas sobre tus sufrimientos y pesares. Al hacerlo estas reteniendo el dolor y la infelicidad. ¿Con que objeto?.

¿Terminó tu trabajo, tu relación o tu amistad?. Déjalo ir.  Con el tiempo descubrirás que no es indispensable en tu vida. Tú ya eras tú antes de que todo eso existiera, ya tenías una vida  y seguirás teniéndola.

Suelta tu inseguridad, tus traumas, tus resentimientos, tus miedos, tus hábitos nocivos, tu pasado.

No te desgastes dándole vueltas a lo que sucedió. ¿Que ganas con  revolcarte en los hechos que se fueron para siempre?. No dediques tus energías a tratar de cambiar el pasado, ni a retenerlo. Sólo podemos actuar en el presente. El presente es todo lo que tenemos. Vívelo.

En la vida todos estamos abocados a ir cerrando puertas y capítulos. A quemar etapas.

Si dejas puertas abiertas, por si acaso, nunca podrás desprenderte de lo que te hace sentir mal.

Ya no eres el empleado de aquella empresa que te despidió injustamente, ni el amor o la ilusión de esa persona que tanto te quiso, ni el amigo de quién tu consideras amigo. Puede que incluso seas el gran empleado de una empresa en la que no quieres estar, el gran amor de alguien a quién no amas, el gran amigo de  quién no consideras amigo, y, si todo eso, provoca sufrimiento o malestar en ti, tu bienestar pasa por dejarlo ir.

 No esperes que te reconozcan y sepan quién eres. Quién eres lo sabes tú.

Si algún día sucede tal cosa, ¿qué va a reportarte?. Lo que acabó, acabado está. Si vuelve a ser, será algo diferente, un capítulo totalmente nuevo, porque no eres el mism@ que ayer, ni el mism@ que hace cinco minutos, y muchas de las cosas que hiciste hace cinco minutos no las harías ahora mismo, bajo las circunstancias que, ahora, en este momento, conoces; bajo los pensamientos que, ahora, en este momento, tienes. Tú ya no encajas en tu pasado, no encajas en el instante que se fue. No lo retengas. Déjalo ir.

Hoy puedes abrir una nueva página en el libro de tu existencia. ¿Cómo?. Cerrando capítulos.

No rumies el pasado. ¡Respira!

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NO TE NIEGUES A TI MISM@ LA PAZ

“No puedes negar quién eres. No puedes negarte a ti mismo siempre”. Son  palabras pronunciadas por el protagonista de la película que tuve la oportunidad de presenciar hace unas semanas.

 ¿Lo que siempre queremos negar es lo que somos?.

 Cualquiera que sea la respuesta que se de a esta pregunta, si niegas lo que eres, te estás lastimando.

 Así lo expresa el maestro hindú Prem Rawat cuando afirma:. “No puedes negarte a ti mismo lo que sientes: Si te lastimas, decir que no te has hecho daño no te quita el dolor”.

 Cuando negamos estamos rechazando e ignorando, con independencia de que aquello que rechazamos o ignoramos exista o no. Si la negación se refiere al propio individuo, puede implicar una renuncia a la autoestima, al autoconocimiento, al cambio o a ser lo que uno es. Este asedio contra uno mismo representa el gran obstáculo para lograr la paz interior.

 Son múltiples las formas en que uno puede negarse. Pensemos en situaciones dónde no reconocemos que algo nos hiere o, por el contrario, que nos gusta y es positivo para nosotros. Cuando rechazamos cualidades, valores o ideas propias. Las ocasiones en que ignoramos los mensajes del cuerpo, rehuimos la responsabilidad de nuestra vida y jugamos a ser víctimas de las circunstancias.

Si aceptamos que otros traspasen nuestros límites, nos digan cómo debemos pensar, sentir y vernos o nos medimos con ellos. Cuando no somos capaces de perdonarnos o cuando nos auto saboteamos por miedo a fracasar o a tener éxito.

 Estas y otras son las formas en que jugamos a ignorarnos y a rechazarnos, unas veces por miedo, otras por complacer a los demás y sentirnos valorados e importantes.

 Negarse es como vendarse los ojos o hacerse el distraído ante la agresión contra uno mismo.

 Aceptar que cada uno de nosotros es un ser único y perfecto en su imperfección, que no existen dos personas iguales en el Universo y que, por tanto, no hay base para efectuar comparaciones, es el primer paso hacia la paz interior.

 Puedes hablar de tus fracasos y de tus éxitos abiertamente y de forma espontánea sin agredirte, al fín y al cabo, ambos te definen y gracias a ellos eres tú. Sé natural en esto. Puedes ser asertivo y mantener tus opiniones sin mostrar un comportamiento beligerante con los demás. Puedes mantener una actitud de dignidad y armonía en situaciones de estrés. Reaccionar de forma tranquila, recibir los halagos y el afecto con comodidad, reconocer las críticas y aceptar tus errores de forma natural, ser feliz por el sólo hecho de estar viv@, abrirte sin miedo a nuevas posibilidades y formas de pensar, ver la vida con sentido del humor.

 Si eres capaz de vivir desconectad@ de los pensamientos inquietantes, inútiles o amenazantes, alcanzarás esa tranquilidad profunda que se traduce en el bienestar personal y emocional.

 La paz personal conecta con un sentimiento de serenidad interior que experimentamos al liberamos de las preocupaciones, el sufrimiento, el dolor, el estrés y el miedo y ser conscientes de las incontables maravillas que nos ofrece la vida y de la maravilla que cada uno somos.

 No es insano aspirar a la excelencia, pero si consideras cada momento como perfecto y lo disfrutas  sin esperar al momento perfecto, vivirás en paz.

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DETECTA Y CAMBIA TUS CREENCIAS LIMITANTES

Una persona estrecha la mano a otra al despedirse y le dice, “siento no haberte podido dedicar todo el tiempo que necesitas”. Si entramos en el dialogo interior que mantiene consigo misma, es posible que este lamentando no haber podido dedicar más tiempo a su interlocutor y desee que perciba su frustración. Sin embargo, quién escucha sus palabras puede estar pensando: “es una excusa, simplemente no le interesa lo que tengo que contarle”.

 ¿Cuál es la verdad?. Cada uno tiene la suya. Cada uno ve y escucha aquello en lo que cree, pero nuestras creencias no son la realidad, son pensamientos repetidos a los que nos apegamos. Un esqueleto de ideas desde el que contemplar lo que está fuera y .dentro de nosotros.

Al condicionar las actitudes y comportamientos de cada persona, el repertorio individual de verdades, condiciona también los resultados que cada persona obtiene en su vida. Lo que crees es también lo que creas.

Las creencias se cultivan, algunas desde la infancia. Están profundamente arraigadas en nuestro subconsciente y definen nuestro carácter y nuestro destino. Las mayores hazañas y las peores destrucciones de la historia tienen su origen en las “verdades” a las que nos apegamos.

En cierta ocasión, una amiga me comentó “no termino nada de lo que comienzo”. “¿Cuando comenzaste a creer eso?” inquirí. “Con siete años. Estaba haciendo un dibujo y no lo terminé. Mi madre me dijo que nunca terminaba nada”.

Los padres deberíamos tener cuidado con las creencias que inculcamos a  nuestros hijos. Nuestras verdades pueden convertirse en las suyas. Incluso cuando parezca que no las comparten y que pasan inadvertidas, nuestras verdades pueden limitarles. Muchas creencias viven larvadamente en el subconsciente.

Cuando es limitadora, la creencia afecta de forma negativa a nuestra vida, pero también genera falsos beneficios. Pensemos en la falsa sensación de seguridad o comodidad, de liberarnos de la responsabilidad o dejarla en manos de otros.

Si una creencia nos limita, podemos sustituirla por otra generativa (positiva). Para ello es fundamental  tomar conciencia de que existe, identificándola. La auto-observación de nuestras emociones, nuestro lenguaje y comportamientos nos permitirá detectar todos esos sentimientos, palabras, actitudes y acciones que limitan nuestra vida.

Cuando te sientas molest@ con una situación, una persona o contigo mismo, pregúntate porque has reaccionado de esa manera y cuestiona y verifica si eso que crees es la verdad. ¿En qué momento de tu vida empezaste a tener esa creencia?. ¿Cómo reaccionas cuando la tienes?. ¿Quién serías tu o cómo sería tu vida sin ella?. Puedes escribir las respuestas en un papel o en un diario si te resulta más fácil.

¿Has identificado las creencias que te tienen estancad@ en tu carrera, tu trabajo, tus relaciones o tu salud?. Si la respuesta es positiva, el siguiente paso será  sustituirlas por otras que te potencien y expandan.

Cambiar nuestras creencias es un ejercicio que requiere proactividad. No vale  anclarse en el mundo de las ideas, ni conformarse con los resultados de su análisis. Es necesario hacer que las cosas pasen. Abandonar ese mundo de seguridad y comfort en el que nuestros pensamientos y comportamientos limitantes se repiten de forma consistente, como si estuvieran en automático.

La solución no pasa por destruir la creencia limitante sino por sustituirla por otra positiva o potenciadora que ocupe su lugar. La sustitución es el mecanismo adecuado para evitar que la verdad perniciosa retoñe de nuevo a nuestra mente.

Escojamos una creencia positiva de reemplazo y convirtámosla en un hábito, de forma que la aceptes y surja con la misma naturalidad con que lo hacía la anterior. Para ello, recuerda y repite tu creencia a cada momento, escríbela, siéntela, visualiza su colores, su tacto, su olor, tu vida con ella. Puedes incluso anclarla a un recuerdo o sensación positiva y nutrirte con ejemplos de personas que han logrado una vida plena o exitosa sosteniendo esa creencia.

Deshacerte de tus creencias limitantes no resulta una empresa fácil, requiere una buena dosis de constancia porque las creencias perniciosas suelen echar raíces profundas y lo que buscamos es que nuestras verdades positivas se implanten con idéntica fuerza. Hay personas que lo logran en 21 días y otras necesitan más tiempo. Algunas lo consiguen solas y otras requieren de la ayuda de un especialista en coaching o PNL.

La buena noticia es que no tienes que vivir con tus creencias limitantes, porque está en tu mano creer lo que desees.

 

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